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COMENTARIO TEOLOGICO

Quien lee con atención el texto del llamado tercer “secreto” de Fátima, que después de mucho tiempo y por disposición del Santo Padre fue publicado en su totalidad, quedará posiblemente desilusionado y maravillado después de todas las especulaciones que se han hecho. Ningún gran misterio fue revelado; el velo del futuro no fue corrido. Vemos a la Iglesia de los mártires del siglo ya transcurrido, representada mediante una escena descripta con un lenguaje simbólico de difícil descifrado. ¿Es esto lo que la Madre del Señor quería comunicar a la cristiandad, a la humanidad en un tiempo de grandes problemas y angustias?. ¿Nos es de ayuda en el inicio del nuevo milenio?. ¿O son solamente proyecciones del mundo interior de niños, crecidos en un ambiente de profunda piedad, pero al mismo tiempo trastornados por las tormentas que amenazan su tiempo?. ¿Cómo debemos entender la visión, que debemos pensar?.
Revelación pública y revelaciones privadas – su lugar teológico
Antes de emprender una tentativa de interpretación -cuyas líneas esenciales se pueden encontrar en la comunicación que el Cardenal Sodano pronunciara el 13 de mayo de éste año, al final de la celebración eucarística presidida por el Santo Padre en Fátima- son necesarias algunas clarificaciones de fondo acerca del modo en que, según la doctrina de la Iglesia, deben ser incluidos en el interior de la vida de fe, fenómenos como el de Fátima. La enseñanza de la Iglesia distingue entre la “revelación pública” y las “revelaciones privadas”. Entre las dos realidades hay una diferencia, no solo de grado sino también en esencia.
El término “revelación pública” designa la acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, y se encuentra expresada literariamente en las dos partes de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se llama “revelación”, porque en ésta Dios se da a conocer por los hombres en forma progresiva, hasta el punto de convertirse el mismo en hombre para atraerlos hacia sí, y así reunir todo lo del mundo por medio del Hijo encarnado Jesús Cristo. No se trata de comunicaciones intelectuales, sino de un proceso vital en el que Dios se acerca al hombre; en éste proceso, después y naturalmente, se manifiestan también contenidos que interesan al intelecto y a la comprensión del misterio de Dios. El proceso atañe al hombre en su totalidad, y también a la razón, pero no solo ésta. Porqué Dios es uno solo, aunque la historia que el vive con la humanidad es única, vale para todos los tiempos y ha encontrado su cumplimiento con la vida, la muerte y la resurrección de Jesús Cristo.
En Cristo Dios dijo todo al ser idéntico a sí mismo, y por lo tanto la revelación se concluye con la realización del misterio de Cristo, que encontrara expresión en el Nuevo Testamento. El Catecismo de la Iglesia Católica cita, para explicar ésta definitividad y plenitud de la revelación, un texto de San Juan de la Cruz: “Desde el momento en que nos ha donado a su Hijo, que es su única y definitiva palabra, nos ha dicho todo de una sola vez en ésta sola Palabra... De hecho, lo que un día le dijo parcialmente a los profetas, lo ha dicho todo en su Hijo.... Por ello, quien aún quisiera interrogar al Señor y pedirle visiones o revelaciones, no solo cometería una estupidez, sino que ofendería a Dios, porque no ha fijado su mirada únicamente en Cristo y va buscando cosas diversas y novedad” (C.I.C. 65, S. Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, II, 22).
El hecho de que la única revelación de Dios otorgada a todos los pueblos es concluida con Cristo y con el testimonio que a Él se le presta en los libros del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia al evento único de la historia sagrada y a la palabra de la Biblia que garantiza e interpreta éste evento; pero no significa que la Iglesia ahora pudiera mirar solo al pasado y estar así condenada a una estéril repetición. El C.I.C. dice al respecto: “ ...aunque si la Revelación se cumple, pero no está completamente explicitada; le tocará a la fe cristiana tomar gradualmente toda la conducción en el curso de los siglos” (n. 66). Los dos aspectos del vínculo con la particularidad del evento y del progreso en su comprensión están muy bien ilustradas en los discursos del adiós del Señor, cuando en la despedida le dice a sus discípulos: “Muchas cosas tengo todavía para deciros, paro por el momento no sois capaces de cargar con ese peso. Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a la verdad entera, porque no hablará de sí.... El me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo anunciará” (Gv 16, 12-14). Por una parte, el Espíritu hace de guía y así abre un conocimiento para llevar el peso del cual antes faltaba el presupuesto - ésta es la amplitud y la profundidad de la fe cristiana que nunca concluye. Por otra parte, ésta guía es un “recibir” del tesoro de Jesús Cristo mismo, cuya profundidad inagotable se manifiesta en esta conducción hasta la obra del Espíritu. El Catecismo cita al respecto una profunda palabra del Papa Gregorio Magno: “Las palabras divinas crecen junto con quien las lee” (C.I.C. 94, S. Gregorio, en Ez 1, 7, 8). El Concilio Vaticano II indica tres caminos esenciales en los que realiza la guía del Espíritu Santo en la Iglesia, por eso el “crecimiento de la Palabra”: ésta se cumple por medio de la meditación y del estudio de los fieles, por medio de la profunda inteligencia que deriva de la experiencia espiritual y por medio de la prédica de aquellos “los cuales con la sucesión episcopal han recibido un carisma cierto de verdad” (Dei Verbum, 8).
En éste contexto es posible ahora entender correctamente el concepto de “revelación privada”, que se refiere a todas las visiones y revelaciones que se verifican después de la conclusión del Nuevo Testamento; entonces es la categoría dentro de la cual debemos colocar el mensaje de Fátima.
Al respecto, escuchamos antes que nada el C.I.C.: “A lo largo de los siglos se produjeron de las llamadas “revelaciones privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia.... Su rol no es... para “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino para ayudar a vivirla más plenamente en una determinada época histórica” (n. 67). Se aclaran dos cosas:
1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente distinta de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en ésta, de hecho, por medio de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La fe en Dios y en su Palabra se distingue de cualquier otra fe, confianza u opinión humana. La certeza de que es Dios quien habla, me da la seguridad que encuentro la verdad misma y una certeza que no puede verificarse en ninguna forma humana de conocimiento. Es la certeza, sobre la cual edifico mi vida y a la cual me confío muriendo.
2. La revelación privada es una ayuda para esta fe, y se manifiesta como creíble precisamente porque me remite a la única revelación pública. El Cardenal Prospero Lambertini, futuro Papa Benedetto XIV, dice al respecto en su tratado clásico, convertido luego en normativo sobre las beatificaciones y canonizaciones: “Un asentimiento de fe católica no puede deberse a revelaciones aprobadas en tal forma, no es posible. Estas revelaciones implican más bien un asentimiento de fe humana conforme a las reglas de la prudencia, que se presentan como probables y devotamente creíbles”. El teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de ésta materia, afirma sintéticamente que la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el mensaje relativo no contiene nada que contrasta la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo público, y los fieles están autorizados a dar a esto su adhesión en forma prudente (E. Dhanis, Mirada sobre Fátima y balance de una discusión, in:”La Civilización Católica” 104, 1953 II. 392-406, en particular 397). Un mensaje tal puede ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en la hora actual; por ello no se lo debe descuidar. Es una ayuda, que es ofrecida, pero de la cual no es obligatorio hacer uso.
El criterio para la verdad y el valor de una revelación privada es por lo tanto su orientación a Cristo mismo. Cuando ésta se aleja de Él, cuando ésta se vuelve autónoma, o incluso se hace pasar como otro y mejor diseño de salvación, más importante que el Evangelio, entonces no proviene del Espíritu Santo que nos guía al interior del Evangelio y no fuera de el. Esto no excluye que una revelación privada ponga nuevos acentos, haga emerger nuevas formas de piedad, o profundice y extienda las antiguas. Pero todo esto debe significar también una nutrición de la fe, de la esperanza y de la caridad, que son para todos el camino permanente de la salvación. Podemos añadir que las revelaciones privadas provienen, a menudo y antes que nada, de la piedad popular y sobre ésta se reflejan, le dan nuevos impulsos y abren para ellas nuevas formas. Esto no excluye que ellas tengan efectos también en su misma liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Domini y del Sagrado Corazón de Jesús. Desde un cierto punto de vista, en al relación entre liturgia y piedad popular, se delinea la relación entre la Revelación y revelaciones privadas: la liturgia es el criterio, ésta es la forma vital de la Iglesia en su conjunto, nutrida directamente por el Evangelio. La religiosidad popular significa que la fe pone raíces en el corazón de cada uno de los pueblos; es así que ésta es introducida en el mundo de la cotidianidad. La religiosidad popular es la primera y fundamental forma de “inculturación” de la fe, que se debe continuamente dejar orientar y guiar por las indicaciones de la liturgia; pero que a su vez fecunda la fe a partir del corazón.
Hemos así pasado de las precisiones más bien negativas, que eran antes que nada necesarias, a la determinación positiva de las revelaciones privadas: ¿cómo se pueden clasificar en forma correcta a partir de las Escrituras?. ¿Cuál es su categoría teológica?. La más antigua carta de San Pablo que se conserva, tal vez el más antiguo escrito independiente del Nuevo Testamento, la primer carta a los Tessalonicos, me parece dar una indicación. El apóstol que dice: “No apaguen el Espíritu, no desprecien las profecías; examinen cada cosa, tengan lo que es bueno” (5, 19-21). En cada tiempo se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado pero que tampoco puede ser despreciado. Al respecto es necesario tener presente que la profecía, en el sentido de la Biblia, no significa predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente y entonces mostrar el camino recto hacia el futuro. Aquél que predice el porvenir encuentra la curiosidad de la razón, que desea descorrer el velo del futuro; el profeta se encuentra con la ceguera de la voluntad y del pensamiento y esclarece la voluntad de Dios como exigencia e indicación para el presente. La importancia de la predicción del futuro en éste caso es secundaria. Es esencial la actualización de la única revelación que me resguarda profundamente: la palabra profética es advertencia, o también consolación, o ambas juntas. En éste sentido se puede conectar el carisma de la profecía con la categoría de los “signos del tiempo”, que ha sido puesta a la luz por el Vaticano II: “... ¿Sabéis juzgar el aspecto de la tierra y del cielo, y no comprendéis éste tiempo?” (Lc 12, 56). Por “signos del tiempo” se debe entender la palabra de Jesús, su propio camino, el mismo. Interpretar los signos del tiempo a la luz de la fe, significa reconocer la presencia de Cristo en cada tiempo. En las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia -luego, también Fátima- se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos del tiempo y a encontrar para ellos la respuesta justa en la fe.

La estructura antropológica de las revelaciones privadas
Con éstas reflexiones hemos buscado determinar el lugar teológico de las revelaciones privadas, y antes de empeñarnos en una interpretación del mensaje de Fátima, debemos todavía brevemente tratar de clarificar un poco su carácter antropológico (psicológico). La antropología teológica distingue en éste ámbito tres formas de percepciones o “visiones”: la visión con los sentidos (o sea la percepción externa corpórea), la percepción interior y la visión espiritual (visio sensibilis - imaginativa - intellectualis). Está claro que en las visiones de Lourdes, Fátima, etc., no se trata de la normal percepción externa de los sentidos: las imágenes y las figuras que fueron vistas, no se encuentras exteriormente en el espacio como se encuentran por ejemplo un árbol o una casa. Esto es del todo evidente, por ejemplo, en lo que respecta a la visión del infierno (descripta en la primera parte del “secreto” de Fátima) o también la visión descripta en la tercera parte del “secreto”; pero también se puede demostrar muy fácilmente por las otras visiones, sobretodo porque no todos los presentes lo veían, de hecho solo los “videntes”. Así también, es evidente que no se trata de una “visión” intelectual sin imágenes, como se encuentra en los altos grados de la mística. Por ello se trata de la categoría del medio, la percepción interior, que ciertamente tiene para el vidente una fuerza de presencia que para él equivale a la manifestación externa sensible.
Ver interiormente no significa que se trata de fantasía, que sería solo una expresión de la imaginación subjetiva. Más bien significa que el alma resulta rozada por el toque de alguna cosa de alguna realidad también supersensible y se vuelve capaz de ver lo que no sensible, lo no visible a los sentidos - una visión con los “sentidos internos”. Se trata de verdaderos “objetos” que tocan el alma, si bien éstos no pertenecen a nuestro habitual mundo sensible. Por esto se exige una vigilancia interior del corazón, que por lo más no tiene la fuerte presión de la realidad externa y de las imágenes y pensamientos que llenan el alma. La persona es conducida más allá de la pura exterioridad, y dimensiones más profundas de la realidad la tocan, se le vuelven visibles.
Quizás así se pueda comprender por qué son los niños los destinatarios preferidos de tales apariciones: el alma está todavía poco alterada, su capacidad interior de percepción está todavía poco deteriorada. “De la boca de los niños y de los bebés se han recibido alabanzas”, responde Jesús con una frase del Salmo 8 (v. 3) a la critica de los Sumos Sacerdotes y de los ancianos que encontraban inoportuno el grito de hosanna de los niños (Mt 21, 16).
Hemos dicho que la “visión interior” no es fantasía sino una verdadera y propia manera de verificar; pero comporta también limitaciones. Ya en la visión exterior está siempre implícito también el factor subjetivo: no vemos el objeto puro, pues éste llega a nosotros a través del filtro de nuestros sentidos, que deben cumplir un proceso de traducción. Esto es todavía más evidente en la visión interior, sobretodo cuando se trata de realidades que superan por si mismas nuestros horizontes. El sujeto, vidente, está implicado de un modo todavía más fuerte. El ve con sus posibilidades concretas, con las modalidades de representación y de conocimiento a él accesibles. En la visión interior se trata de un proceso de traducción que se realiza de un modo todavía más amplio que en la exterior, así que el sujeto es esencialmente partícipe de la formación de lo que aparece como imágenes. La imagen puede llegar sólo luego de su medida y sus posibilidades. Tales visiones, por lo tanto, no son nunca simples “fotografías” del más allá, sino que, además, traen en sí la posibilidad y los límites del sujeto que percibe.
Esto, que se puede mostrar en todas las grandes visiones de los santos, naturalmente vale también para las visiones de los niños de Fátima. Las imágenes por ellos delineadas no son simples expresiones de su fantasía, sino fruto de una real percepción de origen superior e interior; pero tampoco podemos imaginar como si por un segundo el velo del más allá se hubiese corrido y el cielo apareciese en su pura esencialidad, así como un día nosotros esperamos verlo en la definitiva unión con Dios. Las imágenes son sobretodo, por así decir, una síntesis del impulso proveniente de lo Alto y de las posibilidades de las que dispone el sujeto que percibe, es decir, de los niños. Por este motivo el lenguaje de imágenes de éstas visiones es un lenguaje simbólico. El Cardenal Sodano dice al respecto: “... no describen en sentido fotográfico los detalles de los advenimientos futuros, pero sintetizan y condensan en su mismo fondo hechos que se distienden en el tiempo, en una sucesión y duración no precisada”. Esta concentración de tiempos y espacios en una única imagen es típico de tales visiones que, por lo tanto sólo pueden ser descifrados con posterioridad. Al respecto, debe tenerse en cuenta que cada elemento visual no necesariamente debe tener un concreto sentido histórico. La visión las muestra como juntas, y a partir de la unión de las imágenes deben ser comprendidas las particularidades. Cuál es el centro de una imagen se revela finalmente a partir de lo que es el centro de la “profecía” cristiana en absoluto: el centro es ahí donde la visión se vuelve llamado y guía hacia la voluntad de Dios.

Una tentativa de interpretación del « secreto » de Fátima
La primera y la segunda parte del “secreto” de Fátima ya fueron discutidas ampliamente por la literatura relativa, por lo que no deben ser aquí tratadas una vez más. Querría solo brevemente reclamar la atención sobre el punto más significativo. Los niños, durante un terrible instante, experimentaron una visión del infierno. Vieron la caída de las “almas de los pobres pecadores”. Y ahora se dice por qué fueron expuestos a ese instante: para “salvarlas” - para mostrar un camino de salvación.
Viene a la mente la frase de la primer carta de Pedro: “la meta de vuestra fe es la salvación de las almas» (1, 9). Como camino a ésta finalidad se ha indicado -en forma sorprendente para personas provenientes del ámbito cultural anglosajón y alemán-: la devoción al Corazón Inmaculado de María. Para comprender esto puede bastar aquí una breve indicación: “Corazón”, en el lenguaje de la Biblia, significa el centro de la existencia humana, la confluencia de razón, voluntad, temperamento y sensibilidad, en el que la persona encuentra su unidad y su orientación interior. El “corazón inmaculado” -según Mt 5, 8- es un corazón que, a partir de Dios, está junto a una perfecta unidad interior y por lo tanto “ve a Dios”. Por lo tanto, “Devoción” al Corazón Inmaculado de María significa acercarse a esta actitud del corazón en la cual el fiat -“sea hecha tu voluntad”- deviene el centro informante de toda la existencia.
Si alguno quisiese objetar que sin embargo no debiéramos interponer un ser humano entre nosotros y Cristo, entonces se debería recordar que Pablo no tiene temor de decir a su comunidad: imitadme (1 Cor 4, 16; Fil 3, 17; 1 Tess 1, 6; 2 Tess 3, 7.9). En el apóstol ellos pueden verificar concretamente que significa seguir a Cristo. ¿De quién podríamos nosotros aprender mejor en cada tiempo, si no de la Madre del Señor?
Llegamos así finalmente a la tercera parte del “secreto” de Fátima, que por primera vez fue publicado íntegramente. Como surge de la documentación precedente, la interpretación, que el Cardenal Sodano ofreciera en su texto del 13 de mayo, fue primero presentada personalmente a Sor Lucía. quien ha antes que nada ha observado que -al respecto- a ella le había sido dada la visión, pero no su interpretación. La interpretación, decía, no compete al vidente, sino a la Iglesia. Pero ella, después de la lectura del texto, dijo que ésta interpretación correspondía a lo que ella había experimentado, y que ella por su parte, reconocía ésta interpretación como correcta. Es entonces que en cuanto sigue sólo se podrá tratar de dar un fundamento en forma profunda a ésta interpretación, a partir de los criterios hasta ahora desarrollados.
Como palabra clave de la primera y de la segunda parte del “secreto” hemos seleccionado aquella de “salvar a las almas”, así como la palabra clave de éste “secreto” es el triple grito: “¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”.
Nos viene a la mente el inicio del Evangelio: “paenitemini et credite evangelio” (Mc 1, 15). Comprender los signos del tiempo significa: comprender la urgencia de la penitencia - de la conversión - de la fe. Esta es la respuesta justa al momento histórico, que está caracterizado por grandes peligros, los cuales vendrán delineados en las imágenes sucesivas. Me permito introducir aquí un recuerdo personal: en un coloquio conmigo, Sor Lucía me dijo que le parecía siempre más claramente como la finalidad de todas las apariciones la de hacer crecer siempre más en la fe, en la esperanza y en la caridad - todo el resto intentaba sólo llevar a esto.
Examinemos ahora un poco más de cerca las simples imágenes. El ángel con la espada de fuego a la izquierda de la Madre de Dios recuerda imágenes análogas del Apocalipsis. Ello representa la amenaza del juicio, que pende sobre el mundo. La perspectiva de que el mundo podría ser incinerado en un mar de hambre, hoy no aparece absolutamente más como pura fantasía: el hombre mismo ha preparado con sus invenciones la espada de fuego. La visión muestra luego la fuerza que se contrapone al poder de la destrucción - el esplendor de la Madre de Dios, y, proviniendo en un cierto modo de esto, la apelación a la penitencia. De tal modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está de hecho determinado en modo inmutable, y las imágenes que los niños vieron no son totalmente un film anticipado del futuro del que no se podría cambiar nada. Toda la visión se hace realidad sólo para reclamar sobre el escenario la libertad y para volverla en una dirección positiva. El sentido de la visión no es el de mostrar un film sobre el futuro irremediablemente fijado. Su sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas de la transformación en bien. Por esto son totalmente desviadas las explicaciones del “secreto” que -por ejemplo- dicen que quien atentó el 13 de mayo de 1.981 habría sido en definitiva un instrumento del plano divino guiado por la Providencia y que, por lo tanto, no habría podido actuar libremente, u otras ideas similares que circulan.
La visión habla sobretodo de peligros y del camino para salvarse de ellos.
Las frases siguientes del texto muestran claramente una vez más, el carácter simbólico de la visión: Dios permanece en lo inconmensurable y es la luz que supera cada una de nuestras visiones. Los seres humanos aparecen como en un espejo. Debemos tener continuamente presente ésta limitación interna de la visión, y sus confines están aquí visiblemente indicados. El futuro se muestra solo “como en un espejo, de manera confusa” (cfr. 1 Cor. 13, 12).
Tomamos ahora en consideración las simples imágenes que siguen en el texto del “secreto”. El lugar de la acción es descrito con tres símbolos: una escarpada montaña, una gran ciudad medio en ruinas y finalmente, una gran cruz de troncos toscos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como fatigosa ascensión hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad y convivencia, pero el mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las cuales el hombre aniquila la obra de su propio trabajo.
La cuidad puede ser lugar de comunión y de progreso, pero también el lugar del peligro y de la amenaza más extrema. Sobre la montaña está la cruz - meta y punto de orientación de la historia. En la cruz, la destrucción es transformada en salvación; se erige como signo de la miseria de la historia y como promesa para ella.
Aparecen luego los seres humanos: el obispo vestido de blanco (“hemos tenido el presentimiento de que fuese el Santo Padre”), otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y finalmente hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales. El Papa parece preceder a los otros, temblando y sufriendo por todos los horrores que lo circundan. No solo las casas de la cuidad yacen en ruina - su camino pasa en medio de los cadáveres de los muertos. La calle de la Iglesia es descripta como un Vía Crucis, como un camino en un tiempo de violencia, de destrucción y de persecuciones. Se puede encontrar representada en ésta imagen la historia de un siglo entero. Como los lugares de la tierra son sintéticamente representados en las dos imágenes de la montaña y de la ciudad y están orientados a la cruz, así también los tiempos están presentados en modo contraído: en la visión nosotros podemos reconocer el siglo transcurrido como siglo de los mártires, como siglo del sufrimiento y de las persecuciones a la Iglesia, como el siglo de las guerras mundiales y de muchas guerras locales que han llenado toda la segunda mitad y han hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el “espejo” de ésta visión vemos pasar los testigos de la fe de decenios. Al respecto parece oportuno mencionar una frase de la carta que Sor Lucía escribió al Santo Padre el 12 de mayo de 1982: “la tercera parte del ‘secreto’ se refiere a las palabras de Nuestra Señora: ‘De lo contrario (Rusia) esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho por sufrir, varias naciones serán destruidas’”.
En el Vía Crucis de un siglo la figura del Papa tiene un rol especial. En su fatigoso subir sobre la montaña, sin dudas que podemos nombrar diversos Papas que, comenzando por Pío X hasta el actual Papa, han compartido los sufrimientos de éste siglo y se han esforzado por proceder en medio de ellos según el camino que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es asesinado en la calle de los mártires. ¿No debía el Santo Padre, después del atentado del 13 de mayo de 1981, hacer conocer el texto de la tercera parte del “secreto”, reconociendo su propio destino?. Él estuvo muy cerca de la frontera de la muerte y él mismo ha explicado su salvación con las siguientes palabras: “... fue una mano materna que guió la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró sobre el umbral de la muerte” (13 de mayo de 1994). Que una “mano materna” haya desviado la bala mortal, muestra una vez más que no existe un destino inmutable, que fe y plegaria son potencias que pueden influir en la historia y que al final la plegaria es más fuerte que los proyectiles, la fe más potente que las divisiones.
La conclusión del “secreto” recuerda imágenes que Lucía pudo haber visto en libros piadosos y cuyo contenido deriva de antiguas intuiciones de fe. Es una visión consolante, que quiere que una historia de sangre y lágrimas se vuelva permeable a la potencia sanadora de Dios. Los Ángeles recogen la sangre de los mártires bajo los brazos de la cruz y riegan así a las almas que se acercan a Dios. La sangre de Cristo y la sangre de los mártires son aquí consideradas juntas: la sangre de los mártires se desliza de los brazos de la cruz. Su martirio se cumple en solidaridad con la pasión de Cristo, convertida en una sola cosa con ella. Ellos completan a favor del cuerpo de Cristo, lo que todavía le falta a sus sufrimientos (cfr. Col. 1, 24). Su vida es convertida ella misma en eucaristía, inserta en el misterio de la semilla de grano, que muere y se vuelve fecunda. La sangre de los mártires es semilla de cristianos, ha dicho Tertulliano. Como de la muerte de Cristo, de su costado abierto, a nacido la Iglesia, así la muerte de los testigos es fecunda para la vida futura de la Iglesia. La visión de la tercera parte del “secreto”, angustiante en su inicio, concluye entonces con una imagen de esperanza: ningún sufrimiento es en vano, y justo una Iglesia sufriente, una Iglesia de mártires, deviene en signo indicador para la búsqueda de Dios por parte del hombre. En las amorosas manos de Dios, no son escuchados solamente los sufrientes como Lázaro que encontró la gran consolación y misteriosamente representa a Cristo, que quiere devolver para nosotros al pobre Lázaro; es cualquier cosa de más: del sufrimiento de los testigos deriva una fuerza de purificación y de renovación, porque ella es actualización del mismo sufrimiento de Cristo y transmite en el presente su eficacia salvadora.
Estamos así ante una última pregunta: ¿Qué significa en su conjunto (en sus tres partes) el “secreto” de Fátima?. ¿Qué nos dice?. Antes que nada debemos afirmar con el Cardenal Sodano: “... los acontecimientos a los que hace referencia la tercer parte del ‘secreto’ de Fátima parecen ahora pertenecer al pasado”. En la medida en que simples eventos son representados, ellos ya pertenecen al pasado. Quien estuviera esperando excitantes revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el futuro curso de la historia, quedará desilusionado. Fátima no nos ofrece tales calmantes de nuestra curiosidad; como del resto en general, la fe cristiana no quiere y no puede ser pastura para nuestra curiosidad. Lo que queda lo hemos visto al inicio de nuestras reflexiones sobre el texto del “secreto”: la exhortación a la plegaria como camino para la “salvación de las almas”, y en el mismo sentido, el reclamo a la penitencia y a la conversión.
¿Quieren por fin retomar otra vez una palabra clave del “secreto” vuelta justamente famosa: “Mi Corazón Inmaculado triunfará”?. ¿Qué significa?. El Corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que las armas de cualquier especie. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en éste mundo al Salvador - porque gracias a esto “Sí” Dios podría volverse hombre en nuestro espacio, y tal hora queda para siempre. El maligno tiene poder en éste mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; el tiene poder, porque nuestra libertad se deja continuamente apartar de Dios. Pero dado que Dios mismo tiene un corazón humano y ha vuelto la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad para el mal no tiene más la última palabra. Desde entonces vale la palabra: “Vosotros tendréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo” (Gv. 16, 33). El mensaje de Fátima nos invita a encomendarnos a ésta promesa.

Card. Joseph Ratzinger
Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe


NOTAS
(1) Del diario de Juan XXIII, 17 de agosto de 1959: “Audiencia: P. Philippe, Comisario del S.O. que me trae la carta contenedora de la tercer parte de los secretos de Fátima. Me reservo de leerla con mi Confesor”.-
(2) Es para recordar el comentario que el Santo Padre hiciera en la Audiencia General del 14 de octubre sobre “El evento de mayo: gran prueba divina” en Enseñanzas de Juan Pablo II, IV, 2, Ciudad del Vaticano 1981, 409-412.
(3) Radio mensaje durante el Rito de Santa Maria Mayor. Veneración, agradecimiento, encomendación a la Virgen Maria Theotokos, en Enseñanzas de Juan Pablo II, IV, 1, Ciudad del Vaticano 1981, 1246.
(4) En la Jornada Jubilar de las Familias el Papa confía a la Virgen los hombres y las naciones, in Enseñanzas de Juan Pablo II, VII, 1, Ciudad del Vaticano 1984, 775-777.
(5)
(6) En la “cuarta memoria” del 8 de diciembre de 1941 Sor Lucía escribe: “Comenzó pues mi nueva tarea, y satisfaré las órdenes de V.E.Rev. y los deseos del Dr. Galamba. Excepto la parte del secreto que por ahora no me es permitido revelar, diré todo. Voluntariamente, no dejaré afuera nada. Admito que podrán perdonarme algunos particulares de mínima importancia”.
(7) En la citada “cuarta memoria” Sor Lucía añade: “En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe, etc.”.
(8) En la traducción se ha respetado el texto original también en las imprecisiones de puntuación, que por otra parte no impide la comprensión de lo que la vidente ha querido decir.

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