QUE PREGUNTO A (CIERTOS) CATOLICOS “Con Dios o sin Dios, ¿que cambia?” Hace unos dos meses el arzobispo de Lucca me invitó
a hablar sobre este tema en la basílica de su ciudad, en diálogo con el padre Enzo Bianchi. ¿Qué es lo que puede unir a un ateo y un creyente en Jesús muerto y resucitado? ¿Qué compromiso común pueden realizar?
Este ha sido el corazón de esa tarde de confrontación, para mi inolvidable, a la presencia de mil personas, la mayor parte católicas. Una cuestión que me parece de actualidad más que nunca en esta Italia que se predispone –en las próximas semanas cruciales- a decidir el futuro de su propia convivencia, la que indica la Constitución democrática o aquella que se basa en la prevaricación de los más fuertes. Una cuestión que la editorial de “Famiglia Cristiana” expresa una vez más como ineludible. Afinidades y diferencias. UN ATEO y un creyente están separados por la fe, como es obvio. Para ti, amigo cristiano, esta vida es solo un pasaje, un preludio a la vida futura que nunca tendrá fin y todo lo que sucede en la historia humana, es más, en toda la vida del cosmos, desde el big bang en adelante, tiene un sentido y un objetivo, nace de la voluntad de Dios. Para mí todo se juega y se concluye en la finitud de la existencia, mi muerte será como la de cualquier otro chimpancé, de cualquier otro organismo. Todo volverá a ser como antes de que yo naciera, el mundo sin mí y yo en la nada. Un mundo que no tiene ningún sentido, que ha nacido de la casualidad: el sentido, de la vida individual y colectiva, tenemos que intentar darlo nosotros, si somos capaces. Pero es precisamente a partir de aquí, que entre el ateo y el cristiano es posible mucho más que alianzas y convergencias, es posible una acción común. Cristiano es de hecho en primer lugar –o al menos debería serlo, si la palabra quiere tener un sentido- aquel que escucha e intenta aplicar el mensaje de Jesús de Nazareth codificado en los evangelios. Donde –abriendo una página cualquiera- se nos recuerda que el primer deber de quien tiene fe es el de estar entre los últimos, de dar al pobre la mitad del propio manto, porque es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que a un rico se le abran las puertas del paraíso. Donde el Jesús del amor y de la bondad se convierte en furia de intolerancia solo con los mercaderes del templo, porque transforman un lugar del espíritu en una cueva de ladrones y con quienes escandalizan a los pequeños, porque sería mejor que se tirasen al mar con una piedra al cuello y con los fariseos y con quien no respeta el decir “si si, o no no”, porque cada vez que se repite de más viene del maligno”. Para un ateo, si es democrático, y para un creyente, si es cristiano, el compromiso común por lo tanto debería ser la cosa más simple y obvia del mundo. Querido amigo que crees en un Dios crucificado y resucitado, sobre el plano filosófico nos será siempre difícil entendernos. Me parece absurdo que tú puedas imaginar que no morirás nunca, tú en cambio piensas que mi vida, sin transcendencia, es irremediablemente empobrecida. Pero sobre el plano civil, de nuestra existencia en común, nada nos divide. Uno de los mandamientos dice en efecto “no robarás”, ningún mandamiento se preocupa de las células estaminales, idea fija de Ratzinger y de Giuliano Ferrara, desconocida para Jesús, y no de seguro porque no hubiesen sido descubiertas todavía. Ama al prójimo como a ti mismo, es la síntesis de lo que ese profeta hebreo de Galilea ofrece como enseñanza. Ese prójimo que es exactamente el inmigrante y que es más incluso que los hermanos o el padre o la madre (que en los evangelios Jesús trata en varias ocasiones con desdeñosa dureza). Jesús llama a la conciencia de cada uno, no a la obediencia hacia las autoridades, hacia los sumos sacerdotes de una Iglesia jerárquica que nunca ha soñado de fundar (la iglesia para Jesús es sólo reunirse los que tienen fe en el ágape fraterno). Diktat de obediencia EL MENSAJE terreno de Jesús es un mensaje de justicia y de libertad. Entre los más radicales y por este motivo se ha vuelto paradigmático de tantas revoluciones. El mensaje de la Iglesia jerárquica que pretende tener el monopolio de las llaves de la voluntad de Cristo se ha convertido sin embargo, en los momentos cruciales de la modernidad, en un diktat de obediencia, que mira demasiado al mantenimiento del propio privilegio. Mientras el padre de los Estados Unidos de América, Thomas Jefferson, proclama el “muro de separación” entre iglesias y democracia, entre política y religión y en nombre no solo del liberalismo de Locke, sino también de la moral de Jesús (de quien publica el “evangelio auténtico”, depurado de todas las incrustaciones de las “iglesias” que los transformarán en “canónicos”), los papas se entrenan en el anatema contra la autonomía que los seres humanos empiezan a reivindicar. Esta apertura de la fe recorre todo el modernismo y está presente hoy más que nunca. Está de hecho la fe de monseñor Romero, martirizado por los escuadrones de la muerte de las oligarquías y la de Karol Wojtyla que se asoma junto a Pinochet en un balcón (y que pone al mismo nivel la mujer que comete un aborto y los SS), como hace tiempo la de Bonhoeffer, ahorcado por resistencia contra el nazismo, o de don Minzoni, asesinado por el fascismo, y la de Pio XII, condescendiente hacia uno y el otro. No siempre la contraposición es tan neta, obviamente. Y a veces los dos modos de vivir la fe se entrelazan y se alternan en la misma persona. Pero nunca pueden conciliar hasta el fondo. Los valores del evangelio o la supremacía de la jerarquía: cada creyente, al final, hace una elección. El cristianismo de quien opta por la primera forma, la de tantos “curas de la calle” y de sus asociaciones de voluntariado, es, para muchos de nosotros, ateos democráticos, una lección cotidiana de coherencia. Pocos de nosotros tienen el coraje de vivir radicalmente los valores de justicia y de libertad hasta ese punto de generosidad y de abnegación Y son precisamente estas personas de fe las que, en general, practican también una rigurosa laicidad, quizás consideran pecado el aborto o la eutanasia, pero es un pecado aún más inadmisible pretender negarlo con la violencia de la ley a quien no lo considera pecado. Con estos creyentes, que espero sean cada vez más, nos esperan meses de compromiso sin descanso, bajo la bandera común de quien desea cumplir con nuestra Constitución que ha nacido de la Resistencia, contra aquellos que quieren asesinarla. Por Paolo Flores d’Arcais IL FATTO QUOTIDIANO 26 AGOSTO 2010
|