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DOHA, LA CIUDAD ESPEJO DEL CAPITALISMO
Imponente. Qatar, es una vidriera que combina lujo en exceso y población excluida. Economía de mercado en una vieja aldea de pescadores.
Por Adrián Murano (Desde Qatar)
El capitalismo debe estar orgulloso de Doha. Aquí el dinero se luce, se palpa. Manda. La capital de la pequeña Qatar es una muestra gratis –lo único gratis en estas playas– de que el dinero todo lo puede. Para los que lo tienen, claro.
Algunos números fríos: en los últimos seis años el PBI del país creció un 300 por ciento y se ubica en 118.000 millones de dólares. El emirato posee la tercera reserva petrolera y la segunda reserva de gas a nivel mundial. Las inversiones financieras de sus fondos soberanos, sustentados por regalías, manejan 90 mil millones de dólares. Todo esto deriva en un dato impactante: con una población estimada en 1,5 millones de habitantes, el emirato posee la tasa de PIB per cápita más alta del mundo, con 83.000 dólares anuales. A primera vista, nada mal para un territorio que ocupa la mitad de la provincia de Tucumán y que, hasta hace cuatro décadas, vivía de la pesca y la recolección de perlas.
Pero como suele ocurrir con los lujos ampulosos –que aquí abundan–, no todo lo que brilla es oro.
La lluvia de dinero que riega esta península desierta no hidrata por igual a todos sus habitantes. Sólo tres de cada diez vecinos de Doha tienen empleos bien remunerados, acceso gratuito a la salud y la educación y la posibilidad de contar con la propiedad de sus bienes. El resto –la mayoría– sobevive con ingresos inferiores a los que se necesita para pagar un alquiler. Viven apiñados en monoblocs y trabajando de sol a sol. El origen de esta inequidad: por una combinación de tradición, cultura y decisión de Estado, sólo los qataríes de origen –que apenas alcanzan al 30 por ciento de la población– pueden disfrutar de los frutos de sus subsuelos. Los demás –expatriados de India, Turquía y Filipinas, entre otras doscientas naciones– deben conformarse con las migajas del edén. Que no son pocas. Pero, para eso, tienen que conseguir los avales que les permitan trabajar aquí, para lo cual sortean un duro esquema de permisos laborales.

Un extranjero que quiera trabajar en Qatar debe poseer el aval de un nativo para poder instalarse en el país. Este sponsoreo es personal. Si el extranjero transgrede alguna norma, él y su sponsor deben cubrir la pena. Pero la comodidad de vivir de rentas es más tentadora que los riesgos.
Muchos qataríes convirtieron el sponsoreo en verdaderas corporaciones que le cobran un porcentaje de sus salarios a los extranjeros a cambio del aval. Para los expatriados, la mayoría provenientes de países o sociedades más pobres, la ecuación es acuciante pero aún así conveniente: el flujo de dinero en Doha es tan copioso que, aún los que menos reciben, pueden pagar las cuentas y enviar remesas a sus familias.

Varios organismos de derechos humanos internacionales sostienen que este esquema, aplicado también en otros países de la región, constituye un sistema moderno de esclavitud. Los locales, en cambio, argumentan que es pura justicia. La riqueza de Qatar, dicen, les debe pertenecer a los qataríes. Consecuencia: hay mucha riqueza para repartir entre pocas manos.
El big bang que alumbró la Qatar moderna y estilizada de las postales que la promocionan fue, claro, el oro negro. Pero no es sólo eso lo que hizo que el mundo pusiera a Doha en el mapa. A través de un eficaz sistema de inversiones, que incluye fondos soberanos y empresas públicas de alcance transnacional, la capital qatarí se propone como polo de un nuevo esquema de comercio global, donde los países en vías de desarrollo –históricamente expoliados en sus recursos naturales– obtengan beneficios similares a los que durante siglos engordaron a las obsoletas potencias de Occidente.

Aclaración para evitar confusiones: no es que Doha se postule como paladín de los países expoliados, ni mucho menos. Ocurre que, sentados sobre una burbuja de gas y acostumbrados a lidiar con condiciones desfavorables de todo tipo, la dinastía que gobierna este emirato consideró que ya es tiempo de redibujar el globo terráqueo de acuerdo a la nueva realidad de la economía global. Ni más, ni menos.
El emir Hamad bin Jalifa Al Thani conduce Qatar desde 1995. Su acceso al poder tiene una historia peculiar: para hacerse del sillón, Al Thani desalojó con un incruento golpe de Estado a su padre, Jalifa bin Hamad Al Thani, mientras éste descansaba en Suiza. De algún modo, continuó con el rito familiar. Antes que él, su padre también había llegado al trono derrocando a su primo, Ahmad b’Alí. Aquí, las conspiraciones palaciegas se toman muy en serio.
La figura de Al Tani está omnipresente en las calles de Doha. En una de las imágenes más repetidas, se lo ve sonriente, alzando la Copa de la FIFA, celebrando la elección de Qatar como sede del Mundial 2022. Faltan once años para el evento, es cierto, pero en Doha ya se vibra como si la pelota fuera a rodar mañana.
En varios puntos de la ciudad se emplazaron carteles con imágenes a escala de estadios, centros de prensa, gimnasios especiales y parques gigantes para el público que no pueda acceder a las canchas. A propósito, habrá un estadio en particular al que no será fácil acceder: según la maqueta del proyecto oficial, la cancha que albergará el partido inicial será construido sobre el mar, justo enfrente de la plataforma que hoy contiene a los pintorescos barquitos de madera que, más por atracción turística que por necesidad, cada mañana salen de pesca.
Si puede resultar exótico la construcción de un estadio sobre el mar, el dato que sigue lo supera: en Doha, prometen inaugurar para el año próximo 100 edificios de lujo pese a que aún están en etapa de proyección. Todos son rascacielos, estarán destinados a hoteles y oficinas, y serán de diseño único, como los que vienen decorando la península desde que el jeque Al Tani descubrió la fórmula de la prosperidad: administrar los excedentes de las regalías petroleras con fondos de inversión soberanos y con intereses esparcidos en todos los continentes. Esa fue, precisamente, el atractivo que imantó a un centenar de argentinos hasta aquí.
La presidenta Cristina Fernández encabezó la comitiva de funcionarios y empresarios que, durante diez días, recorrieron el Golfo Pérsico y Turquía en búsqueda de acuerdos políticos y negocios. La gira oficial comenzó en Kuwait, otro emirato petrolero próspero que se metió en el mapa noticioso de occidente por una invasión –la que le prodigó Irak en 1990–, pero que hoy luce una mejor cara.
Como los de Qatar, los números de Kuwait brillan por su desmesura: se trata del quinto país más rico del mundo, habitado por 2,7 millones de personas, con un PIB per cápita de casi 82.000 dólares. Además de un mar de petróleo, Kuwait también posee dos fondos soberanos de inversión, el Kuwait Investment Authority (KIA) –que maneja 200 mil millones de dólares– y el Foro de Desarrollo Económico Árabe. Con los dos se reunió la comitiva argentina, y de ambos escuchó la misma respuesta: “Nos interesa comerciar con ustedes”. El emir kuwaití Sabah IV Al-Ahmad Al-Jaber Al- Sabah fue más enfático aún. “Nosotros siempre tenemos en mente a su país porque nuestro plan es a largo plazo”, le dijo el jeque a la Presidenta, justo antes de estampar su firma en el tratado con el que Kuwait declaró a la Argentina como destino estratégico de  inversiones en América latina. El mismo acuerdo se replicó en Doha, la capital de esta península, que se asemeja a una gran obra en construcción.
Hacia donde se mire, hay una grúa meciéndose. Y autos de lujo deslizándose por el asfalto impecable. A propósito: en Doha, casi nadie camina. En buena medida porque la mayor parte del año la temperatura oscila los 35º pero, fundamentalmente, porque andar en auto es casi tan barato como caminar. En Qatar, llenar el tanque de un auto mediano ronda los 10 dólares. Algo más, claro, si se posee una 4x4 o una Hummer. Y en Doha tienen fascinación por las Hummer.
Si uno de los pasatiempos qataríes es pasear en autos caros, el otro, por supueso, es ir de shopping. El Doha City Hall es el más grande y moderno de la ciudad. Está ubicado a cinco cuadras de la zona diplomática –donde se agrupan los hoteles de superlujo– y en sus entrañas habita la quintaesencia del consumo VIP. Ropa, make up, autos. Las marcas más relevantes del mundo tienen un local en el City. “Aquí vienen a hacer negocios los empresarios más importantes del mundo. Nuestra marca debe estar aquí”, recita, en perfecto inglés, un vendedor de un local de trajes para caballeros. El vendedor es de Bangladesh, ergo, habita en la parte baja de la pirámide distributiva que rige en Qatar.
Tanto el Estado como las empresas privadas reservan los mejores puestos de trabajo para los nativos, eso siempre y cuando no hayan tenido la fortuna de cruzar alguna rama de la familia con el emir o algunas de las seis dinastías que se reparten la crema de los negocios locales. En el cierre del rally Dakar, la Argentina fierrera acaba de aplaudir a uno de esos herederos. Nasser Al-Attiyah, el piloto que acaba de ganar la competencia, integra la realeza qatarí. La hermana de su padre fue madre sustituta del emir Al Tani –le dio la teta . Este imbricado parentesco no alcanza para aspirar a una coronación, pero sí para ser príncipe, lo que no es poca cosa en este lugar. Figura del deporte local, Al-Attiyah no sólo brilla en las duras pistas de arena y ripio. En sus ratos libres practica tiro al plato, lo que le valió participar de tres Juegos Olímpicos y colgarse varias medallas en los juegos asiáticos. Pero no es la pasión por el rally ni la puntería lo único que transforma a Al-Attiyah en un heredero peculiar. Entre competencia y competencia, el hombre sigue los números del negocio familiar, la empresa Barwa, un complejo financiero que en apenas cinco años consiguió englobar a 40 compañías. El príncipe, como la mayoría de los nativos de Qatar, puede dar fe del vertiginoso ascenso económico que en los últimos tiempos experimentó esta vieja aldea de pescadores.
http://www.elargentino.com/nota-122996-Espejo-del-capitalismo.html
20.01.2011

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