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reportero1 MORIR PARA ENSEÑAR
La muerte de un periodista o de un reportero gráfico de guerra  siempre tiene un mensaje. Un mensaje claro.  Más allá de las circunstancias de la tragedia, que en algunos casos, también tiene su lenguaje propio. Un mensaje dirigido al profesional. Un mensaje dirigido a su causa. Un mensaje dirigido a la opinión pública. Un  mensaje dirigido a la humanidad. Asesinatos al azar. Asesinatos prolijamente maquinados y planificados, y no pocas veces bajo el rostro del secuestro.

Entrometerse donde no se es llamado, para ser ojos, oídos y boca de la comunidad local y de la comunidad internacional  y vale decir, de la comunidad humana, siempre tiene sus riesgos. Tiene su precio. En el ayer y en el hoy. No importa el conflicto bélico o el escenario de sangre y poder en el que el profesional esté sumergido, pero lo cierto es que siempre ese precio se paga, hasta con la vida misma.
En los conflictos allende las fronteras sudamericanas, las bajas entre los miembros de la familia de la prensa se han ido sucediendo dramáticamente; sangre derramada de muchos profesionales de la comunicación, que únicamente , desde sus puestos de trabajo, no hacían otra cosa que informar sobre los acontecimientos.
Ali Hassan Al Jaber, camarógrafo del canal qatarí Al Yazira, fue abatido a balazos, el 12 de marzo de este año, durante una aparente emboscada cerca de la ciudad de Bengasi, en Libia. El reportero gráfico tenía 55 años. Un colega suyo Tony Birtley, informó desde Bengasi que el camarógrafo recibió tres disparos y que fue herido en el corazón. Birtely dijo además “esta es una extensión de la campaña contra la cadena Al Yazira. Su trabajo ha sido heroico y ha sido un gran shock perder a un colega”. Wadah Khanfar, director general del canal de televisión ha agregado “fue un crimen cobarde y es una campaña sin precedentes contra la cadena de noticias y su equipo por parte del régimen del líder libio Muamar Gadafi”
Mohmmed Nabbous, periodista,  murió de un balazo en la cabeza el 19 de marzo durante los ataques de las fuerzas de Gadafi sobre la ciudad de Bengasi en Libia.Nabbous realizaba transmisiones en vivo a través del canal Libya Alhurra en Livestream
Dave Clark, periodista de AFP y los reporteros gráficos de la misma agencia Robert Schmidt y Joe Raedelle, fueron secuestrados por las fuerzas de Gadafi en la última semana de marzo. Dave Clark relata así uno de los difíciles momentos que les toco en suerte sin costarles la vida: “..la histeria crecía. Comprendo poco el árabe, pero algunas frases eran inconfundibles ¡F 16 ¡F 16 ¡! Gritó alguien en referencia a los caza bombarderos estadounidenses. Civiles armados con el rostro transfigurado por la rabia metían sus cuerpos en el coche tratando de pegarnos. La artillería antiaérea serpenteó en el cielo. Una primera explosión sacudió la ciudad. Un fogonazo, un bramido sordo, un temblor débil y una bola de fuego. Luego sabríamos que barcos de guerra estadounidenses y británicos habían lanzado misiles de crucero contra los sistemas de defensa aérea. Yo había empezado una cuenta atrás mental hasta la hora en la cual estimaba que mi esposa comenzaría a preocuparse. Me pregunté cuánto esperaría la AFP antes de advertirle que ignoraban lo que me había ocurrido. Eramos prisioneros de un régimen paranoico..Nos dijeron que entrar en Libia sin visados nos colocaba en una “situación difícil”. La primera noche fuimos interrogados por un funcionario con un inglés impecable. Quería los nombres y números de teléfono  móvil de nuestros contactos rebeldes, pero mi teléfono satelital Thuraya había sido robado y el coche, donde se encontraba mi libreta de apuntes, había sido quemado….Nos esposaron las manos tras la espalda, provocándonos un intenso dolor, y nos vendaron los ojos. Nos subieron a una camioneta todoterreno y las esposas de metal fueron ajustadas, cortándonos las muñecas. Hacía cuatro días que no nos bañábamos. El olor nauseabundo empeoraba a medida que el vehículo se recalentaba bajo el sol del desierto. Nuestros escoltas nos rociaban regularmente con un perfume horriblemente  dulce…Las señales no eran buenas. Calculamos que deberíamos estar ahora cerca de Trípoli. Finalmente nos bajaron de la camioneta. Estábamos completamente desorientados. Me condujeron por una escalera de cemento hasta una celda y comencé a imaginarme que me llevaban a un acantilado frente al mar..Durante una hora y media mi interrogador recurrió a insultos, amenazas  y un par de cachetazos suaves…De regreso a la celda, encontré a Roberto extremadamente preocupado. Joe se nos unió y por primera vez los tres comenzamos a sentirnos desmoralizados….No tenía idea qué habíamos confesado pero nos dijeron que éramos objeto de una investigación militar formal. Cárcel o ejecución eran probables. Súbitamente, tres hombres irrumpieron en la celda, nos vendaron y nos amontonaron en el asiento trasero de un Toyota. Nadie habló, pero imagino que mis colegas pensaron lo mismo que yo: un viaje rápido al desierto, un disparo en la nuca, una sepultura profunda. Pero nos ordenaron que nos sacáramos las vendas de los ojos. El coche avanzaba por una avenida bien iluminada del centro de Trípoli.“!No se preocupen, van al hotel!” dijo el hombre que ocupaba el asiento del acompañante”
No precisamente en Libia, pero sí en la región de la franja de Gaza, Vittorio Arrigoni, un activista italiano en misión de prensa en ese punto del planeta, en las primeras semanas del mes de abril corrió otra suerte: luego de permanecer secuestrado fue asesinado –por ahorcamiento- en una casa abandonada de la Franja de Gaza, quizás en una de las que él mismo contribuyó a evacuar durante los bombardeos de la Operación Plomo Fundido. Sus asesinos –supuestamente un grupo extremista- sencillamente quisieron callarlo para siempre, porque su trabajo no era humanitario sino político y en esencia periodístico (aún sin formar parte de los equipos de las Agencias extranjeras allí en cobertura), porque escribía desde Gaza una serie de crónicas para Il Manifiesto y porque  lo que acontecía lo grababa y lo contaba todo, como combatiente por una paz justa, y por ser solidario y aún humano.
Periodistas y no periodistas lloraron su muerte. Un crimen con un mensaje enemigo para un amigo de la verdad. Un mensaje para un valiente de la comunicación. Un héroe. Un héroe sin  cámara. Un héroe que desagradó a Israel porque denunció el dolor del pueblo palestino.
En Libia, entre tanto, la profesión de informar siguió cobrando vidas.
Tim Hetherington (estadounidense candidato al “Oscar” por el filme “Restrepo” )  y Chris Hondros, fotógrafos,  mueren alcanzados por morteros de las fuerzas de Gadafi cuando  estaban ubicados en Misrata ,en un destacamento de los rebeldes, para un proyecto personal. Otros dos fotógrafos resultaron heridos  en el ataque: Guy Martin, herido en el bazo, quedó en estado muy grave; y Michael Christopher Brown sufrió heridas de metralla en el hombro.
Tim Hetherington trabajaba para la revista Vanity Fair. Publicó su libro “Infidel” encarando el día a día de la guerra en Afganistán. Sus fotos mostraban una parte pocas veces vista del enfrentamiento: imágenes de soldados durmiendo o en sus horas de recreo, tan vulnerables en ese momento como los civiles cuyas vidas se cobraba el conflicto armado. “Estos hombres son las armas que se utilizan para unos fines políticos” afirmó en una conferencia para presentar su libro en Washington.
El fotógrafo Hetherington estaba trabajando en un proyecto multimedia documentando la guerra y su familia declaró “Tim estaba en Libia para destacar los problemas humanitarios durante los tiempos de guerra y conflicto. Le echaremos de  menos siempre”
A partir de la fe. A partir de la razón. A partir del poder, el hombre continúa matando al hombre. Y se ensaña contra el hombre que registra todo para denunciarlo al mundo, en imágenes, en palabras o en crónicas. Se ensañó hace dos mil años. Se ensañó  siglos después.  Se ensañó antes de la primera guerra, después y durante la segunda guerra. Se ensañó en la guerra civil española. Se ensañó en la guerra fría. Se ensañó contra quienes denunciaban las atrocidades de la guerra de Vietnam, en particular de las cometidas por las fuerzas invasoras. Se ensañó  y  todavía se ensaña en Africa. Se ensañó en Yugoslavia. Se ensañó contra los que combatían o denunciaban el  crimen organizado en Italia. Se ensañó en Colombia y se ensaña en México como en otros países de sudamérica.  Se ensañó contra quienes denunciaban las violaciones de  los derechos humanos en los países en dictadura. Se ensaña contra aquellos que micrófono, libreta de apuntes y cámara en mano van contra el poder político, empresarial, religioso y financiero. Se ensañan hasta matarlo físicamente o civilmente. Pero se ensañan, vestidos con las ropas de hipocresía. Se ensañaron en Sierra Leona, Angola, Argelia, Kosovo, Medio Oriente, Palestina,  Nepal, Irak, Afganistán, Argentina, Nicaragua, Paraguay, Chile.
Poderoso señor don dinero. Poderoso señor de las empresas de comunicación, todavía hay  buenos profesionales que andan por allí y por allá, especialmente  donde repiquetean las balas y los proyectiles del mal segando vidas débiles o infantiles, denunciando las barbaridades del hombre de hoy.
Poderoso  señor don dinero esperamos que todo esto cambie.  Y si ahora se derrama  la sangre  de los inocentes o de los sedientos de justicia, como Vittorio Arrigoni y otros que no titubean en sacrificarse por el deber de informar, en un mañana su pérdida será la consolación de la humanidad y el primer paso  para comprender el  inevitable martirio , masticando  el sabor amargo de su ausencia, que enseñanza al fin, los enaltecerá  eternamente para dejarnos bien en claro que comprometerse con la vida y la verdad vale más que mil euros, miles de aplausos o miles de puntos de rating
La muerte de un periodista o de un reportero gráfico de guerra siempre nos deja un mensaje: avergonzarnos de nuestra indiferencia, de nuestra falta de compromiso y de nuestra comodidad  cotidiana, con el infaltable dejo del individualismo y el egoísmo del hombre de hoy. Lector, piénselo bien, calmo y sereno, que es así, gústenos o no.

Por Jean Georges Almendras

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