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ciotti-luigi-web21DIGNIDAD Y DERECHOS, LOS DESAFIOS DE LA IGLESIA SEGUN EL ANALISIS DE DON LUIGI CIOTTI
Por Luigi Ciotti – 27 de Diciembre de 2010

No a definiciones como “cura antimafia”, y tampoco “cura antidroga”, “cura de la calle”, “de frontera”. Etiquetas de este tipo corren el riesgo de hacer pasar por “excepcional” a aquello que en cambio es – o al menos tendría que ser – normal y casi obvio. Un sacerdote no puede hacer otra cosa que alinearse, con fuerza, en contra de la mafia y de todo lo que la alimenta: desde la corrupción a las injusticias sociales, desde la violencia a la difundida ilegalidad. Porque entre mafia y Evangelio hay una incompatibilidad irreducible, absoluta.

El Evangelio es palabra de vida, de libertad, de esperanza: es promesa y anuncio de lo que el crimen organizado, con su cultura de muerte, en cambio niega y elimina. Y junto con el Evangelio, actuando como referencia para los sacerdotes como para cualquier otro ciudadano, están la Constitución Italiana y la Declaración Universal de los Derechos Humanos: textos que en distintos planos afirman el mismo compromiso por la verdad, la justicia, la dignidad del ser humano.

Este compromiso que sella la tierra con el cielo encuentra expresiones importantes en la Iglesia, no sólo en el Sur y no sólo en nuestro país. Personas y comunidades que cada día se empeñan sin clamor, por construir dignidad y derechos allí donde las mafias los oprimen a través de las lógicas del chantaje y de los favores. Personas que en situaciones, a menudo muy delicadas, se ponen en juego por el bien de todos, creyentes y no creyentes, y es entonces tarea de todos apoyarlos, ayudarlos, darles fuerza.

Luego, claro está, no podemos hacernos los desentendidos de que en el interior de la Iglesia han habido debilidades, comportamientos ambiguos, tolerantes, en algunos casos incluso cómplices. Y se ha “pecado” a veces de valor, de insuficiente determinación en la oposición a la ilegalidad mafiosa. Y es así que quien a ese valor lo vivía en primera persona se encontraba más expuesto, más vulnerable, «Éste aquí era un cura incómodo – dijo el mafioso arrepentido Salvatore Cancemi hablando de Don Puglisi –  un cura que seguramente molestaba a Cosa Nostra, al cien por ciento». Si se hubiese «dedicado a sus cosas», continúa, «habría vivido cien años». Pocos meses antes del homicidio del párroco de Brancaccio, otro mafioso arrepentido, Francesco Marino Mannoia, declara al magistrado: «En el pasado la Iglesia era considerada sagrada e intocable. Ahora en cambio Cosa Nostra está atacando incluso a la Iglesia porque se está expresando en contra de la mafia. Los mafiosos mandan mensajes claros a los sacerdotes: no interfiráis».

Esto es en cambio precisamente lo que tiene que hacer la Iglesia: “interferir”, iluminar las consciencias, denunciar los asuntos criminales y las injusticias sociales. Así la soñaba Peppe Diana, párroco de Casal di Principe, asesinado por la Camorra el 19 de Marzo de 1994. Él, que invitaba a su gente a «subir a los techos de sus  casas y anunciar palabras de vida», le pedía a la Iglesia que  «hable claro» y que no renuncie a su «rol profético». Así también la soñaba Don Tonino Bello, una Iglesia «para el mundo y no para sí misma». En fin, una Iglesia que no esté “asomada en la ventana” o “en el púlpito”, cerrada y distante, sino que viva en medio de los pobres, de los últimos, de quienes trabajan, lista a ensuciarse las manos para afirmar sus derechos y su dignidad.

«La mafia – dijo Benedicto XVI hablando a los jóvenes sicilianos en el octubre pasado – es un camino de muerte». Retomando así ese “grito” del 9 de mayo de 1993, cuando Juan Pablo II, desde el Valle de los Templos en Agrigento, la definió como un “pecado social” y “una civilización de muerte”, invitando públicamente a los mafiosos a convertirse. Frente a palabras tan claras, ningún católico puede seguir pensando en cerrar los ojos delante al fenómeno mafioso, ni de separar la dimensión espiritual de la responsabilidad civil.

Son palabras que nos piden coherencia, credibilidad, empeño, como cristianos y como ciudadanos. Y que me recuerdan una “advertencia” de mi “maestro”, el Padre Michele Pellegrino: «Es deber de la Iglesia, de toda la Iglesia, denunciar el abuso del dinero y del poder. No digo, es más no lo creo, que baste con la denuncia para eliminar este abuso, este pecado que lesiona la justicia y la caridad fraterna. Pero Dios no nos pide que eliminemos el pecado del mundo. Nos pide que lo denunciemos como lo denunciò Cristo».

Tratto da: liberainformazione.org

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