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EL CIELO Y LA TIERRA PASARAN”

Crónica de la Conferencia del 25-10-08 en Buenos Aires

“El Cielo y la Tierra pasarán pero Mis palabras no pasarán”
Mateo, 24:35

Para Lorella Placidi
Con mi amor y mi admiración

El tiempo es hoy.
Es hoy porque Él, el Ungido, el Elegido, todavía camina entre nosotros fulgurando la esencia del despertar, trayendo luz a la oscuridad, transmutando la ignorancia en conocimiento, ayudando a la redención del planeta, sirviendo a la luz.
El tiempo es hoy, no mañana.
Porque los Cielos y la Tierra pasarán, pero al igual que las palabras del Maestro, su paso sobre esta Tierra nunca pasará.
Y sí, hablo de Él, de Giorgio, del ser que desde hace catorce mil años imprime su impronta en la historia de este planeta. El mismo que lleva en su cuerpo los Estigmas Sagrados, con tanto dolor y tanto amor. El que desde nuestra ignorancia no podemos reconocer y, desde nuestra soberbia creemos poder juzgar.
El tiempo es hoy.
Porque hoy, la penosa marcha de la humanidad hacia el abismo, todavía es consolada por la gracia divina. Todavía estamos a tiempo de despertar y librarnos de las conductas que nos sumergen cada vez más en la confusión material y nos alejan de las leyes de la llama eterna.
La Ley es omnipresente y eterna: todo lo sabe y todo lo ve.
Y es esa misma Ley la que señala el camino y guía los pies sangrantes y doloridos de Su Enviado que, envuelto en cuerpo de hombre nos invita con su sufrimiento diario a cambiar, a dejar atrás las viejas estructuras, a obedecer y a cumplir, finalmente, lo que se nos ordenó hacer hace dos mil años.
El tiempo es hoy, ni mañana ni después.
Es el tiempo en que debemos hacer un profundo examen de conciencia, una severa autocrítica que deje al descubierto nuestros errores y nuestras deficiencias.
¿Amamos la Ley? ¿La respetamos?
¿Cumplimos con el primer mandamiento?
¿Amamos a nuestros hermanos?
¿Nos lavamos cada día en la fuente del arrepentimiento?
¿Elegimos al Cristo?
¿Creemos verdaderamente en Él?
¿Es sincera nuestra entrega?
¿Es valioso nuestro servicio?
El tiempo es hoy, mañana puede ser tarde.
Porque hoy debemos, como se nos ha recordado tantas veces, elegir nuevamente entre Jesús y Barrabás. Y no es una decisión única, y mucho menos inalterable. Es una decisión que debemos ratificar minuto a minuto, segundo a segundo, en cada una de nuestras acciones, en cada uno de nuestros pensamientos y, por qué no, en cada uno de nuestros sentimientos.
Porque no basta decir yo elijo al Cristo. Ese es nada más que el principio. A partir de ahí debemos comportarnos tal y como Él nos ordenó que lo hagamos. Porque el camino que debemos seguir está dentro, no fuera de nosotros. Y la tarea que debemos cumplir no está en un futuro lejano sino en cada instante que vivimos.
El tiempo es hoy.
Y hoy ¿actuamos como Marta o como María? ¿Realmente lo sabemos? Porque si creemos ser María y somos Marta, vamos a caer en la confusión y desde la ignorancia abriremos la puerta a la soberbia, la que inexorablemente nos va a llevar a sentirnos importantes y con derecho a juzgar a los demás.
El tiempo es hoy, no mañana, no más tarde...
Es ahora cuando debemos recordar los Evangelios y actuar como María, es hoy cuando debemos comprender el valor de cada una de nuestras acciones a partir de la conexión interior, de la unión con la Vida. Y desde ese lugar primordial e intangible encontraremos el centro que guíe todos nuestros movimientos externos, nuestras acciones cotidianas, tan necesarias en el trabajo de la Obra.
El tiempo es hoy.
Hoy debemos cerrar la puerta de nuestra habitación y hablar con el Padre a solas.
Es hoy cuando necesitamos tener presente, en todo momento, que los mil doscientos sesenta días de gloria con los que fuimos bendecidos se han terminado.
Es hoy cuando debemos recordar que estamos viviendo la hora de la resistencia en todos los niveles, para mantener siempre alerta el discernimiento que nos ayudará a evitar la caída.
El tiempo es hoy, porque hoy es el tiempo en que Él todavía nos cuida y protege para que no caigamos en la tentación que es cada día más sutil.
El tiempo es hoy, y es para mí el mejor de los tiempos porque tengo la oportunidad de encontrarlo, de estar cerca suyo, esta vez en la ciudad de Buenos Aires.
No somos dignos, pensé, mientras caminaba detrás de Él hacia el auditorio del Hotel Bauen el pasado sábado veinticinco de octubre.
No soy digna, corregí de inmediato, ni siquiera de pisar el mismo suelo que Él toca.
Ese suelo que conoce, mucho mejor que yo, el rumor de sus pasos doloridos, incansables, exhaustos de tanto esfuerzo de amor y de entrega.
El aplauso caluroso que el público de Buenos Aires le ha brindado habitualmente a Giorgio a lo largo de los años, volvió a repetirse en ese momento y me distrajo de mis pensamientos.
Lo vi saludar sonriente, amoroso, tal vez emocionado por la enorme cantidad de personas que habían acudido a escuchar la Conferencia, a recibir al Verbo hecho palabra, a celebrar el misterio de la Comunión Crística.
Las luces se apagaron y luego de sus palabras de bienvenida, en la pantalla empezaron a verse las señales que desde hace muchos años el Cielo viene sembrando a lo largo y a lo ancho de la Tierra.
Mientras veía las imágenes y escuchaba la voz de Giorgio que explicaba el profundo significado de cada una de ellas, traté de encontrar un nuevo sentido a los prodigios que iban apareciendo uno tras otro ante nuestros ojos.
Algunos son símbolos, recuerdo haber pensado en ese momento, símbolos que contienen en sí mismos la síntesis de realidades intemporales y le hablan a nuestro inconsciente. Tal vez por ello, trascienden largamente las disposiciones del mundo material y veladamente, depositan indicaciones que pueden ser percibidas con diferentes claves.
Nos enseñan también que es preciso ser sumamente cuidadosos con lo que creemos entender y aún mucho más respetuoso con todo aquello que nos rodea, y no solo en lo que a los símbolos respecta.  Debemos serlo, también, con todo lo que se manifiesta a nuestro alrededor, pues es insignificante nuestra capacidad de comprender e infinita nuestra ignorancia en el plano material.
Otras señales parecen mucho más claras y fáciles de entender.
Porque a decir verdad ¿qué puede haber de difícil en la interpretación de una imagen de la Virgen que llora lágrimas de sangre? Aparentemente nada, nuestra Santa Madre llora por el destino cierto como infausto que le aguarda a esta humanidad.
El error comienza cuando nos quedamos ahí, con la mirada puesta en los demás. Porque Ella también llora por todos y cada uno de nosotros, los siervos de Su Hijo, los que decimos amarlo cuando en realidad agregamos cada día una espina a Su corona y una lágrima a los ojos de Su Madre.
Aparecieron las luces en el Cielo y, al igual que cada vez que las veo, reconocí en ellas energías que pulsan cuerdas invisibles que nos atraen hacia mundos lejanos y entrañables. Agradecí a estos Seres superiores que se acercan a nosotros para ofrecernos su ayuda. Y no lo hacen porque seamos santos, ni siquiera demasiado buenos, sino porque sin ella no podríamos salvarnos. Nunca olvido que rescatar significa recobrar lo que el enemigo ha hecho suyo, y también, recuperar lo que se tenía perdido.
Las cruces, tanto las que se manifiestan en el Cielo como sobre los campos de trigo, me llevan siempre a pensar en las catástrofes naturales que estamos padeciendo y las aún peores que se anuncian para el futuro.
Tal vez sea así porque la cruz, al ser un símbolo tan antiguo como la humanidad misma es algo que nadie, absolutamente nadie, puede desconocer. O porque esa misma cruz que nos lleva al sacrificio también nos hace renacer, como renace el eterno árbol de la vida.
Este signo tiene múltiples formas, cada una de ellas con sus matices particulares, y en cada una de ellas emana un aspecto particular de la Verdad. La cruz nos trae siempre un impulso de trascendencia, de transmutación, así como la posibilidad de alcanzar un estado de conciencia más sutil que el actual. Por ello es preciso asumirla decididamente.
Y es esa misma cruz la que expresa, en uno de sus sentidos, el equilibrio entre los cuatro elementos que conforman la base material para que la vida se manifieste en el planeta. Esos cuatro elementos que nos fueron dados para que la Vida ancore y florezca en el mismo, tan sagrados como todo lo que forma parte de la Creación, son los mismos que hoy se vuelven en instrumento del Creador para castigar a sus hijos desobedientes.
Los cuatro elementos, los cuatro jinetes del Apocalipsis del Libro de Juan.
El elemento tierra, que tiene la doble capacidad para encadenar al hombre a la materia o para ser la médula dócil para que él modele su obra. El elemento agua, con su enorme plasticidad y adaptabilidad y con su energía que equilibra con sus características curativas y purificadoras. El elemento fuego, que al arder sobre la materia libera la luz encerrada en la forma. En él reside la esencia de la redención, la que desencadena el proceso del renacimiento y tira abajo todo tipo de cristalizaciones. El fuego puede ser tanto un punto de conflicto para los que resisten el cambio como una bendición para los que toman la senda espiritual. Y el elemento aire, el que actúa como un fuerte torbellino que transporta la vida a estados más sutiles, el que causa desplazamientos de energías y estructuras, como en los grandes huracanes que se suceden cada vez más con más fuerza. 
Los cuatro elementos sagrados de la naturaleza, ahora convertidos en instrumentos del Padre, en los jinetes del Apocalipsis.
A las imágenes se sucedieron las preguntas. Las horas habían transcurrido rápidamente y el público parecía no sentirlo. Pero nadie quería irse.
En determinado momento, una mujer de voz dulce y humilde se dirigió a Giorgio y también a todos nosotros. Dijo llamarse Giovanna y ser una peregrina de los caminos del mundo. Explicó que tenía varios hijos y que los amaba mucho a todos ellos. Declaró no ser nadie y, humildemente nos pidió que amáramos. Le agradeció a Giorgio Su sacrificio y lo bendijo por Sus Estigmas Sagrados. Luego nos llamó a todos al servicio porque el tiempo ya se terminaba.
El silencio era impresionante, y una nueva vibración había inundado la sala. Desde un principio y, como sucede en cada una de sus conferencias, la energía presente en el lugar era impresionante. No obstante ello, un nuevo matiz se apreciaba en el aire y llegaba a lo más profundo de nuestro ser.
Al terminar de hablar, Giorgio, con voz emocionada, se dirigió a ella diciéndole: “Gracias Madre”.
No fue necesario decir más, todos los presentes comprendieron de inmediato que la Santísima Virgen nos había bendecido con su presencia y nos había hablado a todos los reunidos esa noche, en comunión crística, en el hotel Bauen de la ciudad de Buenos Aires.
Un milagro más, uno de los muchos que me ha tocado vivir junto a Giorgio a lo largo de los años.
Hoy, en este tiempo, el tiempo de todos los tiempos.

Inés Lépori

Rosario, Santa Fe, Argentina, noviembre del 2008

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