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FUNIMA: DIOS DANDO SU MANO A LOS NIÑOS QUE SUFREN EN LOS ANDES

Decididamente aquello de que entre el dicho y el hecho hay un largo trecho se hace realidad a la hora de expresar todo lo relativo a la misión de Raúl Bagatello, en el norte y la pre cordillera  argentina, especialmente cuando a uno le tocó en suerte compartir con él y sus colaboradores, todas sus actividades, vale decir, toda su entrega, todo su cotidiano sacrificio para cumplir los cometidos básicos de la Fundación Los Niños del Mañana  ( Funima ) en medio de una naturaleza adversa, sobreviviendo exclusivamente gracias a donativos –en dinero y alimentos, preferentemente- de personas de buen corazón, de Argentina y otras partes del mundo, como ser Italia y España.
Raúl Abel Bagatello, conocido hoy, como “El Misionero de los Andes”,  tiene a su cargo –como un verdadero padre de familia- unos 8 comedores  y varias áreas de distribución de alimentos y ropas,  entre la soledad de las  altas montañas andinas, en zonas literalmente inhóspitas y alejadas de los centros urbanos o poblados de las provincias de Salta, Jujuy, Catamarca y Córdoba, en la República Argentina
El mayor de los impactos que uno puede sentir al llegar a esas tierras se traduce en términos específicamente humanos. Si la calidad de vida, en nuestra sociedad, alcanza niveles de confort sorprendentes, el opuesto más descarnado se puede apreciar en aquellas latitudes.
Solo estando allá, a casi cinco mil metros de altura, recién uno puede comenzar a comprender el sentido de la misión de Raúl Bagatello, que le fuera dada por la Virgen. La dimensión de su esfuerzo y la magnitud de su diaria labor de misionero -en todo el sentido de la palabra- solo se puede entender y asumir estando allí junto a él. Y esto es así de real y yo diría más: de inevitable.
Hace siete años., cuando Bagatello era sencillamente un sanador, nunca imaginó que los años siguientes serían años dedicados a los niños desamparados de los andes argentinos. Esta responsabilidad, en aquel entonces, no entraba en sus horizontes de realización, aun siendo un hombre por naturaleza solidario. Solo recién después del  llamado espiritual que tuvo durante la semana santa del  año 2001 asumió a conciencia y con asombrosa convicción esa loable tarea, que no solo lo enaltecería como persona –hasta nuestros días- sino que además lo llevaría a transitar por los senderos más nobles de la vocación de servicio, primero junto a su familia y después junto a numerosas personas de su provincia natal –Córdoba- y de otras partes del mundo. Aquel empresario, transformado en un sanador en el año 93 –también por un llamado espiritual y por una asombrosa experiencia mística- y en el “Misionero de los Andes”, en abril del 2001, se fue proyectando entonces en la sociedad regional e internacional, trascendiendo por su fervor, su humildad y expresamente por aquello de “hacer obra” en todo el sentido de la palabra.
Raúl Bagatello, es el opuesto, porque primero él y después cada uno de sus colaboradores directos, especialmente de aquellos que están a cargo de los comedores de la Fundación, allí en la zona de la pre cordillera andina, se desarrollan en la humildad y en la austeridad, poniendo en práctica, con el ejemplo, los  valores de la solidaridad, ayudando a unos niños de 0 a 13 años que viven en zonas inhóspitas e inaccesibles; niños que se encuentran en situación de desprotección social y familiar; niños que viven en poblados modestos –carentes de confort y comodidades propias de las viviendas de los centros urbanos- o entre los cerros andinos, en construcciones de adobe y paja y piso de tierra, en extrema pobreza, donde las oportunidades de desarrollarse y crecer dignamente son literalmente escasas, por no decir nulas, a menos que surjan apoyos de terceros.
Si comenzábamos diciendo, que del dicho al hecho hay un largo trecho, es porque me resulta –a mí particularmente- casi una obligación moral y ética (para no ser demagógico) significar y subrayar, a los cuatro vientos y a todos, lo distantes que muchas veces estamos del concepto de pobreza o de las lamentables situaciones de vida y convivencia, en las que se encuentran núcleos sociales del mundo, de Sudamérica y de otros continentes.
Creemos, con frecuencia, conocer las realidades dramáticas de los desposeídos, pero en realidad ignoramos todo acerca de ellos. Creemos entender –de buena fe por cierto- los sacrificios de quienes se entregan a misionar entre ellos, pero ignoramos sus penurias y sus limitaciones, sencillamente porque no hemos tenido el valor –aún  teniendo las oportunidades a nuestro alcance para hacerlo- de atravesar el umbral de nuestra realidad personal, cultural y material para mimetizarnos francamente con esas almas –quiero decir trabajar codo a codo con ellas-  para compartir sus desesperanzas en su misión de ayudar saliendo así de ese casi inamovible letargo teórico que nos domina, a la hora de pregonar o de denunciar  las miserias humanas, a riesgo de transformarnos en burócratas o en especuladores de la pobreza, más aún cuando proferimos discursos que incluso pueden llegar a ser estériles.
Conocí a Raúl Bagatello en el año 2004, conocía su misión –pero indudablemente yo era un teórico- y lo escuchaba en las conferencias de Giorgio Bongiovanni hablando de sus niños –que ya son cerca de 1.500- y digo más, yo mismo participaba de esos eventos públicos, reconociéndolo y destacando sus esfuerzos y los de sus colaboradores en busca de fondos económicos, pero en realidad desconocía los pormenores de su misión, la que creía –equivocadamente- conocerla en profundidad.
Y si bien hace unos cuatro años yo ya había estado en uno de sus comedores en la región de Chancani y en la sede central de FUNIMA, en Córdoba, todavía no podía considerarme un conocedor profundo de la misión de Bagatello. Por esa razón, quizás, o por otras que escapan nítidamente a mi raciocinio –ya que creo fervientemente en la ley de causalidad-  en la mañana del día 2 de julio de este año –junto a mi hijo Giovanni- opté por acompañar a Raúl Bagatello  a los cerros de los Andes, a donde tantas veces lo había visto partir desde el centro de la ciudad de Buenos Aires.
Faltaba esa pieza del rompecabezas, en el puzzle de mi vida. Quizás una pieza muy importante. Y me atrevería a decir, que hasta determinante: primero,  para comprender que la misión de asistir a los que viven en extrema pobreza, en regiones donde la naturaleza es adversa, no es un asunto sencillo o de meras palabras, y segundo, para asumir con humildad, que quienes abrazan esa causa, sin desmerecer a quienes abrazan otras menos ásperas, lo hacen convencidos de todo lo que implica aquello de “amar al prójimo como uno mismo” como dijera el Maestro de los Maestros: Cristo
Mi pasaje por aquellos comedores entre poblados y cerros, donde la soledad es un hecho y no una mera expresión y donde la extrema pobreza en un sello bien definido y preciso, fue si se quiere efímera, pero el necesario como para conocer la esencia, el sentido y la lucha diaria de quienes componen la Fundación, para subsistir y hacer subsistir a sus niños, en medio de una sociedad que se precia de civilizada pero que se permite estas dramáticas realidades, que no hacen otra cosa que abofetear la ética y la moral humana, como una suerte de atentado a la vida.
Mi pasaje por entre esos niños de pies descalzos, de  manos cuarteadas por las bajas temperaturas, de cabellos tiesos por falta de agua y jabón y de ropas deterioradas por el incesante uso durante semanas y  semanas, allá en los cerros y alejados de centros poblados, me permitirá además, elaborar un libro, cuyo contenido allanará las particularidades de la Fundación y de sus integrantes, que junto a Raúl Bagatello –el bien llamado “Misionero de los Andes”-  hacen realidad, día a día, una obra de estricto amor al prójimo y en la que no están ausentes las inevitables penurias para cumplir con las obligaciones monetarias y  los innumerables gastos o para recolectar dinero, comestibles, ropas, juguetes, y  todo aquello que resulte útil para darles a esos niños de los andes, una infancia digna.
No se trató precisamente de un viaje de turismo, aunque el paisaje resulte ser  esencialmente  turístico; sí se trató de una excepcional oportunidad para ensamblar dos realidades: la que nos habla del confort ciudadano y la que nos habla del desamparo en medio de los cerros. Los contrastes propios del mundo moderno. Las lacerantes bofetadas de la injusticia social dentro de un mismo planeta. Las contradicciones de este mal llamado mundo “civilizado” y como contrapunto la entrega de un grupo de hombres, mujeres y jóvenes que silenciosamente, predicando con el ejemplo, hacen honor a la vida y a Dios.
Aquellos niños, no conocen ni saben nada de estas reflexiones ni de  éstas situaciones, solo saben que el hambre y el frío desaparecen cuando advierten uno o dos  camiones de Funima, sorteando entre los cerros caminos inaccesibles  o cuando están abiertas –prácticamente todo el día- las puertas de los comedores junto a los poblados.
Digo yo ¿No vale la pena salir un poco de nuestras comodidades y abrazar ésta causa?

Jean Georges Almendras
Julio 17 de 2008 
Montevideo-Córdoba-Argentina

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