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He visto a un hombre sufrir por Amor, le he visto retener el grito de dolor por esa pasión, un grito que explota silencioso en el éter de esta humanidad, incendiando el corazón de los justos, de los pacíficos, de los puros de corazón, de los sedientos de justicia, para llegar hasta las altas cimas de la bóveda celeste donde sus Hermanos en la Luz, testigos de un nuevo cáliz vertido, inclinan con devoción Su cabeza, ceñida por la realeza solar, en la espera de que el Padre Les dé la orden de entrar en acción.

He visto a ese hombre posado sobre un nuevo sudario.
He visto sus manos temblorosas y sus pies ahusados transpirar sangre, he visto el signo de esos clavos que perforan de una parte a la otra esas carnes vivas y he visto la herida sangrante en la parte izquierda del tórax provocada por aquella lanza. Son los estigmas de Cristo, las heridas que fueron infligidas al más sublime de los Hombres, al más grande de los Maestros, al más hermoso de los Seres de todo el Universo, al Hombre-Dios, el unigénito hijo del Padre Sol, Adonay Arat Ra. El, Jesús Cristo, crucificado por haber ofrecido la Redención a nuestra humanidad, culpable de haber dado al hombre la llave para liberar su propio espíritu de la esclavitud de la materia, culpable de haber revelado la Verdad más grande, más completa, culpable de haber Amado... incondicionalmente Amado.
Heridas vivas que de aquel maravilloso Ser se reproducen en el tiempo, en el cuerpo de sus instrumentos, los cálices vivientes en el mundo. En este tiempo, el anunciador de Su retorno, Giorgio Bongiovanni, ha sido marcado por esos signos reales.
Esas manos y esos pies traspasados, símbolo del ofrecimiento de redención.
Ese tórax lacerado, emblema del rechazo del hombre de ese rescate, de esa salvación, signo de la arrogancia que obscurece el ojo del espíritu, que cierra el camino al conocimiento, a la conciencia.
Dos milenios de historia transcurren en un instante, y ese tiempo fijado en un día y en una hora de ese año cero sellan nuestra humanidad, marcándola con el fuego.

He visto a ese hombre volver sus grandes ojos hacia el Cielo, un Cielo que mueve Sus pasos, que imprime su Verbo para la salvación de los hombres de buena voluntad, para los sedientos de Verdad y Justicia.
Le he visto contener ese dolor... he visto su diafragma realzarse, elevarse debido a los continuos espasmos y le he visto buscar el respiro que con dificultad recuperaba la normalidad.
Una vez más estábamos ahí, en silencio, testigos de ese enésimo sacrificio. Un sacrificio de Amor que infunde a los corazones que se abren el soplo sagrado de la Vida, la pasión hacia esos valores universales que gobiernan las Leyes del Creador y un sacrificio de extrema Justicia que lleva al hombre hacia una elección, una elección definitiva entre el bien y mal.
Cada espasmo es una lanza que traspasa nuestro corazón... los miembros de su familia que representan a toda su gran familia, nuestros hermanos llamados a inmortalizar el prodigio que representan a todos los hermanos del mundo, el doctor testigo de la veracidad de esos signos que representa a todos los testigos de la verdad del mundo.

Delante de la videocámara, el doctor Nicola Ceglie, médico especialista en anestesia y quirófano de Bari, con bata blanca y guantes estériles, toca con mucha delicadeza esas heridas abiertas, mostrando a la cámara la sangre viva, mostrando la continuidad de esas lesiones que traspasan las carnes de parte a parte, testimoniando la presencia de esas heridas, que no presentan ningún signo de inflamación o de infección en la piel alrededor, desde hace ya veinte años. Para la ciencia y para la medicina nos encontramos frente a la presencia de un caso inexplicable. Para los creyentes nos encontramos delante de un gran milagro. Sucesivamente el doctor concederá una entrevista donde explicará detalladamente el significado de esos signos como médico y como hombre y la fundamental importancia, para quien no conoce esta historia y desea conocerla, de profundizar con espíritu abierto, con inteligencia y profundidad de ánimo, no solamente el fenómeno del signo, sino de analizar a la persona y en particular lo que transmite en la sociedad, lo que aporta de positivo o negativo, los frutos que produce. Después seguirá la entrevista a Giorgio, apenas recuperado de la sangración y una entrevista a Mara Testasecca como testigo de este prodigio que se repite ahora ya desde hace veinte años. Será de nuevo Jaime Maussan, en su programa Los Grandes Misterios del Tercer Milenio, el que contará lo que ha sucedido el 11 de agosto del 2009 en casa de Giorgio Bongiovanni. “20 años con los estigmas” este será el título que Maussan dará al especial dedicado a Giorgio.

He visto a ese hombre morir y renacer una vez más, mientras su cabello ahora ya blanco demuestra el tiempo transcurrido, el cansancio de ese cuerpo martirizado... y me pasa por la mente, como en un film, la maravillosa experiencia de estos años vividos junto a mis amados hermanos al lado de un mensajero de Dios... de su ser Hombre, de su ser guía, de su ser compañero y padre, de su ser mensajero de estos encantadores Hermanos Superiores, siervo del Maestro más grande, Cristo... de su luminosa mirada, de su brillante sonrisa capaz de abrazar a toda la humanidad.
Es mucho el cansancio, pero la voluntad de llegar a la meta lo es mucho más: el cumplimiento de esa misión tan amada entregada en sus manos, en ese lejano día del 2 de septiembre del 1989, por la Santa Madre Celeste y Su hijo Jesús Cristo por amor de los llamados... por amor de la Vida que explota dentro de su pecho aún fuerte después de 33 años de misión en este mundo.

Nunca podremos retribuir tu inmenso sacrificio de Amor.

Tus hijos, tu familia y tus hermanos en Cristo.
Con profunda devoción
Sonia Alea

11 de agosto 2009

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