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Por Matías Guffanti

En cada hombre se contempla un mundo. Hay mundos oscuros, mundos fríos, mundos encendidos, otros apagados, algunos que brillan y otros que son simples rocas. Pero están aquellos mundos que se convierten en soles y con sus destellos dan luz y vida a los demás. Cada mundo a su vez contiene a la creación, al Cielo y al infierno, a la luz y a su ausencia. Y está únicamente en nosotros y nada más que en nosotros distinguir entre uno y el otro, el todo de la nada, la luz de la oscuridad, para así romper los muros de la ilusión y el engaño que nos ocultan el verdadero rostro de la realidad.

Sólo con el discernimiento que nos da el equilibrio entre el fanatismo y el escepticismo nacidos de la ignorancia, podemos romper el grueso velo de la materia, despertando del profundo sueño para abrir los ojos a la Verdad. Éste es necesario para distinguir los soles que brillan en medio de la oscuridad, las vidas de algunos hombres que, desde siempre y como grandes faros, nos recuerdan quiénes somos, de dónde venimos y para qué estamos. Seres que nos impulsan a otra conciencia y nos muestran el camino a la revolución que nos convertirá en hombres libres, pero libres de verdad.

Porque en el medio del vacío que hay en esta humanidad se encuentra el todo, en el medio de la oscuridad que nos cubre está la luz y en lo profundo del silencio está la esperanza que conduce a los hombres a la eternidad. Sólo necesitamos aprender a verlo, distinguir las llamas entre las cenizas y ver el fuego que despierta al espíritu.

La vida de Giorgio Bongiovanni es un mundo donde el tiempo transcurre de forma diferente, las horas, los días y las noches pierden sus límites, como en un universo paralelo que entra y sale de la realidad. Los hechos a veces revolucionarios, a veces mágicos y a veces divinos, que en ella se viven, escapan de la normalidad, y abren puertas a lugares desconocidos, llenos de luz y de vida, a los cuales pocos hombres han llegado.

Numerosas pueden ser las ideas de cómo es la vida de un estigmatizado, o por lo menos de éste. Muchos seguramente se preguntan cómo es su día, cómo son sus noches, cómo vive sus experiencias espirituales, cómo son sus contactos y en qué ocupa todo su tiempo. Yo pude sumergirme por un instante en ese mundo en el que todo se vive de una forma intensa y diferente y quiero contárselo a cada uno de ustedes. Es un mundo inmenso, con valores e ideales disímiles a los de esta humanidad, pero que a la vez vive inmerso e involucrado con cada ser. Un mundo que día a día se expande en un torbellino de actividades que para la mayoría es muy difícil de entender.

En él, el amor al Cristo, el anuncio de Su inminente retorno y la búsqueda de la justicia y la verdad, son pilares fundamentales e indispensables que lo sostienen todo. Pilares por los cuales Giorgio trabaja, desde las primeras horas del día hasta las últimas de la noche. Y en las que continúa pensando sin detenerse incluso en sus largos y dolorosos momentos de insomnio.

El sacrificio como estigmatizado no se limita únicamente a las sangraciones que pueden acontecerle en cualquier momento. Su labor como periodista, sus experiencias espirituales, su ayuda constante a quienes lo necesitan, su lucha a favor de los niños, sus conferencias y actividades públicas, su apoyo incansable a los justos, a los jueces, abogados y periodistas que batallan contra la corrupción, su solidaridad con las víctimas de la mafia y mafiosos arrepentidos que luchan y entregan su vida por la justicia y su renuncia a la vida familiar, la que se mezcla y se funde con su obra involucrada con la sociedad y también espiritual, forman parte de ese sacrificio diario que es amado por unos pocos, exaltado por otros, pero a la vez ignorado y despreciado por muchos más.

Pero en este universo todo es mágico, la pasión es una llama que no disminuye sino que aumenta, la fuerza se concentra en una lucha constante y cada vez más intensa, enfrentando al poder de la mafia, de la criminalidad y la muerte a cada instante. En sus conferencias casi diarias, en las que grita con fervor contra el poder, los jóvenes escuchan a Giorgio, viendo en él a un referente del cambio, un revolucionario que los llena de fuerza y entusiasmo. Y esos jóvenes que lo siguen, como los que seguían a Giordano Bruno en sus actos, son la señal innegable de la repercusión de su inmenso trabajo.

Un trabajo fuerte y sin descanso en el que pasa las horas escribiendo y denunciando la hipocresía del Estado, estudiando cientos de libros, visitando asiduamente los fríos pasillos y oficinas de los tribunales para encontrarse con aquellos jueces, fiscales y abogados con los que se solidariza cotidianamente, apoyando a las movilizaciones y protestas que organizan las víctimas de la mafia y trabajando con periodistas que se enfrentan a esa o similares formas del poder imperante en el mundo.

Todo dentro de esta vida tiene una sola razón por la cual existir, y si algo se desvía de esa razón simplemente desaparece. Cada instante siempre está centrado en alguno de los pilares en los que se basa este mundo particular. En los momentos de arduo trabajo, en la mesa familiar muchas veces ampliada con amigos, en las ocasionales reuniones que realiza en el lugar en que se encuentre, invariablemente se generan prolongadas y profundas charlas de política, economía, historia, filosofía o espiritualidad.

En cada lugar en el que está presente porta consigo su mensaje, porque su propia vida se convirtió en el mensaje, en una enseñanza constante, que como un corazón o un gran sol irradia verdad y vida. Su presencia lo envuelve todo bajo un propio cielo, en el que la lucha social, la búsqueda de la verdad y la espiritualidad forman parte de lo mismo.

Sus visiones, sus contactos y sus sangraciones, en las que revive los dolores desgarradores de la pasión de Cristo, aparecen por instantes como fuertes destellos de luz incandescente en una lucha oscura y pesada que lleva sin descanso. Son horas en los que todo su mundo se detiene y paraliza ante esos momentos sagrados, lapsos en los que el veloz tiempo deja de correr para luego de unos minutos recomenzar con más fuerza.

Así es que vuelve a su rutina imparable, en la que deja todo por los demás, sintiendo a cada niño del mundo como a su hijo y a cada hombre como a su hermano, por los que sufre y se compadece hasta sentir el más hiriente dolor. Su vida no tiene otro sentido que el de su Obra, sin horas privadas ni otra ocupación, Giorgio dedica todo su tiempo a luchar contra la mafia, a la difusión de su mensaje espiritual, a la ayuda a los niños de Italia, África y América Latina y a guiar a todos sus hermanos espirituales a trabajar por la Verdad.

Como en una guerra en la que ni un segundo puede perderse y cada acto puede ser el último, en la que sólo se piensa en la batalla y ya no importa nada más, Giorgio además de su trabajo ayuda a cada uno de sus amigos y hermanos que lo necesitan, escuchándolos y consolándolos por días enteros si es necesario.

Él es como un inmenso fuego que resplandece y cuando se rodea de su familia espiritual enciende los corazones de cada uno de ellos. Es como un gran padre que corrige los errores con determinación y amor, es como un niño que lo arriesga todo por sus amigos, es como un joven que sacude constantemente la comodidad y el conformismo y es como un anciano sabio cuando exige el máximo esfuerzo, disminuyendo los defectos y resaltando las virtudes que misteriosamente nota en el interior de cada uno.

Pero por grande que sea un hombre, por importante que sea la tarea que el destino le ha reservado, nada puede hacer solo. Y en este caso resulta insoslayable hablar de la hermosa familia que lo acompañó a Giorgio Bongiovanni desde el principio y lo sigue acompañando después de tantos años. La grandeza de los hermanos que crecieron con él no es menor a la belleza espiritual de sus hijos, consuelo y bálsamo de sus días y de sus noches. Párrafo aparte merece su esposa y compañera de viaje, Sonia Alea, la que lo sigue y asiste en cada momento de su vida, preciosa mujer que refleja en su perfección exterior un esplendor interior eterno y glorioso.

En cada hombre se contempla un mundo. Hay mundos oscuros, mundos fríos, mundos encendidos, otros apagados, algunos que brillan y otros que son simples rocas. Pero están aquellos mundos que se convierten en soles y con sus destellos dan luz y vida a los demás.

Yo decidí escribir de uno que conozco y del que puedo dar testimonio de su luz, un punto vibrante en el infinito en el medio de un inmenso océano de vida. En él lo vi todo, en él vi la luz en medio de la oscuridad, en él vi la esperanza que conduce a los hombres a la eternidad.

Matías Lucas Guffanti
21 de junio del 2015
Arca Lily mariposa
Rosario, Santa Fe, Argentina


 

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