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Italiano English Português Dutch Српски
claudia-marsili-3-100Por Claudia Marsili
El hospital es una concentración de energías y emociones, lamentablemente por lo general son dolorosas. En este último año a mis hermanos y a mí nos tocó afrontar la separación terrenal de nuestros dos abuelos. Marido y mujer que se estuvieron siguiendo mutuamente, en un subseguirse de enfermedades y sufrimientos. Afortunadamente breves. Ambos transcurrieron un período en el hospital, durante el cual los familiares nos turnábamos para no dejarlos solos ni un instante. El nosocomio se encuentra aproximadamente a quince minutos del centro de la ciudad de Gubbio, y ese camino mi coche ya lo recorre como por inercia... por la cantidad de veces que he tenido que pasar por allí para hacer nuestro relevo de amor.
Mi fuerte conciencia interior me mantiene serena frente a la muerte. Se dónde están ahora... se que su viaje continúa... el vacío por su ausencia quedará cubierto pronto gracias a estas firmes certezas que tengo en el corazón. Pero lo que queda es el peso del dolor. Del sufrimiento. Incluso aquel que es necesario, pero nunca estamos completamente listos y preparados como para mirarlo a los ojos.
Dios quiso darme un regalo para ayudarme a que desaparezcan estos agobiantes recuerdos antes de que la nieve se lleve consigo a este 2015...
¡El 5 de Noviembre, acababan de pasar las 17:00 hs. y mi amiga Cristina me avisó que estaba viajando hacia el hospital para dar a luz a su tercer hijo! Mi corazón temblaba de emoción y me empecé a preparar para dirigirme a ese lugar en el que el aire es tan denso, a ese lugar de lamentos y de sufrimientos, en el que pude tocar con mis propias manos la fragilidad del ser humano y su pequeñez ante la inmensidad del plan divino... ¡pero esta vez era diferente, esta vez me encontraba corriendo para ir al encuentro de la Vida!
El milagro de la vida está allí... esperando poder manifestarse una vez más. Mi coche recorrió ese camino que ahora ya es amigo, pero esta vez mis ojos estaban llenos de lágrimas de agradecimiento, por haberme dado la oportunidad de “estar”.
Madre, eres tan bella, tan perfecta, demasiado grande para ser captada por completo por la mísera mirada humana.
Una guerrera que desafiaba al todo... que se desafiaba a si misma, con tal de llevar a cabo su misión. El papá estaba allí, asistiéndola, acariciándola. Tomándola por la mano y rezando por ella. Por ellos. Por sus mujeres.
Todo se cumplió. En una extraordinaria normalidad.
Y allí estaba... la escuchamos desde el pasillo, mientras hacía sentir al mundo por primera vez su voz. El papá salió a nuestro encuentro y aún con los ojos húmedos y el rostro pálido nos transmitió la emoción del prodigio que acababa de manifestarse una vez más en sus vidas.
Entré en puntas de pie y pude asistir a la escena más hermosa que Dios haya podido pintar en el lienzo del mundo. La niña, pequeña e inocente, ya estaba prendida al seno de su madre. El cansancio la hacía aún más hermosa. Se miraban. Se sentían. Corazón con corazón. La imagen era más intensa que cualquier cuadro que jamás haya sido pintado. Los colores eran vívidos y brillantes e iluminaban la habitación.
Dios se volvió niño una vez más. Para darnos su mensaje de amor y esperanza.
Bienvenida pequeña gota de Espíritu Santo.
Claudia Marsili
Gubbio, 20.11.15

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