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sermon100Por Claudio Rojas

El término redención es uno de los de mayor contenido teológico de la literatura bíblica. El Antiguo Testamento utiliza el vocablo como sinónimo de liberación y salvación. En la mayoría de las ocasiones la redención aparece vinculada a una situación de opresión o cautividad en la que se encuentra sumergido el pueblo. El deseo de liberación y superación de las distintas formas de esclavitud y opresión dieron lugar en el Antiguo Testamento al nacimiento de la teología de la redención según la cual Dios estaba detrás de la liberación del pueblo de sus diferentes situaciones de cautividad.

En las Escrituras hebreas hay dos palabras que se emplean con frecuencia para expresar la verdad de la redención. La primera significa «rescatar», «redimir mediante el pago de un rescate» (gâal), y la otra, «desatar» (pâdâh), y por ello empleada en un sentido muy similar a la primera, aunque su sentido primario sea «desatar». En el Nuevo Testamento tenemos sólo una palabra (lutroô), pero incluye el significado de ambas palabras hebreas, esto es, liberar contra la recepción de un rescate. Así, hay dos conceptos en la palabra «redención», el pago del rescate, y la consiguiente liberación; nuestra puesta en libertad, y el estado al que somos introducidos como resultado de haber sido redimidos.
El tema de la redención y del perdón de las deudas (ofensas) nos sitúa en el centro del año de la remisión (sabático) y del jubilar, que se celebraba cada 7 y 49/50 años. La misma ley exigía que se perdonaran gratuitamente las deudas, de manera que cada israelita alcanzara la libertad y volviera a poseer su heredad, como indican de un modo especial Dt 15 y Lev 25.
Así, antes que estemos en una posición de contemplar a Cristo como nuestro Redentor, tenemos que considerar en primer lugar el estado en que nos encontrábamos, que hizo necesaria Su venida con este carácter. No sólo se trata de que fuéramos pecadores. «Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Ro 5:12). Así, fue por el pecado que reinó la muerte sobre todo el mundo. Pero había aún más que esto, por terrible que pueda parecer esta afirmación. Por la caída —el pecado del hombre— Satanás había adquirido derechos sobre el hombre, y retenía el poder de la muerte, blandiéndola, ciertamente, como el justo juicio de Dios (He 2:14). Así, por cuanto todos habían pecado, vino a ser el príncipe del mundo (Jn 12:31; 16:11); el dios de este mundo (2 Co 4:4); manteniendo a todos los hombres cautivos bajo su poder y dominio (Hch 26:18; Col 1:13). Por ello, estábamos en el caso de un cautiverio sin esperanzas, vendidos por nuestro pecado al poder de Satanás, que reinaba sobre nosotros, afligiendo nuestras almas bajo el duro rigor de la esclavitud bajo él. Y éramos tan impotentes como desesperada era nuestra condición; porque habiendo caído por nuestro propio pecado bajo la pena de muerte, y por ello mismo bajo el poder de Satanás, y no teniendo medio alguno de proveer un rescate, nos veíamos encerrados para siempre, a no ser que alguien de fuera, competente para ello y poderoso, interviniera para liberarnos de la cárcel de nuestro cautiverio. Por ello dice San Pablo: «Estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia», etc. (Ef 2:1, 2).
Ésta era nuestra condición. Habíamos dejado de responder a las demandas de Dios sobre nosotros, y por ello habíamos caído en la condenación del pecado; y al mismo tiempo habíamos quedado bajo el poder de Satanás, que reinaba sobre nosotros por medio del poder de la muerte que blandía como juicio de Dios sobre nosotros por causa de nuestros pecados. Y fue entonces, cuando no teníamos derecho alguno ante Dios, sino habiendo incurrido en la justa condenación por nuestros pecados, que Él, conforme a los consejos de Su gracia, siendo rico en misericordia, en Su amor y compasión, nos redimió —y no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha ni contaminación (1 P 1:18).
El precio pagado, o el dinero del rescate. Hablando a los discípulos, nuestro bendito Señor les dijo: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20:28)(Mc 10:45). En otra Escritura leemos que Cristo «se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo» (1 Ti 2:6). Esto es, se dio a Sí mismo a la muerte —correspondiéndose con ello a la otra Escritura citada, «dar su vida».  La significación de estas declaraciones será explicada por un pasaje del Antiguo Testamento: «La vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona» (Lv 17:11). Por ello, «sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (He 9:22). Fue por ello la sangre de Cristo (porque la vida está en la sangre) lo que constituyó nuestro dinero de rescate: éste fue el precio pagado por nuestra redención. Por ello San Pablo dice: «En quien tenemos redención por su sangre» (Ef 1:7); y San Pedro, en la Escritura que hemos citado antes, que hemos sido redimidos con la preciosa sangre de Cristo. No podemos asombrarnos de que la llame «preciosa», por cuanto valió para dar satisfacción a todas las demandas de un Dios santo sobre nosotros, para que sobre esta base pudiera proclamar el perdón para todos. Porque, en verdad, no sólo dio satisfacción a las demandas de Dios, sino que tan infinito fue su valor que el Señor Jesús, por el derramamiento de Su sangre, glorificó a Dios en todo lo que Él era —en cada atributo de Su carácter— y así Él puede de manera justa justificar a todo aquel que cree en Jesús. Más aun, Él se glorifica a Sí mismo, al traer a cada creyente a Sí mismo, haciendo de él Su hijo, y si hijo, heredero, heredero de Dios y coheredero con Cristo (Ro 8:17).
Al escoger en la Plaza a Barrabás en vez de Jesús para ser liberado,  el pueblo escogido como semilla de la humanidad, es decir que representaba a todo nuestro mundo, la humanidad toda rechazó la oferta de redención total que nos vino a ofrecer Jesús, pero a pesar de ello nos dejó a su Madre, a los apóstoles y a los 144.000 elegidos, y dándonos un período de gracia de 2.000 años para que nos convirtamos, y él volverá a tomarnos el exámen final; ahora sì sòlo podemos alcanzar la redención en forma individual (ya no como humanidad) por nuestras obras;  es decir nos dio una nueva oportunidad en su infinita misericordia y amor, a un hombre que no sólo rompió el primer pacto sino que también había roto el segundo pacto con Dios en ese momento.
Porque nuestra redención no se completa aún, es necesario el juicio para separar el trigo de la cizaña y la Ira de Dios   porque el hombre no redimido ha superado todos los límites e incluso ha sobrepasado al demonio.
Jesucristo con su sacrificio redimió a la humanidad (salvó) en el espíritu, en la carne sólo redimió a los que le reconocieron y siguieron; y por ello volverá por amor a los elegidos que son los 144.000 que su Padre le dio y por los cuales rogó (Juan 179: Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, 11 Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros.12 Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.13 Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos.14 Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.15 No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.16 No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.17 Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.18 Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.19 Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.20 Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,).  Ellos sí que están redimidos no sólo en el espíritu sino también en el cuerpo. El resto tenemos que ganarnos nuestra redención en forma individual convirtiéndonos a Dios y con las obras.
« SPE SALVI facti sumus » – en esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rom8,24). Según la fe cristiana, la « redención », la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata?... Hebreos 9: 28 así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan…
Por ello, la sangre de Cristo es el dinero de la redención, y por ello todo el que está bajo su protección está salvo para siempre del juicio. Esto quedó prefigurado en el caso de Israel en Egipto. Cuando Dios estaba a punto de azotar la tierra de Egipto, de pasar a través de ella como Juez, suscitando por ello la cuestión del pecado, Su propio pueblo —Israel— era tan merecedor del golpe del destructor como los egipcios. ¿Cómo, pues, podía ser Israel pasado por alto con la misma justicia con la que Egipto era justamente juzgado? En uno de Sus mensajes a Faraón, Él dice: «Y Yo pondré redención entre mi pueblo y el tuyo» (Éx 8:23); y esto fue hecho de una manera notable cuando, por orden de Jehová, «Moisés convocó a todos los ancianos de Israel, y les dijo: Sacad y tomaos corderos por vuestras familias, y sacrificad la pascua. Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre que estará en el lebrillo; y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana. Porque Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir» (Éx 12:21-23). Así, el Señor redimió a Su pueblo mediante la sangre —figura de la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1:29). Pero observemos esta importante distinción: el mandamiento fue dado a todos que rociaran la sangre —la provisión, por ello, era para todos; pero si el pueblo no llevaba a cabo en obediencia las instrucciones recibidas, no quedarían protegidos. Así que ahora la sangre de Cristo es suficiente para refugiar a todo el mundo; pero, a no ser que haya fe, de nada servirá. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel [y sólo aquel] que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:16). «A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (Ro 3:25).
La primera parte de la redención, entonces, fue el pago de la redención; y esto, como hemos visto, fue hecho mediante la sangre de Cristo. Pero Israel no estaba redimido —aunque perfectamente a salvo bajo la protección de la sangre— mientras estuviera en Egipto. Por ello, la segunda parte, o consumación de la redención, fue llevada a cabo cuando Dios, con mano alzada y brazo extendido, los sacó de la tierra de Egipto a través del Mar Rojo, destruyendo a Faraón y a toda su hueste en sus poderosas aguas. Sobre la base de la sangre derramada, Dios, habiendo quedado satisfecho como Juez, puede ahora actuar en favor de Su pueblo como Libertador; y por ello los saca de Egipto con poder.
En el Nuevo Testamento el concepto de redención viene determinado por la figura de Jesús como el redentor por excelencia, el que asume todos los atributos que el verbo tenía en el Antiguo Testamento y lo convierten en su misión y razón de ser. La redención es el objeto y la finalidad de la presencia de Jesús que como Hijo de Dios ha venido a redimir al mundo.
Jesús entrega su vida en rescate por muchos (Mc 10:45) (evidentemente muchos no son todos, sino sólo los que le reconocieron) y por su muerte nosotros alcanzamos esa redención (Ef 1,7).
El concepto de redención del Antiguo Testamento tenía un sentido colectivo. La redención venida directamente de Dios que, a través de un liberador, redimía a su pueblo como colectividad. Por el contrario, la redención del Nuevo Testamento mantiene el sentido colectivo de redención de todo el género humano pero adquiere un sentido más personalista e individual a través de la figura de Jesús que entrega su vida en rescate por cada uno de nosotros de forma individual y por quien son perdonados nuestros pecados, también de manera personal. La redención del Antiguo Testamento era el mejor sinónimo de la liberación colectiva. La aportación de Jesús a través de los escritos del Nuevo Testamento convierte esta redención-liberación en redención-salvación de forma personal.
La figura de Jesús reflejada a través de los escritos del Nuevo Testamento nos permite establecer cinco categorías vinculadas a la redención en las que su figura es centro y su mensaje objeto que nos permiten caracterizarlo. Juicio, redención, liberación, reconciliación y salvación son las cinco categorías redentoras que ocupan desde hace algún tiempo la atención de los exegetas.
La exégesis de los últimos decenios sigue manteniendo una fuerte controversia en torno al carácter judicial o no judicial del mensaje y vida de Jesús. Se ha dicho y se sigue diciendo que el ministro del Sacramento del Perdón actúa como juez, en representación del Cristo Juez.   La perspectiva clásica ha pensado que Jesús fue mensajero del juicio de Dios, asumiendo -al menos al principio de su trayectoria- el mensaje de Juan Bautista. El mismo Jesús habría supuesto que los hombres de su pueblo, especialmente los más ricos e influyentes, han desobedecido a Dios, rechazando su ley, de manera que Dios quiere y debe castigarles. En esta línea, se vuelve necesaria la visión de un Mesías juez: Dios vela por su honor, celosamente sanciona a los humanos por los males que han cometido; como representante del juicio de Dios ha de actuar su Mesías. Ciertamente, suele añadirse que el evangelio incluye otros aspectos, pero en su base seguiría estando la justicia de Dios, tal como lo avala el mismo Credo cuando dice que Cristo "ha de venir a juzgar a vivos y muertos".
Jesús se ha presentado  en forma de perdón y absoluta gratuidad. No ha venido a pedir cuentas a los pecadores, sino a ofrecerles el jubileo supremo de la libertad y del perdón,  entendidos como gracia del amor de Dios. Pues bien, siguiendo en esa línea, descubrimos que él mismo se ha presentado como redentor en forma de continuación de la tradición sabática y jubilar de Israel: ha venido a rescatar lo que estaba perdido, ofreciendo dignidad y esperanza a los humanos que se hallaban dominados por el miedo de la muerte, sometidos al poder de la violencia, en manos de potencias diabólicas. Desde ese fondo se entiende su gran proclamación jubilar de perdón y gozo, de libertad y despliegue de la vida, según Lc 4, 18-19 y Mt 11, 5-6.
Jesús nos ha salvado haciéndose "Propiciación" por nuestros pecados (Rom 3,24-25). Los ha hecho propios, y, en vez de condenarnos por ellos, nos ha ofrecido su amistad, la amistad de un Dios, que nos ha amado en Jesús de tal manera que nos ha dado en él toda su vida, el don entero de su gracia: no lo ha reservado de un modo egoísta, no se ha reservado nada para sí, sino que ha querido entregarse  por nosotros, para que podamos vivir en su amistad (Rom 8,32).
El perdón redentor ha de expandirse y expresarse en un signo y tarea de liberación. Jesús no se contenta con "pagar" por nosotros, asumiendo nuestras deudas, cargando con nuestras culpas o responsabilidades, sino que hace más: quiere llevarnos al lugar donde nosotros, especialmente los oprimidos y humillados, podamos desarrollar nuestra vida en libertad, superando la violencia y el miedo de la muerte... Cristo ha "pagado" por nosotros, no para que así quedemos sin tarea, sino que al devolvernos la condición de hijos de Dios,  podamos asumir la más alta tarea de vivir en libertad (Romanos 8:2: Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte.  2 Corintios 3:17. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Gálatas 5:1: Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud.
Gálatas 5:13. Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; sólo que no uséis la libertad como pretexto para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.
Santiago 1:25: Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, éste será bienaventurado en lo que hace.)
Los elementos anteriores culminan y pueden condensarse en la salvación, entendida como salud completa, vida desbordante. Ciertamente, la salvación cristiana es un misterio, don supremo de Dios que nos regala en Jesús su misma vida divina; de esa forma nos eleva del abatimiento en que estábamos, ofreciéndonos su propia fecundidad, haciéndonos hijos en su propio Hijo Jesucristo. La salvación consiste en recibir y desplegar la vida de Dios. Pues bien, dando un paso más, podemos y debemos afirmar que la verdadera salvación consiste en el despliegue de nuestra propia existencia de redimidos, en libertad, culminando así el camino comenzado por la redención. De esta forma, la reconciliación se vuelve salvación: vivir en amistad con Dios, abrirse en gesto de amistad hacia todos los hermanos. Así podemos afirmar que Dios nos ha ofrecido en Cristo la «salud» de cuerpo y alma, la gracia de la vida personal y comunitaria para que podamos expresarnos en gozo y libertad, en esperanza y comunión, sobre la tierra, sin opresión de unos sobre otros, sin miedo a la condena.
Pero la evidencia de que fuimos salvados pero aún no hemos sido redimidos la encontramos en:
Porque en verdad seguimos estando en el desierto, y por medio de nuestros cuerpos, atados a una creación gimiente; y por ello nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos también en nosotros mismos, esperando el tiempo en que nuestros cuerpos serán redimidos (Ro 8:23).
1ª Juan 3:2 Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.
Lucas 21:28 Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.   En este caso se refiere a las señales de los tiempos del fin. En consecuencia la redención será sólo para los que sean el grano producto de la siega de los tiempos y la cizaña deberá ir al fuego purificador.
 
SANTA PASCUA 1995 EL AMOR QUE NOS HA EMPUJADO HACIA VOSOTROS

DEL CIELO A LA TIERRA

SANTA PASCUA 1995

DE LOS SERES DE LUZ EN VISITA SOBRE LA TIERRA.  
EL AMOR QUE NOS HA EMPUJADO HACIA VOSOTROS, NOS EXHORTA A COMUNICAROS CUANTO SIGUE:  
QUERIDOS Y FRATERNOS AMIGOS DEL PLANETA TIERRA, PARA NOSOTROS ES SIEMPRE MOTIVO DE AMARGURA Y PROFUNDA TRISTEZA LA SOLEMNIDAD DE ESTOS DÍAS EN QUE SE RECUERDA LA CRUCIFIXIÓN Y LA PERSECUCIÓN DE JESUCRISTO, ESE SER MARAVILLOSO Y DIVINO QUE SE ENCARNÓ SOBRE VUESTRO PLANETA.  
NOS APENAMOS PORQUE A PESAR DE QUE ÉL ACEPTÓ SER CRUCIFICADO PARA VUESTRA SALVACIÓN ESPIRITUAL, A PESAR DE QUE ÉL INTENTÓ CON TODO SU SER Y CON TODO EL AMOR DIVINO QUE POSEÍA REDIMIROS, LA REDENCIÓN SOBRE VUESTRO PLANETA NO SE HA CUMPLIDO.  
SE EQUIVOCAN LAS RELIGIONES, SOBRE TODO LA CATÓLICA, AL QUERER HACER CREER QUE LOS HABITANTES DEL PLANETA TIERRA ESTÁN REDIMIDOS.  
DESGRACIADAMENTE NO ES ASÍ. Y SON LOS HECHOS LOS QUE LO DEMUESTRAN INEQUÍVOCAMENTE. SI HUBIESE SIDO ASÍ NO HABRÍA VIOLENCIA, NO HABRÍA GUERRAS, NO HABRÍA ARMAS, NO HABRÍA MUERTOS, NO HABRÍA HAMBRE Y SUFRIMIENTOS, NO HABRÍA CONTAMINACIÓN NI TAMPOCO TAN MANIFIESTAS INJUSTICIAS.  
TAMBIÉN ES VERDAD, Y NO PODEMOS NEGARLO, QUE HUBO Y HAY HOMBRES QUE SE HAN REDIMIDO GRACIAS A SU FE, AL RECONOCIMIENTO DE CRISTO COMO EL MESÍAS PROMETIDO Y A QUE TRATAN DE IMITARLO. PERO SON POCOS, MUY POCOS Y POR SUS FRUTOS SE LOS RECONOCE.
NOSOTROS CREEMOS QUE NO PODÉIS MANTENEROS EN EL ENGAÑO DE QUE LA INMOLACIÓN DE CRISTO OS REDIMIÓ, QUE SU RESURRECCIÓN HAYA SIDO TAMBIÉN LA VUESTRA. LA VERDAD ES QUE VOSOTROS LO HABÉIS RECHAZADO, NO LO HABÉIS QUERIDO ESCUCHAR NI IMITAR.  
LA REDENCIÓN NO ES UNA FÁBULA, NO ES UNA HISTORIA PARA CONTAR. LA REDENCIÓN ES UN SALTO EVOLUTIVO DE CONCIENCIA, Y SUCEDE CUANDO UN SER PASA DE LAS FRECUENCIAS HUMANAS A LAS ESPIRITUALES; CUANDO EL HOMBRE SOBREPASA LA BARRERA DEL EGOÍSMO Y DE LA SED DE PODER PARA ADQUIRIR LOS VALORES UNIVERSALES DEL ALTRUISMO, LA SOLIDARIDAD, EL AMOR Y LA JUSTICIA.  
MIENTRAS NO REALICÉIS ESTO NO OS PODÉIS CONSIDERAR REDIMIDOS, NI PENSAR QUE ORBITÁIS EN LOS VALORES CRÍSTICOS.  
PARA NOSOTROS EL SACRIFICIO DE CRISTO PERMANECE COMO UN MILAGRO DE AMOR DIVINO MANIFESTADO TAMBIÉN EN VUESTRO MUNDO, PERO QUE SE HA QUEDADO COMO LETRA MUERTA EN VUESTROS CORAZONES Y EN VUESTROS ESPÍRITUS.
CUANDO CRISTO, LA INTELIGENCIA UNIVERSAL, VINO A NUESTROS MUNDOS, NOSOTROS NO LO PERSEGUIMOS NI LO CRUCIFICAMOS; LO ACEPTAMOS PORQUE ÉRAMOS CONCIENTES DE LO QUE REPRESENTABA EN LA ESCALA DE LA EVOLUCIÓN CÓSMICA, Y ESTO NOS FAVORECIÓ CON LA CONCESIÓN DE UNA RÁPIDA EVOLUCIÓN, TANTO EN EL PLANO ESPIRITUAL, COMO TECNOLÓGICO, CIENTÍFICO, MORAL Y SOCIAL.  
DESEAMOS QUE TAMBIÉN EN VUESTRO PLANETA SE PRODUZCA ESTE CAMBIO ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE; PORQUE ES VERDAD, CIERTO Y VERDADERO QUE EL CAMBIO SE PRODUCIRÁ SEA COMO FUERE, PERO DEBIENDO PADECER UN GRAVÍSIMO SUFRIMIENTO, COMO YA ESTÁ SUCEDIENDO EN MUCHAS PARTES DE LA TIERRA Y COMO, DESGRACIADAMENTE, SIEMPRE HA SUCEDIDO EN VUESTRA HISTORIA.
HACED QUE LA VENIDA Y EL SACRIFICIO DE JESUCRISTO SOBRE VUESTRO PLANETA NO SEA LA REDENCIÓN Y LA SALVACIÓN ESPIRITUAL DE UNOS POCOS, SINO DE TODA VUESTRA HUMANIDAD.
 
DEL CIELO A LA TIERRA
LOS SERES DE LUZ  
A TRAVÉS DE GIORGIO BONGIOVANNI

Porto S. Elpidio
Santa Pascua
16 de Abril de 1995

Claudio Rojas
30 de Abril 2017

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