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emilia cardoso100Por Emilia Cardoso

La Pascua cristiana conmemora la resurrección de Jesucristo, luego de haber sido torturado y crucificado por los romanos a pedido del pueblo judío.  La celebración más importante para los cristianos es esta, el cumplimiento de la profecía que Él mismo hizo, al tercer día resucitaría de entre los muertos, pero lo haría de una forma particular, con las marcas de los clavos impresas en su cuerpo. Como muestra de que era Él y no una farsa, pero también para que no olvidemos lo que le hicimos, para recordarnos por siempre que nuestro Dios es un Dios herido por nuestros pecados. Jesucristo no resucitó con el cuerpo sin las marcas, lo hizo con las heridas de sangre. A través de este acto sagrado nos enseñó que la muerte no existe, porque Él la venció por todos nosotros, dándonos un mensaje esperanzador, de redención, nos demostró un amor único, extremo, inconcebible para nosotros. Pero al mismo tiempo dio un mensaje de advertencia antes de irse de este mundo: debemos esperar Su regreso con las “manos en el arado” porque regresará con “la espada de la justicia” a separar “el trigo de la cizaña”, nadie sabe el día ni la hora pero debemos estar velando cada día de nuestras vidas porque El vendrá “como un ladrón en la noche”, es decir, cuando nadie lo espere. 

Y es esta última parte del mensaje la que la humanidad ha olvidado, casi por completo me atrevo a decir. Quizás porque es más cómodo imaginar solo al Jesús misericordioso, que entregó su vida por nosotros liberándonos de las cadenas de la muerte del espíritu, sin sumarle a este pensamiento que es verdadero, el hecho de que deberemos rendir cuenta de nuestros actos, justamente por el motivo de que hemos sido perdonados ya una vez, pero no lo seremos dos veces. 

Me sucede a menudo que cuando veo una persona viviendo en la calle, a un niño trabajando por unas monedas o alguien que sufre víctima de nuestra sociedad enferma, me viene la imagen de Jesús caminando por el mundo con las llagas sangrantes, ¿cómo pensarlo de otra forma? Si no es el Dios de los poderosos, es el de los que no tienen nada, se volvió pequeño  como aquellos que sufren, y al hacerlo fue también Él víctima de un pueblo con odio, con profunda ignorancia, codicia y otros males que lo flagelaron en carne propia. Estas heridas que han portado y portan un puñado de hombres y mujeres de este mundo que aceptaron servir a Cristo sintiendo una parte de Su sufrimiento, son signos para nosotros de que Sus heridas siguen sangrando, por una humanidad atravesada por las calamidades que ella misma ha originado, esto me hace pensar en las palabras de Jesucristo que dicen "En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis”, entendiendo que cada vez que un niño es violentado, o cualquier ser humano es despojado de su derecho a la vida digna, volvemos a clavar en la cruz las manos y pies de nuestro Señor, del mismo modo con cada acción de socorro a cualquiera de ellos, es a Él a quien encontramos.

Estas heridas llegaron a mí hace ya unos años, y me tocaron el corazón en lo más profundo, espero que por siempre, a través de un hombre señalado por Dios, que porta los sagrados estigmas en su cuerpo y que con un lenguaje moderno nos muestra como vivir las enseñanzas del Evangelio en el siglo XXI. Un siglo difícil, contradictorio y a la vez fascinante por su complejidad en todos sus aspectos, sociales, históricos, tecnológicos, científicos, por nombrar sólo algunos. En este tiempo que vivimos, tan lejano de la sociedad palestina en la que hablaba Jesús, todo ha cambiado pero a la vez, todo sigue igual.  El poder opresor de este mundo que era denunciado fuertemente por Jesús en aquél tiempo sigue oprimiendo hoy a los marginados y desamparados, porque cambiaron los actores y el escenario, pero el guión sigue siendo el mismo.

Es en los oprimidos, los marginados y desamparados en donde encontramos a Jesús, así nos lo enseñó una vez más el mensaje recibido en las vísperas de Pascuas por Giorgio, titulado HE ENCONTRADO A JESÚS EN NAIROBI, SE LLAMABA MOSES, donde se puede leer la “vida” de un niño que debe drogarse para dejar de sentir el hambre que no puede calmar por falta de dinero. 

Cuando Giorgio leyó este mensaje el domingo de Pascua, con lágrimas en los ojos y la voz quebrada, tuve que prometerme que sería un “antes y un después” en mi vida. No podemos lamentarnos de nada, esta fue la enseñanza principal ese día. Porque si nos permitimos lamentarnos por nosotros mismos, estamos lastimando a todos aquellos que decimos defender, les estamos escupiendo la cara y estamos hiriendo una vez más a nuestro Dios, porque si lastimamos a los más pequeños, lo lastimamos a Él. Solamente podemos permitirnos estar mal por los que realmente sufren y padecen como una tortura el solo hecho de existir en el mundo. Y si bien esto es algo que nos han dicho innumerables veces siento que la paciencia inagotable que nos ha tenido el Cielo frente a nuestras miserias está llegando a su fin.  El punto es entonces, una vez más, tomar fuerzas de donde sea y seguir, pero seguir superándonos, haciendo una competencia con nosotros mismos, llevando nuestro amor al máximo, y como leí una vez que decía Eugenio Siragusa, no tener miedo de dar demasiado, porque nuestro amor “nunca es suficiente”.

Emilia Cardoso

13 Mayo del 2017

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