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pianetaaffittoDi Bianchin Francesca
Cuando alquilamos un departamento o una casa, sabemos que allí podremos vivir, podremos ser libres de decorarla como más nos guste, organizar alguna fiesta, dormir, comer, y lo más importante es tenerla limpia y en orden, no solo porque convivir con la basura no le hace bien al espíritu, sino sobre todo porque si somos buenos y honestos ocupantes, es decir inquilinos, tenemos la obligación de devolver el inmueble al propietario en el mejor estado posible, claro que si uno está veinte años o treinta, el desgaste es fisiológico, cualquier casa después de veinte, treinta años se desgasta al usarla, pero el desgaste del tiempo se ve, y el vandalismo también, y si el inmueble resulta perjudicado por actos de vandalismo, o de: “Total a mi que me importa si no es mío”, termina por  llegar la cuenta que hay que pagar, con denuncias y causas varias. Un buen inquilino cuando se rompe un vidrio de una ventana no lo deja así indefinidamente, sino que lo cambia pagándolo de su bolsillo, si se rompe una manilla la cambia, si las paredes se ensucian las pinta, etc., éstos son gastos que le corresponden al ocupante, a excepción hecha de los que le competen al propietario, es decir pintar las paredes externas o rehacer el techo si pierde, etc., etc..
Es así como un buen inquilino y un buen propietario se tendrían que comportar, pero lamentablemente no siempre es así, ésto lo sabemos,  hay cualidades y defectos, ya sea de una como de la otra, pero el sentido de la honestidad si hace la diferencia.
Cuando Dios nos entregó el Planeta Tierra, no nos lo regaló, como muchos creen, sino que nos lo dio tan solo en préstamo, en comodato de uso, no sólo no nos hace pagar el alquiler, sino que además nos lo entregó con el refrigerador lleno de comida; Frutas, Hortalizas, Carne, todo lo necesario para la supervivencia del ser humano.
A cambio lo único que teníamos que hacer era mantenerlo lo más limpio posible, lo más ordenado posible, lo más igual posible a como nos lo dieron en préstamo, de manera tal de poderlo entregar a las generaciones venideras.
En el fondo así ha sido durante millones de años, y los indios de América eran y siguen siendo totalmente conscientes de haber tenido este gran “departamento” nada más que a préstamo, porque todas sus acciones siempre fueron hechas con el juicio de pensar en quienes vivirían “en el departamento” después de ellos, siempre respetaron a la Madre Tierra tratando de conservarla en el mejor modo posible para los nietos y bisnietos.
En cambio el hombre blanco desde el principio siempre forzó al planeta, desviando los ríos, construyendo casas, edificios, diques. Ya desde los antiguos Romanos y los Griegos, siempre hemos tenido la cultura de construir, la cultura de lo hermoso,  nunca fuimos pueblos nómadas a excepción hecha de la era primitiva, siempre hemos tratado de mejorar la calidad de nuestra vida, pero mientras los indios de América creían en preservar a la Madre Tierra para las generaciones futuras, los blancos siempre han tratado de mejorar el estado de su vida, quizás pensando en sus hijos y nietos, pero solamente en sus nietos, no en la comunidad en su conjunto, un acto de mero egoísmo.
El enriquecimiento individual comenzó inmediatamente, con los Reyes, los Condes, los Marqueses, los Vizcondes, los empresarios de hoy en pocas palabras, la élite de entonces y la élite de hoy no difiere en absoluto.
De todos modos los daños eran leves para el Planeta, algunas casas, algunos Coliseos, nada que el propietario, es decir Dios, no pudiera resolver en pocos segundos, era solo un poco de basura en un rincón de la casa, que se podía resolver con una buena aspiradora y un balde de agua.
Igualmente había cosas que al ser humano le servían para resguardarse de la lluvia y del frío y las casas de aquel entonces eran biocompatibles con el ambiente, construidas solo con materiales sanos.
Pero a finales del 1800, con la era de la industrialización todo fue diferente, si hasta ese entonces el hombre blanco se había visto obligado a respetar la Tierra, no porque quisiera respetarla, sino porque no tenía los medios para destruirla, desde fines del siglo XIX ya no tuvo ningún freno,  ninguna consideración por el departamento que le había sido confiado, y empezó a comportarse peor que si fuera de su propiedad, porque nadie en su propio jardín querría tener las escorias radiactivas, un río lleno de lodo, o la casa repleta de residuos.
Hemos prácticamente olvidado que Dios nos dio el Planeta Tierra en comodato de uso y que teníamos que devolverlo como nos lo dio, quizás con alguna mejoría, pero no un planeta devastado por las cosas más inmundas. 
¿Qué le diremos cuando nos reclame daños morales y biológicos por no haber sabido mantenerlo limpio, por no haber intentado pasarlo a las generaciones futuras lo más integro posible?
¿Qué le diremos? que no hicimos todo esto para mejorar nuestra vida, sino porque algunas miles de personas tenían que enriquecerse hasta el hastío.
¿Qué le diremos? Que hemos devastado selvas, contaminado mares y ríos, el aire, que hemos extraído todos los recursos del subsuelo, mientras que desde hace años podíamos tener el coche ecológico.
¿Qué excusas podremos inventar para salvarnos? ninguna, jamás se nos aceptará excusa alguna, porque no la tenemos, y entonces tendremos que pagar los daños, tendremos que pagar una cuenta carísima, tendremos que responder ante una causa en la que ningún abogado podrá salvarnos, no hemos querido comportarnos como buenos inquilinos, nos hemos comportado como irresponsables.
“Ni siquiera es mio, a quién le importa”
Es eso lo que hemos dicho, y lo más grave es que hemos exterminado a los pueblos que en cambio les importaba y mucho su casa, lo que Dios les había dado en préstamo.
Pero a pesar de todas las torpezas que el hombre ha logrado perpetrar, de que se ha encarnizado con la Madre Tierra, todavía la Madre Tierra resiste, resiste con sus maravillas, con sus primaveras, sus veranos, sus otoños, sus inviernos, resiste y nos hace, a quienes todavía tienen un alma sensible, quedar con la boca abierta en cada estación suya.
En Primavera con el florecer sus pimpollos, con las primeras florecillas en las praderas, con el brotar de gemas en los árboles, con sus frutos que maduran en verano, con el color dorado de las espigas, con sus montañas y sus pastizales inmensos de variados colores y nos hace maravillar con el caer de las hojas en otoño, con la nieve cándida de invierno, nos hace maravillar con sus espléndidos océanos, con los arcoiris después de una tormenta.
Todavía hace vibrar nuestra alma a pesar de que el hombre haya violado la suya.
Y ésto es amor, amor puro, por aquellos hijos que todavía la respetan, que todavía la aman, por aquellos pocos hijos que saben que están viviendo tan solo en alquiler en este maravilloso, espléndido, grandioso departamento llamado ¡TIERRA!

 
Bianchin Francesca
25 de Febrero de 2012
 

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