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erikagiorgio1002012Por Erika Pais
En el inmenso universo humano, que es diverso al cósmico, los vaivenes de la entrañable diversidad nos acercan, nos alejan, nos dividen, nos unen, nos amasan, nos ahogan, nos elevan, nos dejan caer y nos vuelven a elevar. Y de esa manera vamos nosotros, los que compartimos, dividimos y cercamos esta Obra viviendo la vida, atravesándola con agónicos dolores de partidas y excitantes caricias de encuentros. Cada encuentro es vivido con desesperación, de la misma manera que un naufrago bebe el agua fresca y saborea el mendrugo de pan. Nos abrazamos, nos olvidamos y luego recordamos que somos nosotros. No es fanatismo añorar las caricias del hermano, de ninguna manera y me atrevo a enfrentar al más escéptico a costa de que mi corazón sea atravesado por un rayo demoníaco. Lo juro por mi vida que no es la ceguera que acompaña el fanatismo lo que nos empuja a desesperarnos por una mirada fraterna, a buscar esa sonrisa cómplice, ese abrazo que ama, ese beso que consuela y amarga al mismo tiempo porque no es eterno, sino que es temporal, no es el fanatismo no, sino que es la certeza de estar solos. De que este mundo ya no nos pertenece y que ya es imposible pelear por un lugar en él. Encontrar personas que hablan un mismo idioma, a pesar de las diferentes lenguas, es más que mucho más y estas palabras se deben sentir no pensar, no asimilarlas a un análisis lógico de la locura del intelecto.
Cada país tiene un olor, un color, un algo que lo distingue, es casi una mentira hablar de que no existen fronteras, si las hay, no porque las busquemos sino que porque las han inculcado, el hombre las pone en sus formas, en sus aconteceres, en sus costumbres, en su necesidad de pertenecer, de ser un conjunto no uno solo. El Hombre precisa ser plural, ser más de uno solo, sentir que pertenece a un grupo, no estar solo. Porque de manera contraria nos veríamos nuestras miserias y estas no nos gustan, por lo tanto mejor ser muchos y no ser uno. Pero Dios si sabe lo tan uno que somos, lo tan diversos que surgimos de una maraña de sangre, líquido de vida y tibia placenta protectora y más aún desde antes de tener contacto con esta piel que nos acompaña en esta escuela planetaria, diversidad que hace gala y honra la magnificencia Divina.
El avión carretea y una leve sacudida me saca de mis absortos pensamientos, me mueve suavemente podría decir que me con-mueve con delicadeza, oler Sicilia me provoca un cúmulo de sensaciones indescriptibles, y pensar que seremos tantos me emociona aún más. Olor a Mediterraneo, a sangre, a luz, olor a encuentros, a mafia, a amor, a pasión. Olor a nosotros, olor a Erika que quedó allí en su último viaje no hace muchos meses. Olor a Obra, a principio y a fin.
Algunos sudamericanos irían llegando poco a poco y otros irían quedando atrás mucho a mucho. Los afortunados, desde el punto de vista humano, estábamos tocando o por tocar esta Tierra que tanto amamos, la Tierra más allá del Jordán.
Para el Cielo que fuéramos nosotros y no otros tendría su significado, lo tendrá, pero aún no lo sabemos, no lo vemos, o intuímos. Mientras tanto la pequeña vergüenza que surge de pensar que no lo merecemos y que no fuimos fuertes como para ceder nuestro lugar a otros hermanos nos acompañará hasta ese momento en el que todo sea claro como el agua cristalina. Por ahora todo lo entreveemos a través de un pañuelo de suave seda oscura. Los primeros días en Palermo recorrimos sus calles intentando robarle sus secretos, aspirando su aroma a misteriosos sacrificios, sangre ofrendada por alguna causa mística que no nos es posible conocer aún. Porque sencillamente no nos es posible comprender, ni siquiera, nuestras propias pasiones todavía, pasiones que disfrazamos de razones  y que nos empuja a actuar de una u otra manera. Pensando comprender y vivir la Obra enteramente pero en realidad apenas estamos empezando a empezar a comprenderla. El salón de los espejos anunciado por los mayas y desarrollado ampliamente por Pier Giorgio Caria en la conferencia de Catania, nos alcanza también a nosotros, y vaya que nos abraza y como en un circo nos vemos reflejados deformes así tal cual somos. Pero como una reacción casi instintiva y porque no nos gusta vernos deformes cerramos los ojos y proyectamos en el otro esa deformidad.
Es así que poco a poco la intolerancia nos gana terreno y lo que pensamos es un crecimiento espiritual el que nos permite ver el error del otro, en realidad es la gigantesca debilidad contra la que debemos luchar día a día.
Fueron días verdaderamente intensos, desde donde sufrimos de esas incomprensiones hasta jugamos como niños sumergidos en el agua salada deseando que la vida se detuviera en ese instante y congelemos dentro nuestro ese mágico momento en el que logramos ser uno. Días en los que se habló mucho del hombre, de la Obra, del futuro, del amor y momentos en los que menos se sabe de la obra, del futuro, del amor, del hombre. A veces y cada día más pienso que esa es la Obra, el conocer de eso, el conocer de uno, el conocer del Hombre, porque solo si conocemos de El podemos construir sobre El. Qué mas da tener altos conocimientos cientifico- espirituales si no somos capaces de comprender la pasión que nos mueve, la condición de nuestra naturaleza, las razones de nuestros procederes?
La conferencia en Catania que duró practicamente todo el día y al que asistieron muchísimas personas que llenaron la misma sala que muchos años atrás la había llenado Eugenio Siragusa, cubrió una alta gama de espectros. Reflejos luminosos que provenían desde la mesa que teníamos delante, donde estaban Giorgio, Pier Giorgio, Antonio Urzi y Flavio Ciucani como expositores y a nuestros queridos hermanos de Catania como moderadores. Las sonrisas de nuestros amigos nos invadía el alma y ser testigos en esta oportunidad de una exposición tan magistral en donde todo se comprende y lo que no se comprende se comienza a intuir es casi como una sentencia. Luego de eso no podemos esperar a que llegue a nuestra puerta la elección, no, debemos elegir, luego de eso no podemos escondernos en el regazo de la ignorancia, no, solo podemos mirarla de frente y borrarla de un soplido. Luego de eso no podemos acariciar la rutina con nostalgia, no, debemos retorcerla como a una culebra venenosa y dispararle veneno de vida.
La vida en Italia obviamente y practicamente trascurre dentro de otros parámetros distintos a los nuestros, todo parece más sencillo de llevar, más fácil de alcanzar, mas cercano de tocar. Pero cuando a mi mente vienen esos recuerdos de vida junto a Giorgio acepto y comprendo que los senderos de la luz deben necesariamente modificarse para cada historia conjugada bajo las diferentes estrellas de los diferentes hemisferios. En Porto Sant`Epidio los segundos trascurrían y cada luna me traía el sabor de la partida. El sonido sordo de una deducción, de una sensación de comprender, de absorver causas, razones, explicaciones, que tomaban caprichosas formas de sensaciones y emociones que mi alma abrazaba con desconfianza sutil del sabor a la despedida. De respuestas que llegaban a dormir conmigo en la madrugada y se escapaban como un amante furtivo cuando el nuevo día llegaba y el sol despuntaba a través de la ventana. Así que todas las noches dormía con las respuestas, las soñaba, aún las sueño, pero como caprichosas asesinas de deseos se deslizan a través de mi ventana usando los rayos solares de la mañana dejandome sola y asustada intentando comprender. En su lugar una fuerza desconocida, como si fueran los hilos de alguna marioneta perdida de ese circo donde están esos espejos, me levantan y me hacen hablar, caminar y teclear estas palabras. Esperando que llegue la noche una vez más y duerma abrazadas a ellas y en la noche ese puzzle cobre vida o tenga sentido nuevamente.
Mientras tanto las palabras de un hermano: “A Giorgio no se lo llora, se lo reemplaza en el combate”, me hacen sentir y pensar que a Giorgio no se lo reemplaza, de hecho, no está su reemplazo y dentro de tantas señales sobre las que hablamos y litigamos durante horas convive con nosotros la más grande de las señales y es esa misma, no hay nadie después de él. Al menos para nosotros, luego de él solo podemos esperar el tsunami de acontecimientos celestes y desear que solo nos encuentre juntos, anunciando hasta que no tengamos aliento que llegamos al fin. Al punto de no más, cuando el Cielo se cae sobre nosotros, como temían los vikingos y los hermanos de las estrellas nos contactan como anunciaban los mayas; y la tierra vomita deseos de justicia vestidos de fuego; y nuestras familias se desmoronan y nosotros elegimos. Y las arcas se vacían esperando recibir a los últimos que son los primeros y la soledad golpea a la puerta y los ídolos caen y la gente sale a las plaza a danzar danzas de fuego. Y todo lo que parecía ser se revela abandonándonos en esa cueva que tanto hablaba Platón, nuestra cueva, en la que las siluetas que vemos en la penumbra son solo proyecciones de una Verdad. Si logramos darnos vuelta veremos que es aquello que se proyecta, veremos la luz, la Verdad. Eso es lo que fuimos a buscar a Italia, entramos uno a uno en esa cueva y la voz dulce y sutil de nuestro amado Giorgio nos susurra al oìdo una y mil veces que dejemos los espejos y que salgamos de ese tunel oscuro en el que entramos pensando recorrer un camino espiritual. Que abandonemos el sutil camino que nuestras mentes nos construyeron y miremos atrás. Miremos la Verdad a los ojos. La que siempre estuvo ahí servida por El, pero como ingenuos arrogantes decidimos solo ver su proyección, aquella que nos alcanzaba con sus rayos. No es difícil alcanzarla, El, Giorgio ya nos la sirvió muchísimas veces, solo debemos darnos vuelta, está precisamente del otro lado, a nuestras espaldas. Y es tan fuerte como el sol que nos mantiene, es tan fuerte como los abrazos que Giorgio nos da, es tan fuerte como la soledad que veo en sus ojos y la sonrisa que nos prodiga. Es tan fuerte como la tristeza que emana y la luz de su mirada. Tan fuerte como el Amor que nos tiene y la oportunidad  que nos regala. Es tan fuerte como la vida que se va y la mañana que entra en mi ventana. Es como Giorgio es, tan grande, y tan él. Tan nosotros y tan todos. Eso fuimos a buscar a Sicilia, más allá del Jordán, nos fuimos a buscar  a nosotros. ¿Qué le daremos a los hermanos que quedaron esperando?
¿La cueva, los espejos, la vanidad, la razón, el amor, la verdad, nuestra verdad? ¿O les daremos a Giorgio?
Entre pasadizos de luz y suspiros de fuego, intento encontrarlo metido en mi alma, espero arrancarlo y entregarlo a sus brazos, espero amarlo y respetarlo y por eso debo entregarlo, él no es mío, es de mis Hermanos. Y como un pacto de sangre solo busco honrarlo e intento trasmitir lo que viví ese setiembre, de ese año, en ese salón, en esa cueva y con ese Ser.
Gracias Hermanos míos, los que se quedaron y espero poder honrarlos.

Erika Pais.
25 de septiembre 2012

MITO O ALEGORÍA DE LA CAVERNA
MITO CON EL QUE PLATÓN DESCRIBE NUESTRA SITUACIÓN RESPECTO DEL CONOCIMIENTO: AL IGUAL QUE LOS PRISIONEROS DE LA CAVERNA QUE SÓLO VEN LAS SOMBRAS DE LOS OBJETOS, NOSOTROS VIVIMOS EN LA IGNORANCIA CUANDO NUESTRAS PREOCUPACIONES SE REFIEREN AL MUNDO QUE SE OFRECE A LOS SENTIDOS (YO LE DIGO PASIONES). SÓLO LA FILOSOFÍA (YO LE DIGO LA HUMILDAD, VERDAD CON NOSOTROS MISMOS, ESCUCHAR EL VERDADERO SENTIDO DE AQUELLO QUE GIORGIO NOS DICE) PUEDE LIBERARNOS Y PERMITIRNOS SALIR DE LA CAVERNA AL MUNDO VERDADERO O MUNDO DE LAS IDEAS (CONOCER LA VERDADERA OBRA DE JUAN).                           

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