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PASCALLAS MALETAS DE VIAJE DE MI AMIGO PASCALE LOPRESTI 
Por Jean Georges Almendras 

La muerte siempre es uno de aquellos episodios que la naturaleza misma nos depara  en el extremo de  la existencia, como una suerte de formalidad, para seguir adelante, espiritualmente hablando. A sabiendas de que ella –la muerte-  es la indiscutible y la inevitable etapa del cambio del ropaje de la vida en el planeta, igualmente no deja de impactarnos. Es un ciclo que termina y es otro que  comienza. Lo sabemos,  y más aún, quienes divulgamos que  por esta vida “estamos solo de paso porque la muerte -entendida como aquello que se parece al final de todos los finales- verdaderamente  no existe”.   

Pero  aún así, convencido que la dinámica del alma no tiene punto final, pocas horas después del reciente 15 de setiembre, al tomar conocimiento de la desaparición física de mi amigo Pascale Lopresti, me quedé frío con la noticia. A Pascale se le había cruzado la hora del cambio, sorpresivamente. Hora que solo el Padre conoce.  
Quienes tuvimos oportunidad de conocer a Pascale, nos cuesta imaginarlo despidiéndose de este mundo, para entrar en el otro mundo, porque él amaba la vida,  aunque también amaba lo que le aguardaba después de ella.  Tuvo  buenas  posibilidades materiales para desempeñarse inserto en  la comunidad humana, y a pesar de que daba la imagen de un hombre superfluo, pudiente y  simple en conceptos, era todo lo contrario. Estaba dotado de una sensibilidad única, que constantemente lo llevaba a cuestionarse sobre su confort y su calidad de vida. Así, con la apariencia de un estresado hombre de negocios, era en realidad un estresado hombre de fe y de valores espirituales. Y no por casualidad, dentro de su corazón siempre  atesoraba la esperanza de que el mundo tenía de cambiar. Y así, con sus debilidades –como todos nosotros – se transformó en un protagonista de ese cambio, especialmente cuando conoció a Giorgio Bongiovanni, amigo en común, a quien siempre le prodigó respeto y apoyo, en particular a su misión espiritual y a los hermanos que lo secundaban, en Italia, México–la tierra en la que residía- el resto de Sudamérica y Uruguay 
Entonces, saberlo ahora distante en la materia, claro que nos impacta y nos lleva un poco a transitar por los senderos de la tristeza, esa tristeza egoísta que rápidamente se disipa para transformarse en la alegría de saberlo en el mundo de las verdades universales, junto al Padre. Su familia, sus amigos, quienes lo amaron como hombre apasionado en tiempos y en circunstancias afectivas diferentes, y quienes lo acompañamos en la realización de los valores espirituales con el compromiso de luchar por un mundo más justo y más solidario, inspirados en el retorno del Cristo, nos sentimos orgullosos de haberlo conocido, de haberlo disfrutado como un amigo de verdad y como un hombre convencido de sus ideas. 
Me viene a la mente su rostro, su sonrisa, su forma de ser, su andar y su amor por su amigo Giorgio Bongiovanni, y me viene a la mente el recibimiento que nos deparó en una visita que hice a México en el año 2005, con un cartelito que decía “Bienvenidos a los Giorgios”. 
Así era Pascale Lopresti, una mixtura –diría yo hasta casi ideal- de inocencia con astucia empresarial y mundana, pero acunada e inspirada en valores crísticos. 
Pascale, emprendiste el viaje aquel que emprenderemos todos, para conocer el Todo y al Padre. Tu partida me traen a la memoria  los conceptos del dramaturgo y actor argentino Juan Carlos Gené, refiriéndose a la muerte, citándola con frecuencia, estudiándola y aceptándola, sin dejar de advertir que “no tenía ningún apuro en hacer las maletas” agregando además que comparaba esa inevitable etapa previa a la partida del ser humano “con una bella temporada de verano en un lugar, hasta que de pronto llega el otoño, se están yendo los veraneantes, cambia el clima, ese tono de las miradas de Chejov. Uno mira todo y sabe que se tiene que ir”.
Juan Carlos Gené, un ser al que admiré por su valentía como ciudadano del mundo hizo las maletas a los 82 años. Mi amigo Pascale, que no sabía que se tenía que ir, finalmente el Padre lo llamó pasados los 60 años. Por algo será, no hay duda. Pero haber emprendido ese viaje “al mundo espiritual” -como dijera mi amigo Giorgio homenajeándolo- aún sin su consentimiento por una cuestión cronológica, nos permite acercarnos mucho más a su alma, a su ser... y ahí está nuestro amigo, entre nosotros pero mucho más cerca de la Luz... por  esa razón me fue inevitable escribir estas líneas sobre el viaje de mi amigo Pascale Lopresti. ¡¡Salud compadre!! ¡!Vaya un brindis por la alegría de tu espíritu¡!... 
20 de septiembre 2012


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