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lavoz100Por Agustín Saiz
“Si las abejas desaparecieran del planeta, a la humanidad le quedarían pocos años de vida” Albert Einstein.
Querido Giorgio, en un rincón de mi casa he observado a las abejas buscar las flores y zambullirse de lleno para luego llevar el polen con el que se elaborará la miel. Yo pienso y creo, que nosotros, junto a nuestros amigos, todos estos años, nos hemos comportado sin darnos cuenta como abejas de tu colmena solar, y hemos estado volando diferentes campos, paisajes y ciudades, hasta detenernos frente a un polen especialmente amargo, del cual ya hemos bebido y comprobado su áspera exquisitez.
Nosotros hemos seleccionado este polen, y lo hemos elevado a través tuyo, por medio de un grito, a la gran colmena solar donde gobierna Cristo, para que ayude a rebalsar la copa de la cólera divina. Para que se transforme en una delicada miel que cure las heridas de la Tierra. Para que se refuerce el grito de los justos dando nuestro máximo, para que el Padre pueda escuchar la denuncia que le exponen los defensores de su corona, los amantes de la vida.
Este polen lo hemos hallado en una ciudad que llaman Zárate, pero que pudo haberse conocido como Pripiat, Fukushima o Hiroshima, la diferencia fonética es solo una circunstancia. A todas las cubre el mismo manto gris con el que se viste la muerte. Y en esa presencia que emerge grande como una lápida en el  ocaso del final de finales, nos hemos quedado helados porque mirando bien hemos encontrado labrado, allí mismo, el epitafio que usó un gran sabio que intentó advertir a la humanidad: “He aquí la tumba de los sueños del hombre que quiso jugar a ser Dios”, resuena esa frase como la voz de un trueno que se esconde detrás de mi cabeza. Nosotros que veníamos famélicos de tanto andar, vimos espantados como una central nuclear se abría paso de manera pestilente por nuestro camino, como un fruto demasiado podrido al que, aún cuando no teníamos en claro qué es lo que debíamos hacer con él, lo mordimos.
Desde entonces nuestra mente ha estallado como una bolsa llena de vidrios que se estrella contra un acantilado. Tener frente a nosotros la misma tecnología que está proyectando la muerte de la vida sobre todo el planeta provocó en nuestro interior contradicciones extremas. Una tensión violenta que hemos lanzado como un cuchillo para que se tajeen las conciencias de los hombres. Lo hemos hecho desde las calles, desde las plazas, desde los diarios y la televisión. Nos hemos expresado ante las autoridades políticas, municipales, religiosas y hemos desafiado públicamente a los soldados que la defienden (que aunque se hagan llamar a sí mismos técnicos o científicos, nosotros sabemos bien, que en realidad, son simplemente los constructores de un relato ficcionado que los habilita para matar gente delante de la gente). Ahora, gracias a tu ayuda, hermano Giorgio, hemos llegado con este grito hasta allí, donde no hubiésemos imaginado nunca, las centrales nucleares mismas: vecinos, policías, gendarmes, trabajadores y empresarios no tuvieron otra opción más que escuchar una verdad que los acorrala, y de la que forman parte.
Ahora sí, todos han escuchado y aunque todavía falta mucho por recorrer, ya me siento un poco más tranquilo. Mientras a algunos les estamos viendo una mágica sonrisa dibujarse suave en sus rostros, porque nos sintieron como portavoces de su propia esperanza, a otros tantos los vemos con la desesperación propia de quienes saben que es tiempo de salir a enfrentar algo que los está deshonrando y sometiendo aún cuando todavía no acumulan el coraje necesario para hacerlo. Al día de la caravana todavía lo recuerdo verdaderamente hermoso, la tensión previa, las reacciones de la gente, el cielo perfectamente despejado, el chofer del micro que se quedó sin nafta a mitad del camino, las discusiones con los gendarmes, la policía que prefiere detener a un tren para que nosotros pasemos, lo absurdo de que los trabajadores se impacienten para poder llegar más rápido a ver tele a sus casas, lo absurdo que es que por momentos veamos  la irresponsabilidad de ese reclamo casi como “un derecho”…
Tus ojos celestiales han sido testigos, una vez más, de toda la locura humana, nosotros tus abejas, hemos descubierto que para elaborar la miel de la verdad y la vida, muchas veces hay que ir a buscar el polen en una dirección perfectamente contraria a la que toda una sociedad recomienda. Pero para nosotros es fácil, porque te tenemos a ti. Te Amamos… y sabemos que muy pronto el gran Rey de la vida hará desbordar de miel a todas sus colmenas para que con caudalosos ríos celestiales toda sed finalmente pueda ser saciada en los habitantes de la Tierra.

Agustín Saiz
Arca Zárate-Campana
16 de Abril 2013

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