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1mauroPor Mauro Alan Panunzi
Mauro Alan Panunzi Nunca como del plato que me corresponde. Nazco desilusionado, muero optimista. Soy hipermétrope y me enojo, como mínimo, siete veces por día. Pero ven, no te hago nada.
Oye mi Guaraní
1mauro300La mayoría de los turistas han renunciado al volantazo que estoy por realizar. Una pérdida de tiempo y de dinero. En fin, todo está demasiado lejos de los senderos andados del continente. Los más audaces se han acercado solo hasta 2maurola capital, pero nadie se ha quedado mucho tiempo. ¡Qué mejor oportunidad para ir más allá! Tierra roja, césped verde. Tengo tres meses de tiempo para poder desenvolverme con un idioma imposible y para llegar a tener un papel en una sociedad que no está para nada acostumbrada a gente como yo. Todavía no me puedo dar cuenta de las proporciones del desafío. El oficial de policía de frontera de Clorinda pone un sello en mi pasaporte produciendo un sonido metálico, como el de un revólver. Lo tomo como un ve y anda. Y mientras tantotodo a mí alrededor ya es Paraguay.

El mercado de la nada
3mauroSabía que los Andes no habrían durado para siempre, por ello no sufrí tanto el día que les dije adios. En el norte de Bolivia las imponentes rocas de la cordillera se interrumpen de improviso dando lugar a la selva de las Yungas (tierras calientes). Se desciende treinta mil metros en poco menos de sesenta kilómetros y la civilización se pierde gradualmente en una selva que sigue impertérrita hacia el corazón de la Amazonia. Hacia el infinito. Hacia lo oculto. Una vez que uno ha llegado hasta aquí no es difícil que aparezcan algunas dudas razonables: - ¿es normal ver cómo penetran los SUV en la selva?
- ¿es posible que haya sólo dos aduanas en la miríada de kilómetros de frontera que separan los territorios de Brasil y Bolivia?
- ¿porqué hay un tren que se adentra en las Yungas pero nadie sabe explicarme porqué lo llaman el “tren de la muerte”?
- ¿porqué hay un aeropuerto que une la frontera con La Paz con frecuencias diarias?
- y sobre todo ¿porqué es el único aeropuerto de Sudamérica, junto al paraguayo de Ciudad del Este, en el que no se efectúan controles a las maletas y a los pasajeros?
Quizás porque aquí nacen esas pequeñas hojas verdes que la mayoría de la población andina mastica para ayudarse a superar los efectos de la altura. Quizás porque, unidas a una gran cantidad de amoníaco, contribuyen a la creación de uno de los pesos pesados del mercado de la nada, del cual Bolivia es el mayor productor del mundo. Exacto.
Por lo tanto todos estiran la mano por un pedazo de la torta. Dicen que es “legal para usos tradicionales”, pero en realidad es probable que el concepto de ilegalidad aquí no exista. Hampa, armas, dinero sucio, odio, competencia... toda la energía negativa termina siendo absorbida por la selva.
Por suerte, a poca distancia, también hay gente que disminuye la velocidad en lugar de acelerar, que no pretende tener y que ha decidido vivir este paso suyo por la Tierra riendo hasta el final.

Merendero
4mauroAvenida Eusebio Ayala, esquina con Médicos del Chaco, era lo que estaba escrito en el papel. En ese preciso lugar le pido al conductor que abra la puerta (en Paraguay los autobuses se detienen únicamente si uno avisa, de alguna forma, que quiere descender) y, una vez que toqué el asfalto miro a mi alrededor porque no veo otra cosa que un gran cruce de calles con un semáforo. Inmediátamente me doy cuenta de que esa será mi oficina. Aquí me tendré que involucrar, abrazar y ¿porqué no? medirme con personas que jamás han tenido una educación.
5mauroApenas a tres casas del semáforo hay un gran portón que parece alejar a cualquiera que pretenda entrar. Insisto y lo abro. Un estrecho pasillo me catapulta en un gran galpón, descubriendo así que era el lugar que buscaba. Lo llaman “Hijos Del Sol” y es un lugar de reunión, eso es lo importante. Todo nace de la voluntad de sus fundadores. Hilda y Omar, que es la de hacer bien para recibir bien. Precisamente como ya no hacen las ONG de nuestros días (¿cómo es posible que una crisis económica lleve a la ruina incluso a las organizaciones cuya fuerza de trabajo son las donaciones y el voluntariado?). Comedor, dispensario médico, centro de primeros auxilios, centro de agregación, escuela. No siempre es necesario darle un nombre a cada cosa. Hijos Del Sol es suficiente.
De vez en cuando reflexiono sobre cómo puede sobrevivir una estructura similar sin recibir el apoyo de poderosos organismos religiosos y no gubernamentales, pero casi siempre termino preguntándome cómo puede ser que en cambio no haya miles de estos, incluso en otras partes del mundo. La verdadera fuerza del grupo se encuentra precisamente en el “no” trabajar por el simple hecho de quedar bien y tampoco por fines de lucro. Simplemente se intenta ayudar a las personas, sobre todo a los niños, de entre 5 y 15 años, que hacen de la acera su morada, algo que en Paraguay parece estar muy de moda. Trabajo hay de lo que uno quiera, pero la adolescencia es corta, sobre todo en los países del tercer mundo. Por lo tanto hacer algo está a la orden del día.
Según mi opinión es mucho más simple de lo que se pueda imaginar: cuando se dispone de mucho alimento la fiesta está garantizada, comen todos juntos e incluso queda tiempo para conversar. Cuando no hay nada siempre se puede salir del paso con leche y avellanas. Sin crear condiciones negativas. Nadie se espera un mundo de regalos. Cada uno agradece cotidianamente a todos los voluntarios, por cualquier cosa. A menudo llegan donaciones, indumentaria, caramelos, pasta, juguetes. A nadie se le ocurriría pedir más de lo que pueden esperar. El respeto recíproco se ve en su máxima expresión. Sobre todo en un lugar en el que todos comparten la misma condición social. Está empezando a gustarme esta acera infinita. Esta noche me quedaré con ellos, ya me han dado un sobrenombre “el tío de ojos azules”.

Intervalo
6mauro7mauroJohannesburgo, 21:46 horas. Justo Villar para un tiro de Xabi Alonso y la “Albirroja” sigue resistiendo. Asunción, 14:01 horas. A lo lejos se sienten disparos.


Pero las mujeres crecen
8mauroMabel siempre está cansada. La “Nikita” a la que estábamos acostumbrados ahora pasa las tardes dibujando en la mesa. Sabemos que hace tiempo que trabaja en un negocio como señora de la limpieza pero, dado que apenas tiene 11 años, quizás habría que llamarla “la niña de la limpieza”. De repente, un lluvioso jueves, entra a la sala de primeros auxilios y se recuesta en la camilla. No quiere que Omar e Hilda, los responsables del centro, se den cuenta de su cansancio. Sabemos que no podemos hacerle muchas preguntas porque de lo contrario no obtendremos nada. Quizás sea mejor que la deje con Annalisa a solas en la habitación.
Por la noche Annalisa me cuenta los fragmentos de la conversación y los analizamos juntos: - Mabel confiesa inconscientemente que en el bar en el que trabaja hay mucho mal olor y que para limpiarlo todo, a veces, tarda tres horas. Es más, hasta las tres de la madrugada.
[¿Bar? ¿Noche?]
- Dice que está cansada de bailar.
[¿Bailar?]
- Le pregunta a Annalisa porqué yo no le pongo nunca las manos encima.
Diría que es suficiente. Nosotros, que habíamos pensado que trabajaba en un negocio cualquiera, casi tenemos escalofríos. ¿Cómo no nos hemos dado cuenta de nada?
Sabemos que sus tres hermanas, de trece, quince y diecisiete años se prostituyen desde hace tiempo. Impulsadas obviamente por su madre. OBLIGADAS obviamente por su madre, perdón. Falta un único elemento para completar la triste familia.
Un golpe demasiado duro para nosotros. Dentro de pocos días abandonaremos Paraguay, nuestro tiempo terminó. ¿Qué será de Mabel? Y de Natalia, Clara, Noelia, Jessica, Analia, Celeste, Rebeca, Isabel. ¡Quién sabe de cuántas me estoy olvidando! No podemos pensar en abandonar a nuestros colegas precisamente en el momento en el que nos necesitan. ¿Cómo harán Omar, Hilda, Graciela, Emy y Felix con los setenta y cinco chicos que hemos censado, pesado, educado y adorado juntos? Alguien tiene que reemplazarnos. Alguno de vosotros. Quien sea que trate de bajar, o hasta incluso eliminar, sus standard de vida por algunos meses a cambio de excepcionales dosis de humildad. Quien sea que quiera contribuir con un proyecto laico que nazca de la voluntad de hacer el bien a las personas de su propia acera. Quien sea que por un instante haya olvidado cuán hermosa es la vida que está viviendo.
Yo estoy siempre aquí…

¿Qué es la experiencia?
9mauroBlas entra al dispensario médico con la mano en el cuello. Se está tapando algo. Al controlarlo me doy cuenta de que tiene un gran parche precisamente sobre la carótida. Está borracho. Dice que fue herido por la mañana pero todavía no sabe cómo. Annalisa lo atiende en la sala de primeros auxilios pero pretende que le haga compañía porque el chico siempre ha sido muy agresivo y no es la primera vez que intenta ponerle las manos encima. Al sacarle el precario vendaje descubrimos la causa de su incomodidad: tiene un vistoso corte en el cuello. Hubiera sido mejor que no mirara.
Una pelea que terminó en un acuchillemiento, algo clásico en los tiempos que corren. Con unos puntos de sutura el chico abandona el centro. Ésta no es más que una de las muchas personas que cotidianamente se agolpan en la salita de Annalisa. Después de Zambia, India y Chile esta vez la enfermera de la ciudad italiana de Pesaro ha llegado a Paraguay. Desde hace tiempo y con total autonomía se mide a si misma improvisando curaciones y tratamientos alternativos para todo tipo de problema. Una experiencia inolvidable que la convertirá en algo más que una enfermera. Pero para la mayoría de los italianos Annalisa está perdiendo su tiempo.
En nuestro país tiene muy poca importancia una formación de ese tipo. Para Annalisa sería mucho más relevante demostrar continuidad en un reparto hospitalario local. Tiene muy poca importancia si durante años lo único que ha hecho es medir la presión, poner cánulas, o catéteres vesicales. Todo termina siendo engullido por la palabra “experiencia”.
Para ser considerados como expertos es necesario demostrar que un período de trabajo, cuanto más largo mejor, esté certificado por una fuente verídica. O sea, se verifica que el sujeto haya obedecido a las consignas por más tiempo posible. Y esto ocurre para cualquier tipo de oficio. Quien no cumpliera con estos dos requisitos fundamentales jamás tendrá derecho a demostrar su talento. A excepción hecha de que la belleza del individuo no supere ampliamente los cánones standard, claro está.
10mauro¿Pero realmente nos merecemos todo esto? ¿Alguna vez llegaremos a ver el fruto de nuestros esfuerzos en un País como éste? ¿Acaso puede ser que debido a este modo de pensar en general casi el 30% de nuestros jóvenes se encuentre sin trabajo? ¿Por qué son cada vez más las personas que se inscriben en las universidades pero son cada vez menos las que trabajan? Pero sobre todo ¿cómo pueden los jóvenes italianos llegar a acumular experiencia si se les niega la oportunidad laboral por el simple hecho de no tener experiencia?
Algo va mal. Es precisamente gracias a esta sociedad “ancestral” que nuestros chicos crecen, hoy, con la prisa de acaparar un puesto de trabajo lo antes posible para ganarle a la competencia. Una vez superados los veinte años, si todo va bien, hay tres etapas fundamentales que cada uno de nosotros tendría que completar para no caer en el fracaso: trabajo, matrimonio e hijos. Exactamente las mismas de la Edad Media. Un país que no invierte en sus jóvenes es como un agricultor que no siembra: el final del ciclo está a las puertas. A menudo me toca investigar sobre las causas de la supuesta desaparición de la solidaridad en nuestro País, y casi siempre llego a la conclusión de que todos estamos viviendo una alarmante crisis de falta de humildad. Si, haría falta una gradual distribución de humildad, algo que hasta ahora se ha vivido sólo en dos grandes guerras, con muy poca distancia entre una y otra. Esperemos que no sea necesaria una más para hacer que nos demos cuenta de que la vida continúa.
Quienes en los años cincuenta tenían treinta años agradecían el hecho de no haber muerto y fustigaban su alma para reconstruir un país mejor. Nosotros, quienes ahora tenemos treinta años, tememos que en el futuro se desbarranque nuestra vida y la de nuestra familia cayendo en la vorágine de la pobreza. Quizás algunos en medio de las dos generaciones han disfrutado demasiado. Madres, padres, o vosotros mismos, que os habéis convertido en abuelos y que habéis llenado el jardín con objetos inútiles gracias a vuestras jubilaciones de oro, miraos al espejo y admitidlo: en el fondo sabíais que estabais anotando vuestras deudas en nuestra cuenta.
11mauroLa vida es muy corta y, en lugar de destruirla con ritmos cada vez más frenéticos que no hacen otra cosa que ofuscar la belleza, tendríamos que ponernos en marcha de modo tal de que las generaciones venideras no tengan que trabajar demasiado para poder vivir. No pedimos mucho. Y pensar que ni siquiera tendríamos que pedir determinadas cosas. Quizás la meta será alcanzada únicamente en el momento que notemos que nuestro deseo de cambiar el mundo no se apague a los veinticinco años.
L’Tesaroby
El primer impacto con Paraguay es muy fuerte. Por la ventanilla del autobús ya me puedo dar cuenta de que estoy en un país del tercer mundo. No sé qué me esperaba. Inmediatamente me doy cuenta de que todas las personas a mi 12mauroalrededor hablan con un acento muy marcado. Muy similar al bergamasco, como para daros un ejemplo. No logro comprender ni siquiera una palabra de lo que están hablando la vendedora y el quiosquero cuando ambos, con una sola mirada, me dan a entender que sería mejor que no me metiera en lo que no me interesa. El sol quema y la humedad es altísima. Un calor insoportable me recibe, me molesta, un poco como si quisiera recordarme que este no es el país adecuado para quien viaja con una mochila de casi treinta kilogramos sobre la espalda.
En las calles de la ciudad se respira constantemente un olor tremendo a residuos, al que se le agrega el de las inmensas nubes de humo negro que sale de los caños de escape de los coches con motores que parecen pertenecer a los tiempos pre incaicos.
El hecho de que en el país son apenas dos las semanas en las que hace frío hace que miles de personas salgan a la calle, convirtiendo la acera en su casa. En cada semáforo hay muchas personas que esperan que de la luz roja para arrojarse a la calle para lavar los parabrisas de los coches, para hacer malabarismo con pelotas de tenis, o simplemente para hacer mini acrobacias a cambio de unas pocas monedas. Este país realmente ofrece pocas oportunidades de trabajo y cualquier paraguayo que se precie tiene que reinventarse día tras día, aventurándose en cualquier tipo de oficio. Familias enteras se transforman en mini empresas, comprando fruta y verdura en el campo para luego ir a venderla en la ciudad a precios que hacen temblar a los grandes supermercados. Todo lo que se puede vender se vende: alfileres, medicamentos sueltos, controles remoto universales, cordones para zapatos, sombreros, CD y DVD piratas, libros, lubricantes para motores, cuánto más mejor. Está a la orden del día ver a las madres embolsando productos en bolsitas de plástico que luego serán vendidos por sus hijos en la jungla del tráfico de Asunción.
13mauroEstos chicos se cuelgan de la manilla del autobús cuando está en movimiento para entrar saltando y luego bajar de la misma forma. Muchos se tropiezan, se tuercen los tobillos, se golpean las rodillas. Pero todo esto importa bastante poco. Este mercado funciona a la perfección y les permite poder disfrutar de una magnífica cena: Coca Cola y caramelos. Obviamente tienen todos los dientes negros y los estómagos hinchados.
14mauroPor suerte no siempre es cierto que donde hay pobreza hay delincuencia, pero lamentablemente aquí todo eso es cierto. Asunción es una ciudad muy peligrosa. Precisamente donde termina el barrio más turístico de la ciudad se encuentra el Barrio Rojo. No he dicho barrio de luces rojas. Grupos de chicos de entre nueve y quince años se mueven agrediendo a cualquiera que supere lo límites de seguridad (que a menudo se identifican por la presencia de un oficial de policía armado hasta los dientes), robando todo lo que sea de valor, así como también amenazando a todo aquel que haya pasado por ahí con pistolas y/o cuchillos. Un niño de nueve años con una pistola en la mano por lo general es mucho más peligroso que un asesino profesional.15mauro Queda claro que nunca será tan peligroso como el ejército estadounidense, pero nunca se puede saber lo que le puede pasar por la cabeza. Por la noche es fácil encontrar a chicos que viajan en dos en una motocicleta, haciendo rondas a lo largo de la ciudad con el objetivo de robar a cualquiera. En realidad no soy el más indicado como para describir de esta forma una ciudad, ya que a mi nunca me ocurrió nada, pero a Sabrina si. En los últimos dos años le apuntaron cuatro veces una pistola en la frente.
Yo me veo con problemas menores, pero no sin importancia, el Guaraní. Ya sea en el sentido del idioma madre de los nativos, como en el de la moneda local. En términos de divisa ya lo he comprendido bastante: un euro equivale aproximadamente a seis mil quinientos Guaraníes, o bien, facilito todo si le quito tres ceros a cualquier precio y lo divido por 6,5. Siempre que el vendedor no triplique el precio una vez que se haya dado cuenta de que soy extranjero. En cambio con el idioma no tendré una vida fácil. Actualmente se sigue estudiando en las escuelas y se habla en todos los rincones del país. Muchas personas han aprendido apenas algunas palabras del castellano para ayudarse en el mundo laboral. Tengo que aclarar que los chicos del centro de acogida en el que trabajo ya me han dado el sobre nombre de “L’Tesaroby”, que en Guaraní quiere decir “ojos verdes como el mar”. Pero si no hubiera sido porque lo explicó Hilda ¿cómo habría hecho para saberlo?
Entre mito y realidad
16mauroVilleta, un día lunes común y corriente. Uno de esos días en los que es el estómago el que te dice qué hora es. Ha llovido todo el día y en todos lados las verdes plantas parecen brillar con luz propia. Seco la hamaca. Quiero esperar hasta la hora de la cena pensando en los terribles olores que seguramente estará emanando la ciudad de Asunción en este momento. Por suerte la lluvia ha pasado. Los ruidos de la casa me despiertan, el sol se ha ido. Tomás acaba de despertarse de la siesta.
Se sienta a mi lado y comienza a hablar. Una clásica forma de acercamiento: la meteorología del día. Estoy calculando las posibilidades de que una de las siete picaduras que tengo en los tobillos pueda ser malaria, cuando de repente algo me dice que tengo que escuchar lo que Tomás me está diciendo. Me explica las creencias populares locales para luego pasar a los mitos paraguayos, o mejor dicho, guaraníes, una serie de personajes misteriosos que desde siempre han influenciado a toda la sociedad, a veces incluso hasta la locura. Uno es Kurupí, un elfo rubio de piel oscura, que viola a las niñas, otro es Luison, mitad hombre y mitad monstruo, que se come la carne de los cadáveres vaciando tumbas enteras, pero sobre todo se detiene en el Pombero, o bien, el mito con el cual ha tenido un encuentro cercano cuando era chico.
Pombero es un hombrecito que mide alrededor de un metro y medio. Vive en la selva paraguaya y de vez en cuando la abandona en busca de víveres. Solo pocas personas han logrado verle la cara ya que sale solo durante la noche. Cuando llega Pombero todo queda en silencio y ni siquiera prestando la máxima atención se pueden escuchar sus pasos. Golpea tres veces a la puerta de las casas con su largo bastón de madera. Es inútil asomarse por la ventana, se oculta perfectamente Pretende caña, algo de comida y cigarrillos. Si no los obtiene surgen los problemas. Quienes no obedezcan se despertarán al día siguiente encontrando sorpresas desagradables: desde el coche destrozado hasta el perro muerto, pasando por los vidrios de la casa hechos añicos. Quienes intentaron seguirlo terminaron en el hospital. Pombero es muy fuerte.
Tomás estaba estudiando en su habitación mientras su madre había ido a comprar lo que necesitaba para la cena. De repente alguien golpeó a la puerta. Tres veces. Tomás se asomó por la ventana pero no había nadie. Automáticamente recordó los relatos de su abuelo y sintió pánico. Entró en la cocina pero no encontró ni caña, ni cigarrillos. Arrojó un poco de pollo y una botella de vino hacia el jardín, precísamente frente al portón. Temblando se escondió debajo de la cama. Sólo cuando su madre volvió de hacer las compras Tomás salió del escondite y corrió hasta la ventana. Pero no quedaba ni rastro del pollo y del vino...  Postal del mundoParaguay
Prueba este Mate [segunda parte]: las raíces
17mauroA primera vista se diría que la planta (Ilex Paraguariensis) que da origen a lo que finalmente llamamos “Mate” hoy en día “no podría ofrecer más que una limitada sombra de la cual gozar en la calurosísima selva paraguaya. En realidad atesora el principal protagonista de un mercado de proporciones extraordinarias que moviliza cotidianamente a miles de sudamericanos. Las hojas de esta planta se dejan secar, luego se trituran y se empaquetan para luego ser vendidas con el nombre de “Yerba Mate”. La infusión del preparado da vida a la bebida que, con un enésimo toque de fantasía, hoy se llama comúnmente “Mate”.
18mauro“Tomar Mate” es una de las prácticas más difundidas en los Países de Paraguay, Argentina, Uruguay y el sur de Brasil. “Tomar Mate en Argentina es como tomar café en Italia”, cuántas veces habré escuchado esta frase. Pero nuestra habitual simplificación de las cosas daña en gran forma la elasticidad de la mente y por lo tanto el Mate en Argentina no es como el café en Italia, digámoslo de una vez por todas. La costumbre de tomar Mate, digan lo que digan, pertenece absolutamente a la tribu Guaraní que fue la primera en darse 19maurocuenta de las propiedades de las hojas de la Ilex Paraguariensis. Posteriormente llegó a la tribu de los Charrúas (los indios de lo que hoy en día es Uruguay) que obtenían la Yerba Mate a través de intercambios, con los Guaraníes, o en las “maloniadas” (ataques de una tribu contra otra). Cómo llegó a los conquistadores es algo que podemos imaginar cómodamente desde nuestras casas.
La tradición dicta que la bebida sea consumida en recipientes obtenidos del fruto (muy similar a una calabaza) de una planta que científicamente lleva el nombre de “Lagenaria Vulgaris”. Para beberla se utiliza una caña que filtra perfectamente la infusión que evita la ingestión de las hojas trituradas. Todavía hoy, cualquier persona que hable el guaraní, llama a esta especie de cañita “Tacuarí” por algo que a mi, luego de tres meses, me sigue pareciendo imposible.
El País de las donaciones espontáneas
20mauroJulio pasa con el semáforo en rojo. Uno de esos famosos casos en los que uno piensa que va a llegar en tiempo pero luego no es así. A la vuelta de la esquina se encuentra la policía, una escena que se repite: seiscientos mil guaraníes de multa. La mitad de un salario. Parece que no hay posibilidad de salir de esa situación, pero Julio, que ha nacido y que vive en Paraguay desde hace veintiocho años, parece ser un experto en este tipo de cosas. Mientras baja de la motocicleta repasa mentalmente toda la cantinela y luego comienza con la súplica. Dice que no tiene dinero, que se paga los estudios trabajando en una pizzeria, que apenas logra ahorrar algunas monedas, etc.
El policía se cansa instantáneamente de la lamentela y lanza la inmediata contraoferta:
- ¿Cuánto tienes en el bolsillo? – pregunta con arrogancia.
- Veinticinco mil.
- Dame todo.
- Dame todo.

21mauro


Fácil e indoloro. Ahora Julio puede continuar tranquilamente su jornada como si nada hubiera ocurrido.
Paraguay es uno de esos Países en los que el nivel de corrupción alcanza el máximo nivel y los protagonistas son por lo general los oficiales de policía. En pocas palabras los policías paraguayos, quienes realmente reciben una miseria como salario, llegan a una buena suma gracias a las donaciones que no son para nada espontáneas. Así es, ellos si que no se avergüenzan de pedir propina. Apenas puedo imaginar lo que significa tener que negociar con aquellos a los que teóricamente se les paga para protegernos. Este sistema funciona de maravillas, al punto tal de desacreditar completamente a las fuerzas del orden degradando a todos sus miembros a “ser repudiante”. Por más que uno se permita levantarle la voz a la policía no ocurre nada. Con el capitalismo a las puertas un sistema de ese tipo tiene las horas contadas. Precísamente por ello los guardias privados están cada vez más en voga y por lo tanto solo quienes tienen una buena posición económica se pueden permitir pagar un servicio de este tipo. En la calle de mi casa hay un policía todos los días. Está sentado en una silla con una ametralladora en mano de proporciones exageradas, toma Tereré, y no se deja escapar un buen par de piernas por ningún motivo al mundo. Cuando termina su turno a las 18:00 horas llegan las tinieblas: salir de casa ya no es seguro.
Eh ya sé, yo también tenía miedo de mirar fuera. Al inicio.

Cuando el lugar es el equivocado y el momento también
22mauroDomingo de sol, uno de tantos. Me encuentro a orillas del lago Ypacaraí, a aproximadamente una hora de autobus de la capital. Junto a mi se sienta Annalisa, mi incansable compañera de viaje. Está leyendo Rayuela de Julio Cortázar. Cuando terminamos de tomar nuestro Tereré empezamos a caminar por un sendero muy poco andado que se pierde en la verde selva paraguaya. Antes de emprender la caminata nos encontramos con unos chicos que nos 23mauroaconsejaron que subiéramos hasta la cima de una colina que no quedaba muy lejos. Nos dijeron que realmente vale la pena. No teníamos dudas de que así sería y nos aventuramos entre plantas, arbustos y tierra colorada. Desde la punta de un árbol logro ver tanto la colina como el punto de partida, todo es bastante lineal. Después de casi una hora y media llegamos a la cima. Tenían razón los chicos, el paisaje impresionante.
Al principio no parece ser nada especial, pero en poco tiempo aprendemos a apreciar la sencillez. Estamos ante una gigante mancha verde que se extiende hasta el horizonte. El silencio reina alrededor nuestro y un águila aprovecha para captar nuestra atención. A lo lejos se ve apenas algún que otro techo rojo, probablemente sea Aregua, pero hasta aquí ningún rastro de seres humanos. El sol se está poniendo cuando Annalisa, siempre sabia como Salomón, me recuerda que sería maravilloso encontrar el camino antes de que se haga de noche. Dicho y hecho. El sol desaparece detrás de las nubes, modificando por completo el paisaje. Ahora el cielo está completamente gris. Ya he visto un águila espléndida, claro, pero visto el esfuerzo que hemos hecho para llegar hasta aquí pensaba que al menos merecíamos ver un jaguar o un flamenco rosado. No me rindo, sigo vigilando la vegetación. Esta es la última foto que tomo antes de que ocurra algo que difícilmente olvidaré. Annalisa está unos metros adelante mío, cuando de repente algo se mueve entre los arbustos. Estoy seguro de haber escuchado bien. Sigo esperando que sea el jaguar. Estoy buscando entre los matorrales pero no logro identificar de dónde ha venido el sonido. Lo pierdo por un segundo. En determinado momento mis ojos se cruzan con otros dos. A pocos metros de distancia hay un hombre escondido entre las ramas. Usa un pasamontañas y un chaleco antibalas. Me mira y se queda inmóvil por un instante, luego dice algo en voz baja, con un tono para nada amigable. No entiendo, pero no creo que esté interesado en mí. Pero me hace sentir que estoy demás. El momento es breve pero intenso. El instinto me dice que haga de cuenta como que no pasó nada y que continúe mi camino. Trato de tranquilizarme pensando en positivo y casi logro convencerme de que formo parte de una broma de Airsoft o algo similar. Alcanzo a Annalisa y, tratando de ocultar todo tipo de preocupación, le doy a entender que la situación no me gusta. Le digo que acelere el paso. Hace preguntas, obviamente me está leyendo algo en el rostro. Para no desilusionarla le prometo que le contaré la verdad en el momento que nos encontremos a bordo del autobus. No se convence pero igual confía, acelera. En un silencio sepulcral marchamos pasando inadvertidos hacia el sur, preguntándonos cuánto faltará aún para regresar al punto de partida. Cada tanto me doy vuelta para mirar hacia atrás, no hay nadie. Precisamente por este motivo le pierdo el paso a Annalisa y me toca vivir una escena igual a la anterior.
24mauroDe un arbusto aparece un hombre con pantalones negros, una camiseta de manga corta también negra, así como el sombrero. Su edad es de aproximadamente cincuenta años. Me dice algo que no logro entender, creo que está hablando en guaraní. Annalisa está lejos, no se da cuenta de nada. De repente de atrás de la espalda el hombre saca un cuchillo de color cobre y comienza a correr hacia mí. Yo también corro, como nunca antes. Le grito a Annalisa, le doy la orden de correr. Ella se da vuelta y ve al hombre con el cuchillo. Su mirada me quedará impresa por mucho tiempo. Los minutos parecen horas, pero el hombre no mantiene mi ritmo y queda lejos de mí. Nos queda el miedo de que alguien pueda aparecer nuevamente ante nosotros. Pero por suerte vemos la carretera. El asfalto, ese de color gris. Nunca antes lo había amado tanto. Siento un motor a lo lejos, es un autobus. Va en la dirección opuesta a la que tendríamos que tomar, pero no importa. Le hacemos señas de que se detenga poníendonos frente a él y subimos a bordo. No me parece cierto ver ancianos, niños, madres, gente normal. Ya todo ha terminado. Por el vidrio trasero miro la carretera pero nadie sale de la selva. ¿Qué estaría haciendo un hombre con un pasamontañas y un chaleco antibalas, en la selva, un domingo a las cinco de la tarde?
A la noche salimos a cenar con nuestros amigos, quienes, al escuchar nuestro relato, nos explican que las personas con las cuales nos habíamos encontrado en la selva son poderosos narcotraficantes. Son personas que viven en lugares aislados, evitando todo tipo de contacto con la sociedad. Exactamente como hacen “nuestros” peligrosos boss de la mafia. No tienen teléfono, no tienen documentos. Secuestran personas en cualquier lugar, pidiendo rescates altísimos a los familiares de las víctimas. Prometo que nunca más volveré a poner un pie en una selva paraguaya. O al menos nunca más lo haré con chanclas…

Tres Fronteras
33mauro18 de Diciembre de 2010 | Mauro Alan Panunzi | Viajes
Argentina, Paraguay y Brasil se encuentran aquí, es una cuestión de confluencia. Cada uno de los Países deposita sus esperanzas para una Sudamérica mejor, dejándolas fluctuar hacia el infinito, hacia lo imposible.
Precisamente aquí el río Iguazú se encuentra con el río Paraná, pero ninguno de los dos pretende tomar ventaja sobre el otro. Alegres corrientes parecen juguetear ante los ojos de los turistas creando simpáticos remolinos de agua que hacen que este encuentro sea aún más interesante. La Avenida Tres Fronteras conducirá a miles de curiosos hasta aquí, siempre. Todo parece ser tan extraño que consideré realmente detenerme todo el día para observar el panorama. Hasta el atardecer.
Claro, en un tiempo todo esto era Paraguay.. Pero eso es otra historia...
 
Esperanza y cumplimiento
25mauroParaguay sigue estando de rodillas, levanta hacia el cielo un brazo que tiembla. Hacen falta fuerzas nuevas para hacer resurgir a toda la Nación, pero se necesitará mucho tiempo para que vuelva a ser el Paraguay de un tiempo. Ese país que trabajaba con la cabeza gacha y que veía que su esfuerzo se transformaba en oro. Era el único país de todo el continente que no tenía deudas. Era el único país sudamericano en el que todos sabían leer y escribir. Ese Paraguay que durante años hizo temblar a Brasil, a Uruguay y a la Argentina en la guerra de la Triple Alianza.
26mauroLa población se redujo a un cuarto de lo que era al principio del conflicto. Solo quedaron mujeres y niños. El 95% de los hombres entre 18 y 60 años nunca volvió a casa después de combatir en esa guerra. Trescientos mil hombres es un número muy grande. Fue la mayor carnicería de la historia de toda Sudamérica. Se cuenta que para repoblar el país el nuevo Gobierno dio la orden a las mujeres paraguayas de tener relaciones con cualquiera que fuera idóneo para la reproducción. Señoras de cincuenta años tuvieron hijos con niños de doce, catorce o dieciséis años. Todo con tal de mantener la raza. Más de un cuarto de los territorios paraguayos, obviamente los más fértiles, fueron repartidos entre Brasil y Argentina y desde entonces Paraguay no volvió a ser el mismo.
Aún hoy, a más de cien años del final de la guerra, cuesta muchísimo producir, dar trabajo. Pero la pobreza difunde humildad y conciencia alrededor ¡qué mejores requisitos para volver a afrontar la vida con la frente bien alta! Una vez que se ha tocado el fondo lo único que queda por hacer es salir a flote. Lo único que se necesita es tenacidad, una capacidad que seguramente no le falta y, a pesar de todo hay quienes nunca han dejado de tener esperanzas.
27mauroA bordo de un autobús, que viaja hasta Yaguarón, conozco a Belén, una chica de gran corazón. Ha dedicado buena parte de su vida a ayudar voluntariamente a los habitantes de las zonas más remotas de Paraguay, aquellos que jamás han tenido beneficios. Esas personas a las que les falta todo, como para darnos una idea. Ni siquiera los casi cincuenta grados a la sombra fueron suficientes para detener su incansable bicicleta. Graduada en medicina en la Universidad Nacional de Asunción, sintió la imperiosa necesidad de emigrar para afrontar todo tipo de enfermedades, a menudo reemplazando métodos de la medicina convencional, obviamente ausentes por falta de fondos, con amor e inventiva.
Pero no fue fácil salir de los esquemas, sobre todo en una sociedad cerrada como la paraguaya. Para muchos de sus compatriotas Belén es una persona inquieta, que se envuelve en vano en sus sueños sin lograr nada y, a poco menos de treinta años, todavía no ha encontrado el camino correcto. Y pensar que ya habría podido obtener un cargo en el hospital de Asunción. Y pensar que sus viejas compañeras de estudios ya hace quince años que son madres. Pero esta doctora ya ha pensado mucho en cómo decir 28maurolo que piensa, en cómo hacer aquello en lo que cree. De hecho hace pocos meses que Belén se ha convertido en el primer médico paraguayo del mundo que ha salido de su país para formar parte del staff de Médicos Sin Fronteras. Desde hace años esperaba una respuesta para su candidatura, pero un día decidió presentarse personalmente en la sede regional de Médicos Sin Fronteras (de España) en la ciudad de Buenos Aries. Creyó firmemente y logró cumplir su sueño. Su primera misión será en Sudán y no puede creerlo: “comienza un nuevo ciclo de vida”, dice, mostrando una sonrisa que deja ver todos sus dientes. Muy a menudo vemos que nuestros sueños se destruyen contra el muro de la tradición, de la cotidianidad, pero nuestro radio de acción jamás tiene que quedar reducido a la ciudad, a la región, al país en el que vivimos, porque en el fondo todos somos ciudadanos del mundo. Y el mundo nos está esperando con los brazos abiertos. Gracias Belén, lo has logrado.
María Belén Ramirez Tellez, 29 años. Ahora más que nunca, un médico sin fronteras.

Cuánto vale ser nosotros
Hace mucho tiempo que Santiago no viene al centro Hijos del Sol, comienzan a decir todos. Su madre pasa muy raramente por estos lados, su padre no existe. No se donde pasará las noches, no se en qué calle está trabajando, no tengo la menor idea de cómo poder encontrarlo. Su hermana Antonia todavía no es capaz de pronunciar un discurso sensato, su hermano Hugo es el chico más agresivo de todo el grupo. Es salvaje y es imposible acercarse a él, pero en él veo una esperanza.
29mauroComo único chico del centro creo que haya llegado mi momento. Tengo que lograr arrancarle alguna palabra. Cada vez que se juega al fútbol en el “campo” logro, como por arte de magia, capturar la atención de todos los presentes con una introducción al juego. En el imaginario colectivo yo soy el “entrenador italiano” y para los chicos no es algo que ocurra todos los días tener la posibilidad de encontrarse con alguien así. Para mi este momento representa la mejor oportunidad para ser escuchado. Al finalizar mi discurso me siento a observar el partido. Hugo se sienta a mi lado y poco tiempo después ya estamos en sintonía. Le estoy explicando como funciona el juego en equipo, nada más simple. Nunca me mira a los ojos pero ya es extraordinario el hecho de que asienta con la cabeza. Sin darme cuenta me entrometo demasiado al preguntarle dónde ha ido a parar su hermano mayor. En el acto Hugo se pone de pie, se aleja y regresa con una piedra en la mano, me la arroja y me pasa a pocos centímetros del rostro. Quedo aturdido y lo veo escaparse entre las chabolas. No creía que hubiera sido tan difícil, evidentemente todavía estoy al inicio del camino.
Nadie logra explicarse aún la ausencia de Santiago, pero la más preocupada es Hilda, la más experta en situaciones delicadas como esta. Quizás sea mejor que aprenda de ella. Su increíble don de madre le permite poder interactuar con cualquier chico, hasta con el más rebelde. Pero esta vez no logra obtener ninguna otra información.
Han pasado veintidós días de la última vez que Santiago firmó el registro de las presencias en el merendero pero nadie sabe explicar a dónde ha ido a parar. De repente, un domingo por la mañana, la cruda verdad: un perro desentierra su cuerpo que se encontraba sepultado en un parque no muy lejos del centro de la ciudad. Todos lo descubrimos al leer la prensa local. Muerto a golpes por manos del nuevo compañero de su madre, Santiago se dejó ir en su último sueño, el más largo de todos. Precisamente en su cama de madera. No puedo imaginar bajo el efecto de qué cosa podría estar ese hombre, quien desapareciera inmediátamente después de lo ocurrido, para con un niño de once años, descargando en él toda su fuerza.
En un clima de gran tristeza organizamos un pequeño funeral en el que participan muchas más personas de las que esperábamos. Los niños no se dan cuenta de lo ocurrido y siguen jugando entre ellos. Son pocas las lágrimas, no es la primera vez que ocurre algo así.
Observando a las personas que tengo a mí alrededor me doy cuenta de cuánto vale una vida en una situación social similar. Luego pienso en cuán importante es mi vida, la vida de un italiano. Muy a menudo lo olvido. A la espera de ser interrogada, la madre de Santiago, ha sido encerrada en la cárcel de mujeres de Asunción. Hugo saldrá adelante, puedo sentirlo, a pesar de sus apenas diez años ya es maduro y responsable. Pero cada vez que vuelvo a casa, cada vez que cae la noche, cada vez que saludo a todos y doy la media vuelta caminando hacia mi casa me queda impresa en la mente la imagen de Antonia que, llevando puesta una playera tres veces más grande de su talla, se mete debajo de sus mantas de cartón en su nueva cama, junto a su nueva familia, la de su mejor amiga Celeste.

Desesperado Árido Paraíso
30mauroTodo lo que la ventanilla logra capturar se transforma rápidamente en melancolía. Adiós Asunción. O, hasta luego, hasta pronto. La última imagen que recuerdo es una familia alrededor de un fogón. En la calle fruta y verdura aplastada por las ruedas de los coches. Luego la obscuridad.
A pocas horas de la capital el asfalto saluda a todos y se va. Serán una docena de horas de viaje. Es imposible descansar, todo tiembla. Llegamos a la frontera en la madrugada. Hay una minúscula luz encendida, es la oficina de inmigraciones. Pregunto en todas las oficinas, en realidad es una caja de ladrillos horneados al sol con un escritorio y una camilla.
De repente la luna llena dibuja dos sombras gigantes. Se materializan dos personas que luego sabríamos que son Matt y Francis, dos veteranos australianos, ellos también están aquí en busca de emociones. Intercambiamos una sonrisa, es casi imposible encontrar turistas en estos lados. Han esperado que pasara nuestro autobus para poder superar la muy temida oficina de inmigraciones de Mariscal Estigarríbia junto con nosotros. Solo para evitar situaciones desagradables, ya que se dice que esta frontera es una de las más peligrosas del continente. Sobre todo para quienes no se defienden con el idioma castellano como mis dos ya grandes amigos australianos.
31mauroEn pocas palabras, la policía controla el pasaporte y se lo mete en el bolsillo. Solo lo devolverá en el momento que reciba el dinero correspondiente. Mucho dinero. Si todo sale bien serán 150 dólares, para daros una idea, la ‘forma de vida’ más cercana está a muchos kilómetros de distancia. Pagar o pagar, eso no se discute.
Una vez que a todos nos han sellado los pasaportes subimos nuevamente a bordo del autobus, nos espera un lugar excepcional. Situado entre Bolivia y Paraguay, el Gran Chaco, es una selva impenetrable cuyos únicos habitantes son los animales salvajes: desde jaguares, jabalíes, y flamencos.
Ya se ha hecho de día. Está fresco pero dentro de poco el sol comenzará a quemar bastante, las temperaturas se elevarán hasta superar los cuarenta grados. Dos “indios” muy particulares capturan mi atención: usan el mismo ropaje de los demás pero tienen lineamientos típicamente europeos, caucásicos. De los dos que eran luego pasan a ser diez, veinte, luego dejo de contar. Me explican que son una comunidad de menonitas que emigraron hacia esta región en los primeros años de la década del ’50 introduciendo sus avanzadas técnicas de cultivo a cambio de un territorio en el cual poder expresarse en paz. Llevan una vida de ermitaños, lejos de la ciudad, de la tecnología y de las preocupaciones inútiles. Sonríen un poco. Jamás habría imaginado encontrarme con Felix, Taras o Ute en un lugar como este.
32mauroEs casi imposible soportar el sol y la sombra de un Algarrobo me recibe con los brazos abiertos. No hay viento, gracias por todo. Los únicos que se atreven a romper el extraordinario silencio son los pájaros. Estoy sentado, lleno de polvo. El agua que tengo en la botella está hirviendo. El desolador paisaje que me rodea hace que mi mente vuele. No cuento con todas mis fuerzas pero, una vez que tomé papel y lápiz de mi mochila, mi mano comienza a escribir por sí sola. Arbustos, zarzas, tierra arenosa. Ni un solo fruto, ni una sola flor. Sin embargo me siento en el paraíso. Subo al autobus con rumbo a Santa Cruz de la Sierra, otro paraíso me espera allí arriba. Todos suben a bordo nuevamente, cada uno con sus pensamientos, con sus programas, pero cada uno con la añoranza de no haberse quedado más tiempo. Quizás junto a un fiel compañero.

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