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giorgiomed
Por Erika Pais, redactora de Antimafia Dos Mil Uruguay

Hace poco más de un mes, como periodista me interesé en el caso del asesinato de Pablo Medina. Me unían a él varios puntos: escribir para el mismo diario, compartir sentimientos de justicia social y política, y sostener (hasta mis últimos momentos de vida), que la mafia y el Estado, juntos, logran sumergir a un pueblo en la miseria, en la mayoría de las veces económica, y en la decadencia humana, en todas sin excepción.Grandes ríos de tinta se imprimían en las tapas de los diferentes diarios. ¡¡El caso de Pablo vende  y vaya como!!
Sus compañeros de ABC Color, que prácticamente no leían lo que Pablo escribía, en un segundo se convirtieron poco más que en hermanos entrañables, mientras que los hermanos entrañables, aquellos que compartían con Medina, la trinchera en Curuguaty y zonas cercanas, lo lloraban en el más oscuro silencio. Con esa rabia con sabor a impotencia.

El asesinato de Pablo Medina no quedó en silencio o con apenas unas manifestaciones aisladas, como el asesinato de los otros dos periodistas anteriores, también paraguayos.
En mayo, Fausto Gabriel Alcaraz fue asesinado después de informar sobre el comercio de drogas del país y por otra parte, Edgar Pantaleón Fernández Fleitas, un locutor de radio que denunció la corrupción judicial y que fue asesinado en su casa en junio.
El asesinato de Pablo fue la gota que desbordó el vaso y su muerte generó las mismas consecuencias que sus artículos y denuncias. Un revuelo de aguas turbias.
El sindicato de periodistas exigió al gobierno protección para los periodistas que escriben desde el nordeste del país. Parecería que desde esa zona, si eres periodista honesto, solo puedes escribir de mafia, extorsión, tráfico y narcopolítica.
El presidente Horacio Cartes, se dignó a tomar su pluma y emitió un comunicado que entre otras cosas decía: “Nuestro Gobierno lamenta y condena enérgicamente este asesinato que no solo atenta contra la paz de nuestro país, sino que también es una violación directa a los derechos humanos y un ataque a la libertad de expresión”.
Más tarde una comisión bicameral del Parlamento designada para investigar el asesinato y las  condiciones en las que se produjo, parecería mostrar la cara más macabra del narco estado paraguayo y el pedido de juicio político a ministros del partido colorado era el caballito de batalla que se utilizaba para mostrar al exterior del Paraguay, que el Paraguay se limpia solo.
Frases como “nuestras manos no tiemblan al firmar investigaciones de este o aquel narco senador” intentaban transformarse en música de fondo de este peliculón y las tapas de los diarios se prestaron para mostrar caras sonrientes de narco políticos señalados por todos. Los mismos rostros y los mismos nombres a los que Pablo dedicó tantas horas y tantas teclas de su computer. A quienes Pablo denunciaba una y otra vez y parecería que la sociedad y el Estado estaban ciegos, sordos y sobre todo mudos.
Ahora todo ese material cinematográfico, esos rostros, nombres, y música incluida se utiliza para montar esta escena triunfal de la política Paraguay. Pero Neneco Acosta, su sobrino y su chofer, sindicados como los autores materiales del asesinato, aún siguen prófugos.
Me pregunto si estos actores cuando ensayan en la mañana frente a sus espejos, logran ver algo más, además de sus ojos muertos y vidriosos como sus almas y conciencias.
La respuesta a esta pregunta me llega a través del ex Presidente de la Suprema Corte, actual Ministro. El Señor Víctor Núñez, parece que cada mañana, en el espejo donde se refleja su rostro enfermo de poder, también ve a Dios. Y es el convencimiento de que ve a Dios y que además, éste es su amigo, que lo empuja a pronunciar ciertas aseveraciones, sobre Pablo Medina, y además, sobre su propia condición de ser acusado de narco y de connivencia con Wilmar Neneco Acosta. A pesar de que este Señor, siendo Presidente de la Sala Constitucional intervino escandalosamente desde su función de Ministro para exonerar a Acosta de varios fallos judiciales, creía que Dios cada mañana se apersonaba en su espejo y le palmeaba la espalda.
Y eso hubiera pasado desapercibido, quizás, para la sociedad paraguaya, pero no para nosotros periodistas, si no hubiera pronunciado las palabras del millón. Este Ministro dedicó más de una hora de su tiempo en una conferencia para desacreditar la figura y el trabajo de Pablo Medina llegando a decir: “Pablo Medina se dejó llevar por la ligereza y escribía sobre lo que no conocía”.
Aún no me queda claro si esto lo dijo para intentar defenderse de todo lo que le vendría encima, como la brazada del ahogado o si era porque su amigo Dios le soplaba al oído…y creo que me quedo con esta segunda opción, aunque debería elegir la primera según una lógica humana. Pero debo recordar que a esta clase de persona, corrupta desde las entrañas, la lógica de las personas de bien, de los periodistas que apuestan a su profesión como parte fundamental de la libertad individual, no le es permitida conocer. Este Señor realmente era amigo de Dios me decía una y mil veces.
Y llegó el día en que Víctor Núñez nos presentó a aquel que veía en el espejo cada mañana. Públicamente, su amigo bajó a escena. En diálogo con periodistas sobre el riesgo de ser destituido dijo:”Dios me puso en la Suprema Corte y estaré aquí hasta el día que Dios quiera”.
Al otro día en la mañana Víctor Núñez visitó su espejo nuevamente y  dijo: gracias amigo, contigo soy intocable.
Pero ¿alguien conoce el rostro de Dios? ¿Acaso es aquel que está danzando en este momento en las galerías paraguayas, o es aquel que esconde a Acosta? Lo dudo.
El 18 de noviembre me acerqué a la Plaza de la Democracia paraguaya a manifestarme, junto a mis colegas, por Pablo.
Entre los oradores, el Director de AntimafiaDuemila, Giorgio Bongiovanni, que me consta es un hombre de una profunda fe, pronunció fuertes y rotundas declaraciones, contra Cartes, sus secuaces y las lindas cancioncitas que nos hacen escuchar a diario.
En cierto momento, mirando directo a las cámaras y dirigiéndose a Víctor Núñez dijo: “Señor Ministro, usted dijo que Pablo Medina escribía ligeramente y sin verdad, pero yo señor Ministro, le creo más a mi amigo que dijo que usted es corrupto que a usted que dice que mi amigo miente, ¡Renuncie señor Ministro. Renuncie. Ofende a la Constitución”.
Hoy doce días después de ese discurso, Víctor Núñez renuncia a su cargo de Ministro en la Suprema Corte para no enfrentar un juicio político.
Esa tarde del 18 de noviembre Dios eligió otro espejo.
Otro amigo.
¿O es otro Dios?

3 de Diciembre de 2014

 

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