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CalicePor Claudia Marsili
Darse cuenta de que lentamente los miembros se despiertan del letargo que los oprime desde hace ya demasiado tiempo, el Alma se desprende de las cadenas que la mantenían bloqueada y el Espíritu se regocija en el plexo solar al punto de marearnos. Energía cósmica que desborda cuando estamos juntos porque “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18,20).

Fueron jornadas muy intensas las que pasamos en Gubbio: organizar y compartir una hermosa conferencia para llegar a los corazones listos para escuchar, hablar durante horas y comprender que el tiempo ya no es el tiempo, sino que se manifiesta solo para sellar ese instante de infinita unión; compartir el pan con los hermanos y calmar la sed en la fuente de nuevas y profundas enseñanzas, que se abren paso dentro de cada uno de nosotros y que nos vuelven más fuertes y más genuinos.

La profunda alegría que parece hacer explotar el corazón a veces se hace incontenible, y resurgen sensaciones ancestrales, memorias lejanas, pero increíblemente cercanas y presentes. Desearía que fuéramos capaces de arraigar profundamente estas maravillosas sensaciones en nuestro interior, como un tesoro para cuando nos ataquen pensamientos que provocan desarmonía. Esos pensamientos que nos entristecen, que nos hacen enojar, que hacen que nos sintamos ofendidos, asustados, que si los alimentamos nos vuelven incapaces de Amar.

Si se pudiera llegar a congelar estas sensaciones para hacerlas resurgir y ubicarlas precisamente allí, entre el corazón y la mente, para desatar todos los nudos que nos convierten en necios ante los ojos de Dios.

Tomo amarga conciencia de algo: todo el amor y el bien que he sentido hasta ahora por las personas que han transcurrido conmigo el mismo camino, en realidad es un bien que aún está muy lejos de la plenitud que yo sería capaz de sentir. Y en sintonía con la naturaleza que renace, en esta primavera se despierta también mi Espíritu, que lucha en contra de las debilidades y que trata de despegar su vuelo, con el miedo de alejarse inmediatamente de los afectos de siempre y al mismo tiempo la gran emoción de lo que le espera: algo maravilloso e indescriptible... que el simple hecho de pensarlo me hace temblar las piernas.

Dios a ti te entrego mi Alma, mi crecimiento, esperando que pueda ser tu servidora fiel, para que puedas guiar mis pasos en la dirección correcta, dulcemente como la brisa marina que acaricia las olas del mar, o bien, con violencia como una tormenta que arrolla y purifica todo... como tú quieras que sea... de la forma que tú me necesites...

Claudia Marsili

Gubbio – 14 de Abril de 2015



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