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jornada100Por Erika Pais

En el oscuro manto azul que se extiende sobre la ciudad, pequeñas lucecitas lejanas, apenas visibles por los reflectores citadinos, titilan tímidamente. Allá en la espléndida bóveda azul, bien arriba, todos somos iguales, todos somos pequeños puntos espirituales.

Pero aquí abajo, en la tierra que alberga un sistema humano y material que atenta contra todas las leyes del universo, las diferencias sociales se expanden más allá de cualquier límite.

Aquí, en el suelo que habitamos, unos pocos decidieron que serían los dueños de todo lo que la Tierra amorosamente brinda a los Seres que la habitan.

Poco a poco, todos los frutos, que de Ella emanaban, comenzaron a ser material de intercambio.

Poco a poco, el agua, la tierra, los mares, las criaturas vivientes y todo aquello que la vista alcanzaba a ver, todo, comenzó a tener un precio de venta.

Y a medida que esto avanzaba, unos muchos emprendieron el camino hacia el desplazamiento humano.

La discriminación, la intolerancia, el abandono, el hambre, la sed, no duele más que la invisibilidad. Hoy, unos muchos trabajamos y mendigamos para unos pocos, pero dentro de esos muchos, existen seres invisibles para todos.

Seres extremadamente limitados pero grandiosamente libres, pero libres de verdad.

Verlos, tocarlos y conocerlos, significaría para nosotros: conocer la verdadera esencia humana, comprender aquello que nos ata realmente, identificar los límites de nuestra humanidad y reconocer las puertas que se abren hacia el abismo eterno de la inmensidad.

¿Qué es la pobreza?

¿Qué es la riqueza?

¿Qué significa ser un desposeído?

¿Qué significa, para nosotros, hijos de Dios, ser un inmigrante que se mete en una chalana casi desnudo, para atravesar miles de millas de aguas infestadas de tiburones, solo para poder apenas luchar temerariamente por una mediana oportunidad?

Mientras tanto nosotros jugamos a ser apóstoles de la vida, a dar migajas a niños que se mueren de hambre, a regalar discursos a aquellos que nos quieran escuchar.

Y la vida se va lentamente, se va.

Como pequeñas gotas del ácido que corroe la piedra, se nos va la luz que habita dentro, carcomida por la desidia y la quietud provocada por la distracción del mundo.

Lo que hacemos, nunca es suficiente, y es nada, frente a lo que hay que saber hacer, saber entregar y animarse a dar.

La loca rebeldía del amor, debería tomar nuestros cuerpos y hacernos andar, andar y andar hacia la nada y hacia el todo.

Cada pedazo de miseria con el que nos encontramos cotidianamente debería sacudirnos la rabia que somos capaces de albergar adentro y empujar nuestros pies a caminar hacia donde deberíamos hacerlo.

Nuestra espina dorsal debería de temblar frente a la sola sensación de abandono que pueda sentir un ser creado por Dios.

Desde el invierno pasado rondaba en nuestras mentes la posibilidad de realizar una pequeña protesta por todos aquellos que de una forma u otra, por una razón u otra, se encontraban en situación de calle.

En el local donde funciona nuestra Asociación, desde hace varios años que entregamos comida caliente, durante todo el año, a aquel que lo necesite.

Poco a poco, y a medida  que el tiempo va transcurriendo cada vez son más los que se acercan por un poco de alimento para sentirse vivos.

Se acercan por una mano que apriete la suya, por una sonrisa que los haga volverse personas, para que, al menos por un rato, dejen de ser invisibles.

Y para nosotros estos seres que deambulan por la madrugada sin destino y durante el día en procura de un mendrugo para llevarse a la boca, poco a poco comenzaron  a ser hombres, mujeres y niños.

Hombres, mujeres y niños con un nombre propio, si se lo recuerdan, con edad, si se han hecho el documento y con alma, porque Dios nos hizo a todos iguales frente a El.

Poco a poco a estos hombres, mujeres y niños los fuimos reconociendo como nuestros hermanos y vimos cómo se fueron transformando frente a nuestros ojos.

Fuimos conociendo sus historias, relacionándonos con ellos, con bastante dificultad en algunos casos, y con profunda sinceridad en otros.

Entonces comprendimos que la solidaridad realizada de forma vertical, concibiendo al necesitado como un ser inferior es simplemente caridad y que la realizada de manera horizontal es realmente compromiso.

Todos estos seres abandonados por el Estado, por sus amigos, por sus familias; abandonados por la sociedad hipócrita que esclaviza al hombre y asesina el alma, tienen una historia que contar.

Tienen dentro de sí una parte de la Luz del paraíso; tienen el amor del Cristo que se expresa y se abre frente a nosotros para que la bebamos de a pequeños sorbos.

Matando, de esa manera y poco a poco, ese ser mezquino que todos llevamos dentro y con el que habitamos a diario.

Estos seres nos enseñan el valor de las estrellas, cuando no tienes un techo que te impida verlas.

Nos enseñan sobre la tenacidad del frío en los huesos, cuando no tienes con que vestirte o duermes sobre una calle mojada en invierno. Nos enseñan sobre el dolor en el estómago que sientes, cuando los jugos gástricos comienzan a atentar contra tu propio cuerpo. Nos enseñan sobre la arrogancia demoníaca del sistema que nos consume, la soledad infinita de la madrugada. Pero también nos enseñan el verdadero significado de la solidaridad, la violencia desmedida de la ignorancia y sobre todo la alegría de existir.

En el Uruguay existen refugios nocturnos que se ofrecen para que todas aquellas personas que no tengan donde dormir, puedan pasar la noche en uno. Pero son refugios creados a imagen y semejanza del sistema donde la caridad siempre la realizan de arriba hacia abajo.

Entonces, están obligados a entrar a los refugios antes de las 18 horas e irse, llueva o truene, a las 8 de la mañana del otro día. Y los obligan a dejar sus pertenencias, sus perros y todas sus cosas en la calle, sin comprender el profundo significado que para ellos tiene un perro, un carrito de supermercado que guarda sus tesoros más preciados y lo que significa exponerse al mal trato y la incomprensión del funcionario de turno. Eso, sumado a que una noche donde dormir no es la solución a un problema mucho más profundo.

Entonces, decidimos realizar una actividad de denuncia, pero al mismo tiempo de concientización. Un llamado a la sociedad. Para que, mediante una autocrítica, analicemos cuales son las razones profundas que provoca que un ser viva en la calle y otro en un palacio rodeado de sirvientes.

Para que logremos ver hacia donde se ha ido encaminando la raza humana y sobre todo las diferentes civilizaciones, sean estas occidentales u orientales, al punto tal, de asumir como algo normal, en el mejor de los casos o como una molestia y un problema, en la mayoría de ellos, el hecho de que hayan seres desprotegidos que viven, respiran, lloran, comen, duermen y sueñan, en las calles.

El Estado, mediante el sistema de refugio simplemente lo que intenta es esconder una miseria cotidiana que nos caracteriza. Lavar sus culpas promoviendo el asistencialismo y cumplir a rajatabla con las indicaciones suministradas por los grandes bancos mundiales que manejan este mundo mísero y pronto a destruirse.

Las iglesias ponen rejas gigantescas en sus puertas para que al despuntar el alba los rostros adormecidos de los desposeídos no ocupen la casa de “Dios”. Para que no busquen refugio bajo sus techos, de la lluvia tenaz que cae sobre la ciudad y para que sus asquerosas deposiciones no ensucien las escaleras donde deben colocarse las alfombras rojas para los feligreses hipócritas que a diario visitan sus templos.

Los sociólogos les encuentran un lugar en sus estadísticas y los llaman “alienados sociales”, necesarios para la subsistencia de una sociedad; la excepción a la regla, necesaria para justificar el fallido sistema que se ha creado a imagen y semejanza del poder.

La sociedad los observa para recordar que nunca se debe salir del sistema. Que es necesario pagar las cuentas al César en fecha y trabajar 15 horas al día para él y así evitar caer en esa “desgracia”.

La gente común los mira por detrás de la ventana sintiéndose amenazados de esa realidad y cuando se los cruza por la calle, los mira con asco o simplemente los ignora.

Pero allí estamos nosotros, hijos del Sol, llamados a comprender, a asimilar, a reaccionar, a manifestarnos contra el Anticristo, a costa de nuestra vida si es necesario.

Invitados a desarrollar la capacidad del discernimiento profundo y real, que nos permita comprender, cómo, cuándo, dónde y por qué debemos plantar nuestra semilla.

Cómo, cuándo y por qué debemos generar espacios de intervención, inventarnos actividades que nos tengan comprometidos por enteros. No para obtener grandes logros históricos, sino simplemente para mantener nuestro espíritu en el ejercicio continuo de la Justicia y el Amor. Simplemente por eso.

La convocatoria, llamada “Todos Somos responsables” invitaba a pasar una noche entera en una plaza céntrica, en la calle, como ellos lo viven, para manifestarse y poder acercar un pequeño escrito que pueda, en alguna medida, generar un espacio de análisis.

 La idea era exponer frente a los ojos de todos los transeúntes,  fotos de estos seres, volverlos visibles para todos. Mostrar donde viven, mostrar sus ojos, sus sonrisas; mostrar su tristeza, mostrar su esencia.

El día anterior me dedique, junto a otro hermano a recorrer parte de la ciudad buscando a los invisibles para sacarles las fotos que usaríamos de denuncia.

Cámara en mano, visité sus mundos; dialogamos con ellos, compartimos un abrazo, unas palabras y los invitamos a combatir juntos.

Nunca se borrará de mi mente, ni sus olores, ni sus expresiones, ni sus sonrisas cuando entras en su mundo olvidado. Nunca se evaporará de mis recuerdos la enseñanza sutil que el Padre me permitió absorber.

Estos seres, que para nosotros tienen un sufrimiento infinito, que de hecho lo poseen, guardan dentro, una llama de Dios. En su violencia, en su lenguaje, en su postura, en sus ojos… ves al Cristo manifestándose al mundo. Porque ellos son el reflejo fiel del precio que pagamos por no haberlo aceptado como nuestro Salvador. Y en ellos Vives la llama encendida de la esperanza de Su Regreso.

La noche marcada para la actividad era fría y lluviosa, pero el compromiso estaba firmado y no podíamos dejar de hacerlo. Además comprendíamos que si El Padre nos había marcado un día de lluvia, tenía seguramente, planes para todos.

Muchas anécdotas podría verter en estas hojas sobre como transcurrió la noche y sobre los diferentes personajes que el Padre nos fue enviando casi continuamente.

Un boxeador, un travesti, músicos, jóvenes, hombres y mujeres ahora “comunes”, pero que en algún momento de sus vidas vivieron en la calle, desfilaron esa noche frente a nuestra mirada, una muestra fiel y real de la diversidad social.

Cada uno con una historia de vida que se animaba a “vomitar” sobre nosotros, presuponiendo que si estábamos allí haciendo lo que hacíamos entonces teníamos la capacidad para comprender su sufrimiento.

 Y la teníamos, porque cada historia nos dejó marcado a fuego el amor infinito que mueve esta Obra. El valor extraordinario de las enseñanzas que recibimos a través de Giorgio. Y la imperiosa necesidad de Justicia Divina.

Bajo la tenaz lluvia y el frío del invierno volvimos a nacer. Y comprendimos, que aprendimos más de lo que pudimos denunciar. Pero denunciamos a nuestra manera, desde nuestra militancia y con las características que solo esta Obra puede darte. Y lo continuaremos haciendo cada dos meses. Hasta que un proyecto real se concrete.

Me gustaría detenerme un segundo en la visita más joven que tuvimos.

Al comienzo de la manifestación, y una vez que las fotografías habían ocupado su lugar en la plaza y que los banners de Antimafia y de Un Punto en el Infinito fueron colocados, y ya llevábamos repartidas más de 200 panfletos, un chico entre unos 14 o 16 años se acerco a nosotros.

Por su aspecto, de inmediato comprendimos que vivía en la calle.

Se dirigió a mí y me pidió un poco de agua.

-A nosotros no nos dan agua en los bares -me dice.

 Me enterneció y me dio un poco de risa porque en su inocencia entendía que debía denunciar frente a nosotros algunas de las injusticias a las que se ve sometido día a día.

Dicho eso busqué agua entre nosotros y realmente ninguno tenía. Entonces, puse la mano en mi bolsillo y extraje un billete de 50 pesos uruguayos. Poco dinero, nada para lo que es la realidad uruguaya.

El joven tomó el arrugado billete y me preguntó con la inocencia de un niño:

-¿Te traigo el vuelto?

Y le contesté:

 -No, quédate con el cambio-

Sus ojos se iluminaron un poco más y volvió a preguntar:

-¿Entonces puedo comprarme un refresco en lugar de una botella de agua?-

Esta pregunta me hizo conmocionar aún más. Mi ternura de madre llegó a flor de piel y le respondí: -“Puedes comprar lo que quieras”.

El chico se retiró feliz con su billetito arrugado y siguiéndolo con la mirada alcance a ver que se dirigió hacia un kiosco que estaba ubicado en la misma plaza. Luego de unos minutos continué con las tareas y acompañando a los hermanos, conversando con la gente y este chico pasó a segundo plano.

Pero unos minutos después el chico regresó, bebiendo un pequeño jugo de frutas..sus ojos me hicieron recordar la alegría de mi hijo...y mirándome feliz dijo:

 -Ni te imaginas la fuerza y la energía que esto me da, ni te imaginas cuanto...

Simplemente le hice una seña y levanté mi mano con el pulgar arriba, sin muchas palabras para poder pronunciar.

Todo un mundo que se abre con un simple gesto de solidaridad, la felicidad que se genera en un adolescente que vive solo, en la calle, sin nada, sin amor, sin agua, con un pequeño desprendimiento de algo, como el dinero, que no es más que un pedazo de papel inmundo, sucio y sin valor alguno.

Este niño se quedó con nosotros un rato, quería quedarse toda la noche, pero la idea de que no lo dejarían entrar a dormir en uno de los refugios del Estado si se hacía más tarde, a todos nosotros nos carcomía dentro y le dijimos que vaya a uno.

 Llovía mucho y él estaba totalmente empapado.

Su pobre ropa parecía más pobre aún por la lluvia que caía intensamente.

Pero este niño decía una y mil veces que no, que quería quedarse con nosotros librando esa pequeña batalla. Decía que era lo que correspondía.

Correspondía acompañarnos porque luchábamos por el...

Sus palabras, su gesto y sus ojos nos decían muchas cosas.

Su ejemplo de solidaridad era más grande aún que el nuestro.

Tan grande que no podíamos apreciarlo en su real dimensión.

Su ejemplo era un discurso completo del Padre.

Eran horas y horas de lecciones espirituales compartidas con Giorgio.

Era todo.

Pero teníamos que decirle la Verdad a esta alma noble y agradecida que teníamos frente a nuestros ojos.

Le dijimos que para él todas las noches son iguales, así frías, lluviosas, con sed, que por una vez, al menos no se mojara porque nosotros volveríamos a nuestras casas, nos cambiaríamos de ropa, comeríamos y estaríamos seguros.

Pero el aún debía seguir librando la batalla a la vida, pero ya no estaba solo.

En algún lugar en la inmensidad de la noche, nos encontraríamos nuevamente.

La lluvia caía, la noche terminaba y lentamente comenzamos a levantar nuestras cosas.

Un último personaje que nos acompaño en la noche, fue un inmigrante cubano que nos ayudó a juntar todo. Y en esa tarea, me pidió pertenecer al arca.

Me dijo:

-Quiero ser de su grupo amiga, porque una vez yo también fui un cero a la izquierda y quiero poder ser como ustedes y hacer todo esto que ustedes hacen

Yo le dije que no hacíamos nada frente a lo que éramos capaces de poder hacer, que debíamos hacer más, pero que estaba invitado a venir al arca cuando deseara.

Y la noche se fue terminando y la lluvia continuaba bautizándonos, cayendo sobre nosotros. En silencio nos fuimos. Los últimos hacia mi casa y en el camino, en la inmensidad de la noche en cada cuadra dejábamos atrás a los invisibles.

Esos seres que existen, que respiran, que viven la Gracia de Dios. Esos seres que están ahí para que los toques, los escuches, los abraces, los huelas… porque de ellos será el Reino de los Cielos.

Erika Pais.

17 Agosto 2015

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