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senzatetto1Por Maria Lezcano 
Cuando se  habló en el Arca de hacer una movilización por las personas que viven en la calle; debo confesar que al igual que en otras ocasiones en que he escuchado esta propuesta por parte de nuestra querida Erika de pasar una noche así, por los que no tienen techo, y que esa noche nos permitiera a la vez a nosotros conocer en verdad, lo que es estar al frio, sentí inmediatamente que me pasaba como tantas veces cuando escucho hablar de la situación de los pobres, de los marginados de la sociedad que pernoctan en la calle por mil razones que desconocemos o  que si conocemos negamos automáticamente en nuestra  mente, porque tales razones no se ajustan a los cánones de vida, de ética, de moral o de falsa dignidad que nosotros, las personas “normales” admitimos como correctos y por tanto no las justificamos.
Sentí que el calor invadía nuevamente mi sangre y subía por mi garganta hasta hacerse un nudo tan grande que solamente podría desatar vomitando con fuerza mi rabia para que ésta no me ahogara; desfilaron por mi mente en un momento tantos rostros y miradas conocidas y queridas; algunos que me he cruzado por las calles de la vida; y algunos que incluso compartieron las propias vivencias mías, rostros de niños, jóvenes y personas adultas cuyo dolor persiste en mantenerse siempre cobijado en el regazo del corazón alimentando la rabia por esta tremenda injusticia del mundo, donde pocos tienen mucho y tantos no tienen nada!, junto a las cosas que me hubieron enseñado, con la generosidad que solo conoce quien es capaz de entender que todo es de todos, que nadie es dueño de nada, y que en la vida no son las cosas materiales, sino las personas, lo que verdaderamente importa…

Así que en ese momento opté por hacer lo que pensé que debía, meterme en el baño un momento y mojarme la cara con agua helada, borrando de un manotazo las lágrimas para poder respirar profundamente, calmarme y pensar en la propuesta de Erika, con la seriedad y la consideración que  merecía.

Confieso que me falta mucho aprendizaje  aún para poder decir al menos que pretendo seguir a Cristo, que me falta más humildad y también tolerancia; pero hay muchas cosas de este mundo y de las personas que me cuesta comprender y aceptar; y son esas mismas cosas las que representan mi propia batalla personal… una batalla que creo será la misma de todos los que estamos en esta Obra; en este caso la lucha es diferente de la del común de la sociedad; no luchamos por ajustarnos a este mundo ni menos por adaptarnos a este sistema social, ni siquiera para poder sobrevivir; por el contrario, la batalla constante es por tratar de mantener cada día aquellos valores de los cuales la vida nos ha sido maestra; enseñándonos a través de las personas que han sufrido y que sufren: los pobres, los que no tienen nada, los que han sido discriminados hasta por su propias familias por variados motivos; como pasa tan a menudo en el caso de muchos jóvenes en Uruguay, que por las duras circunstancias a que una sociedad y un sistema terriblemente egoístas los ha sometido, se encuentran hoy en la calle, batallando penosamente con la noche entre el deseo de vivir y una vida que los agobia… Son y han sido los parias… los “pichis”, como los llaman con desprecio aquí…,  tan inadaptados a la sociedad muchos de ellos, como nosotros mismos, y ¡gracias a Dios! Lo digo; porque quien pueda adaptarse a una sociedad tan enferma, tan injusta, tan materializada y extremadamente egoísta, como la que existe en mi país y en el mundo; quien puede ver en la calle un hombre; un niño que se ha quedado dormido en la vereda, sin fuerzas para comerse incluso el pedazo de pan que tiene apretado entre las manos como un tesoro, y cruza la calle esquivándolo, por miedo o porque verlo simplemente le incomoda a su conciencia; de seguro tiene el corazón tan anestesiado que ha muerto ya al amor… y por tanto está tan abrumadoramente lejos del legado que nos dejó Aquel Ser que dio su vida en la Cruz por los más humildes; que ni siquiera merece ser llamado “humano” y mucho menos aún, cristiano.

Siempre me ha molestado mucho que estas personas que no tiene nada, sean tratados o vistos como números de circo, como espectáculo que se observa a veces casi despectivamente, con mirada de asombro y en ocasiones en un acto de falsa caridad, para volver luego a la vida personal como si nada, olvidando sin el menor sentimiento de pesar que allí afuera existe un niño, un hombre, una mujer, un anciano, un ser humano como nosotros, que está sufriendo,  que carece de cuanto nosotros podamos tener; por poco que sea.

Por eso me irritan profundamente algunos discursos; me generan profunda rebeldía algunos actos de falsa constricción con los cuales solamente se desea tapar las propias falencias humanas; las propias carencias espirituales, discursos y actos que no apuntan nunca a buscar verdaderas soluciones para que  las personas puedan salir de la situación que están atravesando y disfrutar de aquello a lo cual tienen derecho: una vida digna, con todo lo que ésta conlleva y representa. No importa si estos discursos provienen de instituciones políticas; del estado, sociales, o desde todas aquellas personas que representan o dicen seguir un camino espiritual;  como si a Dios se le pudiera engañar! A veces pareciera que olvidamos que el Padre todo lo ve; que nada le podemos esconder… Tampoco nuestra hipocresía… aunque nos la ocultemos a nosotros mismos; ni la falsa moral o el prejuicio que no nos permite mirar para el costado de nuestras vidas, y ver al que nos necesita. Estamos llenos de miedos, tenemos excusas hasta para ayudar; entonces me pregunto, cual es el mensaje que debemos transmitir? El mensaje de Cristo? Pero si nosotros pensamos así, nos estamos engañando; no conocemos  a Cristo!  Para hacerlo, salgamos a la calle! Acerquémonos al desposeído; acompañémoslo un momento; brindémosle la vianda de comida; la frazada caliente, sí; pero brindémosle más que nada nuestro amor! porque es amor lo que hace falta en nuestro mundo para poder cambiarlo! Es amor lo que necesitan estas personas que son iguales a nosotros; tan iguales que no queremos mirarlos por no vernos en su espejo!; es amor lo que se necesita para darle el valor justo  que tiene la vida de un ser humano, amor y decisión para encontrar juntos soluciones imperantes.

Y es mediante el  amor que ellos, los más humildes, saben transmitirnos el valor de la verdadera riqueza, de la verdadera alegría de existir que nos permite encontrar el camino a Cristo! Porque es Cristo el Amor! Entonces si no lo sentimos; como podremos seguirlo? ¿Cómo podremos decir que queremos acompañar e imitar a un Ser que se da por entero por amor al hombre como se da Giorgio cada día, con su lucha y con su sacrificio, si ni siquiera somos capaces de abandonar por un momento apenas nuestra propia burbuja y  ponernos a la altura del ser humano que sufre, para amarlo? Será difícil poder transmitir quien es Cristo en cuantos discursos se nos puedan ocurrir a nosotros mismos; si no lo buscamos donde Él se encuentra. Ninguna imagen podría plasmar el Amor de Cristo como la imagen de la mirada del hombre que está condenado a vivir en la calle, de la mujer que acuna al niño en los brazos sentada en la vereda mientras el frio y el hambre le hacen doler el cuerpo y el alma, o en los ojos de un niño al que le regalas una sonrisa, un segundo de ternura que nace en el corazón, que llena de luz su noche y enciende una mañana de esperanza... A Cristo lo encontramos en ellos, si somos capaces de verlo; de no ser así, no nos bastarán todas las señales que podamos tener, porque ninguna podrá convencernos mentalmente de lo que no somos capaces de sentir en nuestro propio corazón…

Muchos de nosotros los que compartimos este camino, conocemos esas miradas... Miradas de gratitud, miradas de dolor que se transforman en alegría cuando la magia de nuestros propios ojos logra transmitir lo que existe en el espíritu y comprenden que no todo está perdido; que el bien aún existe y sostiene contra el mal ardua batalla, aunque esta batalla en apariencia sea tan pequeña como la que ofrecimos la noche del 14 de agosto en Montevideo, en la Plaza Libertad...

Para ellos, los desprotegidos, significó un gran aliento; y si bien para muchas de las personas que pasaban fue un acto difícil de poder ser comprendido y apreciado en su totalidad, este acto marcó una diferencia; y quizás despertó una interrogante a más de una opinión generalizada que luego,  en lo más íntimo del pensamiento, allí donde los hombres quizás puedan optar por querer engañarse a sí mismos pero no podrán negarse la verdad escuchada, podrá ser analizada.

Se ha sembrado una pequeña semilla… Por un momento, en medio de la lluvia, el frio y la oscuridad alumbrada por la luz del espíritu, nos unimos para ser la voz de los silenciados por la sociedad; de aquellos que no tienen quien grite por sus derechos. Y así se fue acercando como por turno en cada hora una persona distinta, que nos hizo más amena la noche; personas humildes que al conocer la finalidad de nuestra movilización, se quedaban a acompañarnos un rato. Algunos que habían vivido anteriormente en situación de calle y han logrado salir; otros que aún permanecían en ella pernoctando en los refugios del estado; desahogando en confianza con nosotros su sentimiento de rabia por tener que salir muy tempano del refugio, no preocupados por ellos mismos sino más que nada por los ancianos que se ven obligadas a salir muy temprano y permanecer el día en la calle, sin importar su condición física, ni que haga frio o que llueva.

A través de cada uno de ellos nos fue dejada una gran enseñanza que difícilmente podamos olvidar. ... Enseñanzas de amor, de humildad, de coraje; de esperanza de que se puedan lograr muchas cosas, si nos disponemos a  luchar unidos apoyando a los que nos necesitan. Historias de dolores compartidos que  nos traemos con nosotros junto con el consuelo de haber despertado una sonrisa (como un regalo del Padre) en aquellos que nos dijeron  tantas veces “gracias”, “los amamos” “ustedes tienen un brillo especial en la mirada…!” “yo los quiero acompañar”…  

Enseñanzas que he querido tratar de compartir en este escrito, comprendiendo que quizás  solo se pueda asimilar verdaderamente si se logra realizar el “Ama a tu prójimo, como a ti mismo” porque como dice una frase de la que desconozco el autor: “Deja de hablar tanto de Dios, y habla con Él!” … y sabemos dónde se encuentra.

Un agradecimiento muy especial a los hermanos con quienes compartí esta experiencia y a todas las personas que con tanto afecto nos acompañaron y apoyaron en esta propuesta.

Maria Lezcano  

Montevideo, Uruguay,  17 de agosto, de 2015.

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