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sintecho100Por Diego Grachot.

Tengo tantas cosas para contar de esa noche que no sé por dónde empezar. Un buen punto para comenzar es de dónde salió la idea de escribir ya que soy una persona que le cuesta hacerlo.  Todo surgió mientras estaba sentado en uno de los bancos de la plaza Cagancha la misma noche del 14 de agosto junto al hermano Ricardo, bajo la lluvia compartiendo el paraguas, cuando en ese momento se me llenaron los ojos de lágrimas sólo de observar lo poco que veía desde allí, hombres, mujeres y jóvenes pasar, autos de alta gama, carros de caballo, etc.  No necesitabas ser un gran escritor para describir y hacer un libro con todo lo que sucedía en el lugar. En ese momento se acercó mi madre y le dije lo que estaba pensando, a lo que ella mirándome a los ojos con su tierna sonrisa me dijo: “inténtalo, no es necesario escribir un libro, pero sí puedes escribir lo que sientes esta noche”. No pasaron dos segundos de que ella se diera vuelta que yo volví a emocionarme solo de mirarla. Volví a pensar que podía escribir un libro, pero esta vez era de ella. No era increíble porque la he visto hacer muchas cosas, pero sí era admirable verla ahí bajo la lluvia, ya que es una persona que no resiste el frío, se la puede ver de campera de invierno en pleno febrero, era admirable verla ahí, “muerta de frío”, y mojándose. Tenía un paraguas pero era chico, y además no sabe taparse bien, aunque lo segundo parecía no importar. Taparse de la lluvia era algo secundario, bastaba sólo con mirarla para darse cuenta que estaba feliz de estar ahí, triste por la causa, pero feliz de poder estar apoyándola.

Esta lucha no comienza el 14, sino el 4 de agosto cuando Erika nos pasó el volante anunciando la actividad para que lo difundiéramos.  Yo con muchas ganas comencé a enviarlo por Whatsapp a distintos grupos de “amigos” para que me apoyaran. La sorpresa no fue que no lo hicieran sino los comentarios al respecto, como por ejemplo, “la gente que está en la calle es porque quiere o no estudió, o no trabaja ni buscó trabajo, y además que muchos son drogadictos y/o alcohólicos y por eso están en esa situación”. Otro “amigo”, que concurre a la iglesia me dijo: “si no tengo más nada importante, te acompaño”, -no fue-. Debo admitir que al principio fui un poco pesimista, o sea, ¿qué podía esperar de las personas de “afuera” cuando mis propios amigos y familiares me habían dado “vuelta la cara”? ¡No importa! Esa era la respuesta que tardaba poco en llegar, no importa si eran los mismos pocos “locos” de siempre, porque al final esos “locos”, son  “locos” justos. Locos para esta sociedad, porque es loco para esta sociedad pensar que exista justicia y porque estos locos son la minoría, pero minoría en este mundo, porque fuera de él, está lleno de “locos” justos, y para ellos somos nosotros, los humanos, los locos. Bajo estos términos, ojalá, algún día en esta Tierra esté lleno de estos locos, ¡locos por el amor y la justicia!

Llegaba la noche del 14 de agosto, me bajé del ómnibus y comencé a caminar por 18 de Julio hacia la Plaza Cagancha, llegando al lugar del encuentro me crucé con la enorme movilización por Liber Arce, (mártir estudiantil asesinado en Uruguay el 14 de agosto de 1968). Venían cantando canciones en contra del Estado y la educación actual. Esto ya me daba ánimo de lucha. Llegué al lugar prefijado, había dos banners, uno de Antimafia y otro de Un Punto en el Infinito, y un cartel muy bonito con la frase “Sin Justicia no hay felicidad social”. De una cuerda pendían numerosas fotos de personas que viven en la calle, que había tomado Erika, luego de pasar una tarde con ellos.

Ya terminaban de pasar las últimas personas de la marcha de Liber Arce cuando un joven con mala apariencia pasó por enfrente de nosotros vendiendo marihuana. Luego de mirarnos y ofrecernos varias veces, se acercó a Daniel, que ya lo miraba con cara de “Rambo” y le preguntó: “¿qué es esto?”, señalando las fotos. Y Dani explicó: “Son fotos de personas que viven en la calle. Hoy nos quedamos a dormir acá por ellos”. El muchacho luego de observar las fotos pocos segundos más, dijo: “Ah, como yo,…gracias”.

Por otro lado, como no podía ser de otra manera estaba  Loreley repartiendo volantes con la información necesaria de la jornada. No tardé en pedirle el material para imitarla, aunque es muy difícil hacerlo ya que el respeto y la imagen de lucha que impone con su mirada es mucha. Repartí todos los volantes que pude a las personas que pasaban por el lugar hasta que solo quedaban unos pocos y me dijeron que los guardásemos para las personas que se acercaban e interesaban por la manifestación. En ese momento me quedé con un montón de volantes y los cubrí con una bolsa ya que comenzaba a llover suavemente. Al principio pedí  para que no lloviera, aunque luego comprendí y agradecí la lluvia. Sentí que el Padre nos acompañaba con su llanto, nos acompañaba en sentimiento y a la vez nos enseñaba mucho. El Padre nos abofeteaba, como lo hacía Giorgio cuando era pequeño, pero era una bofetada con mucho amor, una bofetada que no llegaba a ser un golpe que ya era una caricia y que con una firme mirada y pocas palabras, me ponía en mi lugar. Eso era la lluvia, una enseñanza. El Padre entre otras cosas nos mostraba que era una falacia decir que la gente que vive en la calle lo hacía porque quiere, nos hacía vivir en carne propia lo que vive alguien que convive con la calle, pero lo hacía simplemente con una  “caricia”, al lado de lo que realmente es. Nada hubiera sido igual. ¡Gracias Padre!

¿Quién dijo que iba a ser una noche aburrida? ¿Quién dijo que el hecho de estar bajo la lluvia toda la noche protestando en contra de nuestra sociedad iba a ser aburrido? Gracias a las ricas empanadas de Mónica, la buena onda y chistes malos de Paco, la luz de la chica italiana que más tarde llegaría como acompañante de un muchacho del partido humanista que se sumó a nuestra causa, y cada una de las charlas que iba teniendo con cada uno de los hermanos enriquecía más y más esta noche de alegría espiritual.

Cada vez eran más las personas que se acercaban por uno de los volantes que seguía conservando en mis brazos. Vuelvo a agradecer la tarea, ya que conocí a múltiples personas con distintas cosas para aportar a la noche. Entre ellas una mujer de no más de cuarenta años; que cuando le conté de qué se trataba la manifestación no hizo más que agradecer, pues vivía en la calle. Más tarde pasaba por el lugar una señora mayor que con mucha rabia e indignación criticó al gobierno del Pepe Mujica y al Frente Amplio. Cuando se fue, entre risas y un tono de chiste, fui a decirle a Domingo que había encontrado a su alma gemela…

Pero la mejor parte fue cuando se acercó un señor joven, de unos treinta y cinco años. Se interesó mucho por las fotos que estaban colgando. Me arrimé a él y le di un volante. Comenzamos a charlar. Me dijo que las fotos estaban muy interesantes y que le gustaban para un documental que estaba realizando. Luego de un rato me enteraba que era una persona que había pasado por problemas de drogadicción y que vivió un tiempo en la calle, por ende nos agradecía por lo hecho. Ahora se estaba recuperando, vivía en una pensión y tocaba música en los ómnibus. Me comentó que le gustaban las cosas espontáneas y que si yo quería nos acompañaba con un poco de música. Le expresé que me fascinaba la idea. Tomó la guitarra que colgaba de su espalda así como un arquero toma una flecha antes de dispararla…Y en ese momento aparecían un compañero y un amigo de él, mágicamente,- digo esto porque no los vi llegar-, que estudian en la Escuela de Música del Uruguay, -ambos traían guitarra-, que al enterarse el porqué de estar allí también les gustó mucho la idea. En una breve charla amistosa entre los cuatro, perdón cinco, porque otro joven se arrimaba, -esta vez se trataba de un joven actor del Teatro Circular- tuvieron la hermosa idea de tocar música… Llamé a Erika y a todos los hermanos para que escucharan lo que se venía, presentía que iba a ser algo muy lindo, o por lo menos para mi, ya que me gusta mucho el arte. Y así fue, tres grandes artistas estaban en el lugar. El primer muchacho –lo llamo asi porque lamentablemente no recuerdo su nombre- el que vivió en la calle, tocó canciones muy conmovedoras y fuertes, algunas de ellas expresaban cosas que él mismo había vivido. Y los otros dos hicieron un instrumental y cantaron canciones de Silvio Rodríguez entre otras, y hasta en un momento los tres compusieron música. Realmente nos conmocionaron y deleitaron a todos los que estábamos ahí, bastaba solo con mirar a cualquiera de nosotros a los ojos para darse cuenta.

En ese momento pasaban dos cosas por mi cabeza, primero mucha ternura de ver los ojos de mi madre brillar, y segundo no paraba de agradecer por la enseñanza. Jamás nunca podía volver a estar mal, ni mucho menos tener miedo de estar solo porque mis amigos no me apoyaran, sino que tenía que estar más que tranquilo de que si hacemos el bien la vida sola se encarga de ponernos a las personas correctas en el camino.

Terminaron de tocar, mi compañero y el amigo se fueron,  mientras el otro muchacho y el actor se quedaron compartiendo gran parte de la noche como si fuesen uno más de nosotros.

Así se dio la noche del 14 de agosto, una noche que dejó muchas emociones, pero muchas más enseñanzas aún. Una noche que no la hicimos nosotros, sino cada una de las personas que pasaban por el lugar y se quedaban a compartir y dejar una parte de ellas. Como por ejemplo fue el caso de una nicaragüense transexual que es cuida-coches en Uruguay, u otro muchacho vendedor de caramelos en los ómnibus que le hablaba a Domingo, Paco y Erika con un tono de desesperación. No recuerdo lo que decía porque estaba  lejos de él. Y así otros que no tuve la suerte de oír, pero todos con algo en común, la cercanía a la calle y el grito de justicia en sus corazones.

Diego Grachot.

Montevideo, 25 de agosto de 2015.

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