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eugenia100Crónica de un viaje a la Provincia de Salta, Argentina.
Por Eugenia Martínez

Este gran viaje comienza a fines de agosto, para ser más precisa el día jueves 20 cuando, después de una gran cena en el Arca de Rosario con todos los hermanos, salimos rumbo a Salta con Andrés Volpe que fue mi compañero de viaje.

Estuvimos muchas horas viajando hasta concretar nuestra misión principal que era llevar todas las donaciones juntadas para los más necesitados.

eugenia1Al llegar nos encontramos con el resto de los hermanos, los cuales fueron las manos laboriosas que ayudaron en esta tarea: Sonia De Marco, Martina Tesolín (recién llegadas de Paraguay), Ramón Gómez, su esposa Sandra y sus hijos Camila, Gabriel y Analía, Daniel Torregiani y su familia que lo acompañó en esta ocasión.

Una vez ubicados en Santa Rosa de Tastil, donde se encuentra el espacio que tiene Ramón, todos nos pusimos a realizar diferentes quehaceres: preparar juguetes bien bonitos, armar bolsones con alimentos, agrupar en diferentes categorías zapatilla y ropa. Y lo hicimos, desde mi punto de vista, todavía sin darnos cuenta de la importancia y los resultados que estas cosas darían más adelante.

Los dos días siguientes fuimos a festejar junto a los chicos y sus padres el día del niño, tan esperado por todos, recorrimos dos lugares Las Cuevas y Gobernador Solá. La magia que había en esos lugares era impresionante.

Ver las caritas llenas de emoción por un plato de comida, por un tazón de chocolate, por tener un espacio para eugenia2jugar a la pelota, me resultaba conmovedor. Todos estaban a la espera de sus juguetes, pero sin decir una palabra, siempre con el mayor de los respetos, sin pretender nada de nosotros.

Algunos, un poco curiosos y tiernos se animaban tímidamente a mantener una charla y muy dulcemente preguntaban… ¿Cómo te llamas vos?, nunca te vi, ¿de dónde venís? ¿Tienes hijos? ¿Vos jugas? ¿Me das un poco de comida?, porque tengo mucho hambre, y si tenes para mi hermanita también…

Después, a cambio de unos globos, que para mí eran muy comunes, recibí muchísimos abrazos en busca de un poquito de afecto, muchos besos de unas boquitas secas por el sol y el viento, diferentes agradecimientos como una gran sonrisa, o una mirada que lo decía todo, tan profundas que nunca se borrarán de mi corazón.

Al llegar al momento de darles los regalos, para ellos grandes premios, solos se formaron en filas y respetaban sus lugares. Se le dio a cada niño una bolsa con golosinas y muchos juguetes, ahora los agradecimientos eran otros porque sus ojitos no se fijaban en otra cosa que en sus valiosos tesoros. Era una emoción enorme saber que todo el esfuerzo de la gente para donar sus cosas, el traslado que esto también conlleva, había dado sus frutos y sus caritas ya no estaban tan tristes, aunque sabíamos que detrás de esos brillitos se escondía la falta de amor, el descuido por parte del gobierno que los olvida, las malas condiciones de todos los días y el sacrificio de largas horas de caminata para ir a la escuela.

eugenia3Todo se veía en esos faroles que eran traslúcidos como el agua del océano y una mirada frágil como el desamparo.

Llegué a la conclusión que muchos de ellos no sabía lo que era ser niños, en la montaña parece ser que no hay tiempo para eso. Eran pequeños adultos, hablando de sus ganados, de las crías y de cómo estaban los caminos por allí.

Así que un juguete era como un diamante en bruto para ellos.

A diferencia de estas dos jornadas arduas, los días que siguieron fueron mucho más intensos en todos los sentidos, tanto el físico, como el espiritual. Ramón nos llevó a recorrer los cerros, casa por casa, puerta por puerta. Ahí comencé a poner los pies más firmes que nunca sobre la tierra, pero con el corazón entregado a Dios por miedo de no soportar esa cruda realidad.

Vi humildes construcciones de adobe, con pequeñas puertas y con suerte alguna ventana. En ese lugar vivía todo una familia y en caso de que a la noche bajara la temperatura aún más de lo normal,  también dormían los animales para protegerlos y darles calor. Además guardaban sus carnes, sus pertenencias, todo bajo capas de tierra. La luz que había dentro era casi nula, no se veía nada a menos que cayera algún rayo de sol o por alguna casualidad tuvieran alguna vela.

eugenia4Conocí gente de todas las edades, desde bebés, niños, adolescentes, adultos y ancianos. Todos solos, aislados en estas casas, cuidando sus ganados, que es su fuente de alimentación y por sobre todo la tierra y naturaleza a la cual le dan todo su amor. Pude corroborar esto, porque justo en el mes de agosto, se realizó el ritual de la Pachamama, durante el cual excavan un pozo en la tierra y le devuelven a ella todo lo que les da durante el año, ya sea alimentos, bebidas, las cosas más costosas que posean, como ofrenda.

Sus vestimentas estaban bastante sucias y sus calzados rotos o gastados.

Gracias a la Fundación los Niños de San Juan a ellos se les facilitaba mucho más conseguirlo. Además a cada familia se le entregó un bolsón de alimentos, calzado, ropa de abrigo e interior, medias, gorros, golosinas y también juguetes para los niños que por las distancias no habían podido llegar hasta los lugares donde se realizaron los festejos del día del niño.

Aparte de visitar varias casas, también fuimos a dos escuelas una ubicada en El Palomar, y otra en El Toro. Los niños de allí con sólo ver desde lejos la camioneta de la Fundación (que por cierto la identificaban muy bien) salían a las galerías con toda prisa, porque ya sabían que iban a recibir alguna donación.

Pero en esta ocasión lo que no sabían era que el calzado que recibían no era usado, sino nuevo, cada uno en su caja, con sus cordones relucientes, con divertidos motivos y diferentes colores para nenas y nenes. Creo que esto llegó a causarles más satisfacción que cualquier obsequio, estaban muy emocionados, se les grababa una sonrisa en su rostro que duró hasta el momento de irnos.

Voy a destacar un momento en uno de los colegios, en el que el director tuvo  la amabilidad de servirnos una taza de café caliente a todos los que estábamos repartiendo las donaciones. Antes de que tuviera tiempo de entrar con ellos, uno de los niños se acercó a él que estaba a mi lado y como en secreto y le pregunto: “Maestro, a este señor Ramoncito ¿lo mandó Dios, no? Y el director le respondió: “¿y a vos que te parece? (como haciéndolo reflexionar). Y el niño dijo: “a mí me parece que sí, porque aquí nadie ayuda como él lo hace por nosotros, es muy bueno. A él y a todos los que lo ayudan los manda Dios, muy firme en su respuesta lo mira. A lo que el maestro responde: “por supuesto que sí, ya lo creo, ahora vayan todos y agradézcanle a él y a todos sus amigos, denle besos y abrazos por todo lo que les han traído”.

Escuchar esto me emocionó por completo, ellos no se dieron cuenta que oí estas palabras, pero me llegaron al corazón al instante y me di cuenta del sacrificio que le lleva realizar este trabajo a Ramón y a su familia, día tras día, viendo cómo hacer lo mejor para estos niños tan necesitados, para toda esa gente eugenia5abandonada, dejada de lado, sin una asistencia médica seria, sin agua muchas veces.

Y una cosa muy importante que Ramón me destacó durante todo el viaje es que esta gente a pesar de las condiciones de vida y las necesidades que tienen, nunca se han quejado jamás de nada, es más siempre fueron muy agradecidos con él.

Todo el tiempo que pude hablar con ellos comprobé cuánto le agradecían a Dios y a la Virgen por mandarnos hasta esos lugares y llevarle los presentes.

Luego de unos días pude comprender que valió la pena todo ese largo camino, tan lejos de mi hogar, porque fui a Salta creyendo que solo iba a ayudar a la Fundación y me di cuenta que no sólo fue eso lo que hice sino una pequeña parte. Lo verdaderamente importante fue que aprendí muchísimo y crecí con cada situación que se nos presentaba. Muchos al llegar me preguntaron si el viaje estuvo lindo, como la pasé… y yo respondía que bien y que fue más lo que me ayudaron todos a mi, que lo que yo pude ayudarles a ellos.

Así que sentí que lo mínimo que podía hacer era compartir esto con todos ustedes, para que sepamos y valoremos cada una de las cosas que el Cielo nos da día a día y la importancia de creer en él, ya que esta gente me enseñó que sin creer en el Cielo morirían, al igual que yo. Porque a pesar de las distancias son nuestros hermanos, carne de nuestra carne, y están sufriendo y necesitan nuestra ayuda más que nadie. Estos niños son nuestro futuro, acordémonos cada día de ellos, de los olvidados de esta humanidad.

Eugenia Martínez
21 años
2 de septiembre del 2015
Arca Lily Mariposa
Rosario, Santa Fe, Argentina

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