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matiasguffanti1002Por Matías Lucas Guffanti
Durante miles de años, a través del tiempo, un espíritu recorre el mundo portando consigo un mismo mensaje y una misma voz, la llama del fuego sagrado y eterno que muta de cuerpo en cuerpo y renace de vida en vida, atravesando generación tras generación. Con sus palabras, profundas, suaves y fuertes, que se plasman y retumban en la inmensidad del cosmos, recorre cada rincón de este mundo, cumpliendo así la voluntad del Padre que es uno con él en su interior.

Su mensaje es la Vida, su mensaje es el Todo, su mensaje es el sentido de lo que existe y de lo que aún no, su mensaje es la evolución que expande las estrellas, es el amor que mueve los mundos y hace brillar cada sol, es el canto de las aves, el rugir de los volcanes, el romper de las olas y la belleza que emana la naturaleza en toda su expresión. Su mensaje que, como una trompeta despierta a los hombres y resuena en sus corazones, llama con fuerza y firmeza a la divina revolución.

Aquélla, que ardió en el pecho de los santos y de los mártires, que soñaron con la justicia, la verdad y la liberación. La revolución de los santos evangelios, que Cristo dejó para su pueblo y ejército, que antecederá el camino de su redención. En el tiempo de la última batalla, el tiempo de la vanguardia, en el que sus servidores, resistiendo, anunciarán al mundo entero el día de su llegada, como el Rey del universo, nuestro Maestro y libertador.

Mas el tiempo es este y pocos son los que se incorporan a la lucha en el instante de la última elección, en el que cada uno deberá elegir entre dejar todo o desistir. El instante en el que la vanguardia se forma, firme y decidida, para luchar en la causa por la que desde siempre existió. Este es el momento en el que el Cielo elegirá a sus combatientes, y señalará con una cruz en la frente a los preparados para vivir bajo un nuevo cielo y  un nuevo sol. Una tarea, que aquel espíritu prepara desde el origen y que culminará en esta última generación.

En la visita de Giorgio a Uruguay, su aparición causó muchas emociones, transformando todo a su alrededor. La energía, cada vez más fuerte y movilizadora, iniciaba nuevos sentimientos, necesarios para poder comprender y transitar los diseños que el Cielo traza progresivamente al avanzar. Su voz proclamó nuevamente los últimos llamados a quienes conocieron la verdad y pelearán por ella.

Ahí estaba, una vez más, presente entre nosotros como un igual, ofreciendo su vida, su sangre, y toda su grandeza. Una vez más, luchando y gritando por sus hermanos, los justos y todos los que sufren en esta humanidad, como un gran ejemplo que nos señala el único camino que nos conducirá a la gloria de nuestro espíritu y el de los demás. Ahí seguía, dando cada segundo de su tiempo por amor y misericordia a nosotros, reavivando la fe y la esperanza que el mundo nos intenta arrancar, haciendo reuniones con sus amigos y hermanos, programas de televisión y de radio con quienes lo siguieron desde toda la vida sin abandonarlo, respondiendo cada pregunta y rompiéndonos con cada palabra suya, la ilusión de la materia, para que por un instante, podamos salir del engaño.

Pero detrás de todas sus palabras, sus miradas y sus gestos había un sentimiento que me recorría por dentro, llevándome desde la tristeza a la más reconfortante alegría, que me decía y repetía insistentemente: él nunca abandonará, porque su amor es demasiado grande, él peleará hasta el final, porque su fuerza viene desde lo alto, él estará aquí eternamente, como estuvo desde el principio de esta humanidad. Pero la decisión de seguirlo o dejarlo, que puede salvarnos o condenarnos, traer el nuevo Reino o retrasarlo, es nuestra. Sólo hace falta querer hacerlo, sólo hace falta creer en lo que pensamos y decimos y no dudarlo, sólo hace falta tener fe en Cristo y dejarnos caer sin miedo hacia su lado. Decidirnos a ser revolucionarios.

Porque no hay acto más revolucionario que pueda hacer un hombre que dar la vida por Dios, no hay grito más fuerte que el que pide justicia al Creador, no hay sueño más grande que la espera de Cristo, ni sentimiento más fuerte que el amor por la verdad. Por lo tanto, llegó el momento de tomar fuerza y decidir hacerlo. Dejar nuestra vida, entregarlo todo por los demás y juntos defender la última esperanza de esta humanidad, venciendo al enemigo que habita en nosotros, haciendo estallar los cristales que nos aprisionan, para salir corriendo en busca de ese horizonte que un día regresará a encontrarnos. La decisión es nuestra.

Matías Lucas Guffanti
12 de diciembre del 2015
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