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jamil100Por Jamil El Sadi

Vivimos en un mundo al que sentimos no pertenecer, al menos en lo que a mi respecta. Un mundo que no siento que sea mío porque es triste, oscuro, feo y paradójico. Vivimos en un mundo que tiene como principio el de los tres monitos sabios: “No veo, no escucho, no hablo”. Si os estáis preguntando qué es lo que significa ahora os lo explico. Ver las injusticias, escuchar  los gritos desgarradores de los miles y miles de muertes inocentes e injustas, hablar de la verdad, de la información que tendría que formar y no distraer.

El 10 de Diciembre próximo pasado fue la Jornada mundial de los Derechos Humanos. ¿Lo sabíais? Si, precisamente el 10 de Diciembre de hace 68 años, en París, se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos: el primer documento que estableció universalmente los derechos que le corresponden al ser humano. La única palabra que se me ocurre para describirla es: inútil. Hoy en día hay 424 conflictos bélicos en curso, desde Méjico a Venezuela, desde Mali a Nigeria, desde Palestina a Siria. Cada día hay personas inocentes que mueren. Chicos que no pueden salir de casa porque corren el riesgo de no regresar. Chicos que no pueden ser libres, que se sienten oprimidos, aplastados por una condición socio-política, o mejor dicho, de vida que no les pertenece, que no han elegido. Estos jóvenes tienen una única culpa: la de haber nacido en esas zonas denominadas “calientes”.

Esta es una visión netamente realista, pero también muy pesimista. Cuando uno conoce estas realidades comprende que la situación global es muy grave y nosotros, los jóvenes, estamos cansados. En este momento deseo solo una cosa: poder vivir mi vida como si fuera un niño. Un niño de África Central, con esos ojos oscuros como el universo. A pesar de que todo esté en silencio escucha la música que componen los granos de arena cuando el viento modifica las dunas dándoles formas que parecen mágicas. La tranquilidad de un chico como él que no tiene que pensar en nada, simplemente en jugar, comer y dormir. Envidio la posibilidad de vivir despreocupado que tiene un niño hindú. Me lo imagino allí, en las calles de Nueva Delhi, llenas de colores, de perfumes de especies, de armonías musicales casi hipnóticas. La tranquilidad de una niña japonesa, y en sus dulces ojos con forma de almendras veo dos horizontes. La tranquilidad de un alma pura como la suya que emana energía a su alrededor, pintando las hermosas selvas cubiertas por el smog y que da serenidad a los rostros antiguos de quienes han sobrevivido milagrosamente a la historia. Veo la tranquilidad de sus cabellos negros, largos como la “Gran Muralla”, que mientras camina emanan un perfume a incienso y jazmín. Aprendo mucho de su sonrisa que inexplicablemente logra dar vida a los hologramas pintados en las lámparas rojas encendidas como el fuego de un legendario dragón. Saboreo la serenidad con la que una niña “piel roja” vive su vida. Amo cómo toca y acaricia delicadamente a su caballo overo. Envidio la posibilidad de vivir sin preocupaciones en su tierra, siendo consciente, a pesar de que siendo tan joven, está en una “jaula”, con una única diferencia: ésta se llama “reserva”.  Vivo la tranquilidad con la que logra mantener la relación que tenían sus ancestros con la naturaleza, a pesar de que vivimos todos en un mundo que la maltrata casi completamente.

En pocas palabras, desearía poder vivir mi vida en este planeta como si fuera un niño. Ellos son puros, no se preocupan por las consecuencias, aman todo lo que es diferente, como si fuera parte de ellos. Amo la forma en la que viven en un mundo al que hemos dejado “en la lona”. A menudo nos olvidamos de que tenemos mucho que aprender de ellos, olvidamos cómo se vive. Y esto nos lo enseña José Mujica, político uruguayo, Senador de la República y Jefe de Estado de Uruguay desde el 1 de Marzo de 2010 hasta el 1 de Marzo de 2015, cuando en la película-documental “Human” dijo: “... Lo que estamos gastando es tiempo de vida, porque cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Pero con esta diferencia: la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta. Y es miserable gastar la vida para perder libertad”.

Tenemos que vivir, con las condiciones del pasado, la realidad del presente y la idea del futuro. Tenemos que vivir libres, livianos como una golondrina, como una hoja que se deja llevar amorosamente por el viento, como las dunas del desierto que se dejan acariciar por el soplido mágico. Livianos como si no fuéramos atraídos por la fuerza de gravedad hacia este hermoso y desgraciado mundo. Hemos llegado al último acto de un enésimo relato sobre un tema muy actual.

No se muy bien cómo terminar mi desahogo sin decir que en la vida lo más importante es saber caer para luego volver a levantarse, livianos como el aire. Lo importante es encontrarle un sentido a esa caída.

Como dijo Sylvester Stallone, en la película Rocky: “Nadie golpea más fuerte que la vida; pero no importa lo fuerte que golpeas sino como resistes a los golpes, como lo aguantas mientras avanzas, y si terminas en la lona, tener la fuerza de volverte a levantar”.

Jamil El Sadi

14 de Diciembre de 2016

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