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flaviocapito200Por Flavio Ciucani

Si, como dicen los historiadores, Jesús murió en el año 26, dentro de ocho años habrán transcurrido dos mil años a partir de dicho acontecimiento. En todo este tiempo los hombres se han apresurado a condecorarse con emblemas relativos a la fe cristiana. Hoy hay dos mil millones de personas que afirman ser cristianos. Aún hoy se oyen los slogan, se publican libros, se reparten cuadernillos, periódicos, volantes, se venden souvenirs en los que se proclama que el cristianismo es “la sal y la levadura de la Tierra”, que es el portador del “amor que cambiará al mundo”, y también se lee que “la oración une a los hombres”, que “Jesús ha dibujado una sonrisa en ti”... Son todas frases hermosas y floridas, pero hay algo que no cierra: ¡dos mil millones de personas no logran cambiar al mundo! No digo un hombre, un Presidente, un gerente, un hombre de negocios, no: dos mil millones de personas dicen ser cristianos. Sin embargo los teólogos católicos dicen que Tomás de Aquino había afirmado que “¡El conocimiento siempre es un bien, incluso el conocimiento del mal!” ¿Acaso necesitamos otros veinte siglos para comprender el bien y el mal?

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Todo cristiano (o grupo, sector, iglesia) afirma que Jesús Cristo es su Maestro. Incluso los mismos sacerdotes judíos, del tiempo en el que predicaba Jesús, consideraban que Él era un Maestro. Nicodemo, en el famoso encuentro nocturno, lejos de los ojos indiscretos, expresó un dato claro, antes de interrogarlo: “Rabí —le dijo—, sabemos que eres un maestro que ha venido de parte de Dios, porque nadie podría hacer las señales que tú haces si Dios no estuviera con él”. 
flaviocapito2Jesús es un Rabí, incluso formalmente, como se usaba en el ambiente de los judíos, y encontramos la continuación en Rusia, hasta finales de 1700. Las familias, que pretendían orientar a sus hijos a estudiar el Torá y la teología, así como la espiritualidad judía, los mandaban a tomar clases con un maestro, vivían en su casa, dormían, comían y convivían en su casa, los jóvenes asistían a su maestro lavando, limpiando y cocinando. Además de ir a clases los alumnos observaban a su maestro en sus acciones de la vida cotidiana: sus ritmos, sus oraciones, sus expresiones, sus preocupaciones, su felicidad y sus momentos tristes, además de sus dolores de estómago, de verlo cuando estaba enfermo, cuando se enojaba. Ellos eran una sola cosa con su maestro. Jesús predicó y enseñó a lo largo de tres años, siendo acompañado y asistido por Sus doce apóstoles, y no solo eso. Ellos escuchaban, hacían preguntas, oían las respuestas, Lo vieron “hacer” milagros, Lo vieron mientras dormía, mientras comía, lloraba, reía, mientras estaba siendo torturado, escupido, burlado. Lloraron cuando falleció como si fuera un criminal, colgado en la cruz, Lo recibieron y vivieron unos días más junto a Él cuando resucitó, cuando se presentó ante ellos. ¿Todas sus enseñanzas nos fueron transmitidas? O bien ¿algo quedó en el camino, o fue ocultado, eliminado, cambiado? ¿Qué quedó de las enseñanzas de Jesús? De ese hombre al que muchos consideraban un revolucionario... ¿qué fue lo que logró cambiar realmente? La pregunta correcta sería: ¿Conocemos realmente a Jesús Cristo?

Las primeras comunidades, sobre todo las primeras del actual territorio de Siria y Turquía, no habían adquirido un gran conocimiento teológico por parte de la prédica de los Apóstoles y de los discípulos, además porque la necesidad de los predicadores era la de difundir la “buena noticia” (εὐαγγέλιον, euanghèlion): Dios había enviado a Su hijo al mundo, quien había enseñado cómo vivir según la voluntad del Padre. Hacer la voluntad del Padre significaba alcanzar la salvación, Su hijo mismo se había sacrificado con un acto absoluto de amor, dar Su vida por los demás, para sellar este pacto de amor entre Dios y los hombres. Inmediatamente los primeros cristianos se plantearon el problema de cómo hacer la voluntad del Padre: seguir las reglas dictadas por el Maestro. El Apóstol Juan había vivido y había predicado en dichas tierras, expresando los conceptos de practicidad inmediata con la aceptación de los valores evangélicos. Eso cristianos habían comprendido cuando Juan decía las palabras de Jesús: “Todo el que hace lo malo odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios” (Juan 3, 20-21). La enseñanza de Jesús le da un sentido a las decisiones prácticas, concretas, de actividades humanas siguiendo reglas precisas, haciendo obras que fueran visibles a todos, sin coartadas, engaños, o segundos fines. Ser cristiano no significaba, y no significa, solo creer en Dios y en Jesús, sino sobre todo aplicar en la vida cotidiana las enseñanzas del Maestro. En las comunidades todos tenían lo necesario, se ayudaban entre ellos, no se alimentaban de refinamientos, no vestían comodante, actuaban según la conciencia y el conocimiento. Las palabras de un escrito de aquel tiempo son memorables: “Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. Por-que ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada gracias al ta-lento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente”.

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Esto ocurría cuando los cristianos eran aproximadamente diez mil en toda Europa y no tenían ningún poder de decisión, ni legislativo, ni administrativo. ¡Hoy en día ya son dos mil millones! Ocupan puestos de mando, tienen la posibilidad de hacer leyes universalmente justas, tienen todos los medios como para terminar con la pobreza, con el hambre y con la mayoría de las enfermedades, tienen el poder de eliminar las guerras... Claro está, estamos en un mundo imperfecto pero hay que comprender y conocer la realidad de las cosas para poder aprovechar en pos de la evolución de toda la humanidad: el hombre jamás será perfecto, pero su “conversión”, la disponibilidad para la transformación es fundamental para crear una nueva sociedad, un “nuevo reino”. Pablo de Tarso decía: “La caridad es paciente, la caridad es benigna; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace con la verdad, todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada. Porque ahora nuestro conocimiento es imperfecto, e imperfecta nuestra profecía. Pero cuando venga lo perfecto desaparecerá lo imperfecto” (1Corintios 13, 4-10). Pero ¿cuándo vendrá “lo perfecto”? ¿cuándo será “reconstruido el Reino”? Se preguntaban los cristianos hace dos mil años, al igual que los Apóstoles se lo preguntaron a Jesús y Él les respondió: “No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad; pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la Tierra” (Hechos de los Apóstoles 1, 7-8). Jesús había dejado un mandato, una misión evolutiva: dar testimonio del Maestro, dar testimonio de Su enseñanza. Si se lo llamaba Maestro era porque había enseñado algo. Al Evangelio hay que leerlo con esta visión y de la misma forma habría tenido que ser eneseñado y explicado. Como la materia tiene sus preceptos, sus leyes, como toda la Creación está gobernada por leyes, así también el Espíritu tiene sus modalidades para entenderlo: “recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros”.

Los cristianos tenían una gran misión: Construirse a sí mismos como una prueba de las enseñanzas de Cristo, tenían que probar, demostrar la validez de lo que les había sido enseñado a través del testimonio del Evangelio, tenían que ser la prueba de que el sacrificio de Jesús cambiaría el mundo. Lamentablemente se transmitió, a partir de una determinada fecha, digamos aproximadamente después del Emperador Constantino, que la salvación es simplemente un factor individual, que Jesús había dejado una serie de gestos simbólicos que, las Iglesias institucionalizadas, convirtieron en formas litúrgicas exotéricas, llamadas “sacramentos”, por medio de las cuales la salvación actúa en la vida cotidiana de los fieles.1

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Cuando Constantino subió al poder e hizo que la religión cristiana fuera se creyó que había llegado el “nuevo Reino” prometido y los cristianos perdieron el sentido del deber de construir una sociedad orientada a recibir a Aquel que vendrá a juzgar y a reinstaurar el “Reino de Dios” en la Tierra. ¡Sin embargo Juan había dejado dicho a las primeras comunidades que el “Reino” se fundaría en la Tierra! Hubo una voluntad de hacer pasar por “inútiles” a los cristianos anunciando contrariamente un “Reino Celeste”.

Habría sido un gran ejemplo, un gran testimonio, si el Estado de la Iglesia, que desde su nacimiento ha sido un Estado confesor, hubiera intentado, o intentara crear un Estado-Modelo basado en las verdades espirituales y evangélicas. Hacerlo significaría una autonomía absoluta de los intereses privados, de la falsa bondad, de extrañas y ambiguas inversiones económicas...

A lo largo del tiempo muchos hombres y mujeres denunciaron el abandono de la misión de testimonio: santos, místicos, misioneros, filósofos, científicos, que dejaron una huella en la historia, no solo de la religión, demostrando y testimoniando el valor de las leyes evangélicas capaces de cambiar al mundo.

Incluso la promesa que hiciera Jesús, de Su retorno para juzgar el accionar de los hombres y para crear una “nueva Tierra” si fue debilitando con el paso del tiempo, por más que haya sido anunciada, con explicaciones de simbolismos abstractos, con figuras casi fantásticas, convirtiendo en algo borroso, hasta inventado, o malentendido la palabra de Jesús. Sin embargo los Apóstoles, como Pedro, la divulgaron: “Pero, según su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3, 13), así también hablaba Pablo: “Así también Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que ansiosamente le esperan” (Hebreos 9, 28) y aún más: “Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino” (2 Timoteo 4, 1), por su parte Juan alentaba amorosamente a quienes lo escuchaban diciendo: “Y ahora, hijos, permaneced en Él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza y no nos apartemos de Èl avergonzados en su venida” (1 Juan 2, 28) y luego escribió en el Apocalípsis, algunas cosas que Mateo ya había transmitido en su Evangelio (Mateo 24, 30-31; 16, 27): “He aqui, viene con las nubes y todo ojo le verá, aun los que le traspasaron; y todas las tribus de la tierra harán lamentación por El” (Apocalípsis 1, 7).

Ni el papel, ni la naturaleza de los personajes y objetos que acompañarán a la Segunda Venida de Cristo han sido explicados. Las afirmaciones presentes en Hechos de los Apóstoles (1, 11) han quedado sin una explicación: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá de la misma manera, tal como le habéis visto ir al cielo”. Mateo describió el momento y los personajes de la siguiente manera: “Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre; y entonces todas las tribus de la tierra harán duelo, y verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria. Y él enviará a sus ángeles con una gran trompeta y reuniran a sus escogidos de los cuatro vientos, desde un extremo de los cielos hasta el otro” (Mateo 24, 30-31). En la descripción de los ángeles que acompañan al Maestro, y que siguen Sus órdenes, ellos no dan la impresión de ser de una naturaleza incorpórea, abstracta, intocable, sino que son “personas” organizadas, con poderes extraordinarios, rápidos y eficientes.

Parecería ser que a nadie le suena extraño que el mismo Jesús, para describir a los “ángeles”, haya usado un término militar: “¿O piensas que no puedo rogar a mi Padre, y El pondría a mi disposición ahora mismo más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26, 53). Habría podido hacer una comparación diferente, hacer referencia al ejército de Herodes, o al de los árabes (terrible y veloz). La legión romana era emblemática, tenía características únicas. La cantidad de legionarios, después de la reforma del Cónsul Mario, podía alcanzar aproximadamente los 5000, o 6000 hombres por cada legión, variaba según las necesidades, estaban divididos en 10 formaciones de 500 hombres. Además de la cantidad la legión representaba la “perfección” técnica, la precisión y la inteligencia en la ejecución, violenta y adaptable a toda localidad, o situación. Los legionarios no eran considerados como los pueblos limítrofes, sino extranjeros que venían de lejos, no una estructura de un reino usurpador sino invasores listos a aplicar la diplomacia si era conveniente.

flaviocapito5Jesús entró en un mundo violento en el que la guerra no era desorden sino “bellum” que hace referencia a una organización legítima y coordinada desde arriba, ordenada, geométrica. Más tarde el término “bellum” fue reemplazado por “guerra”, que viene del alemán “wirren” que significa desorden, confución.2
“Él pondría a Mi disposición ahora mismo más de doce legiones de ángeles”: un número impresionante de “mílites”, coordinados, obedientes, listos a todo por obediencia al general. “El reino de los cielos también es semejante a una red barredera que se echó en el mar, y recogió peces de toda clase; y cuando se llenó, la sacaron a la playa; y se sentaron y recogieron los peces buenos en canastas, pero echaron fuera los malos. Así será en el fin del mundo; los ángeles saldrán, y sacarán a los malos de entre los justos, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes. ¿Habéis entendido todas estas cosas? Ellos le dijeron: Sí” (Mateo 13, 47-50).

Son dos mil millones de personas las herederas espirituales de aquellas que respondieron que “Si”, que habían entendido, que estaban listas para transmitir a las generaciones futuras cómo se construye un reino en el cual han sido abolidos los sufrimientos, las desigualdades sociales, donde reinarán los dóciles, los humildes y los pacíficos, donde los oprimidos encontrarán refugio y paz, donde quienes luchan por la justicia serán considerados como corresponde. Esto fue transmitido y lo afirma Juan el Evangelista: “Y cuando vio las multitudes, subió al monte; y después de sentarse, sus discípulos se acercaron a El. Y abriendo su boca, les enseñaba...” (Mateo 5).

Notas:

1. “Los sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por Cristo y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos” Catecismo de la Iglesia Católica, 1210.

2. Ciceron y Tito Livo usan la palabra “arma” para hacer referencia al desorden de la guerra. “Ama civilia”: guerra civil (Ciceron), “Galli inter ferrum et arma nati”: los gallos nacieron entre las armas y la guerra (Tito Livio).

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