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claudiaterra1Por Claudia Marsili
Parece un contrasentido, pero es así precisamente. La Puna Salteña, en los Andes argentinos de la provincia de Salta, es una tierra árida y materialmente pobre pero que sabe nutrir, saciar la sed y enriquecer el alma. Una zona que se encuentra a una altitud entreq 3.000 y 4.000 metros, que nos ha hechizado y conquistado con su magia.

En este viaje hemos partido 9 personas. Seis chicos de la ciudad de Gubbio: mi marido Gabriele y yo, Luigi, Francesca, Sara y Riccardo y tres de la sede central Funima International de Sant'Elpidio: Giovanni Bongiovanni, Sonia y su hijo Maurice.

Quince días en los que mi vida ha cambiado para siempre. He partido para esta aventura consciente de que sería duro afrontar el largo viaje, los problemas físicos a causa de la altura, los días de trabajo en las alturas bajo al sol ardiente, el fuerte viento y el frío de las zonas más inaccesibles. Pensé sinceramente que en un cierto momento habría añorado mi casita y mi tierra. Pero no ha sido así. Por primera vez en toda mi vida no he extrañado lo que había dejado atrás. No he pensado en las cosas que había dejado pendientes, en las cosas que tenía que hacer a la vuelta, no he sentido el cansacio, el sueño, los pensamientos. Me mente ha estado en silencio y mi corazón abierto, dispuesto a recibir todo lo que he recibido y que ha llenado mi alma con una nueva luz.

He partido con la alegría en el corazón de poder visitar esos lugares que había conocido sólo en fotos y a través de lo que contaban las personas que habían ido antes que yo, esos proyectos que yo misma apoyo desde hace más de 6 años a través de las actividades que organizamos el grupo operativo Funima de Gubbio, pero lo que he recibido ha sido mucho, mucho, mucho más que lo poco que he puesto a disposición.

El Evangelio se ha manifestado delante de mis ojos. Todo lo que podía imaginar lo he visto reflejado en la obra de un hombre, de su familia y de los colaboradores que le ayudan y le sostienen: Ramón Gómez que, a través de la Fundación Los Niños de San Juan, que sostenemos activamente con Funima International, realiza proyectos concretos y actividades en favor de las familias originarias de la Puna Salteña, olvidadas por la sociedad. Redes hídricas, un centro sanitario, donación de bienes de primera necesidad a familias y a escuelas, un trabajo estructurado y constante.

El atractivo de esta tierra y de su gente ha conquistado mi corazón y saciado mi espíritu.

Por primera vez después de años he estado desconectada de cualquier forma de comunicación; teléfono y computadora son parte integrante de mi vida y creí sinceramente que lo habría echado en falta; pero también en este caso la realidad ha superado mis previsiones: los días transcurrían entre trabajo, reflexiones, comida y sencillez. Y todo era perfecto de esa manera. Un rincón de tierra dónde nada es como lo puedes imaginar. Nada se puede comparar ni de lejos con nuestro modo de vivir y actuar.

Ramón habla con esta gente, su gente. Mira a cada uno de ellos en los ojos como si fueran las personas más importantes de su vida. Cómo si en ese momento estuviera mirando a su mujer o a uno de sus hijos. Siempre lleva consigo el paquete de pasta o el trozo de pan con un cálido abrazo y una sonrisa contagiosa. Y lo hace incansablemente desde hace casi veinte años.

Cuando nos hemos despedido para regresar a Italia he sentido que se me rompía el corazón. Cómo si una parte de mí se quedara allá y no pudiera regresar más. Ahora que estoy aquí, en mi tierra, me doy cuenta de que esa sensación era real. Una parte de mí se ha quedado allí, entre los Andes, bajo aquel cielo límpido y puro, en aquella casa enclavada perfumada de amor.

Volveré a encontrar mi pedacito de corazón un día, tengo la certeza de ello. Mientras tanto haré todo lo que pueda para que esta luz que ha iluminado mi vida también pueda llegar a los que no han tenido la inmensa gracia de visitar estos lugares, de mirar a los ojos a aquella gente, de tocar con mano la obra incansable de Ramón.

Cuando encienda la calefacción, me seque el pelo con el secador, me acueste bajo las cálidas y suaves mantas, abra el grifo y vea correr el agua, encienda la luz por la noche pensaré en Rocìo, Andrés, Eliseo, Jesus, José y en todos los otros niños y en sus familias, que no sabrán nunca lo que significan estos simples gestos.

Lo que tenemos, nuestras comodidades que damos por descontadas, son una gran responsabilidad que la vida nos llama a honrar y la mejor manera en que podemos hacerlo es poner a disposición de nuestros hermanos lo que tenemos: nuestros recursos, nuestro tiempo y luchar por un mundo más justo. Hay millones de Rocìo, de Andrés, de Eliseo, de Jesús y de José en el mundo. Millones y millones de niños que sufren e igualmente personas que viven al margen. Los últimos. Y es por todos ellos que tenemos que darnos que hacer y comprometernos cada día sin descanso.

Por cada uno de ellos. Y tenemos que hacerlo con amor. El arma más potente que tenemos.

Claudia Marsili

13 novembre 2018

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