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naceunsol200Por Marco Marsili

Volando sobre las alas de San Francisco

Una mañana de noviembre fui a un parque dónde hay una pequeña iglesia de piedra, rodeada por aquí y por allá de olivos, cerezos, castaños, almendros, laurel y otras plantas. Hace cientos de años el condado se extendía hasta aquí, al confín con el bosque. Por este lugar paseaba San Francisco, con quien siento una unión muy profunda. Me senté sobre una roca recordando las maravillas que el Santo había cumplido durante su luminosa vida, y pensaba en la perfección con la que Dante Alighieri describió el nacimiento de Francisco con las palabras “nació al mundo un sol”.

Poco a poco me dí cuenta que no sentía frío, aunque la temperatura era muy baja. Me sentía bien y decidí tumbarme para contemplar el cielo. Después de unos minutos se acercó una joven pareja. Los dos eran muy bellos: ella una joven mediterránea de mediana estatura, con largo pelo moreno; sus ojos eran alargados tenían la esclerótica blanca y brillante que resaltaba en el intenso castaño del iris. Él tenía un aspecto totalmente medioriental, era muy alto y atlético, con pelo espeso muy largo; no tenía barba y su cara parecía esculpida. Con tono jovial me preguntaron qué estaba haciendo, efectivamente es raro ver a alguien tumbado por tierra en una helada aurora invernal, y yo contesté que estaba pensando en San Francisco, que caminaba tiempo atrás justo por donde yo estaba tumbado. Sonrieron amistosamente. Extrañamente, la chica me hablaba como si me conociera: ¿Puedes contarnos algo sobre San Francisco? Si no te molesta podemos tumbarnos junto a ti"…"Sí - contesté un poco sorprendido - ¿por qué no? Conozco alguna anécdota muy bonita… ¡pero primero al menos nos presentamos!""Mi nombre es Uriele – dijo ella - y mi amigo se llama Serafièle".Pensé que eran nombres preciosos y me sentía contento de que se sentaran cerca de mi, ella a mi izquierda y él a la derecha. Les conté la inconsciente juventud de San Francisco y luego su despertar espiritual y algún episodio interesante que transcribo aquí:San Francisco transcurrió un período en Siria y, sin llevar consigo ningún arma quiso encontrarse con el sultán. Fue maltratado por los guardias e injuriado por la corte, y por fin fue recibido por el sultán quien lo puso a prueba de muchas formas intentando con varias astucias hacerlo caer en errores teológicos, pero el santo salió siempre vencedor del debate, hablando con gran autoridad y sin ningún miedo. Por fin el sultán propuso una discusión filosófica entre sus sabios y Francisco, pero él contestó: "¡Nuestra Fe es superior a la razón! Mejor, encendemos un fuego y yo entraré en el fuego junto a vuestros sabios: quien se queme, querrá decir que su Fe es falsa". Enseguida los sabios musulmanes se echaron atrás y el sultán se echó a reír: ¡"No creo encontrar a alguien dispuesto a entrar con vos en el fuego"!Un día San Francesco caminaba con un fraile, que le preguntó que dirección tenían que tomar. Francisco contestó que deberían ir en la dirección que eligiera Dios. Entonces el fraile preguntó de qué manera se podía conocer la voluntad de Dios, y por toda respuesta el santo le dijo al fraile que girara sobre sí mismo hasta que él le dijera que parase, como cuando los niños juegan al trompo. Éste obedeció y, como Francisco no le decía que parase, el pobre fraile se cayó varias veces al suelo mareado. Mientras tanto la gente que pasaba por allí observaba la escena extravagante. Cuando por fin Francisco le dio la orden de pararse, los dos se encaminaron en la dirección hacia la que se dirigía la cara del obediente fraile, quien se asombró muchísimo de este hecho.Una vez los frailes le llevaron a Francisco una liebre que habían capturado con el lazo. Él, compadecido, dijo: "¿Hermana liebre ¿por qué te dejaste agarrar? Ven aquí". Cuando la pusieron sobre el terreno, el animal en vez de escapar saltó enseguida en el regazo del santo, que la tuvo un poco consigo acariciándola dulcemente. ¡Luego la dejó marchar para que volviera al bosque, pero en lugar de correr hacia la libertad, la liebre volvió a sus brazos! Cuanto más Francisco la ponía en el suelo, más el animal le saltaba en brazos. Al final, no pudiendo encontrar otra manera, Francisco les pidiò a los frailes que llevaran la liebre al bosque.En otra ocasión lo mismo ocurrió con un conejo salvaje que, una vez dejado libre, no quiso separarse más de San Francisco.Un día San Francisco estaba caminando con otros frailes. De repente vio muchas bandadas de pájaros de distintas especies todas juntas. Entonces corrió hacia ellas dejando atrás a sus compañeros. Cuando llegó al lugar le pareció que las aves lo estaban esperando, así que las saludó alegremente: "¡Paz y Bien"! Se sorprendió al ver que no escapaban volando, entonces las exhortó con alegría a escuchar el Evangelio: “Hermanos míos, tenéis que alabar mucho y siempre a vuestro Creador porque os ha dado plumas para vestiros, alas para volar y todo lo que necesitáis. Dios os hizo nobles entre las otras criaturas y os ha concedido que voléis en el aire límpido: vosotros no sembráis y no recogéiss, sin embargo Él os socorre y os guía, dispensándoos de toda preocupación". Al escuchar estas palabras, los pájaros demostraron felicidad de varios modos, alargando el cuello, desplegando las alas, abriendo el pico y mirando a Francisco, que se movía libremente entre ellos acariciándolos con la túnica. En fin los bendijo con la señal de la Cruz y todos los pájaros volaron cantando alegremente en el cielo sobre él.Luego retomó el camino con los otros frailes, pero sentía el pesar de no haber predicado antes a los pájaros, puesto que estos habían escuchado tan devotamente el Evangelio. Desde aquel día empezó a invitar a todas las aves, a todos los animales, a todos los reptiles y hasta a las piedras a que alabaran y amaran al Creador y cada día más todos se daban cuenta que las criaturas le obedecían a Francisco.En cierta ocasión Francisco subió a una elevación del terreno para que lo vieran todos mientras hablaba, y pidió silencio. Mientras en silencio esperaban sus palabras, muchas golondrinas lo rodearon gorjeando alegremente, tanto que Francisco no lograba que el pueblo le oyera. Entonces les habló a las golondrinas: ¡Hermanas mías, ahora me toca hablar a mi, porque ya lo habéis hecho bastante! ¡Escuchad la Palabra de Dios en silencio y tranquilas hasta que el discurso se acabe!" Y enseguida obedecieron: se callaron y no se movieron hasta que Francisco terminó de hablar. Y todos los presentes dijeron: "Verdaderamente este hombre es un santo y un amigo del Altísimo! " y competían entre ellos para tocarle la ropa alabando Dios.San Francisco amaba la felicidad de todas las criaturas, también de los peces: cada vez que podía les liberaba en el agua, encomendándoles que no se dejaran pescar más. Un día Francisco estaba en una barca atracada en el puerto de un lago. Un pescador le ofreció que comiera un pez que acababa de pescar, pero él lo cuidó, lo llamó "hermano" y lo devolvió al agua alabando a Dios. Por un tiempo el pez se quedó jugando alrededor de la barca y no se alejó hasta que el santo terminó de rezar.Había una vez un lobo enorme y feroz que vagaba por los alrededores de la antigua ciudad y devoraba a hombres y niños y hacía estragos en el ganado. Por el gran miedo, eran pocas las personas que se atrevían a alejarse de los muros de la ciudad, y aunque estuvieran armados como para ir a la guerra, nadie lograba vencer a la terrible bestia. Cuándo Francisco se enteró, tuvo piedad de aquella gente y decidió ir hasta donde estaba el lobo. Las mujeres del pueblo lloraban por la angustia y todos trataban de hacerle cambiar idea, pero él se hizo la señal de la Cruz y fue con sus compañeros hacia la selva, sin ni siquiera un bastón para defenderse. Los otros frailes tenían miedo y se pararon al borde del bosque con la gente que había acudido allí para ver lo que ocurría. Así, el santo caminó solo para buscar al lobo que salió a su encuentro corriendo amenazador con la boca abierta. Entonces Francisco lo llamó hacia él haciéndole la señal de la Cruz: "Ven aquí, hermano lobo, yo te ordeno por Cristo que tú no me hagas daño ni a mí ni a otros!" Enseguida el lobo dejó de correr y cerró la boca, se volvió dócil, se acercó con calma y se tumbó a sus pies. "Hermano lobo, yo quiero que haya paz entre tú y esta gente: tú dejarás de hacer daño y ellos te perdonarán las ofensas del pasado. Hombres y perros ya no te perseguirán. Dichas estas palabras, el lobo bajó la cabeza como diciendo como diciendo "Sí", bajó la cola y las orejas y se movió en señal de sumisión.Desde aquel día el lobo vivió en la ciudad, entraba y salía libremente de las casas donde le daban que comer y nunca ningún perro le ladró. Esto siguió así por dos años y cuando el hermano lobo murió de vejez todo el pueblo lloró por él.Al terminar mis relatos Uriele dijo: “También yo conozco una anécdota que de cierto te gustará muchísimo:“Los frailes compañeros de San Francisco solían cantar continuamente el Padre Nuestro, fieles a las palabras de Nuestro Señor: “Rogad siempre, sin cansaros nunca". Una vez Francisco estaba ausente, se había ido de viaje. Hacia medianoche, mientras algunos dormían y otros rezaban en silencio, entró en la casa un carro de fuego luminoso que dio dos o tres vueltas por la habitación; sobre él se apoyaba un gran globo que alumbraba como un sol las tinieblas nocturnas. Los frailes que velaban estaban llenos de estupor, los que dormían se despertaron aterrorizados, se sentían envueltos por esa luz en el cuerpo y en el espíritu. Cuando el carro de fuego se fue, los frailes se reunieron para comprender el significado del misterioso fenómeno; pero ¡he aquí que mientras hablaban cada uno vio claramente en la conciencia del otro! en ese momento comprendieron que el carro de fuego era el habitáculo del alma de Francisco, que muchísimas veces había demostrado saber leer los secretos de sus almas. Muchas veces el santo demostraba conocer las cosas de los hermanos lejanos; además él se aparecía en sueños a muchos, para darles consejos y amonestaciones".Durante el relato de Uriele tuve una fuerte sensación de ligereza y por inspiración empecé a recitar en voz baja los versos de la Canto de las Criaturas:“Altísimo, omnipotente, buen Señor,

tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,

especialmente el señor hermano Sol,

el cual es día, y por el cual nos alumbras.

Y él es bello y radiante con gran esplendor,

de ti, Altísimo, lleva significación.

Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,

en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,

y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,

por el cual a tus criaturas das sustento.

Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,

la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual alumbras la noche,

y él es bello y alegre y robusto y fuerte.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Madre Tierra,

la cual nos sustenta y gobierna,

y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.

Loado seas, mi Señor,

por aquellos que perdonan por tu amor,

y soportan enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,

porque por ti, Altísimo, coronados serán.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,

de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:

bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,

porque la muerte segunda no les hará mal.

Load y bendecid a mi Señor,

y dadle gracias y servidle con gran humildad.¡Mientras cantaba estos versos, la sensación de ligereza aumentaba y con suma y grandiosa maravilla me di cuenta de que estaba flotando en el aire, a pocos palmos del prado! ¡Me fijé a mi derecha y a mi izquierda y vi que también Uriele y Serafièle estaban flotando en el aire conmigo! Mientras yo estaba asombrado, ellos parecían serenos y completamente a gusto. Entonces el chico me dijo: "¡Cruza los tobillos como nosotros"… seguí su consejo y empecé a moverme hacia arriba rápidamente… en un instante los tres nos encontramos suspendidos en el cielo a unos treinta metros del suelo! Fue estupendo, empecé a mover las manos y los brazos para orientarme en vuelo y descubrí que era capaz de desplazarme en cualquier dirección y a cualquier velocidad, siempre manteniendo las tibias cruzadas. Utilizando los brazos como remos, navegaba en el aire muy rápido y una inmensa felicidad me llenaba el corazón. Los dos jóvenes también se balanceaban en el aire, a unos veinte metros lejos de mí, y sonreían amablemente como si para ellos todo fuera normal.Después de unos minutos de práctica, ya dominaba la técnica del vuelo. Decidí entonces volar en vertical hacia la bóveda celeste a una velocidad increíble. Enseguida me vi más allá de la atmósfera terrenal, completamente solo. El silencio era como una música que impregnaba cada célula del cuerpo. Vi la esfericidad de la atmósfera terrenal y me sorprendía poder respirar sin problemas. Las estrellas, miríadas de ellas, se perfilaban como incalculables puntos de encantadora luz en la sideral oscuridad violeta. Pasé bastante tiempo así, contemplando la incomprensible inmensidad de la Creación, sintiendo como una certeza que lo que vi allí era parecido a lo que existe dentro de mí. Veía claramente que todo lo que está en cada parte del todo, que cada partícula contiene el todo de lo que es contenido.Cuando quise volver a la Tierra, como un relámpago ya estaba de nuevo tumbado en la hierba del parque. Mis dos jóvenes compañeros de aventuras se habían ido. La campana de la iglesia tocaba las horas de la mañana. Por un momento me volvieron a la mente las palabras de Dante sobre San Francisco:“Nació al mundo un sol, como asoma a veces el del Ganges”.Marco Marsili17 de marzo de 2019

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