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sicilia_01CRONICAS DESDE LA ISLA DE LA GALILEA DE LOS GENTILES (2)
Lluvia que cae sobre el asfalto. Lluvia que se lleva la arena desértica de esta ciudad. Agua que lava la sangre vertida por los mártires caídos en esta tierra. Palermo.

Bajo un cielo gris, Palermo nos recibe en toda su vehemente belleza y violencia. Y es como si no nos hubiésemos ido nunca. En estos diez años hemos recorrido miles de veces kilómetros y kilómetros a lo largo de carreteras rotas, a desplomo sobre un mar infinito. Miles de veces hemos venido a esta tierra espléndida y martirizada. Y siempre hemos regresado a casa. Pero la consciencia de que en algún momento de la historia este eterno peregrinaje se detendría un instante, pulsaba siempre dentro nuestro. La percepción de que ese momento esté llegando hunde sus raíces en el terreno fecundo de este último viaje.
Los pasos cansados pero poderosos de un hombre marcado por Cristo llegan frente a la puerta del Palacio de Justicia de Palermo. Giorgio observa en silencio los muros de esta fortaleza. Lentamente se encamina hacia el ingreso con la aprensión y la serenidad de los justos. El atrio del edificio está desierto. Subimos hasta el segundo piso en un silencio absoluto. La reunión con un juez palermitano que ha sido uno de los primeros en apoyar nuestro trabajo está prevista para dentro de algunos minutos. Recuerdo la primera llamada telefónica que tuvimos con el magistrado, cuando aún no había salido el primer numero del periódico de Antimafia Duemila. Recuerdo su atención al escuchar el proyecto editorial de un grupo de amigos capitaneados por un siciliano determinado a dar su propio aporte en la lucha en contra de la mafia. También me viene a la mente el constante agradecimiento del magistrado por nuestro trabajo en los años siguientes. Poco a poco, rodeado por sus agentes de escolta, llega el juez siciliano, nos abrazamos y entramos en su oficina. La montaña imponente de trabajo que lo supera literalmente no le impide dedicarnos un poco de tiempo. Son jornadas frenéticas por los procesos que están en curso y por los constantes ataques difamatorios por parte del gobierno contra la magistratura italiana.
De hecho para el próximo 20 de noviembre en Palermo, Milán, Florencia y Roma están previstas varias manifestaciones en apoyo a Antonino Di Matteo, organizadas por el hermano del juez Borsellino, Salvatore Borsellino y por el movimiento de las “Scorte Civiche” (Escoltas Cívicas). La solidaridad popular hacia ellos surgió después de los ataques políticos que este último ha recibido luego de sus declaraciones en defensa de los magistrados usados de blanco por un sistema político connivente que no tolera las investigaciones sobre la negociación mafia-Estado. El momento histórico es uno de los más delicados para los jueces que como él paradójicamente terminan siendo aislados incluso por muchos de sus colegas.
Una vez dentro de la oficina del juez Giorgio le expresa todo nuestro apoyo incondicional y le anuncia su proyecto de trasladarse a Palermo. El magistrado manifiesta inmediatamente su felicidad por la noticia. Por lo tanto Giorgio le expresa el apoyo que pretendemos dar, aún más que antes, a jueces como él, para hacer frente a esa soledad que desde siempre está reservada a los verdaderos servidores del Estado. «Dios quiere que yo venga a Palermo...-afirma Giorgio con firmeza, mientras el juez lo observa atentamente – aquí la redacción de Antimafia podrá estar más presente y operante de lo que lo hemos sido en estos años estando lejos. Y aquí yo traeré también un mensaje espiritual que es una sola cosa con mi vida y con mi compromiso social, para darle una nueva esperanza a los jóvenes, para denunciar las injusticias, ¡además porque la Iglesia ha desaparecido!». «Yo veo que los ataques sufridos por Falcone y Borsellino – remarca Giorgio con fuerza – se están repitiendo en ti y en los demás magistrados que quieren llevar algo de luz sobre los atentados del año 92', ¡pero esta vez impediremos con todas nuestras fuerzas que puedan haber nuevas tragedias!» El profundo reconocimiento por parte del magistrado se evidencia en su mirada y en las palabras de agradecimiento que dirige a Giorgio antes de saludarse.
Salimos de su oficina con un sentimiento de emoción e infinita gratitud hacia un hombre que, a pesar de todo, se obstina en buscar la Verdad y la Justicia para un país que en cambio olvida rápidamente las culpas de sus propios crímenes. A continuación nos encontramos con otro juez de primera línea de la Fiscalía de Palermo. Giorgio le comunica también a él la intención de trasladarse a Palermo. Con mucha simplicidad y así mismo con mucha profundidad el magistrado destaca su felicidad de poder continuar este camino, juntos. Giorgio le explica más profundamente el proyecto de establecer una parte de la redacción de Antimafia Duemila y de llevar a cabo también en Sicilia la actividad espiritual ligada al mensaje que lleva desde hace ya más de 21 años, el juez le escucha con gran atención, manifestando señales de aprobación, incluso cuando Giorgio afirma que su compromiso espiritual cubrirá «la ausencia» de la Iglesia. «Sé perfectamente que al venir aquí – subraya Giorgio – podría ser blanco de ataques personales dirigidos a deslegitimar a mi persona para afectar el trabajo que hago, pero lo afrontaré como he afrontado siempre las dificultades en mi vida». El magistrado transmite toda su comprensión en cuanto a que vive sobre sí mismo el significado de caer en la mira de los detractores. Y sabe también cuáles son los posibles riesgos de similares sobreexposiciones. Pasa alrededor de media hora y luego el magistrado nos saluda con la misma sonrisa con la cual nos recibiera inicialmente. Nos encaminamos hacia la puerta principal en absoluto silencio, percibo la emoción de Giorgio por el profundo significado del momento vivido y por lo que representa para nuestro futuro.
Salimos del Palacio de Justicia mientras un cielo plomizo envuelve los techos de esta metrópolis desfigurada por la brutalidad y en espera de redención. Giorgio está absorto, alrededor nuestro el tráfico furioso sigue impertérrito su delirio.
El tiempo de entrar definitivamente al campo para apoyar a los justos en la batalla en contra del mal es éste. El grito de dolor de todas las víctimas de la violencia mafiosa se unen en un reclamo de Justicia y Verdad. El hombre marcado por Cristo recoge ese grito, con una mano se lo lleva al pecho. Lo absorbe. Su cuerpo es sacudido por un estremecimiento. Las pruebas que tratan de agotarlo y de impedirle que comience este capítulo determinante de su vida y de la nuestra no dan muestras de disminuir. Pero su espíritu es firme. Inatacable. Sabía desde hace tiempo que ese momento llegaría.

Lorenzo Baldo
Palermo, 10 de Noviembre de 2010

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