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hambre01LUCHA CONTRA EL HAMBRE: UNA TAREA CON SENTIDO
No es fácil encontrar noticias positivas entre el abrumador rosario de catástrofes y conflictos que dominan la agenda mundial. Por eso es todavía más refrescante poder hacerse eco de la puesta en marcha del Programa Global de Agricultura y Seguridad Alimentaria, dotado inicialmente con unos 662 millones de euros y presentado ayer en el Departamento del Tesoro estadounidense.
Se trata de una iniciativa que asume plenamente los postulados de la seguridad humana. Este concepto plantea un paradigma alternativo al de la seguridad de los Estados- dominante en la escena internacional-, en la medida en que pone el énfasis en el bienestar y en la seguridad de los seres humanos, entendidos como el principal activo de todo Estado. En contra de lo que propugna el esquema dominante- que considera que existen unos intereses del Estado que estarían por encima de los individuos que lo pueblan, lo que deriva en demasiadas ocasiones en el sacrificio de estos últimos en aras de un supuesto fin superior-, la seguridad humana entiende que solo se puede construir un mundo más seguro (más justo y más sostenible) si el esfuerzo principal se centra en la satisfacción de las necesidades básicas de las personas y en la garantía de su seguridad personal. De este modo, en un proceso que arranca en el plano individual y local se puede llegar a otro de orden global que consolide la seguridad de todos, eliminando la exclusión, la discriminación y las desigualdades que son, en definitiva, los más poderosos factores belígenos y de sufrimiento que cabe imaginar.
En el contexto de una crisis económica tan grave como la actual- que, entre otras cosas, ya está produciendo recortes en los niveles de ayuda al desarrollo- adquiere aún más valor una decisión de este tipo. Significa, por un lado, mirar más allá del habitual corto plazo de la política internacional- contando también con los previsibles efectos negativos de un cambio climático que no deja de hacerse visible cada día- y, por otro, salirse de los esquemas que han dominado la década pasada- obsesivamente centrados en el terrorismo, como si ésta fuese la única o la más importante de las amenazas que afectan a la humanidad. Recordemos que son más de 1.000 millones de personas las que sufren hambre y malnutrición crónica en un mundo en el que hay suficientes alimentos para los casi 7.000 millones que ya poblamos el planeta. La clave para resolver esa brutal situación está, fundamentalmente, en la activación de la necesaria voluntad política para distribuir esos alimentos de manera más equitativa y, como ahora apunta el Programa del Banco Mundial aquí reseñado, apostar por el desarrollo agrícola en los países más afectados por el problema. De forma más concreta dicho Programa pretende incrementar la productividad agrícola de los países más necesitados, fomentar el desarrollo rural- contando con que el 75% de los pobres viven en zonas rurales- y mejorar el acceso a los mercados de los pequeños agricultores.
Sin dejar de calificar como positiva la decisión adoptada en Washington, interesa, en todo caso, no perder de vista algunos aspectos menos optimistas. En primer lugar, su misma existencia nos recuerda la escasa convicción sobre el cumplimiento de uno de los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que plantea la reducción a la mitad del número de personas que pasan hambre en el mundo, en el horizonte del año 2015. Por buena que sea esta nueva aportación no puede olvidarse que los ODM eran en 2000 una agenda de mínimos y que a día de hoy no existe garantía alguna de que vayan a cumplirse, una vez más, por falta de voluntad política.
Además, cuando se analiza la lista de quienes ha decidido contribuir a reunir la cantidad acordada sorprende que solo haya cuatro gobiernos implicados- Canadá (173 millones de euros), Corea del Sur (38), España (71) y Estados Unidos (357). Ni están todos los miembros del Banco Mundial, ni los del G-20, ni siquiera los del más exclusivo G-8- que todavía el pasado año reiteraron su compromiso de dedicar hasta 16.500 millones de euros a este tema. Solo cabe esperar que el ejemplo de estos cuatro sirva muy pronto para movilizar a otros en la misma línea.
Sorprende aún más, como ya ha ocurrido en ocasiones anteriores, que en el arranque de esta iniciativa aparezca un financiador privado, como el magnate Bill Gates (que aporta, a través de su fundación, 23 millones de euros). En el lenguaje actual hasta se podría alabar este hecho como un ejemplo más de las alianzas público-privadas tan en boga. Pero, sin cuestionar la validez de ese tándem, un hecho de esta naturaleza- que ya se ha repetido en ocasiones anteriores con aportaciones de esa misma fundación a mejorar las capacidades de la ONU en su acción global o a erradicar enfermedades que provocan millones de víctimas cada año- no puede ocultar la permanente dejación de responsabilidad de la inmensa mayoría de los gobiernos nacionales ante retos que les corresponde asumir en primera línea. Que Bill Gates refuerce su vena filantrópica le honra, sobre todo al constatar que no se trata de una reacción emocional de tipo puntual sino un esfuerzo sostenido y bien estructurado. Pero su simple presencia en estos marcos de actuación nos recuerda nuevamente la extrema debilidad del entramado multilateral en la atención a problemas, riesgos y amenazas que nos afectan a todos y frente a los que los Estados deberían asumir su responsabilidad. Ni la caridad ni la filantropía bastan cuando se trata de resolver problemas sociales, políticos, económicos o de seguridad de escala planetaria. Son los Estados, los organismos multilaterales y las empresas multinacionales los que deberían sentirse señalados como los principales responsables, tanto en la creación de muchos de estos problemas como en su resolución.
25 de Abril 2010 - http://www.rnw.nl/espanol/article/lucha-contra-el-hambre-una-tarea-con-sentido
Por Jesús A. Núñez Villaverde – Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

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