PADRE PIO DE PIETRELCINA

Francesco Forgione, Padre Pío, nació en Pietrelcina, en la provincia de Benevento, en Italia, el 25 de mayo de 1887, falleciendo el 23 de setiembre de 1968.
Después de una devotísima infancia, a los 14 años el Señor lo llamó "a una altísima misión". Se hace novicio capuchino en 1903, y fue ordenado Sacerdote en 1910. Enseguida, después de su nombramiento, recibe las señales de la Pasión de Jesu-Cristo en las manos, en los pies y en el costado (estigmas), y todo unido a fuertes sufrimientos. Se ofrece entonces al Señor como víctima de reparaciones para la Iglesia, para el Papa, por la santidad del clero y por la conversión de los pecadores.
Fundó numerosos grupos de oración y la "Casa del alivio de los sufrimientos" que aún hoy acoge miles de enfermos.
Tuvo contactos constantes con los Papas Pío XI, Pío XII y Pablo VI.
Hasta su muerte, en 1968, demostró dones excepcionales al servicio de la Iglesia: leía en las conciencias, descubría el pasado; preveía el futuro y demostró, a todos los que lo conocieron, una santidad y una caridad heroicas.
Su causa de beatificación ha sido introducida en Roma desde su muerte.
En el año 1959, a Padre Pío, nuestro Señor Jesu-Cristo le reveló un mensaje determinado. En esencia, esta revelación forma parte de todo el contexto del estigmatizado Giorgio Bongiovanni.
Este mensaje dice así:
"La hora de los castigos está cerca, pero manifestaré mi misericordia. Vuestra época será testigo de un terrible castigo. Mis Angeles tendrán cuidado espiritual de aniquilar a todos aquellos que se burlan de mí y que no creerán en mis profecías.
Huracanes de fuego serán arrojados de las nubes y se extenderán sobre toda la Tierra. Temporales, tempestades, truenos y lluvia ininterrumpidos, terremotos, cubrirán la Tierra durante tres días, continuará entonces una lluvia de fuego ininterrumpida para demostrar que Dios es el Señor de la Creación.
Aquellos que esperan y que creen en mis palabras no deberán temer, ni deberán temer nada aquellos que divulgan Mi Mensaje porque no les abandonaré. Ningún daño será hecho a aquellos que están en mis gracias y que busquen la protección de Mi Madre.
Para prepararos a esta prueba, os daré señales e instrucciones: la noche será muy fría, el viento aparecerá, el trueno se hará oír. Cerrad todas las puertas y todas las ventanas. No habléis con ninguno de fuera. Arrodillaos ante vuestro crucifijo. Arrepentíos de vuestros pecados. Rogad a Mi Madre de obtener su Protección. No miréis fuera durante el terremoto porque la Ira de Mi Padre es Santa. No soportaríais la vista de Su Ira. (Jesús no quiere que miremos con curiosidad la Ira de Dios porque debe ser contemplada con temor y temblor). Aquellos que no tengan en cuenta esta advertencia serán abandonados y matados al instante de terror de la Ira Divina.
El viento arrastrará gases envenenados que se derramarán sobre toda la faz de la tierra. Aquellos que sufrirán sin culpa se volverán mártires y entrarán en Mi Reino.
Después de estos castigos, los Angeles bajarán del Cielo y derramarán el Espíritu de Paz sobre la Tierra. Un sentimiento de inconmensurable gratitud se apoderará de todos aquellos que sobrevivirán a este terrible castigo, recitad el rosario, si es posible, juntos o solos.
Durante estos tres días de tinieblas, solamente las velas benditas podrán ser encendidas y arderán sin consumirse".


INFORME MEDICO DE PADRE PIO DE PIETRELCINA

Se trascribe textualmente el capítulo 10 del libro "Estigmas en nuestros días. El Padre Pío de Pietrelcina y Teresa Neumann" de Francisco Sánchez - Ventura en el que se hace constar informes médicos sobre el estigmatizado Padre Pío:
El Padre Provincial envió al doctor Luigi Romanelli, quien somete al estigmatizado a toda clase de torturas. Como médico debe curar aquellas llagas, síntomas aparentes de una lesión, de una enfermedad.
Ante el fracaso de sus tentativas, llama en consulta al doctor Bignami, de Roma. Fue elegido éste por incrédulo para evitar el riesgo de caer en un fenómeno de sugestión. El doctor Bignami analiza el caso, sonríe y toma una determinación que considera definitiva: aceptar el tratamiento de su colega, pero tomando previamente la precaución de sellar los vendajes para que no fueran levantados.
Al cabo de quince meses de estudio, el doctor Romanelli se decide a redactar un informe. Textualmente dice así: "Las lesiones que el Padre Pío tiene en las manos están cubiertas de una ligera membrana de color rosáceo. No existen ni puntos sanguinolentos, ni hinchazón, ni reacción inflamatoria de los tejidos.
Tengo la convicción, e incluso la certeza que estas llagas no son superficiales. Oprimiéndolas con mis dedos he notado un vacío que atraviesa todo el espesor de la mano.
No he llegado a verificar si apretando com más fuerza llegarían mis dedos a encontrarse, ya que esta experiencia, así como toda presión provoca un dolor agudo en el paciente.
Sin embargo le he sometido a esta prueva penosa repetidas veces por la mañana y por la tarde, y me veo obligado a confesar que siempre he obtenido los mismos resultados. Las lesiones de los pies presentan idénticas características que las de las manos; pero no he podido hacer la misma experiencia a causa del espesor del pie.
La herida del costado es una incisión neta paralela a las costillas, de una longitud de siete u ocho centímetros, atravesando tejidos inconsistentes, de una profundidad difícil de averiguar y que sangra en abundancia. Esta sangre tiene todas las características de la sangre arterial y los labios de la llaga evidencian que no es superficial.
Los tejidos que rodean la lesión no presentan reacción alguna inflamatoria y son sensibles a la menor presión. Durante quince meses he hecho cinco visitas al Padre Pío y, aunque he notado algunas modificaciones, no he logrado dar con la fórmula clínica que me autorice a clasificar estas llagas".

Mientras tanto, el doctor Bignami no lograba hilvanar sus ideas ni vencer su estupor. Las curas radicales aplicadas a su "enfermo" no producían efecto alguno; las llagas se mantenían "sin infectarse jamás y sin la menor supuración". Humillando al Padre lo sometieron a exámenes clínicos buscando cualquier clase de explicación científica. Pero ante las exploraciones del doctor Bignami huía como por encanto cualquier clase de enfermedad. Hasta sus antiguas afecciones pulmonares habían desaparecido sin dejar rastro. El doctor Bignami no lograba encontrar huella alguna de enfermedad orgánica, física o nerviosa. Mas las llagas seguían abiertas y limpias, manando sangre con frecuencia y perdiendo a los médicos en el galimatías de sus deducciones.
Por fin, llegó el doctor Festa, hombre digno y de carácter profesional, aunque con su natural desconfianza inicial. Este prescindió del Padre como problema aislado para estudiarlo íntegramente, como ser vivo. Y tras un minucioso y objetivo informe, que tuvo la virtud de despejar las prevenciones del Vaticano, acabó reconociendo que "este género de lesiones escapa a la ciencia".
El Padre Pío pierde aproximadamente un vaso de sangre diario. La llaga del costado sangra en tal abundancia, que se ve forzado a cambiarse de vendaje continuamente, vendajes que él mismo lava y que el Santo Oficio ha prohibido distribuir entre los fieles.