PRIMERA PARTE

(Renacer)

N'DJILI


Faltaban pocos minutos para que el avión aterrizara en el aeropuerto N'Djili, en Kinshasa, capital del Zaire. Y digo con sinceridad, mi emoción era enorme. Casi incontrolable.
Apoyé mi rostro contra la ventanilla de la aeronave. Afuera llovía copiosamente. A través de las nubes, en el descenso, un gris pero cautivante paisaje de tupida vegetación me deslumbró. La naturaleza africana ante mi vista. A mis pies. Misteriosa. Atractiva. No llegué a observar, desde mi puesto estructura urbana de altos . Predominaban las viviendas precarias, de techos con chapas y paredes descoloridas delatando deterioros de vieja data. La lluvia caía sobre ese escenario implacablemente. Era el 25 de diciembre de 1992, cerca de las siete de la mañana.
Muy pronto el pájaro de acero de SABENA carreteó sobre la pista. Cerré los ojos y reflexioné. Estaba feliz pero repentinamente me invadió una extraña sensación de angustia, de soledad. Y esto no estaba en mis planes. Mi reacción tenía que ser contraria. Venía de cumplir un cansador y prolongado itinerario de vuelo y no había mejor acontecimiento que haber arribado a destino. Pero igualmente sentí una opresión en el pecho que me tumbó sobre la silla por un tiempo prudencial.
A mi alrededor, el pasaje jugaba una verdadera carrera por alcanzar la primera posición en el abandono del transporte. Cada uno buscaba abrirse camino a empujones como atraídos desde el exterior por un poderoso imán. Comentarios, risas, rostros escrutando por las ventanillas.
Gente ajena a mis pensamientos; ajena por completo a mi emoción de estar allí, precisamente en la entrada de Kinshasa, viviendo los instantes previos a mi reencuentro con mi amigo y hermano espiritual Giorgio Bongiovanni que estaría acompañado de hombres y mujeres a los cuales ansiaba nuevamente abrazar muy fuerte. Fue cuando opté, casi automáticamente, por accionar mi grabador para escuchar la melodía compuesta por mi amigo Giuseppe Vitulli.
La cinta fue entregándome la composición armoniosa y recobré el ánimo. Toda mi angustia se esfumó al instante y me dispuse a plegarme a la larga fila de viajeros, que ubicados en el pasillo del avión, aguardaban turno para ganar terreno en la terminal N'Djili.
Mi amigo Renzo Franchelucci, alguna vez me había advertido sobre las tensiones que le tocó vivir en el aeropuerto al que acabábamos de aterrizar durante su primera visita al Zaire. Y en verdad no eran muy alentadoras que digamos. Por eso, la ansiedad por sortear de una buena vez el
trámite, se adueñó de mí de manera sorprendente. Llevando mi valija de mano colgada de mi hombro fui desplazándome por el pasillo del aéreo y, cuando menos lo pensé, ya me encontraba descendiendo por la escalerilla de la máquina con dirección a una pequeña camioneta que nos aguardaba bajo la intensa lluvia. Levanté la vista, y el espectáculo, a primera mano, no era diferente al de otras terminales aéreas. Sin embargo, luego supe que la realidad habría de ser muy distinta.
Confieso que me hallaba algo inquieto respecto a lo que habría de acontecer a mi ingreso a la sala de arribos del aeropuerto y en mí aumentaba el deseo de identificar, si acaso en la terraza del edificio al que me iba aproximando, a algunos de mis amigos que sabían de mi llegada. Estimé que Juan Martíns no fallaría a la cita.
Hoy reconozco que emocionalmente experimenté un fuerte impacto no bien atravesé el umbral de la principal puerta de acceso a la sala. Allí estaba, con una mano sosteniendo mi pasaporte y con la otra mi valija de dimensiones pequeñas, siendo rodeado por seis o siete hombres -presumí funcionarios de la terminal- que no dejaban de pedir compulsivamente nuestros pasaportes.
Los viajeros nos sumergíamos así, en una verdadera escena de caos, tensión e incertidumbre. En un instante mi documentación me fue arrebatada. En el gentío, soldados de uniforme verde oliva armados a guerra nos observaban celosamente. Avancé hacia las entrañas de la instalación y de pronto, cuando mi desazón llegaba a su punto límite, pude ver entre el gentío del salón principal, por detrás de unas rejas, el rostro de Juan Martíns y luego el de María Milesi. Lanzaron al aire un efusivo saludo. Mis brazos respondieron. Nuestros rostros, henchidos de felicidad se enfrentaron en la intimidad, desafiando ese "circo" de burocracia y de prepotencia. Fue nuestro primer contacto en medio del infierno en N'Djili, en la capital del Zaire actual.



Diez horas antes de mi arribo a N'Djili, recuerdo que estaba sentado en el Aeropuerto de Bruselas aguardando los minutos previos al embarque, con destino a Kinshasa en el vuelo 555 de SABENA, cuando se me acercó una mujer negra, de aspecto provocativo. El rostro, maquillado y bien parecido. En un perfecto francés y respetuosamente, formuló una tímida interrogante:
- Monsieur, ¿porte vous une valise?
Me miró fijamente; un dejo de sorpresa me sacudió. Enseguida reaccioné. Y en el mismo tono me manifesté afirmativamente. Y allí sobrevino la verdadera esencia de su comportamiento.
- Disculpe. Pero su equipaje debe pesar menos de 30 kilos. ¿Tendrá algún inconveniente en embarcar dos valijas mías a nombre suyo?
Enseguida me explicó que las autoridades de SABENA solamente admitían por persona un embarque máximo de 30 kilos. Era obvio que mi limitado equipaje visible a todos en la sala de la terminal había sido meticulosamente observado. Y lisa y llanamente de todos los viajeros allí presentes, prontos a partir al Zaire, la opción más clara para solucionar su problema era yo .
No sabía quién era y hasta ahora, su nombre que me lo dijo una sola vez, lo olvidé totalmente. Admití a su requerimiento. Me agradeció muy atentamente y cuando llegó mi turno para despachar mi equipaje, la dama se sumó al trámite simulando ser "mi acompañante".
Más tarde, en ese caos que era el aeropuerto N'Djili, "mi acompañante" no daba señales de vida y mis temores comenzaron a perturbarme.
Me hallaba algo desconcertado, saludando a la distancia a Juan Martíns y a María Milesi, cuando un joven negro, alto, portando un pequeño portafolios se me acercó y me tomó del brazo. Por mi cabeza pasaron miles de cosas. ¿Quién era ese joven? Apenas le entendí que venía de parte de mis amigos. Me introdujo en la sala abriéndose paso a empujones. Soldados armados y pasajeros confundidos con maleteros y aduaneros conformaban la escena en ese tinglado infernal.
Luego de discutir por unos minutos con un funcionario, el joven y yo dejamos la sala y pasamos a otra en la que podía ver la cinta transportadora de equipajes. Y mis ojos allí, buscaron afanosamente a "mi acompañante". Era prioritario ubicarla porque ella poseía adherido a su pasaje el comprobante de mi única valija.
Gritos, insultos y órdenes se oían por doquier; y de pronto girando mi cabeza hacia la salida los vi acercándose. Mi emoción fue enorme. Con su tradicional chaleco rojo y llevando una agenda en sus manos la ágil figura de Juan Martíns fue ganando terreno en el salón hasta que finalmente en un solo grito de emoción nos abrazamos muy fuerte.
- ¡George... George. Hermano. Ya estás con nosotros!
Juan Martíns, luego del abrazo al verme inquieto, me preguntó cuál era el problema. Con prisa abracé a María Milesi y expliqué que mi pasaporte había sido retenido, que mi equipaje no aparecía en la cinta transportadora, como así tampoco "mi acompañante" de provocativos atuendos.
Sin pérdida de tiempo, con el joven del portafolios nos instalamos ante la cinta buscando mi valija. Y Juan Martíns se puso en campaña para recuperar mi pasaporte.
-Estos tíos, quieren tela... lo que buscan es tela. George, esta gente está muerta de hambre y buscan de todas formas sacarte dólares. Ten calma que ya recuperaremos tu pasaporte...
-Monsieur, Monsieur, je suis ici,- escuché tras de mí. Al voltearme, estaba allí. Sonriente. Mi "acompañante" inclinó su rostro en gesto de atención al tiempo de entregarme el comprobante de mi valija. Todos mis malos pensamientos relativos a esa mujer se dieron de bruces contra el suelo. Debí haberle pedido disculpas pero no lo hice. Sin dejar de apretar mi bolsa de mano contra el cuerpo, tomé mi comprobante y la saludé con un "merci" a secas. Al segundo pensé abrir nuevamente el diálogo pero la mujer desapareció, devorada por el gentío.
Las valijas, una y otra vez desfilaban por la cinta.
Hasta que por fin avisté la mía. La tomé. Ahora faltaba recuperar mi pasaporte para definitivamente librarnos de toda esa situación que me estaba ya exasperando.
-¡Por acá, vengan por acá!, gritó Juan Martíns. Lo seguimos. Otra vez nos zambullimos entre la muchedumbre.
-George ¿a quién le diste tu pasaporte?- me cuestionó Juan Martíns. Tuve la fortuna de tener siempre en mi mente el rostro del hombre que se hizo de mi documento. No podía estar muy lejos . Y efectivamente lo encontré muy próximo a nosotros sosteniendo varios pasaportes. Estaba enfurecido. Hacía ademanes e iba de un lado a otro. Decía cosas que yo verdaderamente no comprendía.
Juan Martíns y el joven del portafolios lo interceptaron. Con María Milesi nos quedamos quietos allí cuidando celosamente mi equipaje. Nuestros amigos se perdieron dentro de una oficina. De pronto Juan Martíns salió corriendo hacia nosotros.
-George, dame tu pasaje de regreso, lo quieren ver.
Con el billete retornó hasta la pequeña oficina. ¿Qué habría de suceder ahora? María me relató que la situación en Kinshasa era muy grave y que cuando ella llegó, días antes, tuvo el infortunio de ser detenida cerca de una hora en un calabozo. La acompañaba Luis Saldaña. A ellos también les quitaron el pasaporte y les increparon duramente sobre una máquina fotográfica que Luis llevaba, confundiéndolo con un periodista.
-Es que no quieren a los periodistas- me apuntó María. La pasamos muy mal. Por eso te vinimos a esperar. Fíjate que Luis tuvo que darles unos 500 dólares para que nos liberaran.
¿Qué ocurriría si detectaban mi profesión? ¿Algunos de aquellos desorbitados soldados o funcionarios sabría leer castellano? En mi pasaporte decía claramente que yo era periodista.
Hablando con María, mis ojos no dejaban de mirar atentos la oficina donde Juan y el joven definían mi futuro. Hasta que por fin los vi salir. Apurados.
-Lo tengo George, lo tengo, ahora vamos a salir de aquí. Como me lo confirmaron después, unos dólares fueron la llave para la recuperación del pasaporte. Faltaba aún sortear el escollo de la aduana.
Nos acercamos a un rudimentario mostrador, casi a ras del suelo. Una mujer negra con uniforme militar, revólver al cinto secundada por otros dos soldados nos miró despectivamente. Sin desprenderme de mi valija seguí atentamente los movimientos de Juan. Con un gesto la mujer militar me indicó que colocara mi equipaje sobre el mostrador.
Y casi simultáneamente Juan le entregó unos dineros. Yo creo que ninguno de nosotros sabía exactamente qué estaba aconteciendo a nuestro alrededor. La preocupación mayor era dejar ese lugar lo más pronto posible. Por eso no reparamos que a corta distancia un oficial con casco blanco y metralleta al hombro nos estaba observando atentamente. Más tarde él personalmente se ocuparía de recordárnoslo.
La militar nos sonrió socarronamente e hizo un ademán a sus dos colegas detrás suyo para que no se revisara mi equipaje. Pensamos que había concluido el trance.
Los cuatro, haciendo comentarios banales comenzamos a ganar el pasillo buscando la puerta principal. Contentos. Hasta que sobrevino la sorpresa.
-¡Atenttion!... ¡Atenttion!
El oficial estaba descolocado; totalmente fuera de sí. Con sus manos tomó del brazo a Juan Martíns dando órdenes a otros soldados para que nos detuvieran. Despotricando señaló con su arma mi equipaje.
Un minuto después gritó a los cuatro vientos, escandalosamente, que no se había abierto mi valija y que nos dirigiéramos hacia el mostrador.
Obedecimos. Juan Martíns luchando consigo mismo para no perder la calma caminaba protestando por la situación. No hubo caso. La prepotencia del militar venció. Y nuevamente nos detuvimos frente a esa mesa de donde minutos antes habíamos salido victoriosos.
Saqué la llave del pequeño candado. Lo abrí. El oficial murmurando en francés se metió de cabeza en la valija.
Sus torpes manos dieron vuelta mis ropas y en sus ojos pude apreciar su frustración. Quedó desconcertado. Con rabia hizo un gesto extraño y quienes lo rodeaban se apartaron. Toda la soberbia de apenas unos instantes había quedado hecha trizas.
No teníamos más nada que hacer allí.
A paso ligero y abrazándonos salimos triunfantes de la sala de arribos de la terminal N'Djili.