SEXTA PARTE

(El Compromiso)


KINSHASA, NAVIDAD DEL '92


El Zaire es un país rico, en todo el sentido de la palabra. La Naturaleza le ha dado atributos minerales que perfectamente podrían ser el cimiento de una nación floreciente. Pero nada de eso ocurre. En la República del Zaire, hoy por hoy, la población padece hambre.
Millones de habitantes están sometidos al poder de un hombre desde el año 1965. El "todopoderoso" allí, es Mobutu Sese Seko. Tiene más de 65 años y en su tierra natal ha cobrado triste fama de personaje "despiadado", siendo sostenido en el gobierno a través de la violencia, de la intriga y de toda forma de avasallamiento de la libertad individual y de la vida.
La economía del Zaire está protagonizando un período literalmente catastrófico. La inseguridad en las calles de Kinshasa no es un slogan sensacionalista. Es una realidad cruda y directa.
El Zaire es un país con todas las condicionantes naturales para ser poderoso y dotado de una economía próspera, pero ahora es sinónimo de ruina. Su gobierno se esmera en desmantelar la dignidad de su pueblo, y el hombre de la calle, siempre tiene motivos para lanzar su dura queja contra el dictador Mobutu.
El zaireño no es exigente en cuanto a comodidades. Es sencillo, pero hoy está hambriento, desprotegido, desamparado. Viviendo en una urbe sin saneamiento, donde las edificaciones precarias y ruinosas abundan, contrastando con ciertas construcciones del centro y suburbios de la ciudad, en su mayoría edificios comerciales de compañías extranjeras, residencias diplomáticas y un hotel de lujo desproporcionado denominado "Intercontinental". Una pincelada europea incrustada en una ciudad azotada por el abandono, provocado por un gobierno déspota y egoísta.
Por día mueren cien personas. El SIDA, el hambre y otras enfermedades van diezmando a los habitantes de una región del Africa, fiel reflejo de un continente azotado violentamente por calamidades de todo tipo, muchas de las cuales el propio hombre es el responsable.
En otrora, la ciudad de Kinshasa, hoy capital de la República del Zaire, no era otra que la denominada Leopolville, escenario de violentos episodios en los comienzos del año '60, cuando la zona era aún el Congo Belga. Escenario en el que Patrice Lumumba, el líder independentista congoleño fuera asesinado misteriosamente en la jornada del 17 de enero de 1961 truncándose así una revolución justa promovida por él, para liberar a su pueblo de intereses extranjeros perjudiciales para la naciente nación. Intereses que aún persisten.
En los finales del '92 y comienzos del '93 el Zaire vive momentos muy convulsionados. Un Consejo del Pueblo, ha elegido diputados y ha dicho basta a las medidas del dictador; el Primer Ministro Tchisekedi es el nuevo líder que aboga por los intereses populares, gestionando para que ciertos derechos de esa nación no sean cercenados descaradamente. Pero la violencia ya ha introducido en los últimos meses su carta de presentación.
Atentados, muertes en marchas pacíficas de protesta contra el dictador, desaparecidos, hambre, represión, falta de libertades, censura de la prensa.
Una nación viviendo la antesala de una guerra civil; con una clase militar dividida. Asediada igualmente por el hambre. Desconforme y harta de ser manipulada por el poderoso Mobutu a quien poco le importa entregarla a los brazos de la mendicidad.
Mendicidad que transforma al soldado en un peligro constante; en un hombre armado, agresivo, que ya no sabe diferenciar entre su función natural y la arbitrariedad. Las fronteras de la cordura van desvaneciéndose lentamente en perjuicio de un pueblo sobreviviendo en un verdadero caldero.

Dejamos atrás el aeropuerto de Kinshasa en un auto de alquiler.
Continúa lloviendo y yo no paro de preguntar sobre la inquietante situación de la ciudad. Juan Martíns y María Milesi me hablan de las tensiones de los últimos días. Me hablan de él. De Giorgio. Que nos aguarda en el hotel lindero al edificio de la televisión del Zaire.
Mis ojos se fijan en las entrañas de una ciudad que enfrenta violencias de todo tenor. Y en medio de esas violencias un instrumento del Cielo, desde hace días, en misión de paz.
-Bueno mira, relató Juan Martíns. Aquí Giorgio está haciendo una labor maravillosa. Le ha dicho al dictador Mobutu que debe ayudar a los que están sufriendo. Le ha dicho que debe ser justo y que si no obedece los deseos del Cielo será juzgado por Dios. Una amonestación dura. Salió todo por televisión, Georges, ha sido fabuloso.
De Giorgio se puede esperar cualquier cosa y más aún cuando se trata de la humanidad. O mejor dicho cuando se trata de luchar por valores de amor, de justicia y de paz.
Un luchador por la paz, lo fue antes de recibir los estigmas, lo fue con ellos y lo sigue siendo. Por eso las novedades de Juan Martíns no causaron mi asombro. Ese hombre, que me había mandado a buscar para que testimoniara sobre lo que estaba realizando en ese convulsionado punto del planeta, actuaba coherentemente.
Giorgio, en Kinshasa, era pues, a esa altura de los acontecimientos un símbolo de esperanza para millones de personas.

El edificio donde nos alojábamos estaba celosamente custodiado por personal militar fuertemente armado.
Nuestro automóvil ingresó a las instalaciones del hotel y descendimos. Hacía calor.
Giorgio aún permanecía en su habitación.
Me fui reencontrando con los demás integrantes del equipo, Luis y Dorita, Manú y Mara. Enseguida Renzo. Todos emocionados de volver a verme.
Nos vinieron a avisar que Giorgio nos reclamaba.
Entré en la habitación donde se hallaba padeciendo los efectos del prodigio. Y allí estaba, con las manos, los pies y el costado sangrando.
Su cara se iluminó. Me acerqué a la cama y lo besé acariciándole la frente y las manos. Intercambiamos algunas palabras y me reiteró sobre lo difícil de la situación pero enseguida apuntó:
-Georges... non ti preoccupare... Todo marchará sin problemas.
Sus palabras infundían seguridad y la certeza de que el Cielo nos protegería en caso de que estallara una revuelta general, como acababa de acontecer días atrás, siendo el saldo de ese incidente -entre manifestantes pacíficos y fuerzas militares- de ocho muertos y un número indeterminado de detenidos.
De todas maneras, cada paso tenía que ser dado con cautela. Y Giorgio esto lo sabía muy bien. Como también sabía que él no se iba a dejar condicionar y continuaría con la divulgación de su mensaje.
Mara le fue secando la sangre de sus manos y atendiendo otros menesteres. Yo fui a instalarme. Allí quedé conversando con mi compañero de cuarto: Juan Martíns.
Cuando retornamos a la habitación de Giorgio, estaban ya nuestros hermanos del Arca de N'Djili y agentes de Camerún y el Congo.

El pueblo está sufriendo todo tipo de penurias. Se lo dicen a Giorgio, los hermanos del Congo, allende el río del mismo nombre. Una mujer con las lágrimas brotando de sus ojos, como torrente de dolor y de impotencia, confidencia a Giorgio las dificultades de sus hermanos.
Sangrando Giorgio escucha atentamente la traducción que hace María Milesi, más conocida como la "Mamá" del Africa. Una mujer que se ha entregado a la Obra con dedicación admirable, que seguramente el Cielo reconocerá como corresponde, por tan noble alma.
La paciencia del justo no conoce límites. Está sufriendo los dolores en sus carnes pero igualmente consuela a quienes se liberan de sus tensiones y de sus condicionamientos para entrar en sintonía con el Cielo.
Una Virgen negra elaborada con piedras del volcán Etna Giorgio entrega a sus hermanos del Congo, como un presente de Eugenio Siragusa. Un hombre se inclina emocionado y le besa la herida del costado.
-Esperadme, esperadme... con fe y paciencia porque yo los visitaré, dice Giorgio a los hermanos del Congo. Y cuando yo escuché esa promesa supe perfectamente que la cumpliría. En un salón de la planta baja del hotel, los hermanos del Arca de Kinshasa reciben a Giorgio con profunda devoción. Es la primera vez que los veo a todos juntos. Niños y jóvenes, que han despertado del letargo en el que se hallaban sumidos.
Giorgio, acompañado por Nsimba y Szuzi Tona, hermanos gemelos entre sí, vive con sus hermanos un íntimo encuentro semejante al que el Maestro Jesús mantuvo hace dos mil años. Un cántico entonado por todos inunda la sala y Giorgio humildemente comparte con niños y adultos un pedazo de pan y un poco de vino.
La aristocracia espiritual de estos hermanos víctimas de la ignorancia a uno lo hace estremecer. Me siento avergonzado por la civilización de la que formo parte.
El bálsamo que Giorgio es para todos ellos en esos momentos deja entrever que cada paso dado, forma parte de un programa muy preciso que el Cielo ha dispensado para este pueblo.

Esa misma tarde a la puesta del sol, Giorgio ha dado la conferencia pública más significativa de la misión. La concurrencia es considerable en el Estadio de Kinshasa.
Giorgio, siempre traducido por Manú y por un hermano que habla en el dialecto lingala:
-Yo no he venido al Zaire para hacer un favor al Presidente de la República. Yo he venido porque el Cristo me ha mandado para confirmar que Dios, el Cristo, no está con el Presidente de la República.
Los aplausos interrumpen a Giorgio. Luego continúa:
-Ustedes estarían equivocados si tomaran estas mis palabras para hacer una revolución armada. No... la revolución más grande, es primero la espiritual y después la humana... Demostrad con vuestra unión que tenemos razón. Todos tienen derecho a comer, y trabajar. Y este trabajo que yo estoy haciendo ahora lo deben hacer los jefes de la Iglesia, los predicadores, si están verdaderamente con Cristo.
Al caer la noche Giorgio, al que veíamos totalmente conmovido por ese pueblo, parte del cual lo escuchaba atentamente, finalmente cerró la intervención con un significativo anhelo:
-No sé cómo poder abrazarlos a todos ustedes... pero usaré una sola palabra y la diremos todos juntos. Porque esta palabra, tiene primero un valor espiritual y después material. Esta palabra que yo deseo repetir con ustedes es... ¡Liberación! ¡Liberación!...
La muchedumbre gritó esa palabra, una, dos y hasta tres veces. Todos se pusieron de pie saludando a Giorgio quien sorpresivamente se ha inclinado arrodillándose en gesto de sentido y respetuoso saludo. Mujeres y hombres viéndolo en esa actitud levantaron sus brazos en reconocimiento.
Giorgio finalmente les ha dicho:
-Los amo a todos...
La conferencia ha concluido.
Giorgio se dirige al automóvil que le aguarda.
Es evidente que sus expresiones han conmovido a toda la multitud.
Pacíficamente, el justo portando los estigmas de Jesús el Cristo, ha dado un duro golpe a la prepotencia y ha sido reconocido por el hombre común, que ha comprendido su mensaje espiritual con entusiasmo increíble.


Sin embargo, las tensiones en Kinshasa continuaron...
Esa noche, los talleres y la redacción de un diario de la oposición: "Le Pontentitl" fueron objeto de un atentado incendiario por parte de cuatro militares enmascarados. No hubo lesionados, pero cientos de personas quedaron sin trabajo porque las pérdidas resultaron totales.
Giorgio se desespera por lograr que su mensaje sea oído. La prensa, con las limitaciones propias de una dictadura ha difundido igualmente los conceptos del estigmatizado.
En diálogo con periodistas ha dicho:
-Esta misión en el Zaire, país que visito por segunda vez, es en estos momentos muy importante porque se trata de ayudar a la liberación de un pueblo que virtualmente está sometido a la esclavitud. Ver a este pueblo soportando hambre, miseria, carencias de todo tipo y ver al mundo actual sufriendo guerras en todas partes es la prueba evidente de que no hemos aprendido nada de un hombre llamado Jesús, que hace dos mil años nos dijo que amáramos al prójimo como a uno mismo. Pero nada de eso ha pasado. Aquí en el Africa este pueblo ya ha sido perdonado por el Cielo y yo he venido para dar el mensaje de Jesús y advertir y recordar a los hombres de gobierno y a los jefes religiosos, que Dios los juzgará primero a ellos.
Con un dinamismo que hasta ese momento no había vislumbrado en Giorgio, éste puso mucho empeño en dialogar con políticos e inclusive con gente de gobierno.
Los contactos se dieron y en ellos fue tan transparente como lo es con todos; como lo fue ante las cámaras de televisión; o en el estadio.
Hasta que llegó el momento de nuestra partida.
Nuestros hermanos del Arca de Kinshasa se han concentrado en las puertas del hospedaje.
Nsimba, Nzuzi, Patty, Kinsala, Nkunku, y muchos más; y los niños; la esencia de todo el esfuerzo desplegado por Giorgio Bongiovanni, que interiormente, lo estimo en sufrimiento, por abandonar a sus hermanos del Zaire.
Mi avión tiene marcada la salida para las 23:00 horas. Giorgio y los demás, tienen su partida prevista para una hora después. Viajaremos separados.
-Georges, te irás tú primero al aeropuerto. Te llevará Patty. No te preocupes, él te ayudará para que embarques sin problemas. Luego nos veremos en Bruselas- me dice Juan Martíns.
Miro a mi alrededor y la emoción va haciéndome un nudo en la garganta. Me despido de todos mis hermanos de Kinshasa.
Voy a despedirme de Giorgio y él me desea un buen viaje y me consuela.
-Georges, tranquilo, no ocurrirá nada. Luego nos veremos en Bélgica...
Lo abrazo muy fuerte.
Luis y Dorita están emocionados; también Renzo.
María Milesi y Mara me desean un buen viaje, igual que Manú.
El transporte está aguardándome. Patty me llama: -Georges, vite, vite...
Miro a mi alrededor y todos están con las manos levantadas.
Me ubico junto al chofer.
Patty a mi lado da la señal al conductor y salimos de prisa.
Y mientras nos alejamos, en mi memoria resuena un cántico en lingala, que mis hermanos entonaron esa tarde. Comienzo a tararearlo.
Patty se ha dado cuenta que las lágrimas me bañan el rostro y me abraza muy fuerte. También está emocionado.
Fuera del vehículo, la oscuridad reinante y la pésima iluminación de los caseríos dan cuenta del caos en el que se vive.
Y el viaje hasta la terminal N'Djili se hace interminable.
A duras penas para no romper en llanto, sigo tarareando la canción en lingala y me desespero por no poder hacer más por mis hermanos africanos, que sé, quedarán allí abrazados por la incertidumbre y la desazón.
Llegamos al aeropuerto.
Nos rodean soldados y gente ofreciéndose como maleteros.
En la sala de los controles aduaneros el gentío es impresionante. El mismo desorden que había a mi llegada.
-Georges... por acá, por acá- me dice Patty tomándome del brazo. Se abre camino lidiando con muchos. Hasta que por fin me ubica frente a los mostradores de SABENA, donde una cuerda oficia de barrera.
-Georges, pasa allí y no tendrás dificultades...
Le hago caso y levanto el cordón para ubicarme mejor. Y cuando giro para abrazar muy fuerte a Patty... ya no está. La marea humana lo ha devorado y me lo ha arrebatado.
Un dolor muy grande me invadió el corazón...
Pero no había que perder tiempo. Los funcionarios de SABENA me aguardan. Despacho mi equipaje y apretando muy fuerte mi pequeño bolso cumplo con otros trámites ante personal militar de Kinshasa.
Temo ser detectado como periodista...
Pero seguramente el Cielo me ha deparado la protección necesaria, porque todo acontece sin dificultades. Me instalo en la sala de embarque. Al cabo de una hora para llegar a la pista revisan mi pasaporte, mis pasajes. Todo en orden. El funcionario, secundado por un militar me autoriza el paso. Camino lentamente y dándome vuelta observo el edificio y en los balcones al gentío apiñado agitando brazos.
No puedo distinguir rostro alguno. Pero siento que allí se encuentra Patty y levanto mi mano derecha y lanzo un efusivo saludo hacia la terraza.
Al pie de la escalerilla un nuevo control de SABENA y de seguridad. Todo sin tropiezos.
Entro al avión y me instalo.
Media hora después la máquina comienza a carretear...
Reflexiono sobre todo lo que me tocó vivir; sobre lo que dejo atrás; sobre Giorgio...
Y apoyando mi rostro contra la ventanilla, en silencioso llanto, miro esa tierra por última vez.