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Cosmo560

Por Francesca Panfili
Cada uno de los instantes del tiempo que vivimos amplifica los valores que tenemos en nuestro interior y revela los proyectos que nuestro espíritu se ha reservado para vivir antes de nuestra encarnación.

La vida en el sendero de Cristo representa una experiencia única, rica de emociones y, sobre todo, de acontecimientos y revelaciones inesperadas. Revelaciones que nacen directamente del cariño que el Padre alimenta por nosotros ya que, a pesar de ser miserables e indignos, en nosotros se anida un sueño. El sueño de aspirar a una meta superior caracterizada por la consciencia, amor, justicia y paz. El sueño de ver cumplidos, también para la humanidad de este planeta, los valores cósmicos transmitidos por el Hijo de Dios y por la Ciencia del Espíritu que Él ha encarnado, explicado y manifestado en cada instante de Su vida.

La ambición del hombre común es contradictoria a las Leyes de Dios. Y nosotros no estamos exentos de las caídas ni de las trampas de una vida sin un objetivo, hecha de alegrías materiales e instantáneas, que a veces surgen del cansancio, pero sobre todo de la ignorancia. Es por ello que la misericordia de Dios siempre nos recuerda cuál es el fin de nuestra misión, dándonos perlas de rara sabiduría que, como un faro, iluminan nuestro camino.

Realizar nuestra eternidad es algo muy difícil si es nuestra mente la que lo hace y si está acompañado por un sentimiento que sigue relegado a un estado inferior de comprensión. Realizar la eternidad con los ojos del espíritu en cambio es un perfume que embriaga el alma y que llena el corazón de conciencia, de esperanza y, sobre todo, de ausencia de miedo. Un sentimiento que se ensaña con nuestros estados de ánimo, que a menudo dependen de una vida que a veces no coincide con lo que desearíamos, pero sobre todo de un mundo que vemos que está chocando contra un muro de implacable sufrimiento. El regalo más grande que tenemos es Cristo y la brújula que más nos puede tranquilizar para no perdernos en el camino es el Conocimiento de las dinámicas humanas y celestes a través de los parámetros de la lógica, del discernimiento y de la fe, o bien, la certeza de que todo se explica cómo fue programado por la matemática solar.

A veces pienso en qué es lo que une la mente que crea los mundos y las estrellas, con el Espíritu que invade el todo y y a quien El todo obedece con sus estupendas geometrías del Ser... estamos formados por la misma sustancia del Padre porque Su pensamiento y el nuestro tienen una filosofía común, que surge de una lógica perfecta que nos guía a pesar de que a menudo no sepamos entenderla.

Lo que más nos une es el pensamiento, el pensamiento creativo al que le damos apenas un pequeño espacio en el lapso de nuestra existencia humana. Un pensamiento y una filosofía que en realidad son la esencia misma de nuestro existir y que todo lo cura. Son el mismo lenguaje que hace que seamos conscientes de pensar por un momento como la Mente volumétrica de quien nos ha dado la posibilidad de descender hasta el mundo de la materia, de sumergirnos en el lodo de nuestras tinieblas interiores para realizar, con nuestros más valientes esfuerzos, la ascención hasta Él. Regresar a Él renovados por la consciencia, enriqueciendo así la diadema de Su inmenso ser, regenerados por un Conocimiento que jamás terminará porque es eterno como nuestros espíritus.

En este proceso de ascención hacia la mente cósmica constantemente recibimos ayuda e instrumentos para comprender lo que nos sucede. Darle espacio a la magia de nuestra libertad sideral a través del pensamiento libre en el ejercicio de la Ley es lo que más nos permite expandirnos a nosotros mismos, no solo en el espíritu y en el alma sino también en el cuerpo, nuestro templo, que se recarga cada vez que puede oír que se habla el lenguaje divino y así honrar al Espíritu Santo que nos ha permitido decir Yo soy, existo, estoy vivo y danzo en medio de la Creación infinita junto a otros espíritus, libres de escuchar y de expresar la filosofía celeste.

Es así como estando ávidos y alegres como las abejas que se preparan para nutrirse de la miel de la vida, nos reunimos para participar de la comunión del Conocimiento, también el primer día del año nuevo. Un nuevo ciclo comienza y para sellarlo con la bendición de Dios, lo honramos poniéndonos al servicio de Su Ley, ofrecida como sello de un pacto antiguo estipulado por nuestro verdadero ser.

Hoy el Padre es especialmente generoso con nosotros y nos da la posibilidad de oír nuevas palabras en relación a la explicación de las dinámicas evolutivas del hombre, en el tiempo en el que se aproxima el día del Retorno de Aquel que con el agua de la vida nos ha curado de nuestra ceguera espiritual y humana.

Pero ¿sabrá la humanidad de esta Tierra beber el agua de la vida cuando la misma se manifieste para realizar el juicio anunciado e instaurar el Reino prometido? Hoy hemos sabido que en ese instante no todos aceptarán la llegada del Hijo de Dios. una vez más la mayoría de la humanidad renegará de Su naturaleza divina y desconocerá a este Ser que vino en las nubes del cielo acompañado por otros seres de dimensiones superiores. En ese momento, nuevamente, se tendrá que manifestar la elección humana y evolutiva de cada uno.

Ese día habrá quienes recibirán al Cristo de Dios, mientras quienes hayan elegido servir al mal seguirán perseverando en esa nefasta decisión. Todos los demonios manifestarán su íntima naturaleza e intención, despreciando y persiguiendo de nuevo a Cristo, definiéndolo como una creación artificial de las grandes estructuras de poder. Una quimera y una marioneta de un fantasmagórico orden mundial.

Los perseguidores de Jesús escupirán de nuevo a la cara al Hijo de Dios, incitarán a las multitudes para que Lo traicionen, inventando atroces invasiones de fuerzas alienígenas negativas, provocando conflictos, hasta incluso nucleares, con tal de destruir al Rey del Universo. Un Rey que finalmente mostrará Su poder al mundo junto a Sus Ángeles que Lo acompañarán para protegerlo de las acciones demoníacas de la humanidad corrupta.

En los días del juicio la mayoría de los poderes de la tierra hará todo lo posible para disuadir a quienes hasta ese momento hayan estado a Su servicio con dedicación y valor. El Hijo de Dios dejará que estas dos facciones opuestas se expresen, contrariamente a lo que ocurriera hace dos mil años, la mente de los asesinos de la vida que atenten en Su contra. Por lo tanto el juicio, para quienes han elegido el mal, se transformará, por lo tanto, en un intento de persecución en contra del Ser más grande del Universo que en esos días mostrará toda Su naturaleza divina para revelarse al mundo, resucitando a los muertos y curando a los enfermos. Por lo tanto, cada uno será absolutamente consciente y se podrá cumplir la profecía.

Es decir que los hipócritas y los asesinos harán de todo para desprestigiarlo y eliminarlo. Hasta incluso algunos se proclamarán los líderes de la “revolución” en contra de los poderosos que engañarán a las multitudes con un truco hollywoodense proyectando en las pantallas y en las conciencias del mundo a un impostor que viene del cielo.

Nosotros, que hemos conocido de antemano este proyecto, debemos mantenernos fuertes y seguir defendiendo al Señor con toda nuestra determinación. Nosotros, que hoy conocemos piezas importantes del mosaico que Dios ha proyectado para el mundo, no debemos perdernos en el mar de nuestras miserias. Tendremos que seguir resistiendo porque frente a nosotros se presentará ese Dios al que siempre hemos amado y deseado, la maravilla más grande de la Creación, la emanación más poderosa y mayor del Padre, que únicamente con Su presencia hará que nuestros corazones se vuelvan locos por el incontenible amor.

Serán muchos los que se opondrán a Cristo y que harán de todo para impedir que se manifieste el nuevo Reino en la Tierra, pero todo intento de oposición será en vano y ridículo con respecto a la profecía que el Padre ha reservado para el mundo.

Quienes tengan la gracia de surcar la Tierra prometida experimentarán plenamente lo que es una dimensión de felicidad y alegría en la que se vivirá en absoluta sintonía con el lenguaje de Dios. En el Nuevo Reino prometido cada uno realizará su eternidad y recibirá la respuesta a todos los interrogantes imposibles de responder que, en la naturaleza humana, generan sufrimiento y tristeza, como el de la muerte.

El largo período de experimentación garantizará a todos los seres humanos que puedan vivir sin enfermedades, ni cadenas materiales como el dinero, encarnando en ciclos de vida que durarán mil doscientos años. Se comprenderá plenamente el significado de la muerte. La muerte ya no será más que una larga y lenta expiración que separará al alma de esa vida que está viviendo para luego volver a regocijarse con una larga inspiración de amor en un nuevo habitáculo físico. No habrá funerales, no se representarán tragedias, ni habrá lutos incompletos. Todo rebosará del amor de Dios que se manifestará en una transición leve y veloz, como cuando uno se cambia de ropa.

Tener la certeza de la eternidad del espíritu y aplicarla en cada ámbito de la existencia humana nos permitirá mantener todas las memorias y los recuerdos de lo que habíamos comprendido hasta ese momento. El hombre del Nuevo Reino finalmente comprenderá cuán inútiles son la explotación, el odio, los celos, la envidia, porque el único desafío que estará permitido será el que ocurra pacíficamente en el plano del pensamiento y de las ideas con las que se podrá confrontar en armonía.

Entonces comprender la eternidad equivaldrá a entender una perenne condición de libertad y felicidad que colmará a cada una de las criaturas vivientes. Los hombres que hayan demostrado que respetan la Ley de Dios y que por encima de todas las cosas aman a Su Hijo Jesús recibirán como regalo la capacidad de saber leer las lógicas de Sus proyectos.

Cristo dará nuevos ojos para descubrir cuál es el secreto de la existencia y para vivir en la alegría del espíritu eterno a quienes hoy actúan en Su nombre y según Sus valores.

Así será como los elegidos que entren en el Reino prometido entenderán que cada hombre es la morada de Dios. Finalmente comprenderán que son eternos porque experimentarán la veloz caducidad de un proceso llamado muerte.

El binomio felicidad y eternidad se convertirá en el ritmo que caracterizará cada instante. No se percibirá la sensación de la vida eterna sino que se vivirá profundamente como en señal de una renovada unión con lo Absoluto.

Finalmente se entenderá lo que ya ha vivido un sabio de este tiempo, en una larga playa de un lugar a la orilla del mar. En ese momento era de noche. No había luces que encandilaran en el horizonte y el mar era como una tabla que hablaba del infinito y de la paz. El hombre se encontraba allí porque tenía una cita muy importante, o quizás por una inspiración que había recibido en el silencio de su corazón. De repente se le apareció un ser. Una maravillosa criatura que demostraba todo su alto nivel espiritual emanando una luz que salía de su cuerpo y que iluminaba todo el espacio que lo rodeaba. En el fondo se escuchaba el ruido calmo de las olas del mar y se sentía el olor de la brisa de una noche de verano. Entonces el Ser le dijo a este hombre que desde hace tiempo lleva los Signos de Cristo: “Ha llegado el tiempo de que comprendas cuando hablas con nosotros de que ningún lugar es lejano. Ningún lugar es lejano porque nosotros siempre estamos dentro de ti y tú siempre dentro de nosotros”.

Ningún lugar es lejano para quienes aman la Creación y creen que el Espíritu Santo la invade en cada una de Sus manifestaciones espirituales y humanas.

Ningún lugar es lejano cuando percibimos en nuestro corazón la sensación del furor cósmico y el amor de los Seres de luz que nos acuna con sabiduría y protección.

Ningún lugar es lejano cuando observamos el milagro de una nueva vida que ha nacido, que también se repite en mundos lejanos pero que están hermanados con nosotros a nivel espiritual.

Ningún lugar es lejano porque Dios nos ha dado la gracia del Conocimiento y nos está mostrando el alba de un Nuevo Reino.

Ningún lugar es lejano y Dios tampoco lo es, cuando en la comunión, en la unión y en el amor, sabemos manifestar Sus valores.

Ningún lugar es lejano, ni siquiera en el momento de la liberación del yugo del mundo.

Ningún lugar es lejano, ni siquiera en el más remoto de los Universos, cuando nuestros espíritus guiados por la filosofía cósmica superan el infinito y recorren los lugares más recónditos de la mente divina.

Ningún lugar es lejano cuando comenzamos a manifestar nuestra esencia para reflejarnos en las aguas de la vida admirando la profundidad de nuestra existencia.

El amor nos llevará más allá del límite de un mar sin playa para que nademos y nos perdamos en la Eternidad.

Me subiré a las olas de Tu amor en un mar llamado vida.

Existiré en los pliegues del tiempo porque habré contemplado la eternidad.

Revolotearé como un color de la aurora cada vez que mi espíritu comprenda la sagrada enseñanza.

Cumpliré con todas las antiguas promesas cinceladas en la roca de la montaña sagrada, impaciente por volar como un águila al nido prometido del imperio solar.

Dejaré cada una de mis partes para convertirme en un contenedor consciente de la voz de Dios.

Meditaré sobre las melodías de Seres superiores y me convertiré en una sabia amiga del hombre en sintonía con las estrellas.

Reconoceré a Dios en cada íntimo átomo de la Creación y recorreré los cielos junto a mis hermanos que me enseñarán el amor del Conocimiento y la libertad de pasar a formar parte del Todo.

Viviré en la armonía del Cosmos y comprenderé que ningún lugar es lejano.

De la misma forma que el Sol da la vida mi espíritu se convierte en el aliento que animará y despertará a cada uno de los seres con los que me encuentre a lo largo del camino.

Los ojos de Dios pasarán a ser los míos y junto a Él expresaré mi brisa creativa modelando como lo hace el viento el rostro de la montaña.

Brindaré sonrisas de amor y dibujaré flores que tendrán el olor de los mundos lejanos en los que la armonía del todo tiñe el infinito.

Así habrá unión. Así será mi meta. Así será nuestra llegada porque la boca de Dios nos ha dicho: “Lo que está en mi también está en vosotros, hijos”. Ahora pequeños e indignos pero ya proyectados en la eternidad hacia majestuosas dimensiones aún inexploradas en las que todo es amor y maravilla.

Con amor

Francesca

3 de Enero de 2018

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