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foto FlavioDEL CIELO A LA TIERRA

HE ESCRITO EL 3 DE MARZO DE 2017:

MI AMIGO Y MAESTRO FLAVIO CIUCANI. ¡LA VERDAD! QUÉ MAGNÍFICA PALABRA PARA QUIENES LA SABEN ENTENDER.

LEED, MEDITAD Y DEDUCID.
EN FE
G. B.
En viaje hacia Sudamérica
08:37 hs.

 

Mensaje adjunto:
02-02-17 Los judas, servidores de Dios, que traicionan la verdad    
 

Es mejor obedecer a Dios que a los hombres
Por Flavio Ciucani

(En relación a lo escrito por Giorgio Bongiovanni el 2 de Febrero de 2017 bajo el título “Los judas servidores de Dios, que traicionan la verdad”).

He leído mucho y he estudiado sobre las apariciones, he asistido a numerosas de ellas, para poder determinar, sin pecar de presuntuoso, ni mucho menos de autoproclamarme un sabelotodo, lo que ocurre empíricamente a nivel físico antes, durante y después de un contacto con el así llamado “mundo espiritual”. He visto videntes, mujeres y hombres, concentrados en oración y en meditación incluso por mucho tiempo, los he visto quedarse inmóviles y perder todo contacto con el mundo exterior, incluso los he visto volver del estado de éxtasis cansados, con frío, con la mirada perdida en el vacío, como desorientados. Ellos (o mejor dicho sus verdaderas esencias, sus espíritus) habían abandonado el cuerpo mortal para ir a visitar un mundo ajeno a su condición física, habían escuchado “conceptos” que tendrían que traducir en palabras humanas, habían regresado a un mundo imperfecto y decadente, habían oído nombres y sonidos imposibles de traducir, habían vivido, a lo largo de un tiempo humanamente incalculable, en la patria del espíritu, en su mundo “real”. Paolo de Tarso recordó así cuando fue “raptado”: “Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2º Corintios 12, 2-4).

Para todos los que se consideran videntes, ya el hecho de volver al cuerpo tendría que ser un primer trauma: pasar de un estado místico, en el que la materia pasa a ser impalpable, las imágenes nítidas, los personajes con los que se encuentran son tangibles, los pensamientos pasan a ser conversaciones, el tiempo no está relacionado con el espacio y el espacio es libre de todo tipo de obstáculo, el hecho de volver a un cuerpo limitado, sujeto a las leyes de gravedad y de la corrupción y en el que los pensamientos dependen de sonidos guturales y labiales para poder ser expresados, es como caer en una prisión estrecha y angosta. “Las visiones de los videntes que ven a la Virgen, las apariciones de la Santa Madre, son todas experiencias místicas divinas que merecen respeto y devoción”.

Es evidente que tener una experiencia de ese tipo deja una huella profunda en el alma, no en sentido metafísico, sino material, si podemos hablar de materia en lo que se refiere a un espíritu que queda marcado de por vida y para un espíritu “de por vida” significa eterno. Una marca de pertenencia, porque dejan de pertenecer a ellos mismos, o a otros, y pasan a ser de Aquel que puede “raptar” porque es el Espíritu creador de todos los espíritus. Quienes han recibido esa marca en el espíritu a veces también la reciben en el cuerpo, con las señales de la crucifixión.

Por lo tanto para los videntes es indispensable comportarse como las señales de lo “divino” a las que pertenecen. Estas son las mismas señales de las que Nicodemo dijo a Jesús: “Nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él” (Juan 3, 2). Entonces el vidente sabe leer perfectamente el mundo material si lo compara con el que ha visto al ser raptado, puede examinar a la perfección el comportamiento humano al haber conocido la verdad, sabe identificar con sabiduría el mal, la injusticia, la corrupción, la hipocresía, a los mercaderes de la muerte, a quienes someten al hambre a la humanidad, a los violadores de inocentes y de la sagrada naturaleza. El vidente es aquel que lleva consigo la señal divina y por lo tanto es el espejo de la voluntad divina misma. Es el portavoz de un mensaje de amor y de justicia: de amor porque todavía hay Alguien que se digna a advertirnos; de justicia porque el orden del Cosmos exige respeto de las reglas universales, incluso desde el más pequeño de los átomos de la Creación.

Hace un tiempo leí en una revista católica francesa la historia de una vidente que contaba con un sacerdote como padre espiritual, que examinaba cada uno de los mensajes que ella recibía antes de publicarlos. Esta es una actitud que muchos videntes adoptan y siguiendo una lógica humana persiguen el reconocimiento oficial de la iglesia católica romana. ¿Ser reconocidos para tener un mérito? El mérito uno lo tiene cuando lo consigue, no cuando alguien se lo da: ¡el mérito es de quien lo otorga! ¿Ser reconocidos para recibir elogios? Esta postura parte de la ignorancia, en el mejor de los casos, o de la vanagloria. “Nada gana uno con gloriarse de sí mismo. Sin embargo, tengo que hablar de las visiones y revelaciones que he recibido del Señor. Yo podría gloriarme de alguien así, pero no de mí mismo, a no ser de mis debilidades” (2º Corintios 12, 1-5). “Cuando los trajeron, los pusieron ante el concilio, y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo: Os dimos órdenes estrictas de no continuar enseñando en este nombre, y he aquí, habéis llenado a Jerusalén con vuestras enseñanzas, y queréis traer sobre nosotros la sangre de este hombre. Mas respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos de los Apóstoles 5, 27-29).

El portavoz del mensaje no pertenece a este mundo, ni a un grupo de personas, ni a una persona individual, ni a una institución. Giorgio tiene razón cuando grita que: “Los signos que el cielo manda a la tierra son un aval del mensaje, son un aval del lenguaje del Verbo que se hace palabra, del coraje de decir la verdad - y luego dice en relación a estas experiencias místicas – pero si éstas no son avaladas por un mensaje a favor de la justicia, a favor de los débiles, en contra de los poderosos y de los tiranos del mundo, en contra de los pecados de los hombres poderosos  de la iglesia, en contra de todos los criminales de la tierra y, sobre todo, teniendo siempre el valor de decir la verdad, la única que libera al espíritu de los hombres, todas esas experiencias resultan ser falsas”. “El que habla verdad declara lo que es justo, pero el testigo falso, falsedad” (Proverbios 12, 17).

Es realmente execrable el silencio de muchos videntes sobre las condiciones del género humano y mientras se siguen perpetrando abusos diabólicos, masacres, injusticias y vejaciones materiales y espirituales, ellos repiten con robótica letanía: “rezad, rezad, rezad”. La oración tiene que ser el agregado a la acción, la descarga de las tensiones materiales, el encarecido llamado de los hijos “en este valle de lágrimas” para pedir la fuerza para resistir y permanecer incorruptibles y para luchar al lado del Cristo de los justos.

Ser videntes es una tarea, una misión muy, pero muy difícil: “Por tanto, puesto que tenemos este ministerio, según hemos recibido misericordia, no desfallecemos; sino que hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios” (2º Corintios 4, 1-2).

Pero ¿cómo se presentará quien no cumpla esta misión ante Aquel que los ha señalado como su servidor y que tendría que haber demostrado obediencia, dedicación y acción? “Cuando Dios llama a un hombre, o a una mujer – concluye Giorgio - y reciben en sus cuerpos, o en sus espíritus los signos divinos, se ven llamados a decir la verdad. si callan son unos Judas y como tales serán juzgados por Cristo”.

Flavio Ciucani

3 de Febrero 2017

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