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Por   José  Fleitas -  11 de enero  de 2016

Ocurrió aquí, y ahora está aquí viviendo entre nosotros. Una leyenda viviente que nace de nuestra entrañable tierra que lo vio surgir, empujado por las necesidades de crecer y erigirse como referente en un medio hostil, pero sereno ante las adversidades.
Salvador Medina, de Capiibary, lo conocimos muy apacible en sus denodadas actividades. Vivía con nosotros en la Residencia Tekoha. Tal vez lento, pero seguro. Seguro de sí mismo, seguro de lo que está bien o de lo que está mal. Seguro de que la verdad nos hará libres.
Las expresiones de Salvador se afianzaron en nuestro idioma guaraní. En el ¿mba´eichapa lo mitâ?, ¿cómo estas mi gente?, son expresiones demostrativas que guardan un profundo significado de nuestras motivaciones. Salvador confiaba en su gente y a pesar de todas las dificultades y proezas, estaba siempre presente en sus relatos. Lo tuvimos denunciando cualquier irregularidad. Tenía apego a su querida Capiibary.
Salvador iba y venía de su tierra natal. Su compueblano le ayudaba en sus idas y venidas a la facultad porque él mismo formaba parte de su comunidad. El acompañaba en su recorrido a los camioneros que traían los frutos de la tierra al mercado de abasto.
Salvador estudiaba así, sorteando distintas dificultades. Y lo más importante, ponía empeño ante las adversidades. Si bien seguía la carrera de Derecho, ejercía el periodismo. En las peñas artísticas libres, ejecutaba guitarra, como también se dedicaba a la poesía. Su estilo personal no ofendía a nadie. Con humor y picardía resolvía los escollos de una entramada crisis que planteaban los compañeros. Esta situación le hacía ganar el respeto y admiración entre sus amigos.
En las actividades peculiares de Salvador, él demostraba por ser un “Karaí” (un Señor) por más joven que haya sido. Era un Señor, porque no buscaba, ni se ufanaba en ningún protagonismo. En tan corto tiempo, por sus actividades como comunicador,  se  ubica como mártir de las comunicaciones en la lucha cotidiana, por difundir un pensamiento crítico que molestaba a grupos que se dedicaban al rollo tráfico.
Puede que las balas asesinas acallen las voces de un compañero  comunicador, pero su espíritu innegable de compromiso con su comunidad vivirá para siempre. Salvador Medina, es uno de  tres hermanos que muere bajo el oscuro y tenebroso refugio del hampa que sigue enlutando con sangre las raíces profundas, de un Paraguay  que encubre la ilegalidad que campea en el país.
El compañero Salvador es uno de ellos; sobrevino su hermano Salomón, y finalmente otro periodista que conocía los tejes y manejes de la zona del Canindeyú: Pablo Medina, que finalizó bajo las balas enemigas. Este es un caso de una familia sumida en el luto por el oscurantismo que se vive hoy en el Paraguay, y que tendrá que resolver las profundas heridas que enmarca la violencia, que hoy se enmarca dentro de la justicia.

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