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Para Pablo Medina
La linfa vital mana caliente. Los rojos se confunden: el del sol del mediodía, el de la tierra estoica y el de la sangre del mártir. Su sabor metálico no apaga el eco ensordecedor del fusil asesino.
A la hora exacta en que se selló tu destino yo caminaba por los claustros de la Facultad de Derecho de Rosario. Bajaba las escaleras de mármol ubicadas frente al salón de actos y pasaba por los mismos pasillos que recorrías en el año 2009, cuando compartiste con nosotros experiencias, esperanzas y también dolores viejos en aquel Congreso Antimafia.
En el momento que el mensaje llegó a mi teléfono sentí que a tu alrededor la selva se estremecía, los pájaros callaban y el calor, ese calor que agobia ya desde octubre, había dejado de sentirse. Sobre los campos de América del Sur hay tantas heridas que los surcos abrevan frutos amargos. Tu sangre, que se elevó al cielo, recayó pesadamente sobre la tierra para renacer en ancestrales gritos de dolor.
Ayer, mientras hablaba en la radio de tu muerte, mi voz se quebró y no pude seguir.  ¡Hubiera querido decirte tantas cosas!
Hoy puedo expresar que tus heridas, Pablo, son las mías, como mías eran tus esperanzas y tu sed de justicia. Tu sangre derramada huele a sal, a muerte, lastima sin tocar y mata la alegría. Pero también va a renacer vigorosa, retoñará en los jardines y en los huertos, correrá por las acequias y, como las golondrinas, regresará con la estación, encenderá las causas justas y exaltará los corazones de nuevos guerreros que heredarán tu fuerza y tu coraje.
Tu cuerpo, querido Pablo, regresó a la tierra, pero tu espíritu vuela alto señalando el camino de tantos que tomarán tu ejemplo y lo llevarán como estandarte hasta el fin de los días, aquél en el que nuestro Señor Jesucristo regrese para juzgarnos.
Nuestro amor se queda con los tuyos. Intercede por nosotros ante el Padre y pídele que nos dé la fuerza para seguir siempre adelante.
Hasta pronto, Pablo.
Inés Lépori
Arca Rosario - Argentina


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