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marcha18amaralPor Daniel Amaral
Noventa seres humanos gritando en el desierto del asfalto en Asunción y de toda la República del Paraguay. Noventa espíritus, noventa almas, noventa cuerpos haciendo resonar una onda expansiva que nadie pudo ni podrá detener. Porque no estamos solos, porque no venimos en nuestro nombre sino que venimos en nombre de Dios, de Cristo, de la Madre Santísima y de una legión de miles de ángeles que provienen del universo macrocósmico.
Desembarcamos en un país a pedir justicia, pero no para nosotros, sino para la familia de un hermano caído en la batalla. Fuimos al Paraguay a recordarle al pueblo, que tienen derecho a una vida mejor, que no tienen que someterse a los designios del narcotráfico, de la narcopolítica o del poder económico de algunos millonarios que se creen dueños de todo.
Fuimos a las tierras guaraníes convocados por un amigo en común, un hermano que constantemente nos habla con su ejemplo. Un maestro que ha comido el pan de la vida, en la misma mesa junto a Jesús Cristo.
Tengo la convicción que cada uno de los que acompañamos a Giorgio Bongiovanni en esta misión sin precedentes, fuimos a entregarnos por completo, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Y que los que se quedaron en cada país, acompañaron con mucha fuerza, con toda su energía y sus oraciones, para que pudiéramos cumplir el objetivo y al mismo tiempo transformarnos en una verdadera unidad.
No voy a dar nombres, lo que sí me atrevo a decir es que cada uno fue una parte, un eslabón, una pieza única e imprescindible para que se pudiera llegar a miles y miles de paraguayos... Y lograr que el acto realizado en la plaza de la Democracia también trascendiera las fronteras y así poder estar en muchos lugares del mundo.
Entonces, el objetivo se cumplió, porque gracias a esta movida, muchas cosas se sacudieron, muchas ventanas se abrieron para ventilar todo lo que está podrido, y así poder ayudar a nuestros hermanos paraguayos a despertarse de una siesta muy larga; claro está que somos conscientes que esta lucha recién empieza.
No esperen de mí una crónica minuciosa y afinada, de eso se encargarán nuestros hermanos especialistas en sacar apuntes y que, gracias a ellos, es posible revivir muchos de los momentos compartidos por todos. Pero hay algo muy importante que quisiera agradecer en nombre de todos, y es la hospitalidad de la familia Cristaldo y de todos los hermanos paraguayos que se desvivieron por nosotros, que estuvieron atentos a todo y a todos, porque sin esa base nada hubiera sido posible. Sin duda ustedes fueron nuestro bálsamo, el bálsamo de Giorgio y de la familia Medina.
Me resta sólo decir gracias, gracias a los hermanos paraguayos, gracias a Giorgio y a todos los italianos, gracias a cada uno de los que fueron y pusieron todo de sí, lo que tenían y lo que no tenían. Gracias por ser por unos días, hombro con hombro, corazón con corazón, sintiéndonos un solo cuerpo, concreto, tangible e inseparable.
Y una promesa que poco a poco se transforma en certeza; querida Dyrsen y a toda la familia Medina: todos los que estuvieron en vuestro país y muchos más en el mundo te decimos, les decimos, y estamos convencidos, que todos somos Pablo, porque Pablo está en todos nosotros.

Daniel Amaral
27 de noviembre de 2014

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