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ROSARNO Y EL NUEVO APARTHEID. ITALIA EN EL ABISMO DEL RACISMO
No molestaréis al forastero, ni lo oprimiréis, porque vosotros habéis sido forasteros en tierras de Egipto (Exodo 22.20).
Rosarno se ha convertido a nivel internacional en el símbolo de cómo Italia trata a los inmigrantes. De hecho, «Rosarno ha representado una derrota social – como han declarado en un comunicado de prensa los Jesuitas italianos – y ha representado una derrota mucho más grande, en el momento en el cual los inmigrantes, alejados a toda prisa, han sido abandonados a su suerte, dejando que se encarguen de ellos las instituciones de caridad.
Aquellos que hoy serán afectados por procesos de expulsión, son los frágiles de entre los frágiles. Una situación de injusticia, luego de la explotación que han sufrido».
Y esta es una historia que viene desde lejos. De un racismo italiano rastrero, a nivel social, que ahora estalla con toda su virulencia. Un racismo utilizado con objetivos de propaganda, por las fuerzas políticas de izquierda y de derecha. La situación actual tiene origen en la ley Turco-Napolitano (1998), que nos ha regalado los Centros de permanencia temporal, aquellos campos de concentración en los que encerramos a los inmigrantes.
Seguida por la ley Bossi-Fini que considero inmoral e inconstitucional, porque no reconoce a los inmigrantes como sujetos con derechos, sino exclusivamente, como mano de obra barata, para poderlos restituir al remitente a su tiempo.
A estas normas, se le agrega hoy el horrendo enredo jurídico que es el «Paquete de Seguridad» deseado por Maroni, que decreta al inmigrante como un criminal. Nuestro Ministro del Interior Maroni ha dicho que «es necesario ser malos con los inmigrantes» y efectivamente, «el Paquete de Seguridad es la maldad transformada en ley», como ha escrito Familia Cristiana.
Luego Maroni ha llegado a declarar que quiere hacer construir una decena de nuevos Centros de identificación y de expulsión (Cie), donde serán encerrados los clandestinos por un período de hasta seis meses. Esta es una legalización del apartheid, el resultado de un mundo político de derecha y de izquierda que ha puesto en la picota a los limpia-vidrios, a los vendedores ambulantes, a los gitanos y a los mendigos. Es una cultura xenófoba y racista que nos está llevando al abismo de la exclusión y del rechazo del otro. No puedo compartir lo que ha escrito en su manifiesto la Asociación Nacional Universitaria de Antropólogos italianos: «La barbarie, como nos recordó Ernesto de Martino, habita dentro de nosotros y tenemos que apuntarla con el dedo a la consciencia pública cuando se presenta, como ahora, en la etapa de germinación. Esa antropología comprometida con la promesa de ampliar los horizontes de lo que tenemos que considerar humano, debe denunciar el repliegue autoritario, racista, irracional y liberticida que está minando las bases de la coexistencia civil en nuestro País y que corre el riesgo de vaciar desde dentro las garantías constitucionales erigidas hace 60 años, en contra del regreso de un fascismo que se reveló a si mismo en las leyes raciales. Quizás también entonces, muchos pensaron que no se osaría tanto: hoy tenemos el deber de no repetir ese error».
Es por ello que es tan importante reaccionar como Universidad y como estudiantes universitarios. Pero también como instituciones, como asociaciones, como ciudadanos. Como misionero, quisiera recordar a todos que esta presión migratoria hacia nuestro País se debe sobre todo a la atormentada situación africana: África es un continente violentado. La condición de miseria y opresión, las guerras a menudo olvidadas de Eritrea, Etiopía, Somalía, Sudán, Chad, empujan a miles de mujeres y hombres a escapar a través del desierto, para llegar a Libia, donde son tratados como esclavos, con largos años de trabajo en negro para lograr juntar el dinero (tres mil o cuatro mil euros) para la gran travesía. Y miles mueren en el desierto, por miles mueren en el Mediterráneo al decidir atravesarlo.
De una investigación realizada en la isla de Lampedusa, Giampaolo Visetti, periodista del periódico “Reppublica”, estima que desde el 2002 al 2008 hayan muerto 42.000 personas en el Mediterráneo. ¡Treinta personas por día! ¡Es una verdadera Shoah! ¿Y cuál es la respuesta del gobierno? Cerrar las fronteras y bloquear esta «invasión». Y es por ésto que se han estipulado acuerdos con Libia para impedir que las así llamadas carretas de mar lleguen a Lampedusa. ¿Cómo es posible firmar un tratado similar con un País como la Libia, el cual demuestra no tener ninguna consideración y ningún respeto por los derechos humanos, y que trata de forma inhumana a los inmigrantes presentes en su territorio? La política de las deportaciones adoptada hoy por Italia determina enviar a la prisión o a la muerte a miles de personas originarias de Eritrea, de Etiopía, de Sudán.
LAS VERDADES CALLADAS
Tenemos que gritar, con fuerza estas verdades que surgen, pero demasiado seguido son calladas, en toda Italia, en todo el mundo. Y espero, sobre todo, que cada vez más jóvenes y estudiantes puedan hacer propia esta realidad, de modo tal que se pueda rediscutir un Sistema (¡el nuestro!) que trata tan bárbaramente a los inmigrantes. Quisiera recordar a todos que el Papa Juan XXIII en la encíclica Pacem in terris, proclamó que hoy hay un derecho negado, el derecho de emigrar.
Muchos obispos africanos han intervenido fuertemente sobre la cuestión de los inmigrantes durante el Sínodo de los obispos de África en (Octubre de 2009): «Los africanos seguirán viniendo a Europa – ha escrito el obispo de Makudi (Nigeria), Avenya – con todos los medios, incluso con el precio de morir en el desierto o en el mar, hasta que el equilibrio económico y ambiental entre África y el resto del Mundo no sea restablecido por quien es el responsable, es decir por el Occidente».
A menudo nos olvidamos de haber sido nosotros los «forasteros en tierras de Egipto», cuando gran cantidad de italianos, además de la dolorosa separación de su propia tierra, experimentaron la marginación, el desprecio y la opresión. Es cierto que vivimos un tiempo difícil, pero a pesar de todo todavía puede convertirse en un tiempo cargado de esperanza en la medida en la cual seamos capaces de poner en juego nuestra vida, por la Vida.
Por Alex Zanotelli
L'UNITA' 28 DE ABRIL DE 2010

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