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7º capítulo EL HOMBRE NUEVO (Fragmentos de la biblioteca gnóstica)
¿Quién o qué cosa puede garantizar que el concepto y la realidad sean absolutamente iguales? El concepto es una cosa, la realidad es otra, pero existe una tendencia a sobrevaluar los propios conceptos. Realidad igual al concepto es algo imposible, pero la mente, hipnotizada por su propio concepto, supone siempre que éste y la realidad sean la misma cosa. A cualquier proceso psicológico, correctamente estructurado por medio de una lógica exacta, se le opone otro, formulado rectamente con una lógica similar o superior; ¿y entonces?... Dos mentes disciplinadas severamente en el interior de férreas estructuras intelectuales, en el discutir entre ellos, polemizando sobre ésta o aquella realidad, ambos creen en la exactitud de su propio concepto y en la falta de fundamento del concepto ajeno. ¿Pero quién de ellos tiene razón? ¿Quién podría honestamente convertirse en garante de uno o del otro? ¿En cuál de ellos conceptos y realidades son iguales?
Es cierto que cada cabeza es un mundo y que en cada uno de nosotros existe una especie de dogmatismo pontifical y dictatorial, que quiere hacernos creer en la absoluta igualdad del concepto y de la realidad. Por fuertes que sean las estructuras de un razonamiento, nada puede garantizar la absoluta igualdad de concepto y realidad. Aquellos que se han encerrado en cualquier tipo de razonamiento lógico intelectual desean siempre hacer coincidir la realidad de los fenómenos, con los conceptos elaborados, pero esto no es otra cosa que el resultado de la alucinación racional. Abrirse a lo nuevo es la clásica “dificultad”, desgraciadamente la gente quiere descubrir, ver en cada fenómeno natural, los propios prejuicios, conceptos, preconceptos, opiniones, teorías; nadie sabe ser receptivo, ver lo nuevo con la mente privada de prejuicios. Sería oportuno que fuesen los mismos fenómenos quienes le hablen al sabio; pero desgraciadamente los “sabios” de estos tiempos no saben ver los fenómenos: en éstos y de éstos quieren sólo tener la confirmación de sus preconceptos. Por más que parezca increíble los científicos modernos no saben nada de los fenómenos naturales. Cuando observando los fenómenos naturales vemos exclusivamente nuestros conceptos, es cierto que no estamos viendo los fenómenos sino los conceptos. Sin embargo los científicos tontos, alucinados por sus fascinantes intelectos, creen estúpidamente que cada uno de sus conceptos sea absolutamente igual a éste o a aquel fenómeno observado, mientras que la realidad es bien distinta. Nuestras afirmaciones son rechazadas por todos aquellos que se han auto aprisionado en uno o en otro procedimiento lógico, no lo negamos; ciertamente debido a su enrocado intelecto y a sus dogmas, nunca podría aceptar la idea de que éste o aquel concepto, correctamente elaborado, no pueda coincidir con la realidad. Apenas la mente, a través de los sentidos, observa este o aquel fenómeno, se apresura inmediatamente a etiquetarlo con tal o tal otra definición científica, que ciertamente sirve solo como parche para cubrir nuestra ignorancia. En realidad la mente no sabe ser receptiva a lo nuevo, pero sabe perfectamente como inventar complicadísimos términos para clasificar, de forma auto engañosa, lo que ignora. La mente moderna es terriblemente superficial: se ha especializado en inventar términos devenidos dificultosos para cubrir la propia ignorancia. Existen dos tipos de ciencia; la primera no es otra cosa que un rejunte de podridas teorías subjetivas que abundan por doquier; la segunda es la Ciencia Pura de los grandes iluminados, la Ciencia Objetiva del Ser. Indudablemente no es posible penetrar en el anfiteatro de la Ciencia Cósmica si antes no hemos muerto en nosotros mismos. Tenemos necesidad de desintegrar todos esos elementos indeseables que llevamos con nosotros y que – de por sí – constituyen el yo de la psicología. Mientras la Conciencia Superlativa del Ser quede embotellada en el mi mismo, entre mis conceptos y teorías subjetivas, es absolutamente imposible conocer directamente la cruda realidad de los fenómenos naturales en sí mismos. La llave del laboratorio de la naturaleza está en la mano derecha del Ángel de la muerte. Del fenómeno del nacimiento podemos aprender muy poco, de la muerte podemos aprender todo. El inviolado Templo de la Ciencia Pura se encuentra en el fondo de la tumba negra. Si el germen no muere, la planta no nace. Solo con la muerte nace lo nuevo. Cuando el ego muere, la Conciencia se despierta para ver la realidad de todos los fenómenos de la naturaleza, tales y cuales son en sí mismos y por si mismos. La Conciencia sabe lo que experimenta de manera directa (de por sí misma): el crudo realismo de la vida más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente.
G.F.
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