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Mensajes del Cielo a la Tierra

sacerdotes100Por Flavio Ciucani

¡Un lector me hizo notar que en las conferencias suelo explicar que el término “sacerdote” deriva del latín “sacra docens”, maestro, que enseña cosas sagradas, entonces remarcó que jamás había oído hablar, ni leído una derivación etimológica como esa y por lo tanto era un invento! Acusado, enjuiciado y condenado. Sin tener la intención de defenderme, ni mucho menos de considerar que estoy en lo correcto, fui a desempolvar mis apuntes y mis viejas lecturas y así fue como elaboré lo siguiente, sin pretender que sea exhaustivo.

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En el marco de lo escrito en los Evangelios, en 32 oportunidades se hace referencia a los sacerdotes. El término aparece, ya sea en el relato de los evangelistas como pronunciado por el mismo Jesús, cuando se refiere al “sacerdote” presente en la sociedad judía, a los ministros de la religión judía, a los miembros del Sanedrín. Mateo utiliza 8 veces la palabra “sacerdote”, mientras que en el texto de Marcos la encontramos 9 veces; Lucas utiliza “sacerdote” apenas en 5 momentos del relato; en el Evangelio de Juan encontramos 10 veces el término. Jamás se hace referencia a los discípulos, que seguían a Jesús, ni a los apóstoles, a quienes Él había elegido, como sacerdotes. Entonces ¿quién es el sacerdote del cristianismo?

En la época en la que Jesús predicaba, el sacerdote, en Kohèn, era aquel que se encargaba de los ritos, de los sacrificios ofrecidos en el Templo ya sea diariamente como en las festividades. El término Kohèn, con pequeñas variaciones fonéticas, se utilizaba además para designar a los sacerdotes de otras divinidades presentes en el área sirio-palestina. En la Biblia se identifica a los sacerdotes de Baal con ese mismo vocablo. Quiere decir que el sacerdote se ubicaba entre los hombres y Dios para entregarle las ofrendas devocionales de estos: era aquel que “inmolaba”, que ofrecía una víctima (una cosa, un animal, o una persona) a una divinidad para un fin en especial (honrar, presentar una petición, o para hacerse perdonar...); a través del fuego hacía subir hacia el “cielo” los sabores de la ofrenda y, luego de la cocción, la carne de la víctima era distribuida entre los sacerdotes y los fieles que, al comerla, participaban de la “complacencia” de Dios y por consiguiente eran una única cosa con Él. Los sacerdotes judíos eran todos de la misma tribu, la de Levi, es por ello que a veces se los solía definir como “levitas”, por consiguiente la investidura de sacerdote era hereditaria. El primero de todos fue el hermano de Moisés, Aronne, bisnieto de Levi, como figura en el Éxodo (6, 16-26). Setenta y dos sacerdotes, que por lo general pertenecían a familias encumbradas, pertenecían al Sanedrín, presidido por un Sumo Sacerdote, un cargo que se transmitía en el marco de la misma familia. El Sanedrín no era un organismo legislativo, sino que tenía la función de hacer respetar las leyes civiles y las de la Torá, que normalmente coincidían y las leyes de la Mishná (leyes de la tradición judía). En cuanto a esta tarea el Sanedrín era superior al mismo Rey. Podía hasta incluso condenar a la lapidación y por lo tanto a muerte, como a veces aparece mencionado en los Evangelios a propósito de Jesús. Durante la era de la dominación romana aparentemente la autoridad para condenar pertenecía únicamente al prefecto romano, cuando el mismo se encontraba presente en la sede.

Después de la muerte y la resurrección de Jesús, los apóstoles y los discípulos, junto a los que habían creído en Cristo, se habían organizado en grupos, en comunidades y asambleas. En los textos del Nuevo Testamento se prefirió adoptar el término griego con el cual los “Setenta”, al traducir la Biblia al griego, utilizaron para los términos judíos qāhāl y ‛ēdāh, que significaban “asamblea”, es decir ἐκκλησία (ekklēsía), que luego fuera traducida en latín como ecclesia. Las iglesias que se habían formado a raíz de la prédica de los Apóstoles estaban regidas por un Concejo de sabios, ancianos, o presbíteros. El cargo más alto estaba ocupado por un Obispo. Los primeros Obispos eran nombrados por los Apóstoles y a continuación los Obispos, según el consejo de los presbíteros, nombraban a sus sucesores.

sacerdotes2En teoría los Obispos actuales tendrían que tener una relación directa con uno de los Apóstoles, no por nada las Iglesias Católica, Ortodoxa y Armenia se definen como “apostólicas”. El “Obispo de Roma”, el Papa, generalmente deriva del Apóstol Pedro, es una sucesión que a veces ha sido puesta en tela de juicio por parte de los historiadores. Normalmente, por falta de datos, la sucesión apostólica, yendo hacia atrás en la historia, en el Occidente se interrumpió aproximadamente en 1500. Algunos Obispos de la Iglesia Ortodoxa pretenden que exista una descendencia “pura” de un Apóstol.

En los primeros dos Siglos, y más también, no existían sacerdotes en las comunidades cristianas. Cristo había restablecido el verdadero templo, aquel que contiene al Espíritu, a la llama eterna que nos vuelve similares al Creador. “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y eso es lo que vosotros sois”. Así era como Pablo de Tarso le explicaba a los cristianos de la Iglesia de Corintio (1 Corintios 3, 16-17) cómo Jesús había modificado el concepto judío que consideraba al templo de Jerusalén como la residencia de Dios. Y además decía: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Corintios 6, 19). Todo esto responde a lo dicho por el mismo Jesús: “Yo destruiré este templo hecho por manos, y en tres días edificaré otro no hecho por manos” (Marcos 14, 58). Por consiguiente esa Alianza, forjada entre Dios y los judíos, según la cual Dios prometía habitar en medio de ellos a cambio de la adoración y la obediencia del pueblo, ya no tenía sentido porque el templo de Dios estaba en cada hombre. Dicha Alianza fue escrita por Adonay en una piedra, mientras Moisés desconcertado adoraba el rostro de “Aquel que es”. Los cristianos, con sus actos, con sus decisiones, con su misma vida demuestran que son más que esas letras esculpidas en la piedra porque son ejemplos vivientes de una nueva Alianza. “Siendo manifiesto que sois carta de Cristo redactada por nosotros, no escrita con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de corazones humanos. Y esta confianza tenemos hacia Dios por medio de Cristo: no que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida. Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, de tal manera que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés por causa de la gloria de su rostro, que se desvanecía, ¿cómo no será aún con más gloria el ministerio del Espíritu? Porque si el ministerio de condenación tiene gloria, mucho más abunda en gloria el ministerio de justicia. Pues en verdad, lo que tenía gloria, en este caso no tiene gloria por razón de la gloria que lo sobrepasa. Porque si lo que se desvanece fue con gloria, mucho más es con gloria lo que permanece. Teniendo, por tanto, tal esperanza, hablamos con mucha franqueza, y no somos como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro para que los hijos de Israel no fijaran su vista en el fin de aquello que había de desvanecerse. Pero el entendimiento de ellos se endureció; porque hasta el día de hoy, en la lectura del antiguo pacto el mismo velo permanece sin alzarse, pues sólo en Cristo es quitado. Y hasta el día de hoy, cada vez que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones; pero cuando alguno se vuelve al Señor, el velo es quitado pero cuando alguno se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu” (2 Corintios 3, 3-18).

¿Cómo pudo llegar a ocurrir todo esto? ¿Dónde y cuándo se firmó esta nueva Alianza? El primer momento de este nuevo pacto fue realizado por un “nuevo” Sumo Sacerdote. “Teniendo, pues, un gran sumo sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado” (Hebreos 4, 14-15). Por lo tanto en el momento que Jesús se hizo hombre se instauró un nuevo pacto en el cual el hombre participa ya no como grupo, pueblo, etnia, raza, sino como un ser humano individual que se reconoce en Jesús. Ya no habrá un único templo sino la misma cantidad de creyentes que existen, en quienes vive el Espíritu de Cristo. “Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en las cosas que a Dios se refieren, para presentar ofrendas y sacrificios por los pecados; y puede obrar con benignidad para con los ignorantes y extraviados, puesto que él mismo está sujeto a flaquezas; y por esa causa está obligado a ofrecer sacrificios por los pecados, tanto por sí mismo como por el pueblo. Y nadie toma este honor para sí mismo, sino que lo recibe cuando es llamado por Dios, así como lo fue Aarón. De la misma manera, Cristo no se glorificó a sí mismo para hacerse sumo sacerdote, sino que lo glorificó el que le dijo: ‘Hijo mio eres tu, yo te he engendrado hoy’.” (Hebreos 5, 1-5)

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Pero ¿qué víctima, u ofrenda tan bella, tan preciosa sacrificaría este nuevo Sumo Sacerdote por los pecados de cada uno? “Mientras comían, Jesús tomó pan, y habiendolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: Bebed todos de ella; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mateo 26, 26-29). “Y mientras comían, tomó pan, y habiendo lo bendecido lo partió, se lo dio a ellos, y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando una copa, después de dar gracias, se la dio a ellos, y todos bebieron de ella. Y les dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos. En verdad os digo: Ya no beberé más del fruto de la vid hasta aquel día cuando lo beba nuevo en el reino de Dios” (Marcos 14, 22-25). “Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa, y con El los apóstoles, y les dijo: Intensamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que nunca más volveré a comerla hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado una copa, después de haber dado gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios. Y habiendo tomado pan, después de haber dado gracias, lo partió, y les dio, diciendo: ‘Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí’. De la misma manera tomó la copa después de haber cenado, diciendo: ‘Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por vosotros’.” (Lucas 22, 14-20).

Jesús revolucionó la ritualidad de las ofrendas: Él es el sacerdote que se sacrifica a Si mismo y que se entrega a sus fieles que, al comérselo, lo ofrecen al Espíritu de Dios, que está en ellos y participan de su glorificación: y todo esto purifica de los pecados. Por consiguiente ya no hay más víctimas que sacrificar, ni sacerdotes, ni templos. Pero ha sido dicho: “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir” (Mateo 5, 17). La Ley se había cumplido, lo anunciado los profetas se había hecho realidad y el Mesías se encontraba en medio de los hombres, así como también todo lo que era inutil había sido eliminado. “Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego” (Mateo 7, 19). “Porque ciertamente, queda anulado el mandamiento anterior por ser débil e inútil (pues la ley nada hizo perfecto), y se introduce una mejor esperanza, mediante la cual nos acercamos a Dios. Y por cuanto no fue sin juramento, pues en verdad ellos llegaron a ser sacerdotes sin juramento, pero Él por un juramento del que le dijo: el Señor ha jurado y no cambiará: ‘Tu eres sacerdote para siempre’, por eso, Jesús ha venido a ser fiador de un mejor pacto. Los sacerdotes anteriores eran más numerosos porque la muerte les impedía continuar, pero Él conserva su sacerdocio inmutable puesto que permanece para siempre. Por lo cual Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos. Porque convenía que tuviéramos tal sumo sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo. Porque la ley designa como sumos sacerdotes a hombres débiles, pero la palabra del juramento, que vino después de la ley, designa al Hijo, hecho perfecto para siempre” (Hebreos 7, 18-28).

La consecuencia de este pensamiento, divulgado por los Apóstoles y por sus sucesores de los primeros Siglos, implicaba otra consecuencia. Si el cristiano recibe al Espíritu de Dios a través del bautismo, reconociéndose así como hijo de Dios, tiene las mismas prerrogativas de Jesús, es decir, él también es templo del Espíritu y unido con el agua bautismal a los demás espiritus elegidos se convierte en cuerpo de la Iglesia y por lo tanto en sacerdote del templo. El bautismo es la consagración es la consagración sacerdotal. La tradición apostólica está tan arraigada que al Concilio Vaticano II no le quedó alternativa y tuvo que afirmar que: “los fieles, en virtud del sacerdocio real de Cristo, concurren a la oblación de la Eucaristía, y lo ejercen al recibir los sacramentos, con la oración y el agradecimiento, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y la dadivosa caridad” (Lumen Gentium 10). El Catecismo de la Iglesia Católica dice así (Nº 1322): “La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor”.

Durante la expansión del pueblo cristiano los Obispos que oficiaban el ritual del Pan y el Vino se toparon con la imposibilidad de estar presentes en todas las estructuras que se habían creado en las metrópolis, o en el campo. Fue así como los Obispos comenzaron a hacerse reemplazar, en primer lugar por los presbíteros, posteriormente por los fieles que frecuentaban más de cerca al Obispo local, a menudo parecían ser guarda espaldas, ya que eran tiempos muy tristes. Pero estos últimos no tenían la preparación adecuada, la sabiduría, ni la experiencia de los presbíteros. Y como su función era ministerial, tenían que realizar un ritual ordenado por el mismo Jesús, se decidió que fueran consagrados, es decir, imponer sus manos e implorar la bendición del Espíritu de Dios. Así fue como nació otro sacerdocio además del de los bautizados: el sacerdocio ministerial.

La poca preparación teológica de la época, la escasa cultura de los jóvenes “sacerdotes” y, muchas veces su frivolidad, a menudo los hacían parecer torpes, ridículos, o poco adecuados para responder a las exigencias educativas de los fieles. Además, desde el momento que eran consagrados, pasaban a ser los únicos que podían hablar durante el ritual de la “Cena del Señor”. En ese tiempo los Obispos, para educar a los cristianos, abrían escuelas de catecismo que estaban dirigidas por los mismos Obispos, o por los catequistas con gran preparación, atentos y profundos estudiosos de las Escrituras y de las Filosofías. Gran parte de estos catequistas llegaron a convertirse en los personajes fundadores de la teología cristiana, recordados como los Padres de la Iglesia, quienes aún hoy son leídos y estudiados en las escuelas teológicas actuales. Uno de ellos se llamaba Orígenes de Alejandría. Él, quien desde los catorce años era catequista y estudiaba científicamente las verdades evangélicas, se vio obligado a ordenarse como sacerdote para poder leer sus homilías en la “Cena del Señor”. En su sermón decía lo siguiente: “Cualquiera puede cumplir las solemnes funciones de la liturgia frente al pueblo, pero hay pocos hombres que son santos en sus costumbres, instruidos en la doctrina, formados en la sabiduría, capaces interiormente de manifestar la verdad de las cosas, de enseñar la ciencia de la fe” (Orígenes, Homilía sobre el Levítico VI, 6).

De esa forma se reinstauró el sacerdocio abolido. La historia posterior hizo que el sacerdote fuera no solo aquel que ejerce la ritualidad sino también quien educa, instruye y se ocupa de las necesidades, no solo espirituales, de los fieles. La Iglesia originaria a menudo ha sido definida por los historiadores como “iglesia de los pobres” y han habido muchos sacerdotes que se han sacrificado y que lo siguen haciendo, por los indigentes, por los desvalidos, por los que sufren y por quienes padecen injusticias. Creo que definir sacerdote como aquel que es maestro de las cosas sagradas sería el apelativo más adecuado. No se si soy el único que lo dice, pero de todos modos me gusta. Aún hoy tienen vigencia las palabras que el mismo Orígenes le gritaba a los fieles, desde hace muchos siglos, que corrían a escucharlo: “Si yo renuncio a todas las cosas que poseo y tomo mi cruz y sigo a Cristo, ofrezco el holocausto en el altar de Dios. Si castigo mi cuerpo, de modo que esté encendido en el fuego de la caridad, o si alcanzo la gloria del martirio, me ofrezco a mí mismo como holocausto en el altar de Dios. Si amo a mis hermanos hasta entregar mi vida por ellos y lucho hasta morir en aras de la justicia y de la verdad, ofrezco un holocausto en el altar de Dios. Si mortifico mis miembros de toda concupiscencia, y el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, ofrezco un sacrificio en el altar de Dios... Así es como yo me hago sacerdote de mi propia ofrenda. De este modo se ejerce el sacerdocio en la primera estancia y se ofrecen sacrificio” (Orígenes, Homilía sobre el Levítico IX, 9).

28 de Agosto de 2017

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