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emilia200Por Emilia Cardoso                       

En una villa de la ciudad de Rosario vive un sacerdote tan humilde como la misma villa. Su nombre es Joaquín Núñez. Y él, junto a colaboradores, lleva adelante ahí mismo un centro comunitario llamado “San José Obrero” en donde de lunes a viernes se realizan distintas actividades de ayuda al barrio de emergencia: se reparten viandas de comida al mediodía, a la mañana bien temprano se entrega la copa de leche, luego por la noche se dictan clases en unas salas de escuela construidas hace años en el centro para brindarle educación a las familias del barrio. Durante la tarde se dictan clases de baile y gimnasia, además de talleres de oficios a las familias y sobre todo a los niños que viven allí. Todo se lleva adelante con mucho esfuerzo y sacrificio, el dinero no sobra y los voluntarios tampoco.

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Hace unos años, Matías se había puesto en contacto con Joaquín para entrevistarlo, pero no por las actividades del centro sino por su historia de vida. Joaquín es conocido en Rosario por haber sido activista opositor al régimen dictatorial argentino durante la década de los 70’, lo cual le costó estar preso durante cinco años. El cura franciscano volcó su vida entera a los más humildes, un tiempo después de haber sido liberado, yéndose a vivir a uno de los barrios más humildes de la ciudad atravesado por una dramática realidad, la venta de droga y la “captura” de los más jóvenes para que se acerquen al negocio desde la más temprana edad.emilia2

En una sencilla vivienda, detrás de la construcción del centro vive él. Y a unos pocos metros vive Ricardo, su mano derecha, el actual presidente del centro comunitario. Fue este centro el elegido por los jóvenes del movimiento Our Voice para realizar una actividad solidaria por encontrarnos próximos a la navidad. Conociendo que alrededor de 200 niños visitan el comedor cada semana es que decidimos hacer una campaña navideña de recolección de juguetes.

Nosotros como movimiento no nos quedamos solo con el asistencialismo. También nos gusta conocer de cerca las problemáticas que decimos denunciar, en este caso la pobreza, la droga y la violencia. Jornadas como éstas son, a mi criterio, un leve acercamiento a las realidades que se viven en los barrios periféricos de nuestra ciudad. Muchos de estos niños son hijos de ladrones, de prostitutas, de familias que viven de la droga, del crimen, o en el mejor de los casos de trabajadores muy humildes que consiguen lo necesario para vivir con muchísimo esfuerzo.

Es por esto también que muchas personas se rehúsan a ayudar a “este tipo de gente” tildándolos de ladrones, vagos y violentos. Haciendo referencia a que hablan mal, visten mal y tienen malos modales. Olvidando, quizás, que las personas graduadas en las mejores universidades, y que tienen un muy buen uso del “lenguaje” también roban cuando llegan a cargos políticos por ejemplo, y muchos se enriquecen con la plata de la droga, entre otras cosas. Pero no importa porque visten de traje y son de piel blanca. Quizás es hora de que aprendamos de que las malas actitudes no son propias de una clase social y de que están en todas partes, porque después terminamos discriminando gratuitamente por la procedencia y el color de piel, metiendo como quien dice a todos “en la misma bolsa” y haciendo crecer todos los prejuicios sociales que alimentan el odio entre clases generando una ola de violencia imparable y servil al sistema que lo último que busca es que el pueblo se una. Por esto yo estaba muy feliz con la elección de este centro para hacer la actividad, haciendo caso omiso a todos aquellos que dicen que no hay que ayudar en las villas.

Si bien conocíamos el centro porque habíamos realizado donaciones durante los últimos dos años y una pequeña actividad en la cual habíamos entregado golosinas a los niños, hacía tiempo que teníamos ganas de hacer algo más grande. En noviembre, Anita nos propuso conseguir donaciones de juguetes con el gremio de judiciales del que ella forma parte por ser abogada y trabajar en los Tribunales Federales de Rosario. Teniendo la parte más ardua resuelta que son las donaciones, decidimos contactarnos con Ricardo con tiempo para acordar como iba a desarrollarse la jornada: organizaríamos distintos juegos, daríamos una merienda y al final entregaríamos los juguetes con algunas golosinas. A la gran campaña llevada adelante por Anita se sumarían los juguetes recolectados por nosotros mismos que podíamos pedirles a nuestros amigos y conocidos y por supuesto las donaciones de juguetes de los oyentes de nuestros programas radiales Tierra Viva y Frecuencia Joven.

Luego de algunas reuniones para acordar como realizaríamos las actividades llegó el momento más trabajoso: revisar juguete por juguete, embolsar aquellos que se entregarían juntos por ser demasiado pequeños, y clasificarlos por sexo y edad para facilitar la entrega. Esta tarea nos llevó dos tardes enteras.

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Finalmente, el día miércoles 20, con los nervios de que “todo salga bien”, empezamos desde temprano a cargar los autos con las donaciones. Llegamos al centro comunitario una hora antes que los niños, para poder descargar con tranquilidad los juguetes a un salón que luego cerraríamos con llave, ya que sabíamos que si los veían comenzarían acelerarse demasiado de la emoción. Y eso no sería bueno para las actividades que deberíamos realizar. Al llegar nos recibió una mujer que nos atendió con una amabilidad y sencillez única que hizo que desde el comienzo nos sintiéramos “como en casa”. Y enseguida comenzó una seguidilla de actividades que hizo que no tuviéramos literalmente ni un segundo para sentarnos hasta que finalizara todo. Teníamos que adornar el predio con globos, poner música, trasladar las cajas para la merienda, en fin, preparar todo para recibirlos. La idea era que los niños llegaran a una fiesta, que el lugar al que ellos van siempre tuviera algo de novedoso que los hiciera sentir que ese día no era uno más, que era especial y era sólo para ellos.

Puntuales a las doce, los primeros niños fueron llegando. Los más pequeños acompañados todos de sus madres, los más grandes se quedaban con la orden de esperar a que los pasasen a buscar más tarde. Esperamos un poco a que llegue la mayor parte y dimos comienzo al evento con unas palabras de Matías que agradeció al Padre Joaquín por recibirnos y permitirnos llevar adelante esta actividad y explicó que es el movimiento Our Voice y cuál sería el programa a seguir durante las próximas horas.

Por una cuestión de organización, y para saber qué cantidad de niños había realmente en el predio, ya que esperábamos alrededor de 200, es que decidimos dar números, con el cual, al final de las actividades podrían retirar un juguete.

Luego de asegurarnos que cada niño tuviera su número, dimos comienzo a los juegos. Los varones más grandes no dudaron ni un segundo en aceptar jugar al fútbol, lo cual estuvo a cargo de Stefi que actuó de árbitro. Al ser tantos chicos nos repartimos en grupos, cada uno de nosotros propuso un juego y de manera espontánea los niños se aprendían las reglas para comenzar a jugar. Al calor se le sumaba que no paraban de correr o moverse por todas partes, por lo que tenían sed a cada rato. Por esto preparamos dos baldes de jugo con hielo para servirles cada vez que quisieran.

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“¿Qué vamos a hacer después?”, “¿Hay otra pelota (de fútbol)?” “¿Cuándo dan los juguetes?” eran algunas de las cuestiones que planteaban los niños, y que se desvanecían todas cuando les proponíamos algún juego para hacer, a los cuales accedían siempre con alegría. Después hicimos una pausa para que comieran los alfajores que les habíamos traído para finalmente pasar al momento más esperado, la entrega de los juguetes, el motivo principal por el cual habían venido.

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Tengo que admitir que la entrega de los juguetes fue un poco estresante, al menos para mí. Las emociones de los niños se multiplicaron a la enésima potencia. Y por más que pidiéramos paciencia y tranquilidad estábamos lejos de vivir un momento tranquilo. Y a eso se sumaba la presencia de las madres que demandaban juguetes para todos sus hijos estuvieran allí presentes o no y no era fácil que entendieran sin enojarse que quizás no nos alcanzarían todos los juguetes para dar y que deberíamos priorizar a los niños presentes y luego pensar en todos sus hermanos ya que hubiera sido injusto que un niño allí presente se hubiera ido con las manos vacías por otro niño que no estaba allí. En el marco del calor húmedo de diciembre que nos hacía transpirar era un cuadro complicado pero al mismo tiempo hermoso. Porque no habíamos ido ahí a que nos pidieran amablemente las cosas, habíamos ido a ayudar y cuando la ayuda cuesta vale más que cuando no cuesta nada. A veces somos hipócritas porque queremos ayudar sin problemas, sin dificultades, y cuando aparece la primera nos deja de gustar la actividad caritativa.

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Habíamos repartido 150 números, lo que significaba que 150 niños estaban ahí con nosotros y que los juguetes nos alcanzaban y sobraban porque teníamos 220 paquetes. Íbamos a poder darles para que les lleven a sus hermanos también.

Teníamos juguetes especiales, que eran muy grandes para regalarlos como cualquier otro. Por lo que decidimos sortearlos una vez finalizada la primera entrega, asegurándonos que por lo menos todos los niños habían recibido el suyo. El sorteo fue la última actividad que realizamos con los niños. Los despedimos con caramelos y chupetines. Fue hermoso ver que se volvían a sus casas con las manos llenas.

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Me pregunté muchas veces sobre la mirada de ellos hacia nosotros. No tanto de los más pequeños, sino de los adolescentes, y por supuesto de sus padres. ¿Al final que somos para ellos? ¿Qué tan fantástico o denigrante puede ser tener que recibir ayuda? A muchos este tipo de actividades les da felicidad, a mí en cambio,  felicidad no me da, en absoluto. Incluso si sé que le estoy dando algo que ellos desean, como un juguete o una sencilla merienda, no, no me hace feliz. Voy a volver a mi casa y ellos a la suya y a su dura “realidad”. Pensé que antes que “nada”, es mejor “algo”. Tampoco me siento “buena” haciendo esta especie de asistencialismo. Al contrario, me siento miserable ¿Seremos extraños que tienen que ver un rato a cambio de un juguete?

“Las horas que están con ustedes, son horas que dejan de estar en la calle, gracias por haber venido”, nos dijo al final de la jornada Ricardo y nos invitó a que sigamos en contacto con el centro para programar nuevas actividades para el año entrante a lo cual accedimos quedando en organizarnos durante el verano para volver con planes más sólidos. Luego de una breve pero amena charla, nos pusimos a limpiar y ordenar todo. Los niños ya no estaban. Habíamos guardado nuestras pertenencias en los autos, era hora de volver, ahora con más fuerzas para generar nuevas actividades y con lo aprendido de una nueva experiencia. El contraste entre la villa y los edificios del centro, que vi cuando volví a mi casa, me impactó. Es la misma ciudad, minutos de distancia, y realidades tan distintas. Qué injusto, pensé.

emilia14 Quisiera agradecer con todo el corazón a todos los que nos ayudaron para que este evento sea posible. En especial a Anita que se puso la campaña de recolección de juguetes al hombro, consiguiendo casi la totalidad de lo donado. A todos los que nos brindaron sus autos para el traslado de mercadería, a aquellos que colaboraron con donaciones de dinero para comprar todo lo necesario para el evento, y a todos y cada uno que colaboró en pequeño o en grande para que hayamos podido celebrar este hermosísimo evento.

Emilia Cardoso
23 de diciembre del 2017
Our Voice Rosario

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