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erika2012cPor Erika Pais
Manos temblorosas, manos fuertes, seguras, manos sudadas, manos grandes, pequeñas, limpias, sucias… manos que firman un contrato. Un Contrato de Letras escritas con sangre, con lágrimas, risas, con lluvia, con viento, con polvo de estrellas, con sueños dormidos, con rayos de sol. Labios que besan la copa, que sorben la Sangre de Cristo y aceptan Su cuerpo.
Nunca más seremos aquellos que alguna vez dijeron sí, nunca lo fuimos. Almas arrastradas por el inconsciente hacia un camino intuido en más de una vida. Almas tristes seguras de vivir en una realidad que no les pertenece, con miedo a caer, a equivocarse, a construir y destruir de un soplido todo lo creado. Almas dulces, buenas, almas serenas, solitarias, ruidosas, silenciosas. Creadoras de un Universo ideal, amando, extrañando, necesitando esa Nueva Tierra, ese Nuevo Cielo que solo pocos merecerán. Obreros en construcción caminando entre los andamios haciendo equilibrio entre el aquí y el allá.
Espíritus pobres en la materia pero ricos en fuerza y empuje que andamos los senderos vestidos de humildes servidores, gritando con ahínco lo poco que podemos, sintiendo profunda devoción y agradecimiento de poder Servir esta Causa a la que fuimos invitadas a participar. No importan las miserias, no importan las diferencias humanas porque la Luz de la Esperanza nos guía en esta brumosa oscuridad que nos envuelve. Y los sentidos con los que encarnamos nos envían señales de alerta, algo no está bien en este denso planeta, cuando las situaciones que deberían de ser normales y naturales se propagan como ejemplos a seguir. No odiamos, solo amamos y en algún momento de angustia pedimos La Justicia, luego el miedo nos invade al imaginar cuán grande sería esta Justicia porque por un tiempo este planeta nos atrapa. Sus tierras, sus aguas, la vida latiendo dentro y fuera de ella ¿Cómo no amar este hermoso planeta azul, cómo no desear estar en él hasta que seamos lo que Dios quiera que seamos? ¿Cómo evitar levantarse cada mañana y sentir por la ventana como Ella, La Madre Tierra gime clamando ser oída? ¿Cómo no desear encarnar en este pedazo de universo una y otra vez?
Y emprendimos el viaje a la ciudad de Salto siguiendo nuestros instintos, escuchando solo el alma, el corazón, el viento y el camino, porque la razón de la materia nos clavaría como estacas inmovilizando nuestros cuerpos, haciéndonos incumplir las cláusulas del Contrato.
Partimos solo unos pocos, los que apenas pudimos hacerlo y anduvimos 500 kilómetros, bajo el brazo nuestras armas, una computadora barata y unos videos hechos con la desesperación que acompaña la sensibilidad de aquel que escucha el viento. Materialmente solo eso, pero de nuestro lado estaba el General de Generales, nuestro Maestro y el Verbo, el que nos embarga cada vez que subimos a un escenario o pisamos una sala de conferencias.
No podemos no emocionarnos cuando vemos las imágenes desfilar en la gran pantalla instalada para hacer de la sangre cuerpo y del cuerpo mensaje. Giorgio, su historia, los Signos, la dramática situación del planeta y la Gran mentira revelada a través de nuestros labios ansiosos de escupir tanta impotencia sepultada en el alma. ¿Dónde está la prueba de que todo lo hecho por el Hombre sea para su evolución? ¿Dónde están los beneficios de la ciencia sin conciencia? ¿Dónde está la calidad de vida que obtendríamos sometiendo al  Planeta? ¿Acaso no hay hambre? ¿Acaso somos cada vez más ricos intelectualmente? ¿La presencia de esas máquinas monstruosas que de un árbol hacen un escarbadientes ha permitido al Hombre hurgar en el espíritu y en las profundidades del Padre? ¿El hombre trabaja cada vez menos y educa a sus hijos en los valores y el amor cada vez más? El NO grande y rotundo sale de nuestras gargantas apuntando al público presente, las gráficas con números de muerte e imágenes devastadoras lo comprueban. Tanto que los presentes en la sala, una vez terminada la conferencia, solo deseaban actuar, principalmente algún joven apasionado que detenía una y otra vez las imágenes para hacerme preguntas, preguntas que yo contestaba sin importarme el tiempo pautado, hipnotizada de esos ojos puros, olvidándome de los presentes, sintiendo ese joven mi hijo, mi hermano, mi amigo más amado. Casi tres horas de embriagante defensa en las que recitamos como ansiosos abogados frente a un tribunal. Domingo, Adriana, Georges y yo desde el escenario, Marita, Loreley y mi pequeño hijo acompañando desde la mesa cerrando un círculo perfecto y haciendo bajar a la Tierra al Propio Cristo con nuestro deseo de Redención.
La televisión y las radios locales nos abrieron las puertas, pequeños dulces que nos regalaba el Cielo y que devoramos como niños ansiosos. De eso estamos hechos los que firmamos Aquel contrato, hechos de deseos desenfrenados, de esperanzas gigantescas y del aroma de la Tierra.
El sufrimiento apretado en el pecho que nos acompaña en el cotidiano vivir, como Seres que han comprendido que la Humanidad está al revés, que el mal nos aprisiona cada vez más y nos abre la boca a la fuerza para que traguemos su veneno y nos llenamos de él. Pero cuando subimos a un escenario, cuando entramos a una sala, vomitamos en su cara ese veneno transformado en Gotas de Verdad, nos vaciamos y comenzamos nuevamente ese eterno ciclo hasta que el Padre nos llame con El o el diablo nos gane y nos arrastre a las tinieblas. Mientras eso suceda seremos sobrevivientes que han firmado un Contrato.
La Tierra Justa y Serena, quizás agradecida por lo que hicimos, quizás para mostrarnos que es lo que estamos defendiendo, nos regala un paseo en canoa por hermosos arroyos y agreste vegetación. Ese río que nos vio reír, soñar, gozar mientras algunos hacíamos el esfuerzo con el remo para regalarle un pedacito de Cielo al hermano que depositó su confianza y nos permitió arrastrarlo más allá de la corriente nos saludaba en cada instante, nos refrescaba nuestros cuerpos y nos hizo olvidar por unas horas que una vez vacíos de todo, debíamos volver a casa y comenzar a beber nuevamente el veneno de aquel que gobierna aún pero por poco tiempo más este planeta.
Era la hora y aunque intentamos estirar las horas debíamos volver a casa y continuar cumpliendo con las cláusulas firmadas hasta que venga el Dueño del Contrato y nos regale Su Justicia y el Planeta Sea Libre, hermoso, lleno de vida, de luz, de colores brillantes como los que nos mostró a escondidas una tarde en nuestro arroyo.
Erika Pais.
Montevideo, 8 Dicembre 2013

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