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Italiano English Português Dutch Српски

erika2012cPor Erika Pais

“…y no nos dejes caer en tentación, más líbranos del mal”

Toda nuestra vida espiritual transcurre en un ir y venir entre la beatitud, la arrogancia, los pecados y las tentaciones. Pensando que podemos identificar y discernir entre unos y otros.

Toda nuestra vida, caemos y nos volvemos a levantar pero a veces no comprendemos que el caer en la tentación es el paso previo a sucumbir frente a nuestras grandes limitaciones espirituales.

Muy magistralmente en esta sociedad nos han engañado haciéndonos pensar que los pecados humanos eran tentaciones a las que inocentemente y no tanto, caemos por debilidad humana. Pero creo que debemos aprender a distinguir entre los pecados humanos de la materia y las tentaciones porque los unos no son consecuencias de los otros.

El hombre y su existencia es como una suave hoja flotando en un mar de olas, vamos y venimos a capricho de una conjunción de elementos que generan esas olas que nos mecen.

Somos una entidad espiritual dentro de un cuerpo físico de tercera dimensión y que, además, vinimos pura y exclusivamente por una misión determinada.

Nuestra necesidad inconsciente de pertenencia, de ser amados, valorados, de conectarnos con el Padre y sentir que siempre tenemos una oportunidad nos lleva continuamente a un laberinto de emociones y sensaciones que pocas veces podemos describir y menos aún identificar. Es así que actuamos y reaccionamos de acuerdo a lo que nuestra psíquis dicta, siempre producto del  entorno psicosocial en el que fuimos educados, en el que crecimos y sufrimos, un entorno meramente humano y contaminado por un sistema gobernado y dominado por el mal.

En esas circunstancias y casi víctimas por estar manifestados en un plano denso, pecamos, es decir cometemos errores en la materia, buscamos saciar aquella felicidad que se inscribe dentro de una educación humana viciada de ausencia espiritual y donde nuestros sentidos más profundos están adormecidos.

El llamado del Padre  se encuentra aislado detrás de un gran muro de concreto y acero.

La tolerancia del Padre es magnánima y protegiendo nuestra eterna lucha hasta nos perdona los pecados que pudimos haber cometido bajo la ignorancia del conocimiento sobre el espíritu.

Perdona los pecados que cometemos cuando saciamos la necesidad de la materia que nos envuelve y contra la que luchamos continuamente.

Bajo estos términos entonces puedo identificar al llamado “ pecado” como aquello que realizamos para sentirnos en contacto con la materia hacia la que nuestro instinto inconsciente de pertenencia nos empuja y que es casi el resultado natural de la dimensión que estamos experimentando.

Podemos pedir al Padre que nos “…perdone nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…” poniendo de esa forma al pecado en el mismo nivel de una ofensa hacia nosotros, es decir nuestra entidad material.

Porque si nosotros somos conscientes de nuestra entidad espiritual no habría nada en la Tierra que nos ofendiera a excepción de la blasfemia contra el Padre y Su Creación, pero no contra nosotros mismos.

Ahora bien, si rascamos un poco en nuestra materia, nuestro cuerpo y comenzamos a andar con consciencia en un camino espiritual o cuando respondemos a una llamada y despertamos a nuestra verdadera esencia y a las razones concretas y profundas de porque estamos acá, nos encontramos con un mundo maravilloso de la No materia.

Acceder a ese conocimiento comporta placer, alegría, amor, pero al mismo tiempo responsabilidad. El Conocimiento de lo que no se ve implica un grado muy alto de responsabilidad.

¿Por qué?

Porque nos libera de la materia y por lo tanto de los caprichosos deseos de ésta.

Pero no nos libera por nuestra satisfacción personal, nos libera para poder responder espiritualmente a la misión que hemos venido a realizar.

Y ser conscientes del sonido de la Voz del Padre, de Su Verbo, de la inmensidad del cosmos y la Ley Eterna nos coloca en una esfera quasi angelical, ya que nos son revelados los secretos de la eternidad de las almas.

Comprendemos el sufrimiento y descubrimos la verdadera alegría, experimentamos el verdadero amor y somos capaces de crear con el alma y el pensamiento.

Somos capaces de dominar la dimensión que antes nos dominaba. Y a partir de ahí comenzamos a vivir entre dos mundos antagónicos. Es así y debido a eso que el Padre, aún sigue perdonando aquellos pecados. Aquellos que buscan conectarse con la materia en una vida casi esquizofrénica en la que nos sumergimos. En la que debemos alimentar a un organismo físico para poder preservar al espíritu que debe misionar.

Pero es en este momento en el que comenzamos a experimentar las tentaciones.

¿Qué es una tentación?

Es aquello que nos empuja a renunciar a nuestra esencia. A retrasar y paralizar la misión que debemos realizar. Aquello que nos aleja del Padre y que escupe sobre los conocimientos que se nos han confiado. Lo que pondría en riesgo un equilibrio universal y cósmico, debido a que estos podrían ser puestos al Servicio del Mal siendo nosotros mismos los artífices de esta locura.

Lucifer no pecó, de ser así el Padre lo hubiera perdonado sin muchas otras consecuencias, Lucifer cayó en tentación. Quiso poner a su servicio personal todo el conocimiento heredado y aprendido, creyó que el solo conocimiento lo asemejaba al mismo Dios. Lucifer cayó en aquella tentación a la que pedimos al Padre no nos permita experimentar cuando oramos. Porque si oramos con consciencia es porque el conocimiento Divino se abrió frente a nosotros, entonces somos depositarios de una sabiduría infinita.

Ahora bien, entonces tenemos Tentación y Pecado.

Pecado no es producto de la Tentación, más bien pecar nos podría empujar a caer en la tentación y la tentación es apartarnos del camino. Es utilizar la oportunidad que se nos ha brindado de ser parte creante de nuestra realidad a través del conocimiento profundo de las causas y el devenir de las cosas y utilizarlo para calcificar nuestra experiencia de tercera dimensión, sirviendo a la materia.

Tentación es ser ciegos y sordos frente a una Verdad que se abre a nuestros ojos del espíritu. Caer en tentación es matar mil veces el espíritu, es no creer en el amor verdadero, no creer en aquello que estamos haciendo, no creer en la batalla de Armaghedon que desarrollamos día a día. Es servir a la materia con consciencia y conocimiento cabal de las cosas que atañen al espíritu.

Identificar la tentación es muy difícil ya que es muy sutil, porque se esconde detrás del pecado y nosotros estamos tan atentos al pecado que nos olvidamos que le abrimos la puerta a la tentación. El Padre podría tener cierta tolerancia hacia nuestros pecados si estamos en el camino y es precisamente porque debemos estar mucho más atentos a no caer en la tentación. Si dominamos la tentación dominamos el pecado, pero si dominamos el pecado aún podemos caer en la tentación, que es mucho más grave.

No reaccionar con la psiquis producto de nuestra vida en la materia frente a todas las situaciones que nos enfrentaremos o mejor aún poner a la psiquis al servicio del espíritu es un camino inicial y certero para preservarnos.

Que el dolor en el alma, la sensación de vacío y la ausencia del amor que provoca en nosotros caer en tentación sea siempre un recordatorio sobre quiénes somos, a que vinimos y hacia dónde vamos.

Erika Pais

17 de Junio 2016

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