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funi100Por Francesca Panfili
El domingo 19 de Octubre tuvo lugar la “Marcia della Pace Perugia Assisi” (Marcha de la Paz desde Perugia hasta Asís) de la que participamos los integrantes de la Asociación FUNIMA International. Los organizadores de la marcha propusieron muchas temáticas  importantes.
¿Porqué marchar por la Paz en este 2014? ¿Sigue teniendo sentido participar de la marcha?
Hemos querido responder de la siguiente forma a estas preguntas. La contemporaneidad en la que vivimos, hoy más que nunca, se caracteriza por la guerra.
La palabra guerra domina nuestros horizontes materiales y culturales y nuestros pensamientos. Nunca como hoy la guerra es algo palpable, omnipresente y omnisciente, una idea que a esta altura se ha consolidado en la vida cotidiana. Los escenarios de esta guerra ya no tienen límites. Es una guerra ilimitada y asimétrica que involucra cada instante de nuestras vidas. Se trata de un concepto con el que hemos aprendido a vivir y que, a esta altura hemos – quizás – aceptado tristemente. Pero el futuro que se vislumbra para este planeta nos hará chocar aún más con esta locura belicosa de la actualidad.
funi1Hoy al hablar de guerra no se puede hacer referencia solo a los conflictos armados, si bien estos están en creciente aumento en el mundo. Hoy la guerra es el cáncer social de la idea de hombre esclavo de la producción, de la ganancia y del dinero. La apoteosis del paradigma marxista de un ser existente que es solo un medio y no un fin reina en una lógica unida a un mercado global que nos ha unido más en el mal que en el bien, que ha sabido agudizar las diferencias de dinero entre los pueblos y masificar los cerebros y las actitudes de muchos. Hoy la guerra es la que se combate en el lugar de trabajo para evitar un despido, para los afortunados que tienen un empleo. Para otros, sobre todo para nosotros los jóvenes, la guerra está adentro. Una guerra en contra de la desocupación que se difunde en nuestro País, pero la que es aún más dramática es la guerra social y espiritual. Hoy se vive sin la esperanza de poder funi2cambiar nuestro futuro y sin darle un sentido a nuestro presente, precisamente porque la indescriptible realidad en la que vivimos no nos permite atribuirle un significado a la existencia, después de que todo lo que nos rodea la ha vuelto frívola, sobre todo si se espera que el significado nos lo de un sistema que dicta las reglas y las nuevas modas.
La locura cultural y humana en la que vivimos nos lleva a toparnos con esta guerra, que quizás sea la más terrible, pero también con guerras lejanas. Conflictos sin límites que no solo afectan al Sur del mundo, sino a Países cercanos al nuestro, pensemos en la guerra en Ucrania por ejemplo, o en el avance del “terrorismo islámico” hasta las puertas de Europa. La misma definición académica que ya forma parte del lenguaje cotidiano del Norte y del Sur del mundo carece de sentido a la luz de la crisis global y bélica que está atravesando esta humanidad. Medio Oriente, que desde hace sesenta años vive una sangrienta lucha fraticida, ha visto que este año, una vez más, la agresión israelí en contra del pueblo palestino de Gaza, ante los ojos impávidos de los grandes poderosos del mundo y de todas las naciones ligadas al poder israelí-norteamericano. El polvorín iraquí y afgano, después de años de mentiras estadounidenses, después de miles de millones de dólares gastados y de vidas humanas perdidas, hoy ha explotado en forma inédita y trágica. El terrorismo internacional, excusa norteamericana creada en una sala de reuniones para provocar una inestabilidad en zonas estratégicas del planeta, recobra fuerza más que nunca bajo la nueva indumentaria del ISIS. La crisis siria, rodeada de desinformación y locuras descomunales, sigue cosechando víctimas inocentes. La guerra en Ucrania, o bien, la guerra que tenemos en casa, en la Europa moderna y “unida”, representa otro conflicto estratégico crucial para los equilibrios mundiales, un hecho que recuerda el eco del conflicto bipolar en clave de lectura contemporanea, casi como diciéndonos que la guerra fría nunca terminó. Y ahora el comienzo de una rebelión en Hong Kong que parece una nueva movida norteamericana para minar los delicados equilibrios que rigen en la dictadura china. Y mientras tanto la alarma del ébola en los países africanos, nos recuerda que la guerra es también ésta hoy en día, hasta un virus, una bacteria, ya sea virtual o real se convierte en arma del conflicto, o en la causa del mismo. Y luego la inmigración, la guerra silenciosa que se vive en una Europa que ha fracasado, que es incapaz de lograr una verdadera unión, de ser previsora, de crear cualquier estrategia política y económica. Miles de Cristos mueren asesinados por el silencio de una Comunidad Internacional cada vez funi3más incapaz de actuar eficazmente. Cuerpos de hombres, mujeres y niños que flotan en nuestros mares y en nuestras conciencias. La caída de los régimenes árabes, de las primaveras árabes guiadas y promovidas por Washington hoy muestran sus dramáticas consecuencias a una opinión pública ciega y sorda.
¿Qué paz puede haber en un mundo minado de guerras sin fronteras? Guerras entre pobres, guerras de trabajadores, de negros, de amarillos, de jóvenes, de desocupados, de inmigrantes... guerras de ignorancia, de incoherencia, de mentes que han dejado de razonar (o que quizás nunca lo han hecho).
Entonces ¿qué motivo habría para seguir participando de esta Marcha? Muchas veces me hice esta pregunta. El habitual desfile de falsos políticos que se dicen pacifistas y que luego militan en partidos que votan leyes a favor de las armas. Miles de incoherencias y falsedades. Sin embargo este año también quise participar. El motivo que me impulsó fue el de querer ver y hablar con muchas personas buenas, con niños, jóvenes, adultos, ancianos, que allí se encontraban, que habían decidido dormir en el tren para poder llegar a la marcha, alojarse en hoteles, u organizar algún medio de transporte para poder estar presentes. Me encontraba allí para ver el andar de Salvatore Borsellino que recorría, con su “Agenda Roja” en alto, el camino que separa Perugia de Asís junto a su hija. Me encontraba allí para hablar con los chicos que trabajan en las tierras confiscadas a la mafia, para observar a un grupo de jóvenes mujeres musulmanas que intentan explicar que el Islam no es el ISIS, para hablar con los chicos que desempeñan cargos en los consejos municipales del Norte, para mirar al pueblo que lucha en contra funi4del TAV (Tren de Alta Velocidad), a los animalistas, a los partisanos de la asociación ANPI, a los chicos que llevaban pancartas en sus manos, a los abuelos que este año también acompañaban a sus nietos.
Estas presencias me reconfortaron. Me encontraba allí para estar, a pesar de que seguimos siendo pocos si miramos lo que está ocurriendo. Me encontraba allí porque querría destruir este paradigma contemporaneo tan inhumano y belicoso, tan lleno de violencia, para decir que la guerra no está lejos sino que es la que vivimos todos los días. Me encontraba allí porque querría que este mundo cambiara, que la misma idea de guerra sea revisada y actualizada. Me encontraba allí para demostrar el desprecio que siento por las contradicciones que definen la condición humana y a los pueblos del mundo, para poder crear un nuevo paradigma, una nueva versión de lo que todos juntos, casi siete mil millones de personas, estamos viviendo. Solo si cambiamos nuestra mente, nuestro pensamiento, nuestra idea de vida y de muerte, podremos tener paz, primero en nuestra mente, hoy más en guerra que nunca. Solo así podremos, quizás, volver a pensar la historia, poder vivirla, poder escribirla y verla bajo la luz de otras perspectivas y de otras ideas que, espero, algún día no muy lejano lleguen a guiar los caminos de miles de millones de hombres y mujeres que han elegido reelaborar el futuro comenzando a vivir un nuevo presente.

Francesca Panfili


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