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Matias Guffanti operador100Por Matías Guffanti

Siento a la vida como un milagro, un acontecimiento mágico y divino que se expresa en cada cosa, en cada lugar y en cada ser. Una energía que nos contiene a todos, nos ama, nos forma y nos cría. Nos mueve, como el viento a las hojas, nos moldea, como la brisa a la duna y nos transforma, como la luz germina a la semilla. Siento a la vida como la inteligencia que gobierna al cosmos, todo lo creado y todo lo que aún no se creó. El prodigio que día a día nos alimenta y viste nuestros cuerpos, hace latir los corazones, nos lleva de un lugar al otro recorriendo sus mundos y sus caminos a través del universo, y a cada instante, a cada segundo, vuelve a hacerlo todo nuevo.

Nos quita todo para hacernos parte de su ser. Nos pide el máximo sacrificio y a cambio nos entrega el cosmos, nos da su amor así como el sol nos ilumina, guiando nuestros pasos para encontrarnos con ella misma. Ninguna estrella brilla sin su luz, ningún planeta gira sin su fuerza y, en su perfección, nada sucede al azar, cada espíritu encuentra su lugar en el momento en que debe hacerlo, frente a las personas que debe encontrar y en las decisiones que deberá tomar con su discernimiento.

Podemos seguirla o podemos dejarla, podemos convertirnos en la vida misma o morir mientras estamos vivos en ella, podemos hablar de su verdad con nuestra mirada llena de su alegría o dejar que la mentira nos encierre dejando de sentir toda su energía en nuestro interior. Y así depende de cada uno de nosotros, amarla, servirla, dejar todo por ella o descansar en la comodidad e indiferencia que nos hace olvidar quiénes somos y nos pierde.

Somos chispas de luz viajando en la creación, somos el espíritu eterno que muere y renace, evolucionando, cambiando nuestra forma en el amor, por el amor y para el amor. Somos todo lo que existe. En nosotros no hay final y cada momento es eterno. No hay distancias. Somos luz pulsante que vive, que crece, que siente y siempre seguirá viviendo. Somos esas chispas que el fuego de la vida enciende y un día retornarán a él.

Un fuego que se mantuvo ardiendo en la humanidad desde su inicio, de hombre en hombre y, al día de hoy, nos sostiene. Una llama que la vida me hizo ver y sentir a través de un ser que con sus conceptos y su filosofía convirtió al universo en mi familia, al mundo en mi hogar, a los que luchan por la verdad en mis amigos y a mis sueños en certezas. La vida me llevó a través de sus misteriosos caminos a la Obra de Giorgio Bongiovanni, hizo de sus integrantes mis hermanos y de su causa mi amor más profundo.

Hoy, mis días transcurren dentro de ella, todo lo que tengo y todo lo que soy es de su Obra, que es de Dios. En ella me formo, trabajo, estudio, crezco como persona en la ética y la moral que intento imitar de Cristo. No tengo dinero, ni ahorros personales, pero tengo el amor de mis hermanos que es la fortuna más grande que jamás haya conocido. El amor de personas que siguen a la vida, que luchan por ella, que dejan todo por ella y que hablan de la verdad perfumados por su energía.

Viajé a Italia a ver a Giorgio, a su familia y a nuestros hermanos, un día después de mi cumpleaños en este 2016. El viaje se decidió en un instante y a las pocas horas ya no estaba en mi continente. Sabía que la vida me sorprendería una vez más y así fue. Fui feliz por cada momento, por encontrar a otros jóvenes que aman la vida, por compartir esos días y esas noches con ellos, riendo bajo el manto de luces que destellaban en el cielo, viendo caer estrellas fugaces o compartiendo los segundos mágicos de un amanecer.

Era feliz porque esos hermanos que la vida me dio me hacen sentir vivo, con ellos mi esperanza se renueva y todo en mí toma fuerza. Compartí sus reuniones, sus viajes, sus conferencias, las enseñanzas de Giorgio en su casa, las necesarias reuniones para solucionar los problemas que surgían, el encuentro con todas las Arcas en la ciudad de Pordenone en conmemoración de la Asunción de la Virgen, los seminarios de Pier Giorgio Caria en diferentes ciudades, el aniversario de los Estigmas y el cumpleaños de Giorgio y de otros hermanos. Caminé con ellos por las calles y lugares que San Francisco de Asís recorrió con Santa Clara anunciando el Nuevo Reino prometido por Cristo y que hoy sus discípulos siguen anunciando. Viví el terremoto con epicentro en Amatrice, de magnitud 6.2, que se llevó la vida de 300 personas y esa misma noche presencié las manifestaciones del Cielo para consuelo de todos. Cada momento y cada lugar fueron para mí grandes enseñanzas con profundos significados.

Las experiencias fueron muchas, como así las diferentes emociones. Estar cerca de Giorgio transforma mi conciencia y siempre me lleva a nuevos estados que me hacen crecer y madurar bajo su luz. Él es para mí un maestro, un padre, un amigo, un hermano, una persona a la cual quiero seguir e imitar por cada uno de sus actos, por su discernimiento, por su amor y por su lucha sin descanso.

En los últimos días del viaje acompañé a Giorgio a su ciudad natal, con Sonia Alea, Mara Testasecca y Sonia Tabita. Y mirando el paisaje de una ciudad humilde, como lo es Floridia (Sicilia), me parecía estar en Palestina 2000 años atrás. Las montañas, la tierra seca, los olivos y las piedras no parecían ser parte de Italia sino de Medio Oriente, donde Jesús, el hijo de Dios, caminó con sus discípulos predicando su mensaje. Recorrí las calles en las cuales Giorgio jugaba de niño, la pequeña y antigua casa donde nació y la plaza principal en la que se encuentra la Iglesia de San Pablo, construida en memoria del primer estigmatizado y apóstol de los gentiles, Pablo de Tarso, quien según cuenta la historia habría descansado 3 días para predicar en ese mismo lugar, Siracusa, antes de seguir su camino a Roma.

Ahí estaban sus amigos de la infancia, los vecinos de toda la vida, la fábrica donde trabajaba su padre, el camino que recorría de adolescente para visitar a su maestro Eugenio Siragusa y la escuela en la cual estudió. Al caminar por esos lugares muchos lo saludaban y recordaban aquellos años en los que se crió en esas mismas calles y casas que, como detenidas en el tiempo, permanecen intactas. En algunos negocios era perceptible el murmullo de la gente al reconocerlo como “el estigmatizado de Floridia”, una localidad humilde que fue cuna de la señal más grande de los últimos tiempos. La nueva Galilea de los gentiles, después del mar, al otro lado del Rio Jordán, que fue testigo de muchos prodigios y milagros.

Recuerdo a su madre, Giovanna, que nos recibió en su casa con un amor infinito, a su hermano Filippo que recordaba las historias de Eugenio y a su amigo de toda la vida Enzo Tata, que fue a visitarlo para hablar de sus nuevos proyectos y de la conferencia que estaba organizando con sus últimas fuerzas, para Giorgio, en Siracusa. Conocer a Enzo momentos después de que los estigmas habían sangrado, mientras la madre de Giorgio rezaba a su lado y contemplaba el milagro en su hijo, fue un privilegio que el Cielo me concedió. Fue la última conferencia organizada por Enzo y eran sus últimas palabras, las que utilizó hasta el final para dar testimonio, antes de dejar este mundo, de la grandeza de Giorgio y de su amor.

En cada encuentro, en cada conferencia, en cada concepto, la luz resplandecía entre las tinieblas, el Verbo se hacía presente entre aquellos hombres y el fuego volvía a encendernos. Era la vida, el Cristo en simbiosis con el espíritu creador, la inteligencia cósmica que por un acto de misericordia infinita se manifestaba en una de sus pequeñísimas células que forman parte de su inmenso ser. Era el Dios omnipresente, omnisciente y omnicreante manifestándose a nosotros, que somos la nada de la nada misma, pero por su amor lo somos todo.

Luego de Floridia nos dirigimos a Palermo, la tierra del extremo bien y el extremo mal, de sentimientos intensos, de mártires y criminales, de justos y asesinos, donde una guerra física y espiritual se vive cotidianamente. En esa ciudad recorrí con Sonia, Aaron Pettinari, redactor de la revista Antimafia Duemila y Sonia T. una parte de su historia retrocediendo en el tiempo. Con las anécdotas del amigo y ayudante de los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, único sobreviviente del atentado de Chinnici, que nos mostraba apasionadamente sus oficinas, nuestros espíritus parecían haber retrocedido a los años 90, viviendo con ellos esos instantes de risas, de trabajo sin cansancio e interrogaciones a los mafiosos que darían las primeras pistas del sistema criminal mundial. Aún se podía percibir la presencia de dos hombres que marcaron con fuego la difícil lucha en contra de la mafia.

Pero aquel momento de emociones y lágrimas era sólo el preámbulo de una situación que quedaría grabada por siempre en mi vida. Por la tarde Sonia Tabita, en representación del grupo teatral en contra de la mafia “Our Voice”, y yo como periodista del programa radial de la ciudad de Rosario “Frecuencia Joven”, entrevistamos al fiscal antimafia Antonino Di Matteo, quien con el mayor de los profesionalismos respondió a cada pregunta, refiriéndose principalmente a la importancia de la lucha de los jóvenes en contra de la injusticia y por un mundo nuevo, en una revolución cultural necesaria e indispensable para poder seguir adelante como humanidad.

En sus palabras se manifestaban sus valores. “La indiferencia es un pecado mortal”, nos explicaba en su oficina del Palacio de Justicia, llena de libros y expedientes, custodiada por la escolta que cuida su vida de la condena a muerte que la mafia ya decidió. Él nos hablaba de justicia, de verdad, de conciencia, de valores, de amor, de lucha y de revolución, del deber de un hombre no por la búsqueda de resultado, sino por el deber mismo. Fue una entrevista en la que me parecía no estar más en este mundo, escuchando ideas y palabras que venían de un lugar superior.

Siento que mi vida junto a Giorgio siempre fue un milagro, rodeada de la sabiduría de los antiguos dioses de las estrellas, que la vuelven impredecible pero completa. Sus pasos siempre me guiaron y siempre me guiarán. En su mensaje nací de nuevo. Por él conocí la verdad, aprendí que para obtener la paz y el bien que anhelamos antes debemos combatir el mal y que Dios, sobre todas las cosas, es justicia.

Gracias eterno comandante, porque a través tuyo Dios nos consuela. Agradezco al Cielo, agradezco a Dios, agradezco a los seres del cosmos que me acompañan y me guían, agradezco a la vida, agradezco a nuestro Señor que pronto regresará por los suyos y que con su potencia juzgará al mundo, agradezco porque todo lo que tengo y todo lo que vivo no me pertenece, sino que es para servir y amar a la vida que me creó y me hace crecer.


Matías Lucas Guffanti
Arca Lily Mariposa
Rosario, Santa Fe, Argentina.
15 Novembre 2016

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