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Por Damián Becco

Él está siempre a nuestro lado, jugamos, reímos, lloramos, Él siempre está a nuestro lado, nos alejamos a veces, nos enojamos también, y Él sigue estando.

Después de las profundas palabras que nos dijo Giorgio Bongiovanni el sábado 11 de enero, no puedo más que pensar que estamos atrasados hermanos, si, demorados en aquello para lo que vinimos cada uno de nosotros.

¿Quién soy y quiénes somos? ¿Hacia dónde voy? ¿Hacemos lo que nos pide el Padre? ¿O hago lo que me parece que está bien y me gusta? La voluntad del Padre, eso tan perfecto que mueve estrellas, planetas, da vida al cosmos entero, y que nosotros, tenemos resistencia y pocas ganas de realizar muchas veces.

Estábamos delante de un ser maravilloso ese sábado, que todavía nuestra mente no comprende o no quiere comprender, y no queríamos captar la esencia de las palabras del cielo, porque pensamos que choca con nuestros parámetros de vida, con lo que pensamos que debería ser nuestro camino hacia el Cristo, queremos moldearlo a nuestra conveniencia, y eso jamás va a pasar, todo lo contrario, vamos a ser desnudados hasta de nuestra propia personalidad.

¿De qué se trata todo esto? ¿Cuál es el secreto de cada una de nuestras vidas? Solo buscar al Padre, de verdad, no con intenciones vacías, sino con acción verdadera, buscarlo hasta en lo más pequeño también, como en aquella flor que se abre al costado de un camino.

A veces pienso, ¿por qué no lo busco? ¿Por qué caigo tan fácilmente en el juego de la oscuridad? Esa oscuridad que todavía tenemos todos dentro, nuestros egos, nuestra indiferencia, nuestro egoísmo y por supuesto nuestra hipocresía, hipocresía ante el Padre, ante el Cristo, ante Giorgio y ante un hermano.

Dejemos todo de una vez por todas, pero dejémoslo por amor, solo por amor. Amor a la verdad, amor a la creación, amor a la vida verdadera.

Yo soy nadie, en el océano cósmico hasta soy menos que un grano de arena, sin embargo Él vino, me salvó, nos salvó, nos sostiene, nos ayuda, nos reprende… debemos ser como un bebé en los brazos de una madre, donde nuestra vida está entregada a Él. Eso deberíamos hacer, entender de qué se trata todo, hacia dónde vamos, saber, comprender, ¡la muerte no existe hermanos! Hasta el dolor es ilusorio, ¡liberémonos del innombrable! ¡Dejemos de ser sus títeres! ¡Neguémonos! ¡Humillémonos! ¡No seamos nada! ¡Pero sí, hagamos la voluntad del Padre Altísimo!

¿Cuántas veces el cielo nos va a repetir lo que tenemos que hacer? ¿Tan necios podemos ser? Cada vez me aborrezco más, este cuerpo, esta personalidad, estos sentimientos, esta mente, estos pensamientos, esta fetidez a veces me satura hasta más no poder, pero debemos acordarnos, para qué vinimos, elegimos venir en misión, no seamos tontos, está grabado dentro nuestro.

La vida es algo maravilloso, pero la vida espiritual es la vida en sí, la vida en la luz, en el Padre, en el todo.

¡El Cristo viene de verdad, de verdad! No tengamos distancia ante él, nos está escuchando, nos está viendo, sabe lo que hacemos, sabe absolutamente todo. No nos engañemos más, no quedemos atrapados en las telarañas del mal, no hay nada más maravilloso que escuchar ese sonido de la creación misma, ese amor, esa música tan extraordinaria que es el amor de nuestro Maestro, y fundirnos en Él, como una nube en el cielo, como una gota de lluvia que cae al mar.

Entonces hagamos también como Francisco de Asís, despojémonos de todo, aquello que nos gusta, aquello que no nos gusta, aquello que pensamos que somos y que piensan de nosotros, tenemos que ser ese bebé, en los brazos de esa madre amorosa, donándonos completa y exclusivamente a ella.

Esa disponibilidad y entrega es la que pide el Cristo de todos nosotros, entregarnos en cuerpo, alma y espíritu a los designios de Él, y así poder hacer aquello para lo que fuimos creados. Solo eso.

No busquemos premios, no busquemos experiencias sobrenaturales, no busquemos nada así, solo ese aroma, esa fragancia de rosa, ese amor inmenso, y volver, volver finalmente a nuestro verdadero hogar.

La voluntad del Padre es aquello que muchas veces no queremos afrontar o realizar, sacudámonos el polvo, pero esta vez no de los pies, sino de nosotros mismos.

Con profundo amor.

Damián Becco

15 de Enero 2015

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