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charrua100Por Adriana Navarro.

Esta crónica podría tener infinidad de títulos: Resistencia en Tiatucura, El genocido charrúa, La historia se repite, La Madre nos llama, El espíritu charrúa, etc., etc., porque abarca todo eso y más.

Entre las distintas actividades que Un Punto en el Infinito se ha propuesto realizar para este año, está un ciclo de charlas, a razón de una por mes con distintos temas que sirvan para abrir la conciencia, aunque en apariencia no estén directamente vinculados a la obra. Temas diversos, temas para los ateos, para las personas que son muy activas socialmente, para aquellos que sufren en esta sociedad, para aquellos que se preguntan sobre distintos temas “espirituales”, etc., etc. En realidad para nosotros espiritual es todo, porque todo lo que hacemos a nivel físico tiene consecuencias espirituales, pues nuestro físico es el vehículo que poseemos en esta dimensión, y viceversa, todo lo que hagamos por mejorarnos a nosotros mismos, por mejorar nuestras creencias o conocimientos, por romper viejos esquemas repercutirá en lo que hagamos, y por tanto en cómo modifiquemos el mundo físico que nos rodea.

Como tema de la primera charla, a sugerencia de Domingo Silva siendo que se aproximaba la fecha del 11 de abril, elegimos hablar de nuestras raíces, sin por ello negar que obviamente somos un pueblo en gran medida descendiente de inmigrantes. Sin embargo por motivos desconocidos para gran parte de la población se ha querido borrar para siempre el hecho de que en nuestras venas, y en nuestras psiques esté el sello de los pueblos originarios de América. Previo a esta charla, -que quedó fijada para el viernes 24 de abril-, en vista de la oportunidad que se nos presentaba decidimos viajar hasta el lugar en que ocurrió ese genocidio.

Pero ¿cuándo fue cometido el genocidio de este pueblo?, el pueblo charrúa.  El 11 de abril de 1831, poco tiempo después de nuestra declaración como país independiente, y pocos días antes de la jura de nuestra Primera Constitución, el 18 de julio de 1831. ¿Puede ser posible que en un país recién independizado, se cometa un genocidio? Para comprenderlo debemos preguntarnos: ¿quiénes eran los charrúas? Brevemente responderemos que era uno de los pueblos originarios de estas tierras a la llegada de los conquistadores europeos, y seguían siendo una nación libre hacia el 1800. Con un agregado más, en mi humilde opinión, eran el pueblo de Artigas, inserto este último en la historia como el Padre de la Patria. Digo inserto en la historia de esta manera, porque en verdad José Gervasio Artigas fue traicionado más de una vez, y sus ideas, profundamente adelantadas aún a la época actual, la idea de una Patria Grande, donde cada pueblo pudiera conservar su identidad, su autonomía, y convivir en armonía con los demás pueblos, aún hoy resulta una utopía para unos, y una idea muy peligrosa para otros. Pero volviendo sobre mis palabras ¿por qué los charrúas eran el pueblo de Artigas? Porque eran los únicos preparados espiritualmente para comprender sus ideas, y quizás fueron también sus inspiradores, -al menos en buena parte-. Eran indomables en su idea de libertad, en su honestidad, fieles a su palabra, sabían respetar y convivir en comunidad con otros pueblos. Pelearon valientemente junto a Artigas por la libertad, y lo acompañaron desde cerca en el éxodo del pueblo oriental. Por todo ello fueron traicionados igual que él, engañados y “matados por la espalda”. No sólo fue en “Salsipuedes”, hubo otros lugares, donde también fueron emboscados. En Salsipuedes se los invitó como a amigos por parte de Fructuoso Rivera, -primer presidente del Uruguay-, se los desarmó, se los emborrachó, como técnica para poder vencerlos y exterminarlos, pues no se combatió contra ellos, no fue una batalla, fue traición, fue bajeza, fue barbarie...

Igualmente la sangre charrúa tuvo su huella en nosotros, en cada uno, y como además los espíritus vuelven, más allá de los fenotipos que son cambiantes, lo aprendido por un espíritu libre, se manifestará siempre en las distintas existencias futuras.

Es por ello que seguramente, más de uno de esos espíritus, está entre nosotros, soplándonos al oído vientos de libertad, honestidad y belleza, inspirándonos a cuidar nuestra tierra, a ser valientes...

Es así que en la madrugada del domingo 12 de abril partimos junto a otros grupos pertenecientes a distintas organizaciones sociales en dos ómnibus hacia el lugar de “Salsipuedes”, a modo de conmemorar, es decir, de no olvidar a este pueblo, y de no olvidar este genocidio, que los libros de historia han intentado borrar, como también lo han intentado hombres de la política como Julio María Sanguinetti, quien fuera nuestro primer presidente a la salida de la dictadura (1972-1985),  que declarara que a los “indios los mató la gripe, aquí en Uruguay no hubo un genocidio”, con una sonrisa casi como queriendo decir al interlocutor  que no dijera disparates. ¡Oh casualidad!, la dictadura también  cometió un genocidio contra el pueblo, desapareciendo y secuestrando hombres, mujeres y niños, so pretexto de combatir subversivos, cuando en verdad se buscaba acabar con los  ideales de justicia social, con altos valores humanos que fueron perseguidos en la década del 60 en nuestro país. Agreguemos que también Sanguinetti fue promotor a la salida de la dictadura de la llamada “Ley de Caducidad”, que impide juzgar a torturadores y represores.

mujeres-originariasLos guías de este viaje fueron el historiador y maestro Gonzalo Abella y su esposa. Viajamos durante la madrugada y vimos el amanecer en Paso de los Toros, junto al Río Negro. Un amanecer sereno, casi de verano, que emanaba la belleza que es característica en nuestro territorio, serena sin exhuberancias, despierta un sentimiento de paz, y con el Sol naciente, se puede anhelar por unos instantes el renacer de esta humanidad.

Gonzalo nos cuenta que esta ciudad se llamó Santa Isabel de Paso de los Hombres Toros, ya que este lugar era el único en que el río daba paso para la tropa de Norte a Sur en los tiempos de Artigas. Por otro lado hace millones de años el océano entraba hasta aquí, por lo cual en la zona se encuentran fósiles marinos, el suelo tiene una antigüedad mucho más grande que la de la cordillera de los Andes, y era una zona de mega fauna. Un primer punto por el cual deberíamos empeñarnos en proteger y conocer la tierra que habitamos.

Estamos cerca del lugar de la masacre de Salsipuedes. La zona de la emboscada fue en la horqueta que forman los ríos Salsipuedes Chico y Salsipuedes Grande, ya que el primero es afluente del otro, donde se forman además varias lagunas, en las que se habrían tirado los cuerpos de los niños, mujeres y hombres asesinados.

Ya en la mañana, Gonzalo nos anuncia que subiría junto con nosotros una baqueana  oriunda del lugar, que aprovecháramos a hacerle preguntas sobre todo lo que quisiéramos. Su nombre Estela Errandonea. No hizo falta hacerle muchas preguntas, una mujer de unos modales dulcísimos, pero firme, de esas personas humildes, pero que no se hacen rogar, pues siempre están dispuestas para los demás comenzó a mostrarnos los distintos lugares por los que pasábamos y hacernos la historia del lugar.

Desde la ruta para llegar a los potreros de Salsipuedes hay que andar unos treinta y pico de kilómetros, que es el mismo camino que lleva hasta el pueblito de Tiatucura. Se pasa por estación Peralta, una antigua estación de diligencias, y luego desviando hacia la izquierda se cruza primero el Salsipuedes Chico, luego el Salsipuedes Grande y se llega hasta el Memorial Charrúa, un monumento en hierro forjado sobre un montículo de piedras que recuerda los naipes que realizara Tacuabé durante su prisión. Tacuabé fue uno de los charrúas sobrevivientes de la masacre que fuera llevado a Francia junto a otros tres -entre los que se encontraba una mujer embarazada- para ser exhibidos como animales exóticos.

Estela nos cuenta que en el pueblo de Guichón existe un grupo de personas –grupo Creativos-, que han trabajado mucho junto a Gonzalo Abella para recordar la matanza de charrúas, así como recuperar la historia y la memoria. También se llevó al Parlamento un estudio satelital para determinar el trazado del “Camino del Indio” (del cual más adelante Gonzalo mismo nos explicaría) y velar por su conservación.  Se votó presupuesto, pero nunca se hizo nada. Hubo un señor, Pablo Valdez, perteneciente al grupo Creativos, que se conectó con otros grupos de Sudamérica para realizar encuentros culturales con el fin de rescatar esa riqueza que se quiso borrar. Muchas fueron las anécdotas de esta mujer, y siempre es menos lo que se puede retener y volcar en páginas de lo que quisiéramos.

Hablando la historia del pueblo de Tiatucura, el más cercano a Salsipuedes, nos contó que la Escuela Rural No.29 la cual visitaríamos, la escuela del pueblo, donde ella iba cuando niña a caballo, era el centro cultural social de la zona.

Pero durante la dictadura (1972-1985), comenzó la despoblación de la campaña, aunque el pueblito de Tiatucura logró sobrevivir. Las casas, muy poquitas eran de piedra, o adobe. Cerca, en una estancia había un panteón con una inscripción de una aborigen que sobrevivió a Salsipuedes. Esa aborigen formó pareja con el dueño de la estancia y tuvieron hijos. Hoy este lugar está bajo el dominio de los plantadores de soja transgénica, y muchos vestigios de nuestra cultura como este se pierden por indiferencia de los dueños de la tierra, -pero que no son gente apegada culturalmente al lugar-, o por desconocimiento. La población rural, de la cual gran parte tiene ascendencia nativa, -eso se entiende estudiando nuestra historia- se fueron buscando futuro y los terrenos quedaron en cualquier mano. El cementerio tiene restos arqueológicos y se lo han concedido a un particular.

Desde el punto de vista social la campaña ha cambiado mucho. Antes de la dictadura había muchas familias, con muchos hijos, que vivían de lo producido por el campo. Pero a partir de ahí todo comenzó a cambiar, muy pocos aguantaron. Uno de ellos, su padre, que hoy tiene 90 años, resistió, no entregó lo que tenía y quiso seguir en el mismo lugar. A Estela la emociona contar esto, porque el valor de la tierra ha cambiado y muchas veces “por unas monedas se cambia toda una sociedad”. Muchos de estos campos terminaron en manos de los militares. Existía una triangulación que se hacía con la venta del ganado y bajaron terriblemente los precios para los productores. Una oveja valía lo mismo que un pollo. Hubo mucha gente que se suicidó.

Hoy por hoy, pudimos apreciar a lo largo del camino como los campos donde antes se criaban ovejas, están cubiertos de forestación y no se ve a nadie viviendo allí. “La cría de la oveja, empleaba a mucha gente, la oveja ayuda al pobre”, nos decía.  Abella nos contaría después que la familia de Estela podría cómodamente vender sus tierras y comprar apartamentos y vivir de rentas en Montevideo, sin apremios. Sin embargo, defienden mucho más que lo material, defienden el derecho a vivir en la tierra en que nacieron, defienden el derecho a la cultura de sus ancestros, defienden la tierra. Al decir de Gonzalo Abella, hay gente con campo y gente de campo. La gente con campo puede vivir muy lejos de la tierra, indiferentes al destino de quiénes viven en el lugar, indiferentes a la depredación que su actividad agrícola o ganadera o de cualquier otro tipo pueda causar, sin amor, sin conexión ninguna con la tierra, solamente estipulando ganancias. Pero la gente de campo, esa gente ama los amaneceres, los silencios, los animales, respeta a sus vecinos, se siente parte de una comunidad que está ahí mismo. La tierra es su casa, su hogar.

Las aguas del río Tiatucura, famosas por sus propiedades curativas, ya no son seguras, pues no se controla la fumigación (para la soja transgénica) y han aparecido vacas y peces muertos.

Es así que Estela seguirá instruyéndonos durante ese tramo de 39 kilómetros que duraría más de hora y pico, por el estado del camino –lleno de piedras y tierra- sobre lo poco y nada que el gobierno de nuestro país ha cuidado estos campos, estos vestigios históricos, además de a sus pobladores. Esto no es aislado, esto ha ocurrido en todo nuestro territorio, y es así que somos el país que menos habitantes por hectárea tiene, en su campo.

Estela nos habló de muchos otros vestigios de la historia que no son conservados ni valorados porque quedan en manos de quienes se han quedado con la tierra, como los restos de las misiones jesuíticas, incluso nos menciona una capilla que según ha dicho un arquitecto que la visitó tendría el “ojo que todo lo ve”, símbolo masónico.

Tampoco los talentos humanos son valorados o conocidos, porque vivimos en un país centralizado en una sola ciudad, Montevideo, despreciando el origen de todas nuestras riquezas. Ella nos dice que existe en la zona gente con gran inteligencia, pero que por su condición se les va la vida sin poder desarrollarse, así es el caso de un peón de estancia en la zona, que tocaba de oído, sin tener ningún estudio de música, un instrumento tan difícil como el bandoneón.

Para resumir, tristemente comprobamos que móviles muy parecidos a los que llevaron al genocidio charrúa, hoy por hoy, llevan al exilio de la tierra, al desdibujamiento de una cultura, a la desconexión con la tierra a los pobladores de nuestra campaña, y por ende también a los habitantes de las ciudades.

Muchas otras riquezas ha tenido este viaje, imposible de contarlas todas, como el momento compartido por todos los concurrentes, y la gente de la escuelita rural, y otra gente del pueblo, gente de la caballada que había estado en la ceremonia formal junto al memorial Charrúa (los naipes de Tacuabé), entre bailes folklóricos, almuerzo, charlas, etc., etc.

Ya en el camino de vuelta paramos en Estación Peralta para observar los restos del muro de piedra de la pulpería y a pocos pasos de ella un círculo de piedra, que databa de mucho antes de la conquista (según el estudio geológico de los líquenes de la piedra). Al parecer era utilizado como un lugar de refugio y ceremonias ecuménicas. Por este lugar pasaba “el Camino del Indio” en la búsqueda de la “Tierra sin mal”, que en verdad era la búsqueda de sí mismos. Luego este cerco de piedra fue utilizado por la cultura colonizadora como corral para los animales.

Reflexiono observando los montes de los arroyos de Salsipuedes que se delinean como una sinuosidad verde entre el pasto amarillento por la sequía. Quizás el hombre arrogante e ignorante de la belleza y la riqueza humilde no sabe de los tesoros que se esconden en esos montes criollos, no conocen el espíritu del monte. Y quizás, allí todavía algunos espíritus guardianes nos llaman para que continuemos la resistencia.

Llegaría el 24 de abril, y así nuestra primera charla, titulada: ¿Qué hay detrás de Salsipuedes?

Nuestro primer invitado en llegar el maestro, historiador, investigador, y compañero de viaje a Salsipuedes, Gonzalo Abella, que además es un viejo amigo de Un Punto en el Infinito, sería el primero en tomar la palabra.

Nos explicó que el abordaje que realiza para el estudio de las culturas originarias, lo hace desde tres puntos de vista: el histórico, recogiendo la memoria y estudiando los vínculos con los pueblos de la región.

En tanto lo histórico. Los charrúas correspondían al ecosistema de pradera, son el “pueblo de las boleadoras”, con una sociedad horizontal. Como todos los pueblos de América conocían la agricultura, ya que hay restos de siembra de más de 4000 años. Como diría Mónica Michelena, -nuestra otra invitada-, los montes del Río Queguay son una farmacia viva. Esto es algo que no se enseña mucho a nuestros niños, porque se trata de educar con la idea de que mientras que en Europa y Asia ya eran “asentados, civilizados” porque conocían la agricultura, aquí en América eran unos “nómades, salvajes incivilizados”. ¿Qué ironía no?, si miramos el curso posterior de la historia.

Analizando la correspondencia entre el hombre y su entorno, y por ende el hombre y su ecosistema, podemos ver la analogía entre la idea de libertad, la no existencia de la propiedad privada en tanto delimitar la tierra o establecer fronteras, con el paisaje de la pradera que parece perderse en el horizonte. Abella nos hace notar que el pueblo de pradera es el que más necesita adaptarse a las otras culturas, porque es el más expuesto.

Es así que estos pueblos recibieron fraternalmente a los negros y a los europeos que no se hallaban dentro de su propia cultura. Participaron en el proceso multicultural de Artigas, y es por ello que Rivera no se planteó como Hitler acabar con una raza sino acabar con un proceso multicultural.

Cuando se introduce el caballo en el territorio, el charrúa eligió el caballo, se convirtieron en excelentes jinetes, tanto es así que existen relatos de cómo “montaban a pelo”, o cabalgaban parados sobre el lomo del animal. En la vaquería generaron la “edad del cuero”, ropas, calzados, hasta cañones de cuero. Es decir no tenían inconveniente en adoptar parte de la cultura de otros pueblos.

Por otro lado Abella y su esposa Isabel han trabajado durante 20 años recogiendo la memoria viva, es decir a través de entrevistas a los ancianos descendientes de charrúas. Se va buscando y reconstruyendo la identidad de este pueblo. “Sabemos que existe un componente animista, los espíritus “rondan”, no van a un cielo lejano”, nos dice. Las ofrendas tienen un sentido profundo. Son una forma de comunicación. “Yo ofrendo, doy energía”, dice Gonzalo. Por tanto reconocen la existencia de otras dimensiones espirituales. Otro ejemplo es la “presentación a la Luna del recién nacido”. Primero se entierra el cordón umbilical, y se “despiertan los ancestros”, y cuando la luna llena sale, -que es energetizadora de espíritus-, entonces “ellos” estarán allí para proteger al pequeño.

“Las investigaciones nos mostraron una supervivencia charrúa mucho más fuerte de lo que pensábamos”. Una anécdota que nos contó entre tantos ejemplos, sobre un descendiente de Sepé, - barrendero de la Intendencia de Tacuarembó-, que sabía cuando iba a haber sequía, “¿Y cómo sabes?”, le preguntaban; “Y mirá los teros, ponen los huevitos bien abajo”.

Es decir que se confirma que el pueblo que maneja el ecosistema transfiere su cultura, como ocurrió también con el conocimiento sobre el poder curativo de los yuyos, que hasta hace un par de generaciones nuestras abuelas conocían tan bien.

Querían probar que el mundo baqueano tenía mucho más del mundo nativo de lo que se cree en Montevideo, es por ello que han realizado tantas investigaciones.

Para realizar las entrevistas es necesario encontrar lo que Gonzalo llama “legitimadores”, nexos, es decir personas que habiliten las entrevistas, que actúen como una referencia del entrevistador, porque si no las personas callan.

 Analizando los vínculos con los pueblos de la región, sabemos que estas tierras eran cruzadas a lo largo del recorrido del llamado Camino del Indio, cuando iban en la búsqueda de la Tierra Sin Mal. Salían del Iguazú, en la provincia de Entre Ríos y llegaban hasta el Atlántico, para ver el río sin la otra orilla, -el Río de la Plata, el río “ancho como mar”, y cómo el Sol se levantaba desde el horizonte. Iban comiendo el maíz que habían plantado los antecesores y plantándolo para las generaciones futuras. “La Tierra Sin Mal no es un lugar geográfico sino que somos nosotros cuando volvemos del peregrinaje.”

Es así que existen enterramientos ecuménicos, varias razas distintas en los mismos enterramientos. Por otro lado como resultado de sus investigaciones saben que hay familias charrúas en el Chaco en el pueblo de los mal llamados Tobas.

Gonzalo sostiene: “Las culturas cuando se encuentran se aman, salvo los asesinos”, que mataban en Europa y América.

Hay rituales como “el mate” que tienen 10.000 años, y 4.000 años cuando llegó a la pradera, que se toma en ronda con amigos, y encierra ese espíritu de estar en comunidad, en armonía.

Preguntándonos acerca de porqué existen tan pocos registros de los charrúas, además del intento de exterminio que sufrieron ocurrió también que, por ejemplo los guaraníes que estuvieron en las misiones jesuitas y eran evangelizados, quedaban registrados en las iglesias. Los jesuitas serían luego expulsados de América porque habían traspasado conocimientos. Los aborígenes tocaban música europea, etc., etc., es decir que los que habían venido a evangelizar fueron reevangelizados. Pero de los charrúas “infieles” que no eran casi cristianos,  no hay registro de ellos.

Abella nos explicó que había un gran sincretismo religioso.

Usaban las plumas como sotana. “Si los espíritus me hablan a través de los pájaros, entonces para comunicarme con los espíritus yo me visto lo mejor que puedo de pájaro”. Pero si me hablan de Jesús que hizo lo que hizo entonces “yo acepto la cruz”.

Llegaría luego el turno de Mónica Michelena, docente e integrante de varias organizaciones que trabajan en el rescate de la memoria, quien nos contaría más sobre el genocidio cometido contra el pueblo charrúa. Así pudimos  saber que de Salsipuedes sobrevivieron unas trescientos personas, pero llegaron a Montevideo sólo 100, pues los fueron repartiendo por las estancias como esclavos, separando madres de hijos, hermanos de hermanos, y así perdieron la lengua. Cuando se pierde la lengua se pierde la cosmovisión, nos explica Mónica. Pensemos que concepto tan importante este, cuán profundo y cuánta responsabilidad cae sobre los asesinos. Se buscaba construir una única matriz monocultural, basada desde entonces en la propiedad privada. Y así continuar hasta nuestros días en que nos medimos por el dinero o el poder o la impunidad con la que nos movemos en esta sociedad más que moderna, yo diría en vías de extinción.

Para terminar Mónica nos hablaría unas palabras en el idioma charrúa, que luego nos tradujo. Eran y son  una invitación a levantarnos de nuestro letargo. Entre estas palabras nos dijo: Basquadé Inchalá, significa ¡Levántate Hermano!

Quizás un día no muy lejano mujeres y hombres que sienten una esencia común en su espíritu de justicia, verdad y paz, se unan y se levanten contra el mal, más allá de su procedencia o sus creencias y entonces unidos mano con mano desde aquí se construyan los puntos de luz que deben irradiar toda América, tal como Giorgio lo auguraba cuando llegó aquí en el 2004.

Montevideo, 8 de junio de 2015.
Adriana Navarro.

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